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Portada del relato Los Últimos Puentes de San Francisco
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Fragmento:


Sigo pensando en la noche del 9, hace menos de una semana. A eso de medianoche, bajo una luna descarnada que no tenía lugar en el firmamento, las sirenas de emergencia ―el último vestigio de los días dorados― aullaron hacia la bahía. Entre torres de oficinas destripadas emergieron unas cien figuras tambaleantes, carne informe, residuos de lo que alguna vez fue gente. Habían salido de la Fisherman’s Wharf, y su número era demasiado para los exploradores apostados cerca de Russian Hill. Por radio chilló la voz de Jesse, apenas reconocible: “¡Se mueven hacia el puente! ¡Todos atrás!”. Recuerdo la carrera, cómo los disparos rebotaban entre los cristales aún colgados de los marcos. El eco de los gritos, el roce del asfalto bajo mis botas, la sensación de respirar un aire que ya no era nuestro.

Duración: 12:34

Los Últimos Puentes de San Francisco
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Texto de ajuste de pausa.

15 de noviembre de 2024

No quedaban farolas encendidas en la ciudad, solo el relente húmedo y los resplandores de hogueras dispersas sobre terrazas y en las azoteas de algunos rascacielos, espectros anaranjados en el gris perpetuo de la bruma de noviembre. Sobre la bahía, un aire salino, pesado por el silencio, cubría todo San Francisco como un manto protector que nada podía proteger. Desde mi puesto en el borde de Pacific Heights, cerca de donde antaño brotaban los turistas como semillas al viento, podía ver el perfil desfigurado del skyline: viejos bancos agrietados, ventanales cubiertos de tablones, y el esqueleto majestuoso del Golden Gate, convertido en una frontera entre la vida y la muerte.

Había llegado al refugio “Golden Gate” a principios de otoño, cuando los puestos de avanzada del centro finalmente colapsaron por un brote tras otro. Durante el verano, voces correteaban por radio sobre la llegada de caravanas, algunas desde el sur, otras desde el este, como quien habla de viejos trenes de vapor, lentas, envueltas en miedo y polvo. Ahora, a mediados de noviembre de 2024, cada palabra es un riesgo ―quien habla demasiado suele acabar en la punta de un cuchillo o mordido entre la niebla― pero la necesidad obliga.

El refugio “Golden Gate” se extiende a lo largo de varias manzanas junto a la subida a la colina, cubriendo parte de los barrios que alguna vez vieron crecer la ciudad. Aquí se ha hecho fuerte el grupo de los Unidos, una amalgama de antiguos enfermeros, bomberos, soldados retirados, y familias rotas que con el tiempo se volvieron una sola. La muralla la construimos con carros volcados, vigas saqueadas y los sacos de arena que logramos rescatar de almacenes abandonados. Un sistema primitivo, pero en dos años apenas hemos tenido tres incursiones nocturnas de infectados que hayan roto el perímetro. Por cada ataque repelido, de algún modo encontramos más fuerzas para reforzar, como si el miedo se transformara en cemento.

Me llamo Matías Avendaño y a falta de otro destino, desde hace meses mi función es recorrer la línea marcada entre el refugio y el río de muertos que aún se mueve en el centro, despachar exploradores, repartir mensajes entre puestos, y rastrear loamos movimiento de hordas que emergen por Columbus Avenue o descienden por las antiguas autopistas. Me ha tocado registrar el lento avance de la putrefacción sobre nuestras vidas: lo inevitable y lo arriesgado, entre noticias de asaltantes y rumores de pequeñas comunidades de supervivientes desperdigadas por Marin, Oakland, e incluso tan lejos como Palo Alto.

Sigo pensando en la noche del 9, hace menos de una semana. A eso de medianoche, bajo una luna descarnada que no tenía lugar en el firmamento, las sirenas de emergencia ―el último vestigio de los días dorados― aullaron hacia la bahía. Entre torres de oficinas destripadas emergieron unas cien figuras tambaleantes, carne informe, residuos de lo que alguna vez fue gente. Habían salido de la Fisherman’s Wharf, y su número era demasiado para los exploradores apostados cerca de Russian Hill. Por radio chilló la voz de Jesse, apenas reconocible: “¡Se mueven hacia el puente! ¡Todos atrás!”. Recuerdo la carrera, cómo los disparos rebotaban entre los cristales aún colgados de los marcos. El eco de los gritos, el roce del asfalto bajo mis botas, la sensación de respirar un aire que ya no era nuestro.

