Fragmento:
Al caer la tarde, el frío se intensificó. Noah, Lisa, y dos jóvenes —Melisa y Jorge, ambos menores de veinte— treparon en silencio hasta la superficie. Tenían que buscar mantas y medicina; uno de los niños, Rubén, tenía fiebre y apenas podía moverse. El sol, invisible tras la densa niebla, teñía todo de un tono plomizo y enfermo.
Duración: 10:47
14 de diciembre de 2020
La niebla cubría San Francisco de una manera opresiva, como si escondiera misericordiosamente las ruinas que quedaban de la ciudad. Desde el mirador de Twin Peaks, Noah observaba los perfiles oscuros de los rascacielos que sobresalían entre los bancos de niebla, interrumpidos aquí y allá por los destellos anaranjados de incendios menores y las luces oscilantes de las bengalas militares que aún colgaban ocasionalmente sobre el distrito financiero. Era diciembre de 2020. Tras meses de horror creciente, el invierno había llegado, trayendo consigo una promesa agridulce: el frío ralentizaba a los zombis, pero también mataba de hambre y de frío a los últimos humanos que se resistían en los restos de la ciudad.
Noah se había convertido, como casi todos los que aún quedaban, en una criatura nocturna y cauta. El grupo con el que compartía lo poco que encontraba —Migas lo llamaban, en honor a las migajas y restos que eran su dieta— dormía bajo tierra, en las estaciones de BART, y solo salía al amparo de la niebla o cuando el frío evidente atontaba a los infectados hasta casi inmovilizarles. De niño le habían dicho que en las noches más frías San Francisco se paralizaba y que la ciudad quedaba silenciosa, pero nunca imaginaría que ese silencio fuera el de la muerte.
Esa mañana, Noah bajó a las profundidades de la estación de Castro, donde la comunidad improvisaba su refugio: cortinas rasgadas, colchones desintegrados, algunas mantas que olían a moho y a desesperación, y lo esencial: un fuego pequeño que nunca debían dejar escapar más allá del círculo de sus cuerpos. Había niños, aunque casi todos callaban; ancianos, que hablaban demasiado bajo, y mujeres como Lisa, que seguía cosiendo una y otra vez los abrigos llenos de remiendos, rechazando con cada puntada la derrota total.
Lisa le miró apenas al entrar, sin dejar de cortar tela con una tijera oxidada. Las manos le temblaban, pero era el único movimiento constante en el grupo desde hacía días. "¿Hay algo ahí arriba?", preguntó en voz baja.
Noah negó con la cabeza. "La niebla es espesa. Huele a carne quemada en Market, probablemente los militares han hecho limpieza otra vez. Los contenedores están vacíos. Quizá deberíamos buscar más lejos".
Ella suspiró, esa especie de suspiro que parecía arrastrar cien años en lugar de solo unos meses. "No tenemos munición para otro encuentro. Y los niños... No aguantan otra caminata larga, Noah".
En ese mismo instante, un sonido metálico viajó por el túnel. Era el eco de una tapa de alcantarilla cerrándose, o la vibración de unas botas pesadas sobre los rieles. Los supervivientes se tensaron como una sola masa, incluso los bebés dejaron de gimotear, como si la ciudad aún les enseñara su instinto más básico. Pero después de unos segundos, solo volvió el silencio y el leve chisporroteo del fuego que casi siempre les traicionaba.
Afuera, la ciudad se había transformado en un laberinto de peligros. Las hordas rara vez se internaban tanto en las áreas elevadas, prefiriendo merodear por los anchos bulevares y vecindarios cercanos al agua. El Embarcadero era intocable, igual que Fisherman’s Wharf. El Golden Gate, ese símbolo tan fotografiado, ahora era solo una silueta de hierro cubierta de carreras frenéticas y de manchas de sangre.
Noah fue uno de los pocos que había cruzado el puente después de la caída inicial, cuando aún se pensaba que los militares retomarían la ciudad. Fue una pesadilla: una carrera en masa de gente asustada, gritos huérfanos y disparos casuales. Se rumoraba que grupos organizados defendían áreas al norte, pero volver no era una opción. La ciudad, por mucho que apestara a cadáver y a humo, era su cárcel y su asilo a la vez.
Al caer la tarde, el frío se intensificó. Noah, Lisa, y dos jóvenes —Melisa y Jorge, ambos menores de veinte— treparon en silencio hasta la superficie. Tenían que buscar mantas y medicina; uno de los niños, Rubén, tenía fiebre y apenas podía moverse. El sol, invisible tras la densa niebla, teñía todo de un tono plomizo y enfermo.
El grupo cruzó Market Street, avanzando agazapados entre coches volcados y restos de lo que alguna vez fueron barricadas policiales. Aquí y allá, entre montañas de basura y equipaje abandonado, podían distinguir cuerpos inertes. Algunos llevaban semanas allí, rígidos bajo carteles que rezaban “NO MÁS”, “BASTA YA”, o simples insultos pintados a toda prisa antes de morir o escapar.
—Escuchad —susurró Melisa—. Los soldados ya no pasan por aquí. ¿Creéis que han abandonado todo?
Noah no respondió. Los soldados, lo sabían todos, hacía tiempo que solo defendían ciertas zonas estratégicas de la ciudad: estaciones de radio, el puerto militar, alguna embajada. Se rumoraba que quedaban francotiradores apostados en Nob Hill, pero nadie tenía intención de comprobarlo.
