Fragmento:
El grupo observaba el mismo panorama que cientos de veces antes: la danza incierta de cadáveres distantes, de ropas rotas y cabezas que se balanceaban, vacíos, ajenos al significado de San Francisco. Encontrarían algo que comer, un abrigo, medicinas quizás, pero lo que importaba ese día era algo superior: buscar piezas para completar el molino de viento improvisado que una comunidad vecina intentaba construir en las ruinas de Daly City. A dos años de la última gran horda, Fort Funston resistía gracias a su ingenio, a la recuperación de la energía eólica y el acceso limitado a la salinera, pero sus paneles solares ya no bastaban ante tantos inviernos grises, y la madera se agotaba tan rápido como los disparos.
Duración: 10:53
7 de diciembre de 2025
La neblina se arremolinaba persistente entre los edificios desmoronados y los ruidos del silencio eran tan abrumadores como el bramido de la antigua ciudad. San Francisco, esa joya otrora bulliciosa del Pacífico, yacía bajo una niebla espesa, fría, y peligrosa, como si el océano intentara ocultar los pecados y las ruinas de la humanidad. Era invierno de 2025, y en el mundo desgarrado por la plaga de los no-muertos, el rumor entre los supervivientes era que la costa oeste, como gran parte de América, se había convertido en un campo de nadie, gobernado por las leyes del más fuerte y la codicia de los hambrientos.
De pie en lo que antes fue la entrada del Hallidie Plaza, debajo de la estructura destripada del cable car, Nadia sujetaba con ambas manos el fusil oxidado y miraba hacia Market Street, una franja gris de asfalto agrietado y huellas de muerte. A su espalda, Thomas, el mecánico de la comunidad fortificada de Fort Funston, revisaba una bolsa de lona donde guardaba cables, baterías y una emisora de radio de corto alcance, ese pequeño milagro que aún les conectaba de vez en cuando con otras voces humanas. Al otro lado de la calle, ocultos tras una hilera de carritos volcados y tablones cubiertos de chapas, dos jóvenes exploradores, Lin y Marcus, rogaban en silencio que el día se mantuviera claro, libre de hordas errantes.
El grupo observaba el mismo panorama que cientos de veces antes: la danza incierta de cadáveres distantes, de ropas rotas y cabezas que se balanceaban, vacíos, ajenos al significado de San Francisco. Encontrarían algo que comer, un abrigo, medicinas quizás, pero lo que importaba ese día era algo superior: buscar piezas para completar el molino de viento improvisado que una comunidad vecina intentaba construir en las ruinas de Daly City. A dos años de la última gran horda, Fort Funston resistía gracias a su ingenio, a la recuperación de la energía eólica y el acceso limitado a la salinera, pero sus paneles solares ya no bastaban ante tantos inviernos grises, y la madera se agotaba tan rápido como los disparos.
“¿Está claro?” susurró Nadia. La voz apenas vibró en el aire húmedo. Thomas dejó de toquetear la bolsa, sus ojos encendidos de una mezcla de miedo y obsesión técnica.
“Una docena de cadáveres en la esquina de 7th, y un par más merodeando cerca del edificio del antiguo Twitter”, murmuró. “No parecen haber olido nuestro rastro, pero no lo sabremos hasta que crucemos.”
Lin, de apenas dieciséis, asintió con manos temblorosas. Llevaba el cabello trenzado, el abrigo tres tallas más grande y una determinación feroz. Nadie le negaba su valor, aunque le pesara la nostalgia y la tristeza indescriptible de quienes perdieron a todos y ahora sobrevivían a fuerza de voluntad. Marcus, en cambio, se movía con tranquilidad forzada. Solía ser repartidor en bicicleta, y ese recuerdo era un faro triste: San Francisco sin sus bicicletas, sin gente en las calles, era una anomalía grotesca, un eco quebrado en su memoria.
El grupo avanzó en dirección a la enorme estructura semiderruida de la terminal de trenes, bordeando los restos de un tranvía inclinado sobre su carril como un gigante dormido. Los edificios de oficinas se elevaban mudos y perforados, ventanas rotas como ojos de un animal moribundo. El aire olía a sal y a moho, a basura empapada y vida podrida.
La misión era simple: recuperar piezas metálicas, preferiblemente generadores abandonados, turbinas, lo que fuera útil, antes de la noche. De vez en cuando, los humanos organizaban expediciones así, intercambiando información y haciendo trueques antes de los brotes de violencia. Más allá del peligro de los zombis, los saqueadores eran una amenaza aún más temida: hombres armados hasta los dientes, dispuestos a robar, secuestrar o matar para sobrevivir otra semana. Por eso se movían rápido, con cautela y mínimo ruido.
Entraron por la puerta trasera de una cadena de supermercados, ahora convertida en un esqueleto repleto de latas vacías, montones de ropa inutilizable y los huesos dispersos de una familia que, tiempo atrás, buscó refugio tras las cajas automáticas. En una estantería rota, Thomas localizó un viejo inversor eléctrico, lo suficientemente pequeño para llevarlo consigo. Lin rebuscó entre botellas, cazando algo de alcohol isopropílico o cualquier desinfectante. Marcus, atento al exterior, mantenía la mira fija en la entrada con una ballesta improvisada.
La atmósfera pesaba sobre sus espaldas: la tensión de saberse observados por algo más que los muertos. De vez en cuando, un gemido rebotaba en los muros, y deducir el origen era imposible – sonido traicionero, como tantas veces que la ciudad los había engañado con su eco.