Desde entonces, la vigilancia se duplicó. Los vigías no pueden dormir más de dos horas seguidas y los ojos se gastan en la oscuridad. Los zombis ―muertos, los llamamos con una mezcla de rabia y resignación― se agrupan más en la penumbra, atraídos por ruidos lejanos, por ráfagas de viento que arrastran nuestros olores hacia su reino de huesos rotos y hambre sin fin. Pero la amenaza no es solo de ellos. De cuando en cuando, divisamos al sur columnas de polvo: caravanas mercantes enfrentándose a bandas armadas que no dudan en asaltar, secuestrar y esclavizar. Encontrar suministros en San Francisco es casi imposible; casi todo ha sido saqueado mil veces, desde farmacias en Mission hasta los supermercados de Outer Richmond. Pero en raras ocasiones, como la esperanza, algo sobrevive oculto dentro de un sótano olvidado, una trastienda al fondo de una lavandería.

El frío del océano ya se siente, y aunque la bruma confunde el olfato de los zombies, también apaga el calor humano, como un cementerio. Por eso cada vez que salimos, lo hacemos en parejas, a veces en tríos; nunca más de cinco, para no despertar apetitos no-humanos ni humanos. Yo salgo con Lena, la antigua enfermera de North Beach, y con Malik, un ex techie de Palo Alto, ahora convertido en rastreador y fabricante de balas de plomo recicladas. Lena carga siempre un botiquín medio vacío y una vieja pistola de clavos, Malik una carabina Winchester de tres generaciones atrás y una bolsa con pequeñas botellas de vidrio rellenas de líquido inflamable.

Salimos una hora antes del amanecer, cuando el frío es más intenso y la niebla cubre como una segunda piel. Nuestro rumbo: una tienda de electrónica saqueada cerca de Union Square. Malik había oído que bajo la trastienda, en los túneles antiguos, quizás quedaran generadores portátiles y baterías de litio que los saqueadores no supieron identificar. Poder iluminar el refugio durante al menos una semana, calentar el agua o alimentar una vieja radio sería un milagro en estos tiempos.

Nos movimos pegados a los muros, las fachadas cubiertas de grafitis y mensajes de advertencia. “No entres, infestados”, “Solo queda muerte adentro”, “Ladrones = Zombis”. La ciudad hablaba con la voz de los que ya no estaban. A la altura de la antigua Lombard bajamos por calles llenas de escombros. Vimos a lo lejos la silueta errante de uno de los muertos, solo, vestido con un uniforme de policía. Lena apretó mi brazo y avanzamos en silencio. No tiene sentido gastar munición en un solitario: huir es manera de sobrevivir.

Llegamos al local justo cuando la claridad blanca del sol comenzaba a abrirse paso entre las nubes. Malik forzó la puerta trasera con un destornillador oxidado. Adentro, el aire era denso, mezcla de papel húmedo y plásticos derretidos. Volteé una estantería; del otro lado apareció un cuerpo, o lo que quedaba de él, aplastado bajo un amasijo de cables. “No lo mires mucho tiempo”, me advirtió Lena, “los ojos terminan viéndolos en la oscuridad”.

El acceso a los túneles era a través de una trampilla al fondo de la tienda. Malik destapó el acceso y todos bajamos, uno tras otro, envueltos en el hedor rancio de viejos generadores. Lena encendió una linterna, la luz vacilante nos permitió ver estanterías, bidones de gasolina vieja y dos cajas que aún estaban selladas. Mientras revisábamos el botín, el rugido lejano de un motor nos congeló la sangre. “No son zombis”, murmuró Malik, y por primera vez, eso no fue un alivio.

Rápidamente empaquetamos lo que pudimos: cables, un par de baterías, una caja sellada de radios. El sonido del motor se acercó; distinguimos voces ―humanas, violentas. “Por la escalera, rápido”. Nuestro refugio era un hueco entre cartones viejos, un respaldo que quizás nos protegería. Lena contuvo la respiración mientras arriba los pasos se multiplicaban, metálicos, decididos. Escuchamos cómo saqueaban, cómo maldecían, cómo reían con una crudeza que no era de este mundo. “Ya no quedan ratones en esta isla”, dijo una voz ronca. El peligro de la ciudad ya no eran solo los muertos, sino los vivos.

