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Fragmento:


A lo lejos, los restos de un tranvía sobresalían como un monumento a la soledad. Gabriela se detuvo para mirar hacia la colina de Russian Hill, donde la niebla bailaba y cubría los techos medio derruidos con una pátina plateada. Recordó entonces la noche en que el primer brote alcanzó la ciudad y la televisión dejó de transmitir reportes para pasar, en cuestión de horas, a un zumbido estático tan inquietante como el silencio posterior.

Duración: 11:49

La última marea en la bahía
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Texto de ajuste de pausa.

18 de diciembre de 2020

Apenas despuntó el sol sobre la silueta irregular del Pacífico y los edificios altos que abrazan el Embarcadero ya proyectaban sombras largas sobre una ciudad que, a ojos de cualquiera, parecía muerta. Sin embargo, San Francisco se negaba a desaparecer, igual que el recuerdo del mundo previo, tan difuso ya para quienes quedaban vivos.

Gabriela apretó la bufanda de lana, demasiado delgada para el frío que traía el viento desde la bahía, mientras avanzaba por lo que antaño fue la transitada Lombard Street. Bajo sus botas, el asfalto resquebrajado parecía un mosaico postapocalíptico, y las llamas apagadas en las ventanas rotas ofrecían fugaces destellos de esperanza, pequeños rastros de humanidad resistiendo en el caos.

Caminó con cautela, el rifle de caza descansando sobre el pecho, y echó una ojeada rápida a la cornisa del edificio más cercano. Nada. Alguna vez había zombis allí, arrastrándose inútilmente, pero con la llegada del invierno, la mayoría de ellos yacían apilados en sótanos húmedos o esquinas oscuras, sus movimientos entorpecidos por el frío, sus gritos apagados por la neblina que se acumulaba cada noche entre los rascacielos. Pero no era el frío ni los muertos lo que más temía Gabriela. Eran los vivos.

Atrás quedaba lo que llamaba, a falta de otro término, su casa: una fábrica abandonada cerca del cruce de Van Ness y Bay, hogar improvisado donde otras diecisiete personas subsistían con ella desde los días del primer colapso. Entre ellos, Noah, un hombre de barba cenicienta y mirada paciente; Kim, joven ingeniera que parecía salida de un sueño interrumpido, y Rafael, el viejo cocinero que transformaba agua turbia, arroz y latas de habichuelas en festines inolvidables. Había sentido el deber de salir esa mañana, arriesgar uno de los últimos cartuchos en la búsqueda de algo, cualquier cosa comestible. La comida escaseaba tanto como los momentos de silencio.

A lo lejos, los restos de un tranvía sobresalían como un monumento a la soledad. Gabriela se detuvo para mirar hacia la colina de Russian Hill, donde la niebla bailaba y cubría los techos medio derruidos con una pátina plateada. Recordó entonces la noche en que el primer brote alcanzó la ciudad y la televisión dejó de transmitir reportes para pasar, en cuestión de horas, a un zumbido estático tan inquietante como el silencio posterior.

Un destello improvisado, como el reflejo de un cristal, la alertó. Gabriela se agachó de inmediato junto a un automóvil calcinado, el pulso disparado, los sentidos en tensión. No era la torpeza espectral de un no-muerto; era algo calculado, consciente, humano. Esperó, respirando apenas, hasta distinguir dos figuras moviéndose entre la penumbra. Hombres, armados. No eran de su grupo ni de ningún vecino con el que tuvieran trato.

Se arremangó el abrigo y apresuró el paso por las aceras cubiertas de escarcha, tanteando en cada esquina los viejos carteles de "Refuge Here" escritos a mano apenas unos meses atrás, ahora cubiertos de graffiti y manchas imposibles de identificar. Sabía que no podía hacer demasiado ruido, ni mucho menos disparar, salvo que no tuviera escapatoria. La ciudad era un tablero de ajedrez donde cada movimiento podía suponer la muerte.

