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Portada del relato Los Últimos Días de la Bahía
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Fragmento:


El cronista (llamémosme así, aunque nadie tiene tiempo ya para la vanidad de los nombres) tiene 34 años, ingeniero, hijo de inmigrantes, y nunca supo disparar un arma hasta hace un mes. Estoy escribiendo esto tras otra noche de insomnio, el aire apesta a podredumbre desde hace días y la ciudad parece gemir con cada ráfaga de viento. Afuera, todo cambia cada hora. Solo el miedo permanece, viscoso, como la niebla que nunca se va.

Duración: 10:59

Los Últimos Días de la Bahía
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Texto de ajuste de pausa.

12 de Agosto de 2020

Nunca tuve la costumbre de escribir un diario. La vida diaria, antes de todo esto, era una secuencia acelerada de paseos por Market Street, cafés repletos, la promesa de un futuro aún más digital y despiadado. Había algo reconfortante en el tráfico lento de la 101, en los atascos bajo la llovizna perpetua, y hasta en la constante molestia de los turistas desembarcando de los tranvías. Me parecía que San Francisco era un lugar que no podía detenerse, que estaría siempre en movimiento, innovando, creciendo. Qué ingenuo era.

Hoy la ciudad es otra. O, mejor, es un cadáver de sí misma. Llevo ya semanas anotando cosas al azar, pero hoy, mientras la luz se filtra a través de los ventanales de nuestro refugio improvisado en un apartamento de Nob Hill, he decidido dejar registro ordenado—si acaso esto llega a alguien más, quiero que sepan quiénes éramos y cómo luchamos por no desaparecer.

El cronista (llamémosme así, aunque nadie tiene tiempo ya para la vanidad de los nombres) tiene 34 años, ingeniero, hijo de inmigrantes, y nunca supo disparar un arma hasta hace un mes. Estoy escribiendo esto tras otra noche de insomnio, el aire apesta a podredumbre desde hace días y la ciudad parece gemir con cada ráfaga de viento. Afuera, todo cambia cada hora. Solo el miedo permanece, viscoso, como la niebla que nunca se va.

Mi grupo ha ido variando. Hoy, somos seis: Amanda, extrabajadora de Twitter y fanática de las listas de verificación; la pareja anciana de Nguyen que nos recogió en las horas más oscuras de junio ya no sale casi nunca de su cuarto; Marco, exchef, cuya habilidad con los cuchillos es ahora menos gastronómica; y dos chicos que acabamos de admitir tras una fuga caótica desde Chinatown, hermanos, no pasan de los diecisiete. Cada uno encarna una versión rota de la ciudad: la tecnológica huidiza, la tradición asiática, las nuevas oportunidades y las tragedias recientes. No hay tiempo para psicólogos—la terapia aquí es sobrevivir.

Amanda dice que lo más importante es mantener una rutina. Así que cada mañana hago mi ronda desde la cocina fortificada hasta los ventanales. Miramos las calles que ya no forman parte del mundo: un Civic quemado, bolsas de basura arrastradas y esqueletos de escaparates vaciados por saqueadores. Nada se mueve hoy, y eso rara vez es buena señal.

Han pasado cinco meses desde que todo empezó, según las noticias que logramos rescatar antes de que internet se apagara. Primero fueron los rumores, luego las cuarentenas y la paranoia. Pronto fue la violencia: infectados en los hospitales, después los disturbios, y cuando los muertos comenzaron a caminar, esto se transformó en pesadilla. Las autoridades perdieron el control en mayo; para julio internet fallaba en gran parte de la ciudad, luego la electricidad. Solo quedan algunos generadores, y nosotros tenemos la fortuna de haber acaparado paneles solares en la huida—la paranoia de los primeros “preppers” rindió frutos inesperados.

Hoy, una de las pocas reglas importantes es la vigilancia. Las criaturas, los infectados, los zombis—llámalos como quieras—han ido disminuyendo en velocidad pero aumentando en número; son lentos, pero siempre aparecen cuando menos lo esperas, siempre hambrientos, siempre impasibles. Se sienten atraídos por el sonido, por la luz, quizá por algo más oscuro que aún no comprendemos.

La ciudad está aislada. Intentamos salir varias veces cuando la situación aún parecía manejable, cuando la Guardia Nacional gritaba instrucciones desde los helicópteros y disparaban en la calle Van Ness. Cada intento terminó en desastre: los túneles del Bart infestados, los puentes colapsados por coches varados, la 280 alfombrada de cuerpos y coches oxidados como un cementerio de acero. Ahora apenas si alguien menciona la idea de marcharse.

A mediodía, mientras el sol luchaba por disipar la niebla, Amanda y yo hicimos un recuento de provisiones. Quedan enlatados para tres semanas si no compartimos con otros; agua—gracias a los tanques recolectores de la azotea—es suficiente, aunque su sabor es a veces amarillo y extraño. Todo el mundo ha perdido peso: las mejillas se han hundido, los ojos son pozos negros de insomnio. Nadie se queja, ¿de qué serviría?

El peor momento del día es la tarde, cuando la luz declina y los recuerdos comienzan a pesar. Por la ventana, a veces distingo a otros grupos barricados en los pisos cercanos. Luces encendidas con recelo, sombras que se mueven detrás de las cortinas. Una vez, alguien escribió con aerosol en la fachada de un hospital: “The City Is Ours”. Imposible saber si era un grito de ánimo o de desesperación.

