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Fragmento:


—¿Hoy salimos? —preguntó, con la voz baja para no asustar a los más pequeños que se apiñaban en el fondo de la sala.

Duración: 11:28

Al filo de lo que fuimos
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Texto de ajuste de pausa.

15 de diciembre de 2020

El viento arrastraba retazos de niebla por la bahía, envolviendo las ruinas brumosas de San Francisco como una mortaja húmeda y helada. La ciudad, majestuosa en tiempos de luz, lucía ahora los harapos de su muerte: los ventanales de PAC Bell rotos sobre pirámides de desperdicio, los rascacielos del distrito financiero como dientes partidos girando hacia el mar, y los cables de los tranvías tendidos como venas reventadas sobre calles desiertas. Hacía frío, un frío incontenible que agrietaba la piel y endurecía los músculos, y el sol era apenas una mancha vaga resistiéndose más allá del horizonte distinguible.

Ahora, el invierno tenía un significado doble: no solo traía la lucha constante contra el hambre y el aislamiento, sino que también ofrecía un respiro, un lento alivio ante la amenaza que, hasta el mes pasado, era omnipresente y voraz. Los zombis—secos, congelados, torpes por el frío—cruzaban la ciudad como muñecos desarmados, atascados entre autos oxidados o amontonados unos sobre otros junto al puerto. Más allá de la bruma, el mar marcaba el límite final de toda esperanza, oscurecido por los restos de los que intentaron escapar.

Mi nombre es Lucía, y hoy cumplo veintitrés inviernos. Nací en Oakland, al otro lado de la bahía, pero jamás pensé en sentirme tan lejos de casa estando apenas a unos kilómetros en línea recta. Vine a San Francisco en septiembre, con mi madre y mi hermano menor, cuando las últimas noticias filtradas por radios rasposas aseguraban que aquí había comida y refugio. Mentían, por supuesto: aquí solo hallamos ruinas, grupos dispersos tratando de no matarse entre ellos, y el sonido persistente de esa locura ambulante que todos aprendimos a reconocer demasiado bien por los gritos entrecortados, la tos, el arrastrar desigual de unos pasos que nunca terminaban.

Nos instalamos hace semanas en una sucursal saqueada de Bank of America, en el cruce de Market con South Van Ness, junto a otros doce desconocidos. Los ventanales estaban cubiertos con mesas y puertas atornilladas robadas a oficinas cercanas, las grietas tapadas con sacos de dormir raídos y mantas mojadas. Dentro, el aire olía casi siempre a humedad, a orina y a comida rancia, pero teníamos dos pisos, una escalera fácil de bloquear y, lo más importante, tres radiadores de gas que todavía funcionaban en las noches menos frías.

Me desperté temblando, envuelta en una montaña de abrigos. Un haz de luz desgastada se filtraba por una rendija en el ventanal improvisado, mostrando el humo del brasero donde John y Sasha hervían agua contaminada para lavarnos y cocinar el arroz restante. Expulsé el calor del cuerpo antes de atreverme a levantarme. Lo primero que hice fue correr hacia la pequeña ventana protegida de la oficina del gerente: miré hacia la calle y vi una mañana igual a las anteriores, hecha de escombros, hielo y siluetas. No había zombies activos frente al banco, sólo un grupo de cadáveres amontonados contra el Dodge Charger abandonado, rígidos, ajenos, como parte del paisaje.

Mi hermano, Nico, dormía cerca del brasero. Parecía más niño que nunca, arropado por mantas y sujetando la navaja que le regalé meses atrás. Mi madre estaba despierta, revisando la última bolsa de frijoles enlatados mientras contaba los cuchillos en su cinturón. Le dediqué una sonrisa—incierta, casi un susurro—, pero la reconocí en sus ojos: no era un día especial para celebrar otra vuelta al sol, sino, si acaso, para seguir resistiendo un poco más.

—¿Hoy salimos? —preguntó, con la voz baja para no asustar a los más pequeños que se apiñaban en el fondo de la sala.

—Sí —le respondí, encogiéndome un poco dentro de la chaqueta forrada—. La vieja Chinatown sigue siendo la mejor opción. Si ese grupo de la esquina se ha ido, podemos revisar las tiendas y quizás encontrar más comida.

No mencioné que, dos días antes, vi a dos hombres armados peleando en Stockton Street por una bolsa de arroz. Uno de ellos arrastraba un carrito de supermercado lleno de despojos; el otro, un rifle de asalto. No supe quién ganó, pero los disparos atrajeron varios zombis que se llevaron a ambos. El hambre y el miedo tenían la misma cara, sólo cambiaban de bando.

A las diez salimos en grupo, siete en total. Yo llevaba mi bate de béisbol envuelto de cinta eléctrica y una mochila a medio llenar. Sasha, la ingeniera rusa, llevaba una barra de hierro y su inseparable radio de onda corta. John empuñaba una escopeta vieja, con dos cartuchos, y el resto confiaba en cuchillos, tubos o ladrillos. Nuestra ruta era clara: bajar por calle 9 hasta Mission, girar por la esquina de una escuela pública saqueada, atravesar Bryant y luego subir hasta Grant Avenue, con la esperanza de que los charcos helados redujeran a los infectados dormidos entre los puestos de colores ya decolorados y los letreros en mandarín.

Avanzábamos en silencio—el nuevo idioma de la humanidad. Cada sonido era una puerta abierta a la muerte. Era fácil olvidar la electricidad que antes izaba esta ciudad: las líneas del tranvía paralizadas, los semáforos como ojos ciegos, los taxis amarillos cubiertos de moho y pegatinas de campañas políticas ya fuera de tiempo. El silencio era solo interrumpido por alarmas lejanas activadas al azar por el frío, el viento, o manos muertas enterradas en los capós de los autos.