Llegaron a la esquina de Powell y O’Farrell. Allí, en lo que antes fue una tienda de ropa, Noah empujó suavemente la puerta repleta de grafitis; dentro, encontraron un par de abrigos viejos y al fondo, tras un mostrador destruido, una caja de botellas oscuras. Lisa abrió una: alcohol puro para heridas. Quizá podrían negociar con algún otro grupo en días futuros: la desesperación era la nueva moneda de cambio, y el alcohol valía casi tanto como la munición o los analgésicos.
De repente, un estruendo en el callejón lateral. Todo el grupo se replegó, empuñando palos y un bate de béisbol envuelto en alambre. Aparecieron dos figuras: un hombre alto, delgado, con una chaqueta de los Giants, y una mujer pequeña y temblorosa. Parecían más asustados que cualquier grupo de infectados.
“¡No disparéis, por favor!”, gritó la mujer con desesperación.
Noah asintió. “No tenemos armas, estamos buscando medicinas. No tenemos munición para perder”, mintió.
El hombre levantó literalmente las manos. “Venimos del hospital General. En la planta subterránea hay decenas de personas atrapadas, con pocos suministros. Mandaron a algunos a buscar ayuda. Nadie vuelve”.
Lisa miró a Noah, su mirada era lánguida y acusadora: ¿cuánto más podían compartir? ¿Cuánto más debían involucrarse?
El grupo regresó al refugio por vías diferentes. San Francisco ya no era una cuadrícula fácil de transitar: cada bloque podía albergar horrores inimaginables.
...
Durante la noche, los rumores corrían tan rápido como el frío. “La Marina se ha ido”, murmuró uno. “Derribaron el Ferry Building la noche pasada”. “Dicen que Chinatown tiene un santuario”. Noah escuchaba todo, pero prefería pensar en lo inmediato: ¿Cómo lograrían sobrevivir la próxima semana? La ciudad parecía determinada a matarlos a todos, ya fuera de hambre, frío, enfermedad o por las manos podridas de los zombis. Nadie discutía aquello.
A la mañana siguiente, la niebla era más densa aún. Un viento helado soplaba desde el Pacífico, colándose por cada rendija. Las gaviotas, tan omnipresentes antes, habían desaparecido, reemplazadas por el silencio expectante de una ciudad a punto de cristalizarse bajo el hielo y la muerte.
El pequeño Rubén deliraba. Lisa entibiaba agua en una cacerola abollada. Noah decidió que buscar ayuda al hospital General era demasiado peligroso, pero tampoco podía permitirse no intentarlo; la alternativa era dejar morir lentamente a una nueva generación que apenas había comenzado a comprender el horror en que vivían.
A mediodía, subió de nuevo a la superficie. Con un gorro de lana y una chaqueta demasiado grande, se sentía invisible, solo otro cadáver que caminaba. Cruzó Van Ness, saltó entre coches llenos de musgo y rotos. En la fachada de un hotel abandonado alguien había escrito “EL INVIERNO NOS SALVARÁ”. Noah pensó en eso. El invierno ralentizaba las hordas, sí, pero también mataba la esperanza.
Llegar al hospital fue como avanzar en una pesadilla. Ya no había coches en marcha, salvo uno, abandonado con las puertas abiertas y la radio crepitando una señal de auxilio de hacía días. Dentro del hospital reinaba un olor insoportable. Pasillos oscuros, sucios. Noah bajó las escaleras con sigilo, pasando por encima de bolsas de basura y camillas volcadas. De pronto, escuchó el eco de un sollozo.
En la planta subterránea encontró a una veintena de personas, famélicas, con los ojos hundidos y miradas de derrota. Algunos niños murmuraban canciones infantiles. Un anciano tenía los pies envueltos en telas manchadas de sangre.
Cuando Noah preguntó por medicinas, la respuesta fue la risa seca de una mujer con el rostro cruzado por cicatrices.
“Todo lo bueno se fue en las primeras semanas. Solo quedan pastillas caducadas. O roba el laboratorio de UCSF, si eres tan valiente”.
Noah suspiró. Pensó en Rubén, en Lisa, en su propio grupo. Tomó unas pocas pastillas, algunos caramelos duros, y prometió regresar. Antes de salir, una niña de cabello rizado le dio un amuleto hecho de cuentas coloridas. “Contra los monstruos”, dijo.
Regresó con cuidado, notando cómo la niebla protegía —y a la vez encerraba— a quienes aún sobrevivían en la ciudad. Las calles estaban desiertas, los zombis apenas se movían, congelados bajo las sombras de los semáforos oxidados.
Al volver a la estación, Noah fue recibido con la única bienvenida posible: un asentimiento de aprobación, una sonrisa tenue de Lisa, y el abrazo de Rubén, que aún ardía en fiebre, pero se aferraba a la esperanza terca de quienes han perdido todo menos la necesidad de seguir luchando.
Esa noche, mientras compartían entre todos una lata de sopa fría y escuchaban el viento aullar entre los túneles, pensaron en el futuro. Sabían que el invierno sería largo. Que millones de muertos rodeaban la ciudad. Que la comida podría no durar tanto. Pero también supieron, y eso fue su único consuelo, que aún podían verse bajo la luz de esa única vela, aún podían escuchar el rumor del océano en la distancia, y contarse pequeñas historias sobre cómo fue la vida antes.
San Francisco, como todos ellos, languidecía, pero no se rendía. Y en su resistencia cotidiana, incluso rodeados de muerte y devastación, había una chispa testaruda de humanidad que el invierno no acabaría por apagar. Quizá allí, en el silencio de la bahía, nacería —casi sin que nadie lo advirtiera— la tenue esperanza de un mañana.
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