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Portada del relato Caminando Entre Escombros: Crónicas de una Nueva San Francisco
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Fragmento:


Las reglas de nuestro enclave se forjaron con dolor: nadie sale solo, nadie grita cerca de las bocas del metro ni baja al subterráneo salvo bajo extrema necesidad. La ciudad bajo la ciudad es dominio de las cosas en descomposición. Los primeros meses, intentamos limpiar los túneles para buscar refugio —hasta que un resbalón bastó para que ir y volver fuese un viaje sin retorno y la pérdida de Milo me clavara la certeza de que la memoria sirve para desconfiar de la esperanza.

Duración: 10:25

Caminando Entre Escombros: Crónicas de una Nueva San Francisco
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Texto de ajuste de pausa.

4 de noviembre de 2025

Me llamo Jenna Larios y escribo estas líneas a la luz temblorosa de una lámpara de aceite recargada con grasa animal, en lo que antes fue una cafetería cerca de Washington Square Park, a pocas calles del teleférico oxidado que ya no va ni viene. Es temprano por la mañana, pero la bruma fría que arrastra el viento de la bahía sigue envolviendo los huesos rotos de San Francisco. Allá afuera, Leanne monta guardia en el tejado, observando ambos lados de Columbus Avenue con el fusil apoyado en las rodillas y los ojos medio cerrados por el sueño. Hace tres meses, habríamos tenido miedo de los muertos; hoy tememos más a los vivos.

En nuestros muros improvisados cuelga un trapo rojo. Es el código adoptado por los asentamientos de la costa para alertar de hordas a la vista. Anoche, tres fogonazos verdes y uno azul subieron desde Russian Hill, avisando que un grupo de saqueadores cruza Lombard a diario. Este detalle, insignificante en el viejo mundo, hoy es vital. El peligro ya no es solo la podredumbre ajena, sino el hambre, la codicia y la desesperanza de quienes aún respiran o gritan en la oscuridad.

Me cuesta recordar cómo era la ciudad antes de todo esto, quizá porque San Francisco nunca fue amable conmigo. En la última década, vivía de limpiar hoteles turísticos y alquilar cuartos en la zona sur a programadores voraces que pagaban mi comida. Ahora, quien pide cobijo a cambio de billetes acaba muerto de frío y soledad. Aquí, las reglas han cambiado.

El asentamiento que ayudamos a fundar ocupa una docena de manzanas fortificadas entre North Beach y el embarcadero. Nunca pensé que algún día me referiría a los antiguos restaurantes de mariscos y antros de mala muerte como “la entrada este” o “la línea de abastecimiento”. Sin embargo, naming gives power, decía mi abuela; poner nombre a los sitios los protege de la niebla y del olvido.

La luz entra por la ventana destrozada y vislumbro la bahía, donde despuntan los esqueletos oxidados de los barcos varados y el letrero de Fisherman’s Wharf cuelga torcido. Los famosos tranvías jamás volvieron a chirriar por las calles, ni los turistas a fotografiarse en la curva de Lombard o a cruzar a Alcatraz. Ahora, una bandada de cuervos es lo único que desafía el aire podrido del Golden Gate. Solo los locos o los muy desesperados cruzan ese puente carcomido y lleno de restos para buscar fortuna entre la muerte roja de Marin.

Me cuesta explicar cómo llegaron las cosas a este punto sin anclarme a las historias de los viejos, pero basta mirar a nuestro alrededor: veinte sobrevivientes adultos, ocho niños y dos perros domesticados, todo lo que resta del clan original de casi ochenta que levantó este refugio en el otoño del 2021. Nadie olvida el invierno del hambre, ni el ataque que casi acaba con la comunidad cuando un grupo nómada, marcado por cicatrices y con gritos tribales, derribó nuestras barreras improvisadas y asesinó a cuatro en plena madrugada. Desde entonces, nos turnamos cada noche, velando en guardia, desconfiando incluso del sueño.

Las reglas de nuestro enclave se forjaron con dolor: nadie sale solo, nadie grita cerca de las bocas del metro ni baja al subterráneo salvo bajo extrema necesidad. La ciudad bajo la ciudad es dominio de las cosas en descomposición. Los primeros meses, intentamos limpiar los túneles para buscar refugio —hasta que un resbalón bastó para que ir y volver fuese un viaje sin retorno y la pérdida de Milo me clavara la certeza de que la memoria sirve para desconfiar de la esperanza.

Amaneció tan gris hoy como los días cruciales de hace cinco años, cuando la guerra dejó de ser contra los muertos y se volvió contra los vivos. Anoche, Cecilia buscó en la radio los códigos que las otras comunidades emiten, esperando alguna noticia de la Misión, pero solo captó estática y la voz áspera de un predicador anunciando a gritos el final. Así cada noche, entre la fe y la resignación, se juega la salvación y la locura.

Recuerdo bien el día en que establecimos los códigos de señales para avisar de hordas. Fue después de la masacre en el distrito financiero: una estampida de muertos —delgados, lentos, pero aún mortales— salió del sótano de un viejo banco y arrastró consigo a una banda de saqueadores que intentaba saquear safes inutilizados. Ninguno volvió. Desde entonces, colgamos telas de colores desde los últimos pisos de los edificios, combinando linternas químicas y bengalas caseras. El lenguaje de la supervivencia se volvió más crucial que las armas.

