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Portada del relato La niebla sobre las ruinas
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Fragmento:


A la distancia lo único que rompía el silencio era el golpeteo sistemático de una vieja campana, colgada de los restos de la iglesia en North Beach. Era la señal de que la feria de intercambio de noviembre seguía en pie. La costumbre se había instaurado hacía apenas dos años, cuando los supervivientes del este de la bahía, arrimada la esperanza a una docena de fusiles y rifles de caza maltrechos, consiguieron limpiar de infectados los alrededores del Ferry Building y establecer un mercado tan protegidamente teñido de ley marcial como de fragilidad.

Duración: 10:59

La niebla sobre las ruinas
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Texto de ajuste de pausa.

24 de noviembre de 2028

La madrugada en San Francisco nunca había sido más oscura que ahora. El tiempo había torcido a la ciudad, retorcido sus cimientos y calles empinadas hasta convertirlas en avenidas de espinas y miedo. A pesar de todo, la niebla seguía bajando desde el Pacífico con la misma terquedad de siempre, desdibujando las siluetas de los edificios en ruinas y ocultando bajo su manto secreto las nuevas vidas de los que, aferrados a los escombros del pasado, intentaban levantar algo similar a una civilización.

A la distancia lo único que rompía el silencio era el golpeteo sistemático de una vieja campana, colgada de los restos de la iglesia en North Beach. Era la señal de que la feria de intercambio de noviembre seguía en pie. La costumbre se había instaurado hacía apenas dos años, cuando los supervivientes del este de la bahía, arrimada la esperanza a una docena de fusiles y rifles de caza maltrechos, consiguieron limpiar de infectados los alrededores del Ferry Building y establecer un mercado tan protegidamente teñido de ley marcial como de fragilidad.

En uno de los callejones mejor protegidos, junto a las fachadas derruidas de los viejos Fisherman’s Wharf, resonaba el ruido característico de los carros de mano, a los que les añadían ruedas de bicicletas o patines. Los puestos, improvisados con tablones arrancados de casas, ofrecían desde munición y flechas hasta cubos con semillas, garrafas de agua y misteriosos paquetes envueltos en lonas de camión. Entre los olores de pescado ahumado y cebollas encurtidas vagaba Lena, la joven encargada de organizar las señales entre los asentamientos de la ciudad.

Lena tenía apenas diecisiete años y no recordaba cómo era un supermercado, ni la textura de las monedas. Para ella, el mundo comenzaba al pie de la colina donde su gente había fundado la Comunidad del Presidio y se expandía hasta la sombra del Golden Gate, ahora cerrado por barricadas de coches oxidados y alambres de púas. Lo viejo quedaba en leyendas y lo nuevo se construía a codazos y rencillas.

Caminó despacio entre los puestos, vigilando el cinto donde portaba una pistola reparada y dos cuchillos. Sabía que, aunque los zombis eran ya una plaga residual y apenas sobrevivían en rincones húmedos de los rascacielos en ruinas, el peor miedo paseaba ahora con rostro humano: bandas de forasteros y nómadas que cruzaban la Bahía en botes, dispuestos a saquear o, peor aún, a capturar gente para trabajos forzados. Desde hacía meses, los intercambios estaban asistidos por escoltas armados y las señales luminosas, establecidas en colinas altas, servían de advertencia ante cualquier extraño.

Mientras Lena intercambiaba su cosecha de habas por dos frascos de penicilina y una bolsa de arroz, divisó a dos hombres de rostro húmedo por el sudor, vestidos como antiguos obreros, acercarse con paso directo. Eran parte del grupo de “El Forjador”, el líder que había unido varias cuadrillas de los viejos astilleros de Oakland y Alameda, un tipo brutal según rumores, disciplinado en la administración del miedo.

—¿Tienes noticias del sur? —le preguntó el mayor de ellos, con la voz rota.

Lena negó levemente con la cabeza. Las rutas hacia San Mateo estaban cortadas por un deslizamiento de tierra, y más allá, hasta Palo Alto, las comunidades apenas conservaban contacto radial. El último mensaje interceptado hablaba de una caravana atacada en la autopista 101, y no se sabía si era obra de zombis, saqueadores o simplemente del hambre que todavía reinaba en las colinas de Silicon Valley.

—¿Han vuelto a verse hordas? —prosiguió el otro, mirando con sospecha a los lados.

—Solo de paso por la 19th Avenue —respondió Lena—. Pero no eran más de ocho.

Ocho. Nadie hubiera creído, ocho años atrás, que ese número sería motivo de alivio y no de pánico absoluto.

Abandonó el grupo y atravesó la plaza, donde los panaderos de la Misión vendían pan duro y dulce de higos por balas sueltas o cuchillas afiladas. Cerca de la fachada del Museo Exploratorium, ahora convertido en enfermería y escuela, un grupo de niños jugaba al intercambio, capturando “infectados” imaginarios y encerrándolos en pequeños cercos trazados con cuerdas. Lena se detuvo a observarlos, recordando que ella misma fue, no mucho tiempo atrás, una niña como esas, criada en los días en que todo era correr, esconderse y sobrevivir, cuando los adultos apenas podían enseñar a leer ni sumar porque la prioridad era cazar ratas o buscar leña.

Un disparo seco rasgó el aire. Por un instante, el mercado se congeló. Las reglas eran claras: ninguna violencia dentro del mercado, bajo ningún pretexto. Unos segundos crispados después, un hombre jadeante apareció entre la multitud arrastrando a otro, herido de bala en la pierna.

—¡Atrapado con drogas! —gritó la escolta—. ¡Trataba de vender morfina adulterada!