Al tomar la bifurcación hacia Polk Street, divisó la silueta de la torre Coit, cubierta de musgo y nieve negra. En su base, un grupo de supervivientes había instalado un pequeño huerto comunitario, defendido por alambre y barricadas de muebles, que de lejos parecía una fortaleza medieval. Una cuerda ondeaba con trapos amarillos y rojos, señal de advertencia: "Peligro, no acercarse". La última vez que intentaron negociar, uno de sus compañeros fue baleado en la pierna por algún francotirador invisible. Desde entonces, el acuerdo tácito era evitarse.

El olor penetrante de la muerte se mezclaba con el salitre, y Gabriela llegó hasta la entrada de lo que quedaba de un pequeño supermercado coreano. El cristal estaba astillado, la puerta bloqueada con una viga. Se coló adentro y encendió la linterna sólo lo imprescindible. Cada pasillo era una sorpresa: latas de sopa aplastadas, cajas abiertas y montones de basura. Masculló una oración y buscó en la trastienda, donde tras el derrumbe de una estantería encontró una caja medio rota de crackers y, para su asombro, dos latas de sardinas.

Retomó la ruta de vuelta, tanteando el suelo y el aire en busca de señales. Ningún gemido gutural, ningún sonido de pasos arrastrados; sólo el crujir de la escarcha bajo sus propios pies. Pasó cerca de una parada de bus, y en los asientos descubrió lo que le pareció primero una figura dormida. No se movía. Se acercó despacio, la culata firme contra el hombro, y sólo entonces vio que era un cadáver congelado, mordido hasta el hueso, que alguien había depositado cubriéndolo con mantas que ahora eran bloques de hielo.

A su espalda, un silbido agudo cortó el aire. Se quedó helada. Era Kim: el silbido corto, luego uno largo. Amiga. Gabriela respondió con el mismo código y, en cuestión de segundos, la joven surgió de un callejón, su machete atado al muslo y una sonrisa leve que destelló bajo el gorro de lana. Sin mediar palabra, ambas emprendieron la vuelta juntas, controlando todas las entradas antes de acercarse al refugio.

En la fábrica, Rafael la esperaba con un abrazo oliente a café rancio y humo de leña. "Misión cumplida", le dijo Gabriela, y alzando las latas las hizo girar en el aire mientras un murmullo de alivio recorría al grupo. Había niños, dos de ellos, con los rostros hundidos en el abrigo de su madre; un anciano que tejía con paciencia extremada trozos de plástico que utilizaban como esteras aislantes. Noah repasaba el perímetro, de vez en cuando auscultando la radio militar en busca de señales de vida más allá del puente.

Cuando cayó la noche, la ciudad entera quedó sumida en una penumbra espesa, apenas iluminada por algunos fuegos distantes y el fulgor de la luna filtrada entre la niebla. Los zombis, si andaban cerca, apenas podían moverse; sólo se percibía de vez en cuando un gemido ahogado entre los edificios congelados. El calor humano dentro del refugio era su mejor armadura.

Kim se sentó a su lado junto al fuego improvisado. Su voz, ronca de cansancio, era casi un suspiro:

—¿Crees que queda alguien en el otro lado del puente?

Gabriela se frotó las manos, dudó. —Quizás en Marin, en el bosque. O en Oakland, si todavía los túneles no están bloqueados —respondió.

—¿Crees que algún día pasaremos el invierno? —dijo Kim, la mirada perdida en el muro donde alguien había dibujado el Golden Gate cubierto de plantas.

Gabriela negó suavemente con la cabeza. No mentía por cortesía; no tenía respuestas, sólo persistía.

Afuera, la tormenta que se formaba sobre el océano traía consigo la promesa de más frío y, quizá, la limpieza de las calles si el hielo se multiplicaba. Dormía poco, y entre pesadillas y sueños sin sentido, pensaba en cómo había sido la ciudad en tiempos mejores: las cabinas de teleférico ascendiendo por Nob Hill; los turistas con cámaras brillantes frente al muelle 39, los olores de comida fusión en China Town mezclados con el café de North Beach. Todo eso parecía una postal irreal, algo que tal vez nunca existió.

