Fragmento:
El camino hacia el muelle estaba alfombrado de basura antigua: mascarillas, huesos de gaviota, vallas publicitarias caídas. Entre los exploradores había quien recordaba el zumbido de los aviones acercándose al aeropuerto de Lindbergh Field; ahora sólo se escuchaba el crujir de los tablones y el murmullo del mar.
Duración: 11:22
15 de enero de 2025
Amaneció y el chillido de las gaviotas sonó más distante que nunca. El viento traía olor a sal y podredumbre; el Pacífico seguía siendo la última frontera entre el desasosiego y la esperanza, incluso después de años de muerte y miedo. La bahía de San Diego, con sus muelles astillados y la silueta lejana del portaviones oxidándose en el puerto, parecía un recuerdo de una época fantasma. Ahora, en esta helada mañana de enero de 2025, el viejo entramado del Embarcadero estaba cubierto por tablones, bolsas de arena y alambre de púas, endurecidos por la bruma y los disparos nocturnos.
A esta hora nunca había tiempo que perder. El sol ascendía tímido entre las nubes oscuras, iluminando apenas los muros improvisados con containers y vehículos volcados que defendían la “Pequeña Fortificación”, como la llamaban quienes aún resistían en el corazón de la ciudad.
Hacía meses que los supervivientes de San Diego habían abandonado toda intención de recuperar siquiera una fracción significativa de la urbe. El Gaslamp Quarter, antaño famoso por su vida nocturna y bares, era una trampa mortal de infectados que de cuando en cuando salían en enjambres atraídos por algún ruido extraño o el olor de los desperdicios. El Centro estaba perdido desde hacía años, pero la zona costera se mantenía con vida debido a varias razones: el agua, la pequeña cosecha de algas y pescado, el abrigo contra ataques de human@s y la proximidad a Coronado, normalmente más fácil de defender al quedar aislada por el mar.
Los mapas ya casi ni importaban; las avenidas se habían transformado en corredores de barricadas y trampas. Yadira, de veinticuatro años, había nacido en Chula Vista. Cuando todo colapsó, perdió a sus padres en un desplazamiento caótico hacia el norte. Ahora formaba parte de la Milicia del Muelle, una cuadrilla que día y noche vigilaba la costa desde Point Loma hasta National City, manteniendo radios de corto alcance y fogatas camufladas para no llamar la atención de los saqueadores. Esta mañana, le tocaba patrullar junto a Mikel, un adolescente de Encinitas, su inseparable compañero desde hacía más de un año.
—¿Crees que alguna vez volveremos a cruzar hasta México? —preguntó Mikel mientras ajustaba la escopeta artesanal que colgaba de su hombro. Desconfiaba de la respuesta, pero tenía que preguntarlo, como quien tantea la orilla de una herida.
—Ya nadie cruza esa frontera —dijo Yadira con resignación—. La línea está llena de trampas, barricadas y bandas que disparan primero y preguntan después. Tijuana está peor que aquí. Si sobreviven, es porque no les queda otra. En las radios cuentan cosas terribles.
Se detuvieron en un cruce improvisado donde antes brillaban las luces de un café Starbucks. Ahora sólo quedaban los restos chamuscados, las ventanas selladas con tablones y una pintada en español: “Solo los vivos pasan por aquí”. Los zombis —en la jerga local: “muertos”—, ya no campaban con la furia de los primeros meses de la plaga. Según los viejos, los más antiguos apenas caminaban, ajados, y sólo los recién muertos eran realmente peligrosos, pero esa distinción era poco consuelo.
Hacía ya semanas que rondaba un rumor inquietante: una horda procedente del este, probablemente expulsada de los suburbios, se acercaba a la bahía. Enviados avanzados la habían visto por Mission Valley, cruzando a través de cañadas y escombros. La Milicia del Muelle, compuesta por menos de treinta adultos y unos cuantos niños mayores, sabía que su única opción era resistir o huir.
Hoy había que revisar los atracaderos. A menudo, manos desesperadas intentaban llegar en botes improvisados, a veces trayendo a los infectados. La peor pesadilla era tener que limpiar después la costa de aquellos que no sobrevivían a la travesía: cuerpos medio podridos, rostros destrozados, un espectáculo tan común que la náusea ya era rutina.
El camino hacia el muelle estaba alfombrado de basura antigua: mascarillas, huesos de gaviota, vallas publicitarias caídas. Entre los exploradores había quien recordaba el zumbido de los aviones acercándose al aeropuerto de Lindbergh Field; ahora sólo se escuchaba el crujir de los tablones y el murmullo del mar.
En otro tiempo, Mikel hubiera coleccionado conchas y piedras para su hermana, muerta hacía tiempo en la emboscada de un saqueador. Ahora sólo recogía cartuchos vacíos y trozos de tela útiles para encender fogatas. Llegaron al agua, donde otros dos guardias escudriñaban la línea de boyas que delimitaba el perímetro del refugio flotante, un cerco con barriles y redes diseñado para impedir el avance de los muertos desde el mar y de los embarcaderos de la costa opuesta.
Fue en ese preciso momento, cuando Yadira vio el destello de una linterna al otro lado de la bahía. Por instinto, bajaron la cabeza y se tiraron sobre las tablas.
—¿Quién anda ahí? —susurró uno de los guardias, encajando el cañón de su escopeta entre los sacos de arena. Todos sabían que no podían derrochar munición, pero tampoco arriesgar otra infiltración de saqueadores.
Nadie contestó, solo el repiqueteo del agua y el débil chirrido del viento. El grupo esperó varios minutos, angustiados, hasta que la luz se apagó tan súbitamente como había aparecido. Podía ser un fugitivo o algún miembro de la Banda del Sur, armada y brutal, conocida por secuestrar prisioneros para trabajo forzoso o canje de medicinas. O podía ser un simple espectro, un condenado a morir solo bajo la niebla.
