Fragmento:
A medida que el sol avanzaba, la atmósfera de San Francisco se volvía irreal, los edificios y los árboles atascados con decoraciones navideñas desvanecidas parecían las ruinas de una civilización fantasmal. A lo lejos, el Puente de la Bahía se perfilaba cubierto de cadáveres y chatarra. Era uno de los lugares más peligrosos, donde muchas veces se veía humo o escuchaba disparos. Tal vez en el otro extremo había un ejército, tal vez una de esas bandas armadas que patrullaban y mataban sin más motivo que demostrar poder.
Duración: 09:09
18 de diciembre de 2020
No recordaba la última vez que vio la luz del sol reflejada en los rascacielos de San Francisco sin sentir miedo. Desde la ventana cubierta con mantas y cartón prensado, Marcus calculó que era cerca del mediodía. El viento traía consigo bocanadas cortantes del Pacífico y, desde hacía semanas, las olas de frío habían dejado las calles tan desoladas como las noticias que llegaban, intermitentes, por la radio de batería. Había aprendido a interpretar los sonidos de la ciudad: el vaivén lechoso de la niebla, el goteo congelado de grifos rotos, y el rastro inconfundible de los enemigos que rondaban. Cada silueta arrastrada, cada golpe seco contra la chapa de los autos abandonados, podía ser un zombi buscando carne o un humano buscando todo lo demás.
Market Street, aquella arteria donde antes se entrecruzaban turistas y oficinistas, era ahora un corredor de cadáveres, ruinas y ecos. Marcus se ajustó el cinturón de herramientas improvisado: dos cuchillos de cocina, una linterna a medio funcionar y lo más valioso que poseía, un machete viejo de mango de goma, de esos que alguna vez vendía una tienda latina en Mission Street. No era elegante, pero el machete le había salvado la vida más veces de las que podía contar.
Cuando salía del refugio —una antigua tienda de cómics reforzada con muebles destruidos y alambres retorcidos— lo hacía con una mezcla de esperanza y resignación. Su grupo original, siete personas que trabajaban juntos en una empresa de tecnología, se había reducido a tres: Marcus, Talia y un adolescente llamado Rey, que había perdido primero a sus padres y luego a los otros con los que se refugiaba en Chinatown. Los tres sobrevivían juntos, no porque se llevaran bien (de hecho, apenas se soportaban a ratos) sino porque la alternativa era peor: los solitarios eran carne de enemigo, humano o no.
Eran días de hambruna, donde todo —desde una lata de comida para gatos hasta unas vitaminas masticables— podía significar la diferencia entre ver un mañana o sumarse a los cuerpos apelmazados en los portales. Marcus sentía que el mundo se había apresurado a caducar, como si Dios hubiera dejado el interruptor en “fin de todo” y simplemente se desentendiera.
La misión de esa mañana era simple pero peligrosa: llegar a un pequeño almacén en la esquina de Page con Gough, uno de los pocos que parecía no haber sido saqueado hasta los cimientos. La radio del barrio así lo mencionó; un viejo transmisor militar decía que allí había víveres olvidados en el desorden del último éxodo. Marcus y Talia se tomaron un tiempo para planificar la ruta, cruzando terrazas y patios traseros, bajando por la colina con el sigilo de los que no quieren llamar la atención ni del más inofensivo animal. Rey se quedó para defender el refugio, armado con una varilla de metal y un viejo revólver cuyas balas se reservaban para las emergencias absolutas.
El problema de los zombis en diciembre era su impredecible letargo: el frío ralentizaba sus movimientos, muchos aparecían congelados en posturas grotescas, pero otros podían brotar de la niebla con la fuerza y el hambre de siempre. Lo que realmente les preocupaba, sin embargo, eran los otros humanos.
A medida que el sol avanzaba, la atmósfera de San Francisco se volvía irreal, los edificios y los árboles atascados con decoraciones navideñas desvanecidas parecían las ruinas de una civilización fantasmal. A lo lejos, el Puente de la Bahía se perfilaba cubierto de cadáveres y chatarra. Era uno de los lugares más peligrosos, donde muchas veces se veía humo o escuchaba disparos. Tal vez en el otro extremo había un ejército, tal vez una de esas bandas armadas que patrullaban y mataban sin más motivo que demostrar poder.
Talia era pequeña y delgada, pero tenía una mirada filosa e indomable. Caminaba por delante y señalaba a Marcus cuándo detenerse, cuándo avanzar. En alguna vida anterior fue matemática; ahora su cálculo era instintivo, pura supervivencia. Se movían como dos sombras, entre coches calcinados y bolsas de basura congeladas.