No vimos zombis en el camino. Solo cuerpos en descomposición, congelados a medio paso, como esculturas grotescas. Algunos parecía que rogaban con la mirada oculta tras las cuencas vacías. Otros yacían juntos, apilados en los porches de casas adosadas, con las puertas destrozadas junto a ellos. Bastaba un resbalón para que uno despertara, y entonces todo volvía a girar: el terror, la carrera, el miedo a que esta vez no lográramos volver.

Llegamos, tras media hora, a la tienda de víveres “Yan’s Market”, milagrosamente intacta. Sasha y yo forzamos la cortina metálica por debajo y nos deslizamos adentro con linternas. El lugar estaba revuelto, sí, pero aún quedaban latas de leche evaporada, arroz blanco en bolsas rasgadas, y un tarro cerrado de sardinas. Vi a mi madre atragantarse de emoción—la comida era esperanza, y uno aprende a amar la lata fría y el metal cortante.

Sacamos todo lo posible y regresamos, las mochilas más llenas que en semanas. De vuelta, el frío apretó más. El aire olía a quemado: a lo lejos, una columna de humo negro se alzaba sobre el distrito de Tenderloin, anuncio seguro de otro refugio tratando de combatir la helada con madera húmeda y basura plástica. Sasha tarareaba una canción rusa, John miraba el cielo buscando pájaros. No quedaban aves en San Francisco, salvo tal vez gaviotas caníbales atrapadas entre los pesqueros hundidos de Fisherman’s Wharf.

Esa noche, compartimos la cena bajo el resplandor titilante del brasero. Mi hermano recitó un poema aprendido de memoria, uno de Pablo Neruda—un lujo de antes. Hubo risas, tenues. Sasha contó una historia sobre cómo, en Moscú, los inviernos solían curar la ciudad de peste porque nadie sobrevivía para mantener la infección. Ahora, la broma era que el invierno ayudaba a los vivos, haciéndoles una tregua, aunque también devolvía cadáveres más resistentes a la podredumbre.

Dormimos algo más tranquilos. Soñé con puentes intactos sobre la bahía, con multitudes esperando el tranvía, con el bullicio de Chinatown repleto de dragones rojos y tamborileo de pies infantiles. Desperté sudando bajo todos los abrigos, sin saber si temía más a la vuelta de la primavera o a que el invierno jamás se fuera.

Por la mañana, dos de nuestro grupo no estaban. Habían dejado una nota—ink cargada en un trozo de cartón—diciendo que salían rumbo al Golden Gate, buscando refugio en Marin County, supuestamente menos poblado y, según rumores de radio, controlado por un grupo de militares desertores. La traición tenía forma de abandono, pero nadie los juzgó; la ciudad misma era un laberinto de despedidas.

El quinto día tras mi cumpleaños, John enfermó. Era el frío—tal vez neumonía, o tal vez simplemente se rindió. Sasha y yo fuimos en busca de medicinas al hospital abandonado de Sutter. Encontramos el depósito saqueado, pero logramos recuperar algunas tabletas de ibuprofeno y una jeringa sin abrir. Cuando regresamos, John ya estaba delirando. Mi madre murió pocas horas después, sin infección ni mordedura. Simplemente se acostó y no despertó más. Enterramos los cuerpos en las jardineras agrietadas del Civic Center, cubriendo la tierra con piedras. No hubo oración, sólo promesas de que ahora cuidaríamos a la pequeña Maya, huérfana desde hacía meses, y a Nico, que no podía dejar de temblar, ni siquiera bajo dos mantas y el calor artificial del último radiador.

La ciudad se hacía más fría. El clima, al menos, hacía que la muerte no caminara tanto. Aprendí a leer la niebla: el grosor de sus cortinas era signo de cuántas horas de paz teníamos cada día. Cuanto más densa, más tarda el sol en calentar la carne de los zombis y devolverlos medianamente ágiles. La esperanza era un inventario diario de sombras y días claros.

Una tarde—cuando el sol se recostó más allá del Muelle 39 y la ciudad vibraba en un silencio fantasmal—oí la radio de Sasha resucitar en una ráfaga de estática. Nos agrupamos, expectantes. Una voz, lejana y fuerte, hablaba desde algún sitio al norte:

“Comunidad de survivors, coordinen frecuencias a las 0 horas, canal 4…” Y luego, el zumbido sordo. Pero era suficiente. Por primera vez desde que todo colapsó, desde que el ejército bloqueó el puente, desde que el Ayuntamiento se volvió tumba y el hospital almacén de cuerpos, alguien más intentaba hablar.

Nunca supimos si eran amigos o enemigos, pero decidimos responder con una señal corta. Las palabras más sencillas, las que se pueden decir y entender aunque uno muera antes de terminar: “Aquí San Francisco, hay sobrevivientes, hay comida. Paz.”

No había manera de saber si llegaría; la radio era un puente de vapor, y las olas de niebla, un ejército silencioso. Pero en ese momento, justo entonces, todavía bajo el frío glacial y la mirada acechante de cientos de muertos, creímos posible la idea de permanecer juntos, de resistir un invierno más, tal vez de ver la siguiente primavera.

Al amanecer del sexto día, una bandada de gaviotas cruzó el cielo e hizo trizas el silencio con sus gritos ásperos. El mar despertaba, y nosotros con él. Elegí mi bate de béisbol, di unas palmadas a la puerta bloqueada con sillas, y le sonreí a Nico por primera vez desde que todo cambió.

Ese día, y cada mañana después de ese diciembre brutal, salimos al mundo destruido no como habitantes de una ruina, sino como los nuevos constructores de algo distinto, una humanidad del invierno, forjada a golpes, a miedo, pero todavía capaz de cantar su nombre bajo la niebla.

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