Las noches son el verdadero infierno. Cualquier ruido puede atraer a una docena de los infectados. El otro día, Marco casi nos mata a todos derribando una lata al intentar abrir una ventana. Bastó el estrépito metálico para que media hora después tuviéramos cinco zombis aporreando nuestra puerta de servicio. Resistieron durante horas, jadeando, golpeando. Amanda y yo aguantamos en silencio, sólo el resuello, el hedor y el miedo existiendo entre nosotros.

Cada día muere alguien en la ciudad. No los conocemos a todos, pero vemos las señales: ventanas rotas, manchas negras de sangre en las aceras, gritos que se apagan antes de que alguien pueda ayudar. Pocas veces hay funerales; la mayoría de los cuerpos quedan en las calles, o desaparecen bajo las hordas. Ayer pasamos junto al parque Lafayette y vimos un grupo de niños jugando entre los esqueletos de los columpios, vigilados por una mujer de rostro muerto. No supe si eran supervivientes o simplemente fantasmas de mi imaginación.

Nos enteramos de los sucesos en otras partes por las pocas transmisiones militares en AM. Dan partes caóticos, mensajes destinados a soldados que probablemente ya no existen. Se habla de la caída de otras ciudades, de la desaparición de los gobiernos, de zonas donde todavía se lucha. San Francisco rara vez se menciona. Nos repite la soledad y, por algún motivo, una retorcida esperanza: tal vez por ser invisibles, aguantaremos más tiempo.

No todo es horror: hay pequeños instantes de humanidad, como cuando compartimos historias de la vida anterior para calmar a los chicos, o cuando Marco prepara un guiso improvisado y el olor por un momento disfraza el hedor del exterior. Dormimos juntos en turnos. Todos hemos soñado, alguna vez, con días tranquilos en Golden Gate Park, picnics junto al mar, partidos de frisbee en Crissy Field, ese pasado parece ahora un universo alternativo.

Las discusiones internas se vuelven críticas los días de encierro prolongado. Amanda y Marco han comenzado a discrepar sobre si interactuar con otros grupos: ella cree que la cooperación es la única salida; él dice que en la desesperación los valores se han evaporado y que confiar es un lujo de otro tiempo. Los chicos apenas hablan, miran el horizonte, anhelando algo que ni siquiera saben nombrar.

He leído una y otra vez lo que alcancé a imprimir de los viejos foros de Reddit. Hay quienes aún intercambian consejos de supervivencia, mapas, refugios seguros, aunque la mayoría de esas esperanzas parecen espejismos: sitios prometidos que podrían ocultar horrores peores, bandas de saqueadores, cultos fanáticos. Nos debatimos entre quedarnos y esperar o internarnos al exilio y el riesgo. Nuestra única ventaja es conocer la ciudad: sus vías secundarias, los callejones ciegos, los escondites secretos que solo quienes aquí nacieron conocen.

Hoy, bajé solo hasta Polk Street en busca de comida o algún indicio de vida. Tomé la Glock que aún me resulta extraña en la mano y bajé los seis pisos en completo silencio. Vi un grupo de zombis atrapados en el interior de una tienda de conveniencia, arañando desesperadamente los cristales que aún resistían. La visión —y sobre todo el sonido— es de una pesadilla interminable: un golpeteo monótono, como si la misma muerte llamara a la puerta de todos.

Recogí dos botellas de agua y una barra energética casi deshecha de una mochila abandonada. En la esquina, un hombre me observó desde la sombra, el cañón de una escopeta asomando por encima del hombro. Nos medimos durante largos segundos. Nadie confía, todos saben que un movimiento en falso puede costar la vida, y la muerte, ahora, casi nunca es pacífica. Asentí con la cabeza y seguí mi camino, apretando los dientes.

Por la tarde, nos reunimos a inventariar lo poco que conseguimos. Amanda anotó las provisiones con precisión de cirujano, como si sumar cifras minúsculas pudiera conjurar seguridad. Marco afiló cuchillos hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Los chicos dormitaron, apretados uno contra el otro, esperando una noche tranquila. Es triste pensar que la mayoría sueña ahora con no despertar.

Hoy, a la distancia, escuchamos una serie de explosiones. No sabemos si fue un intento de la Guardia Nacional de retomar algún sector, o simple vandalismo. A cada estallido siguió un silencio aterrador. Antes, en los viejos días de marchas y protestas, la ciudad se agitaba ruidosa pero vibrante; ahora el silencio es un sepulcro, sólo interrumpido por los pasos vacilantes de los muertos.

Al anochecer, pegamos colchones y muebles contra la puerta principal. Amanda pasó lista y Marco supervisó las barricadas. Los chicos ayudaron con una resignación triste y, antes de dormir, Amanda intentó un juego de palabras para animarlos. La risa fue débil, pero real, y por un instante sentí la sombra de la vieja vida rozándonos.

No sé cuánto durará esto. A veces, cuando el miedo me deja, imagino un mañana. Quizás en unos meses, cuando las hordas se disgreguen o los zombis se pudran, podremos recorrer las calles sin mirar atrás cada dos pasos. Imagino el Ferry Building repleto de supervivientes, como un mercado de trueque, y a los jardines de Alamo Square floreciendo de nuevo bajo el sol. Quizá las colinas verán algún día el regreso de las bicicletas y las carcajadas.

Pero hoy, sólo puedo escribir. Si muero, que alguien encuentre este diario, que sepa que resistimos. No fuimos héroes ni mártires, sino personas comunes atadas por el miedo y la esperanza. Está empezando a llover; la ciudad huele a óxido, a humedad, a desesperación. Escucho los sollozos de Amanda, el susurro del viento atravesando los cristales rotos.

Me agarro a la certeza de que, mientras quede alguien para escribir, para recordar, para contar, San Francisco aún vive en alguna parte, aunque sea solo en estas últimas palabras.

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