Llegaron a la esquina de Page y Gough cuando empezaba a nevar, copos breves que se desperdiciaban sobre el asfalto ensangrentado. El almacén parecía intacto, ventanas selladas con tablones y una puerta semiabierta, astillada pero entera. Talia sacó su cuchillo y Marcus tomó el machete con ambas manos, los nudillos blancos por la tensión.
El interior era una cáscara vacía, hasta donde llegaba la vista. Estantes volcados, latas desparramadas, y el hedor rancio que lo impregnaba todo. Justo cuando cruzaron el umbral, escucharon un ruido sordo, un golpe y una voz humana, grave y jadeante:
—¡Deténganse, carajo!
Ambos se detuvieron. Marcus sintió el picor familiar de la adrenalina quemándole las entrañas.
Desde la penumbra emergió una figura enorme, envuelta en un abrigo militar remendado. Portaba un hacha de incendios y la mirada de los que han matado mucho.
Talia fue la primera en hablar:
—No queremos problemas, solo comida. Podemos compartir —levantó las manos, mostrando las palmas vacías. Marcus imitó el gesto, sin soltar el machete.
El tipo bufó, pero su posición defensiva se relajó apenas un milímetro.
—Aquí ya tomé lo que sirve —dijo—. Afuera hay más. Les aviso, hay zombis detrás del edificio.
La negociación fue breve y crispada. Acordaron dejarle una botella de agua limpia a cambio de cinco latas de comida. Marcus no confió ni por un instante, así que ni por un segundo liberó la tensión muscular que le permitiría levantar el machete en un parpadeo. Talia se encargó del trueque, moviéndose con los reflejos nerviosos de un animal acorralado.
Al salir, el aullido rasposo de los zombis era inconfundible. Los tres —el hombre del hacha se les unió momentáneamente— bordearon la esquina y vieron una docena de figuras arrastrando los pies, labios reventados y abrigos manchados con sangre seca. Casi parecían borrachos tambaleándose entre los charcos congelados.
—Córtenles las piernas —dijo el extraño antes de separarse—, así ya no corren.
La matanza fue rápida, brutal. Marcus esperó a que una de las criaturas se acercara lo suficiente, luego descargó el machete en un arco lateral, cortando tendones y haciendo caer al desplomado enemigo. Talia remató otro de un certero estocazo en la sien. El tercero, una zombi que aún llevaba una mascarilla quirúrgica mugrienta, se aferró al pie de Marcus, pero la hoja del machete silbó en la tarde.
Cuando todo terminó, el silencio fue total, apenas roto por el chasquido de la nieve bajo los pies y el roce de la respiración agitada. El hombre del hacha ya se había perdido tras una nube de vapor, probablemente rumbo al Golden Gate o a algún hueco secreto entre las mansiones de Pacific Heights.
Regresaron al refugio antes del atardecer, sorteando coches volcados y evitando las zonas donde aún creían que podían estar las bandas armadas. Los peligros humanos eran peores, porque tenían memoria y rencor. Un par de semanas atrás, alguien había degollado a dos supervivientes frente al City Hall, sólo por intentar robar un poco de pan duro.
Al llegar, Rey abrió la puerta con cautela extrema. No soltaba el revólver ni para dormir. El botín se repartió en silencio, y por esa noche comieron frijoles enlatados mezclados con pan aplastado. El sabor era miserable, pero aún más miserable era pensar en lo cerca que habían estado del desastre otra vez.
En la noche, Marcus dormía mal, entrecortado por el viento golpeando los tablones y los sueños de su vida anterior. En ellos aún caminaba por North Beach, escuchaba jazz en pequeños bares, reía con su esposa muerta bajo las luces de Navidad. Ahora lo único que quedaba era el machete, el filo frío y el tacto endurecido de los enemigos: aquellos que caminaban arrastrando los pies y aquellos que sabían lo que era tener hambre, soledad y un arma en la mano. La diferencia era sólo de temperatura corporal y tiempo.
San Francisco era una ciudad de enemigos. No importaba si sus corazones latían aún: cualquier cosa podía matarte, y lo único que te separaba de la muerte era el filo del machete y la decisión de ir siempre un paso adelante. Rey lloró en silencio esa noche, enterrado entre mantas, pero ni Marcus ni Talia dijeron palabra alguna. Saber que sobrevivirían otro día era ya la mayor esperanza que podía permitirse en el invierno de ese nuevo mundo.
El amanecer trajo más frío y un nuevo plan: había rumores de una farmacia intacta junto al ala vieja del hospital. El sol despuntaba sobre la bahía, pálido y sin calor, y mientras Marcus afilaba el machete por centésima vez, entendió que los enemigos siempre estarían allí: detrás de cada esquina, dentro de las sombras de cada calle y, sobre todo, en el miedo que los devoraba cada vez que cerraban los ojos para soñar con un mundo que ya no existía.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.