Esperamos. Los urbanos se marcharon tras un rato, arrastrando bolsas y cajas. Afuera, la bruma se había hecho más espesa. Subimos con el botín, siempre en sigilo. En la lejanía, entre el rumor del océano y el sol levantándose sobre la East Bay, un eco de disparos estremeció el asfalto. Lena me susurró que debíamos regresar antes de mediodía, cuando la luz traía nuevas amenazas.

De vuelta al refugio, la ciudad se dejaba contemplar: las grúas oxidadas, los andamios devorados por la era, el cableado que colgaba como telarañas del siglo pasado. A intervalos, veíamos columnas de humo: señal de supervivientes defendiendo un mercado, quizás una refriega o una llamada de socorro. Cruzamos por Chinatown, ahora apenas un conjunto de murallas improvisadas y sombrillas quemadas. Al llegar a la intersección de Van Ness y Broadway, una familia armada vigilaba la entrada de lo que fue un restaurante. Nos observaron sin mucho interés; mostrarse demasiado atento podía significar conflicto. En la nueva San Francisco, la alianza tácita suele ser no mirar, no juzgar, no recordar demasiado.

El resto del día fue de inventario y reparaciones. Los liderazgos discutían detalles sobre cómo usar la energía obtenida: iluminar la enfermería o el taller, proveer calor a las habitaciones para niños, recargar radios de emergencia. Ha sido una constante disputa. Las decisiones nunca satisfacen a todos, pero las comunidades se sostienen sobre desacuerdos antes que sobre ideales.

Por la noche, me tocó patrullar el muro noroeste, con vista al puente. El Golden Gate es más que un monumento: es la última línea, un recordatorio de lo que perdimos y una promesa de que el mundo no se ha rendido del todo. Desde mi puesto veo sombras que a veces son aves, a veces son bestias. De vez en cuando pasan pequeñas caravanas, grupos bien organizados que usan la vieja autopista protegidos por vigilancia armada, truequeando sal, harina o pólvora por medicinas y cartuchos.

A las dos de la madrugada, volvió a sonar el código Morse de la radio militar, como cada pocos días: tres puntos, dos rayas, y después nada. Los supervivientes sabemos que es señal de un puesto avanzado en Marin, quizás aún operativo, aunque nadie lo ha visto de cerca en meses. Algunos creen que son solo ecos, repeticiones automáticas de máquinas olvidadas. Otros pensamos que, mientras la señal continúe, hay esperanza.

Al amanecer, llegaron noticias de una columna de cuerpos acercándose por Market Street. La tensión se sintió en el aire, pero el grupo de defensa ya sabía el ritual: preparar armas, apostarse en pasadizos, encender botellas incendiarias y estar listos para lo peor. Sentí el calor del miedo mezclarse con el olor de la gasolina y el sudor. Esperamos casi dos horas; luego la horda pasó de largo, arrastrándose hacia el sur, quizás en busca de otros ruidos, tal vez atraída por las refriegas humanas en la zona de Mission.

Lena me confesó esa mañana que a veces desea marcharse, cruzar el puente y perderse hacia el norte, hacia los rumores de mini-ciudades fortificadas donde las hordas ya no son más que una molestia ocasional y la vida puede transcurrir sin miedo diario a ser devorado. Yo le respondí que toda esperanza tiene su precio: que en ningún lugar está garantizada la paz, solo cambia la forma del peligro. Ella asintió, y ambos nos quedamos viendo el mar, su aguja de sal atravesando la ciudad descompuesta.

Las noticias corrieron rápido: se habían visto fortificaciones en Sausalito y una caravana que, según rumores, había llegado desde Sacramento trayendo no solo pólvora, sino semillas. Una noticia como esa revitaliza hasta el corazón más endurecido. Algunos jóvenes del refugio, nacidos en el mundo apocalíptico, ni siquiera saben qué aspecto tiene un campo de trigo real, pero sus sueños se vuelven dorados solo de pensarlo.

Esa noche, una fiesta silenciosa recorrió los puestos. Nadie cantó, pero muchos sonrieron. Volvimos a escuchar cuentos del “viejo mundo”, de los trenes y los mercados del Ferry Building, de la iluminación de Union Square en Navidad. Tal vez, por un momento, los muertos solo fueron una sombra lejana, y en el susurro de las olas, la ciudad parecía prometer que, aún tras la mayor de las catástrofes, lo humano resiste, se adapta y, de alguna manera, aprende a soñar otra vez.

Así es vivir entre los escombros y el mar: una historia de resistencia, de perder y ganar, mientras el mundo espera el amanecer del siguiente día.

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