El pensamiento de salir a patrullar me da náuseas, pero le toca a mi grupo inspeccionar Chinatown y la vieja calle Grant. Allí, un vendedor ambulante que conocimos como Tsao mantiene –milagrosamente– una tienda de suministros en lo que fue una antigua panadería. Tsao no habla mucho y jamás pregunta por nuestros asuntos. Hace trueques sin sonreír y cuenta las balas con más precisión que nadie. Es uno de esos hombres que parecen tener un trato secreto con la muerte.

Anoté en este diario un inventario de lo que llevamos: armas (dos rifles, tres revólveres antiguos, una ballesta con tres saetas reutilizables), una bolsa con frijoles secos, un bote de alcohol para heridas, cinco rollos de tela y la radio de onda corta. También llevamos semillas, para intercambiar si el trato lo amerita. Las semillas son más útiles que el plomo estas semanas. Toda la costa californiana parece haberse resignado al truque agrícola, y los supervivientes al sur de la Market han convertido terrazas y jardines abandonados en pequeños huertos, usando basura y huesos molidos como fertilizante.

Las peleas internas han cesado por ahora, pero las tensiones asoman en el ceño fruncido de Gus, el que patrulla los lazos de alambre al anochecer, o en la voz cansada de Evey, quien se encarga de organizar la pequeña escuela para los niños. Ella guarda los libros más preciados —manuscritos de botánica, una vieja colección de cuentos e incluso un atlas incompleto donde marcamos los lugares seguros— como si fueran reliquias sagradas. Leanne, la centinela, siempre bromea diciendo que Evey es la última bibliotecaria de la era moderna. Tal vez tenga razón.

A eso de las once, tras la inspección acostumbrada, Tsao nos recibió con una mano apoyada en la mesa y la otra escondida bajo la manga ancha. Nos miró en silencio a través del humo de una vela hecha con grasa de pescado. Mi compañero Mirko lanzó el saludo convencional: un leve golpe en el pecho, seguido de una palabra clave —yerba. Palabra elegida por su poca utilidad en inglés y por la ironía de que ahora casi nadie fuma tabaco ni hierbas. Tsao asintió y colocó sobre la mesa una caja de balas mezcladas con semillas de calabaza. Se llevó un paquete de vendas y aceite lampante y nos permitió inspeccionar el salón trasero, donde cultiva sus propias zanahorias en cubetas mutiladas y huele a humedad y tierra. Hicimos el intercambio en silencio y partimos antes de que la marea del peligro subiera en las callejuelas.

Caminamos de regreso por el borde de Jackson Square, atentos al eco de cualquier sonido extraño. Leanne iba delante, persiguiendo huellas en el lodo y deteniéndose en cada cruce. Una bandada de pájaros levantó vuelo sobre la vieja estación del cable-car, lo que en otro tiempo habría significado solo curiosidad, pero aquí ahora alerta de peligro. A veces es una rata, a veces mucho peor.

Hay días en que la soledad pesa más que el miedo. Basta recordar el cumpleaños de Milo –mi hijo desaparecido en las estaciones subterráneas– o la risa de Damián bajo el Sol, antes de que la niebla helada y la podredumbre lo recolectaran para siempre. Hoy, la tristeza es otro enemigo, lento y persistente como los muertos que vagan al pie de la bahía. Lo escribo aquí para no olvidarlo, para que mi memoria no se convierta en una mentira útil y blanda.

Por la tarde, ayudé a Cecilia con la radio. Giramos y retorcimos cables hasta que, al fin, entre la estática, una voz rasposa nos contó de un refugio en Sausalito. Hay alimentos, dijo, pero la zona está plagada de saqueadores que disparan primero y preguntan después. Nadie quiere ir. Nadie confía en los puentes, ni en los caminos abiertos donde la muerte avanza sin obstáculos.

De vuelta en la cafetería, algunos niños ensayaban una canción inventada, haciendo sonar latas viejas como tambores. Evey les contaba historias del viejo mundo, en el que supuestamente todos los días eran festivos y las tiendas nunca cerraban. Nadie le cree, pero los pequeños disfrutan la fábula. Cuando me uní a ellos, me sorprendí olvidando el frío y el hambre mientras sus voces llenaban el local de una música frágil pero poderosa.

El ocaso llegó rápido; los reflejos rojos y naranja se desdibujaron en la niebla espesa, y las sombras crecieron sobre los escombros. Desde lo alto del tejado, con la última luz, vi el Golden Gate recortado contra el cielo, ya sin autos, sin turistas, custodiado solo por los buitres y la amenaza muda de las hordas que, de vez en cuando, se agitan como una marea vieja más allá del peaje.

Hoy, antes de dormir, revisamos los códigos de señales, reforzamos las barricadas y repartimos la última reserva de vino para el frío. Todos bebimos un sorbo; tradición nacida del miedo y la resistencia. Mañana será igual, o peor, pero seguimos haciendo guardia, seguimos cantando, seguimos recordando. El fin del mundo, descubrí, no fue un estruendo sino un goteo persistente que erosiona la esperanza cada día. Sin embargo, aquí estamos, atados a este pedazo de tierra cercado por mar, neblina, y muertos.

A veces sueño que el mundo anterior volverá en forma de un sol tibio, una comida caliente, o la risa de Damián regresando del otro lado de la ciudad. Despierto sabiendo que todo eso ya no existe, pero pongo una piedra más en la muralla, cuento a los niños una mentira piadosa y abrazo la noche porque, aunque solo sé escribir para conjurar fantasmas, aún guardo una chispa de necedad y coraje.

Quizá mañana sobrevivamos para escribir otra página –si la bruma lo permite, si la bala nos falta, si el último zombi decide por fin caer.

Jenna Larios, San Francisco, 4 de noviembre de 2025

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