Un disparo retumbó en el horizonte. Nadie se movió. El sonido de las armas era tan común como el del viento: alguien defendiendo su guarida, quizá perdiendo otra pelea por un poco de arroz. Algunos de los niños acurrucados junto al fuego ni siquiera parpadearon. Habían nacido ya bajo la sombra de la plaga y no conocían el mundo previo.

Noah entró silencioso, la radio en la mano y resignación en el rostro. —Nada en las frecuencias. Pero escuché el mismo código Morse de hace tres noches. Puede que haya otro grupo en South of Market.

Kim asintió, los ojos encendidos por la esperanza; Gabriela, en cambio, solo guardó el dato en algún rincón recóndito del cerebro. Sabía que cada comunidad era una ruleta: podían ser aliados… o caníbales, paramilitares, saqueadores. Nadie sobrevivía solo, pero muchos morían por confiar en los demás.

La noche avanzó arrastrando el frío dentro del refugio, mientras al otro lado de las paredes la ciudad seguía desmoronándose. Fue Kim quien propuso contarse historias para mantener a raya el miedo. Cada quién evocó un recuerdo anterior a la caída. Rafael habló de su primera paella en Valencia; Noah de sus años pescando en Alaska; Kim describió cómo aprendió a manejar un dron sobre el Golden Gate la semana antes de que la red cayera para siempre.

A la mañana siguiente, Gabriela salió al patio cubierto de escarcha. Desde la bahía, la neblina se levantaba confusa, ocultando las islas de Alcatraz y Angel Island, convertidas en mitos donde algunos decían que aún quedaban laboratorios o un ejército esperando la señal para reconquistar el continente. Los rumores crecían más rápido que los cadáveres, y la esperanza era el bien más valioso.

Aquella mañana, el viento cambió y todos lo notaron. Alguien —Rafael, con lágrimas ocultas bajo la bufanda— avistó en la distancia una columna de humo distinta a las demás: era constante, clara, no la señal dispersa de una fogata, sino un mensaje. Gabriela y Kim se miraron. Sin discutir, prepararon sus mochilas: linternas, mantas, armas, un poco de comida, la radio. Si aquella señal era amistosa, podrían comenzar a tender puentes; si no, quizá encontrarían, en el peor de los casos, información sobre futuras amenazas.

Salieron por la vieja puerta de acero, despedidos por una promesa tácita de regreso. Bajaron zigzagueando, esquivando los coches varados, viejos fantasmas de una era ya extinta. Hacia el sur, por la niebla, el puente colgaba inmutable, atravesado de miedo y esperanza a partes iguales.

Mientras caminaban alejándose del refugio, Gabriela recordó la frase pintada hace meses junto a la entrada del túnel de Market Street: “La ciudad no es la misma, pero seguimos aquí”. Era un recordatorio del valor, de la terquedad, de la pequeña resistencia de un puñado de humanos en el extremo occidental del mundo.

Al llegar a la columna de humo, no encontraron ni zombis ni humanos hostiles. Sólo una hoguera cuidadosamente encendida y, al lado, una caja con restos de comida y anotaciones en inglés y chino, describiendo rutas seguras y escondites entre North Beach y el Presidio.

El corazón de Gabriela se aceleró. Había alguien más. La ciudad seguía viva, apenas. Sobre las ruinas del pasado, pequeños grupos tejían redes invisibles, esquivando muerte y desesperanza, encendiendo faros diminutos cuya luz, inconstante pero obstinada, desafiaba la oscuridad.

Regresaron esa noche con más esperanzas que víveres. Compartieron el hallazgo con sus compañeros, que entre abrazos incrédulos y lágrimas de alivio, soñaron juntos con la llegada de un invierno menos hostil, con la fuerza para seguir tendiendo puentes, y con la remota posibilidad de que, al final, hubiera algún tipo de horizonte después de la penumbra.

Porque, incluso en diciembre de 2020, entre cadáveres congelados y calles abandonadas, San Francisco seguía resistiendo. Y quienes quedaban, aferrados a la memoria y al fuego, seguían luchando para no olvidarse a sí mismos.

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