Colérica, la multitud se agitó; los saboteadores internos eran contemplados como una amenaza mayor aún que los zombis. Mientras algunos pedían castigo inmediato, la emisora de señales pidió la presencia del Consejo, y Lena tomó nota mental para informar a su gente: el comercio era frágil, cualquier fisura en la confianza podría echar a perder años de precaria paz.

Al crepúsculo, Lena se reunió con su madre y el resto de la cuadrilla. Suelen cenar en la terraza superior de uno de los grandes almacenes reconvertidos para cultivo en hidroponía, con cubos de agua de lluvia traídos del Fort Mason y verduras crecidas en lo que antes fueron ventanas polvorientas. Desde ahí, la bahía parecía más serena, con las luces verdes y amarillas de las hogueras y linternas de otras comunidades titilando en la distancia como una constelación de sobrevivientes.

—Hoy escuché en el mercado que en Sausalito están vendiendo semillas de tomate —le contó su madre.

Lena asintió con gesto ausente. Sabía que la agricultura era el eje de la supervivencia, pero su mente viajaba a otro tema. Aquella tarde, en la esquina de Leavenworth con Bay Street, había visto una figura extraña: un niño harapiento, de cabello rubio y cara manchada, que la miró de lejos con ojos tan marrones como el barro. Se escabulló apenas lo miró de vuelta, perdiéndose entre dos coches volcados. No era ningún vecino conocido, ni alguien del mercado.

Antes de dormir, Lena bajó a la bodega a buscar la vieja radio de manivela. Movió el dial a la frecuencia concertada, los 108.6 MHz, y esperó al crepitar del código. Breves pitidos, luego una voz chillona:

“Aquí Resistencia del Puente, zona 16A. Se solicita trueque: miel, telas, cuerda. Informar actividad zombie mínima. Precaución: grupos hostiles en Presidio y Telegraph Hill. Cambio.”

Lena transmitió su reporte. Luego, en la oscuridad, escribió en su cuaderno: “Aumentan señales de saqueadores. Los niños juegan sin miedo. La gente atrevida empieza a mirar hacia Oakland. Algo va a cambiar pronto”.

A las pocas horas, un diluvio somnoliento cubría la ciudad, la lluvia repicando sobre tejados improvisados con plástico y madera. Lena soñó con los relatos que contaba su madre sobre antiguos desfiles en Union Square, sobre el bullicio de los tranvías, la música en los clubes de jazz, el resplandor de las pantallas gigantes antes del gran apagón.

La realidad, al despertar, era barro, frío, miedo, y sin embargo también una extraña esperanza: la ciudad, aunque quebrada, todavía tenía gente que se atrevía a llamarla hogar.

Esa misma mañana, la alarma de señales trepidó tres veces: una columna de humo brotaba desde el barrio de Chinatown. Lena, junto a otros cuatro exploradores, cruzaron en silencio la lomada de Russian Hill. Encontraron el origen en la intersección de Grant con Jackson: un camión volcó y fue incendiado adrede; junto a él, varias cajas de víveres ajenas ya a todo dueño. Pasos frescos en el barro revelaban la huida reciente de al menos seis personas.

¿Zombis? Improbable, salvo que los muertos hubieran aprendido a usar madera y gasolina. Bandas humanas, sin duda. Los saqueadores o los mercaderes nómadas de la 280, posiblemente. Mientras recapitulaban, oyeron un sollozo débil entre los escombros del antiguo Far East Café. Era el niño rubio, el que Lena había visto en el mercado. Lo sacaron de entre restos aún humeantes, cubierto con una vieja manta.

No hablaba, pero en su mano apretaba un papel: el dibujo toscamente coloreado de una familia, una casa y, bajo ella, la palabra “esperanza”.

Lena y sus compañeros lo llevaron a la enfermería improvisada. No era ni el primero ni el último huérfano en encontrarse en San Francisco ese otoño, pero su silencio era inquietante. Al examinarle, vieron que no tenía mordidas ni fiebre, solo hambre y terror. Lena permaneció a su lado mientras el pequeño dormía.

Horas después, alguien del Presidio llegó con noticias: el consejo de Oakland quería reabrir la vieja estación Transbay, quizás volver a operarla como punto de unión entre bahías, permitir que el comercio de verdad floreciera en la ciudad partida. Habrían de armar patrolas armadas y restablecer linternas de señales. Era algo grande, algo que prometía cambiar el ritmo estático y tenso de los anteriores años.

La noticia se esparció con rapidez. Los comerciantes acogieron la propuesta con escepticismo y esperanza. No todos querían arriesgar el frágil equilibrio de su pequeño refugio, pero otros olieron oportunidad. Lena supo al instante que, si la ciudad volvía a conectarse, nacerían posibilidades de progreso… y de peligro.

Esa noche, los fogones al calor de las velas improvisadas en lo que había sido la terminal de tranvías, Lina tomó la palabra ante su gente. Les habló de reconexión, de la nueva Transbay, de los retos logísticos y de las amenazas. Les recordó a todos que el miedo, tras nueve años de plaga, era todavía su principal enemigo, pero que la esperanza —por pequeña que fuera— era el principio de todo cambio.

Al terminar, la ciudad silenciosa pareció respirar de nuevo. Alguien empezó a entonar una canción vieja. Otros rieron por primera vez en meses. El niño rubio dormía junto a la hoguera, acurrucado junto a Lena, que velaba su sueño.

Por la ventana abierta, entraba la brisa salobre de la bahía. Lena alzó la vista y pensó que quizá, en la temporada siguiente, los niños jugarían tranquilos en las calles, y que algún día, entre los resquicios de un mundo devastado, a la humanidad le quedaría la fuerza suficiente para recuperar, poco a poco —con señales, valor y semillas—, la ciudad de la niebla.

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