Nadia inspeccionó una caja de fusibles, separando los que todavía mostraban cobre en buen estado. Las horas pasaban lentas. A mediodía, el sol asomaba entre la niebla, y la luz era un cuchillo pálido. Fue entonces cuando escucharon los gritos, distintos a los bramidos de los zombis: humanos, armados, y cerca.
“¡Rápido, por aquí!”, susurró Thomas. Salieron por un boquete en la sección de congelados, desplazándose entre montones de cajones y carritos esparcidos. Al salir a un callejón lateral, vieron a tres figuras, todas masculinas, agitadas pero sigilosas, explorando el área con fusiles y machetes. Deporte de caza, lo llamaban algunos; otros preferían “escaramuza”.
Los saqueadores a menudo preferían atacar por sorpresa, pero la presencia de los muertos los mantenía a raya, un extraño equilibrio. Un disparo podía atraer una mini-horda, así que aquel cruce de miradas entre los grupos fue tenso, del tipo que transforma segundos en eternidades. Por fin, los saqueadores decidieron que no valía la pena el riesgo.
“Esta vez pasamos”, gruñó uno mientras retrocedía. Nadia no bajó el arma hasta perderlos de vista del todo. Marcus soltó el aire que contenía. Tras un breve descanso, el grupo continuó.
Recorrieron el cruce de la Calle 8 con la mirada inquieta. El antiguo hospital de St. Francis, convertido en trampa mortal, albergaba a decenas de zombis encerrados hace años por algún grupo anterior — esas jaulas de carne humana eran peligrosas si las puertas cedían, y el hedor era insoportable. El colectivo rodeó el hospital, deteniéndose en una tienda de electrónica. Allí hallaron cables, pilas, una radio portátil milagrosamente en buen estado. Thomas trabajó rápido, improvisando una batería rudimentaria para aprovechar la energía residual y comunicarse por radio con Fort Funston.
El mensaje tardó en llegar: estábamos bien, habían visto a otros grupos camino a Potrero Hill, se advertía el avistamiento de una horda mínima en Mission Bay. El canal fue utilizado también por otros asentamientos: la antigua estación de policía, ahora sede de una micro-comunidad de agricultores, opinaba que los saqueadores se dirigían hacia los túneles del BART en busca de refugio, o de alguna otra presa.
El día avanzaba y la presión del tiempo aumentaba. Cuando Nadia consideró que cargaban todo lo posible, la expedición tomó rumbo de regreso al litoral, buscando la silueta borrosa del Golden Gate, casi insufrible a la distancia; oxidado, cubierto de cuervos, conocido entre los vivos como “el corredor de la muerte”. Cruzarlo era un suicidio, pero las historias decían que incluso allí, algunos habían escapado hacia Marin, fundando pequeñas villas dentro de los bosques vírgenes, menos contaminadas y más protegidas.
El último tramo fue el más difícil. Una corriente de aire frío trajo con ella la presencia de los zombis; iban en grupos pequeños, torpes en su andar, algunos tan destrozados que arrastraban piernas, manos, dientes sueltos. Uno, extrañamente erguido y con una chaqueta roja de los Giants, casi atrapó a Lin al quedar atorada en un bote de basura, pero Thomas la rescató a tiempo con un certero golpe de barra de metal. Marcus disparó un virote a la cabeza de otro, su única flecha reutilizable, jurando entre dientes porque la tendría que recuperar.
Por la tarde, atravesando el parque Dolores, vieron los restos del último festival que la ciudad conoció: banderas descoloridas, carpas hechas jirones, equipos de sonido abandonados. El arte urbano de los muros llevaba el mensaje de una humanidad que se negaba a desaparecer: grafitis con símbolos de resistencia, mensajes en varios idiomas, indicaciones para encontrar agua o caminos “limpios”. Nadia los contempló con nostalgia.
“¿Creen que algún día podremos hacerlo de nuevo?”, preguntó Lin, casi con ingenuidad, contemplando la silueta de una bicicleta oxidada, símbolo de una fiesta ya imposible.
Thomas no respondió. Miró el horizonte, las colinas marchitas y el mar brumoso, y pensó en la sensación de pedalear por la ciudad libre, de escuchar risas, de vivir sin miedo. Ahora, cada día era sobrevivir un poco más, pero cuando caía la noche y se sentaban alrededor de las fogatas, acompañados por el rumor lejano de los muertos y el mar inclemente, aún podían recordar.
Regresaron a Fort Funston justo antes del anochecer, pasando entre alambradas y barricadas donde los centinelas, niños armados y envejecidos antes de tiempo, daban la bienvenida con palabras apenas audibles. El botín fue revisado por los técnicos de la comunidad. Si nada salía mal, en unos días podrían encender el molino y reactivar parte de la iluminación: un pequeño triunfo sobre la penumbra y el olvido.
La noche cayó, y mientras los adultos discutían estrategias ante posibles ataques de saqueadores, Lin escribió en su libreta, una costumbre que atesoraba como reliquia perdida.
“En San Francisco ya no quedan dioses ni milagros —pero sí luces pequeñas, pequeñas historias que, por ahora, resisten. Quizá algún día volvamos a pedalear hacia una fiesta, o encendamos el puente de nuevo. Quizá el invierno no dure para siempre. Por ahora, seguimos caminando en la niebla, con los pies mojados y la mirada firme, porque el sol aún sabe dónde estamos. Y quizá, con suerte, mañana nadie muera.”
Afuera, entre el susurro del océano y el crujir de la madera vieja, San Francisco respiraba despacio, sosteniendo aún el peso de mil sueños y un solo presente. Aquí, en la costa olvidada del mundo que fue, la vida resistía.
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