Después de ese sobresalto, prosiguieron lo planeado. Revisaron el último bote pendiente, una antigualla de madera que habían encontrado hacía meses en un cobertizo de Shelter Island. Por dentro abundaba el moho y algunos helechos, pero no había rastro de muertos, sólo provisiones pesadas: jarras de agua salobre, un par de redes, una Biblia en inglés y una caja con unas cuantas latas hinchadas de sopa.
—Aun si sobreviven a la costa, los muertos los terminan alcanzando tarde o temprano —comentó Mikel, encogiéndose de hombros mientras cerraba la caja—. Ya ni siquiera rezar sirve.
Pero Yadira creía en la memoria. Sabía que por las noches la gente del refugio se reunía para contar historias más antiguas que la plaga, porque daba miedo admitir que el único futuro era el presente continuo del hambre, el frío y el miedo. Ella no quería resignarse: había oído rumores de un pequeño invernadero improvisado cerca del estadio Petco Park, donde los horticultores cultivaban papas y tomates a duras penas, y de que algunos, muy pocos, llevaban a los niños a la vieja Biblioteca Central a aprender a leer, protegidos por dos hombres armados.
—Tenemos que revisar el faro antes de volver —ordenó Yadira—. La luz podría haber servido como señal.
El faro de Point Loma era uno de los puntos vitales para la Milicia del Muelle, usado para señales entre la costa y Coronado por las noches. El grupo avanzó por el rompeolas, apartando algas y escombros, atentos a cualquier sombra errante.
Cerca de la base del faro, lo inesperado: un niño de unos ocho años, descalzo y con las piernas llenas de lodo, se escondía tras una roca. No gruñía ni tenía los ojos vidriosos. Temblaba de frío y miedo.
—¡Alto! —gritó Mikel, encañonando, pero Yadira lo apartó rápidamente.
—Está vivo —dijo, bajando el arma. Se acercó despacio, levantando las manos—. ¿Cómo te llamas?
El niño apenas articuló— “José. Vengo de Logan Heights. Mi hermana está herida… ella… cayó… escapamos anoche…”
Yadira no necesitó escuchar más para comprender. Si la niña se había infectado, poco podían hacer. Si sólo estaba herida, había que traerla rápido, antes de que la noche y la marea subieran.
Decidieron organizarse: Mikel y otro guardia irían con el niño a buscar a su hermana, mientras Yadira y el tercer vigilante avisarían al asentamiento. El trayecto fue tenso; cada esquina podía ocultar un muerto o, peor aún, un humano desesperado.
En la vieja estación de tranvía encontraron a la niña, de no más de doce años, tendida sobre unas mantas. Había perdido sangre de una herida en la pierna, pero no mostraba signos de la infección… aún. No podían dejarla ahí. Cargaron con ambas criaturas, cruzando la ciudad desierta bajo el rumor de los cuervos.
Ya en la fortaleza, la doctora Paloma, la única médica con experiencia real, examinó a la niña. “Con suerte,” dijo, “no hay fiebre ni espasmos. Pero hay que esperar.” Todos sabían lo que eso significaba: la vigilancia de la noche, incierta, con armas listas por si la hija de Logan Heights se transformaba al alba.
Esa noche, mientras el grupo velaba, la comunidad se reunió bajo la luz débil de una linterna de dinamo. El jefe, un hombre mayor llamado Armenta, habló con voz ronca:
—Hoy hemos ganado algo: dos niños vivos, esperanza. Pero las hordas no descansan, la Banda del Sur acecha al sur, y pronto tendremos que decidir si fortificarnos más o buscar tierras más seguras hacia norte, aunque estén llenas de cuervos y campos minados.
Mientras hablaban, se escuchó lejano el rugido de motores. No era común: en 2025 el combustible era casi tan valioso como el oro. La Banda del Sur quizá, o una caravana armada. El silencio se volvió un manto tenso sobre la pequeña comunidad.
El niño rescatado se sentó junto a la hoguera improvisada: sus ojos reflejaban el fuego y el miedo, pero también un brillo obstinado de determinación.
—¿Ustedes son buena gente? —preguntó, dudoso.
La respuesta llegó de la boca de Mikel, el menos cínico: —Sobrevivimos, y eso ya es bueno. Pero si uno deja de ayudar, los muertos ganan.
A la mañana siguiente, la niña aún dormía, la herida vendada, el pulso firme. La comunidad respiró apenas un poco más tranquila. Salieron las cuadrillas a trabajar en el huerto de algas, en la pesca, en la vigilancia de los accesos. Nadie cantó, pero algunos silbaron.
En lo alto del faro, Yadira encendió de nuevo la linterna, una señal dirigida a ningún cielo, pero destinada a decirle a quien aún quisiera escuchar que San Diego seguía vivo. No se rendirían hoy. Ni mañana.
Las ruinas de los rascacielos, las autopistas cortadas y los embarcaderos infestados eran un recordatorio de la fragilidad de todo, pero también de la obstinación humana.
Aquella noche, al anotar en su diario, Yadira escribió: “Rescatar niños vale más que cualquier victoria militar. Si mañana morimos, que sepan que aquí no solo sobrevivimos. También protegimos. No habrá renacimiento si no quedan manos limpias que siembren y ojos jóvenes que miren sin miedo al mar.”
En San Diego, en el año 2025 después del colapso, la esperanza sobrevivía, a veces en forma de un niño salvado, a veces como una lámpara encendida en medio de la niebla. Probablemente nunca recuperarían la ciudad tal y como la recordaban, pero en sus muros, entre el salitre y la ceniza, la humanidad persistía. Tal vez un día sería suficiente.
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