Fragmento:
Jack solía vivir en un apartamento en North Beach, cerca del Washington Square Park. Tenía un puesto de trabajo estable en una startup tecnológica y una bicicleta eléctrica. Eso parecían vidas distintas. Ahora, cada día tenía el mismo tono: buscar agua, buscar algo de comida, evitar ser visto tanto por muertos como por vivos. El invierno había llegado finalmente, y la ciudad colapsaba de más formas de las imaginadas.
Duración: 10:16
18 de diciembre de 2020
El sol apenas era un recuerdo en esa mañana. La niebla, tan frecuente en San Francisco, era ahora un manto voraz que lo cubría todo y parecía arrastrar consigo olores más densos: hierro, hollín, miedo. El Embarcadero, antaño rebosante de turistas y trabajadores apresurados, estaba desierto salvo por el retumbar lejano de los cadáveres caminantes y la ocasional ráfaga de viento que azotaba tablones rotos en los escaparates vacíos.
Aquí y allá, restos de barricadas improvisadas cortaban el paso; alambres oxidados, carritos de supermercado volcados, cubos de basura volcados y manchados de sangre reseca. Las fachadas coloridas parecían haberse saturado en grises, arrebatadas de todo pulso salvo el de los grafitis: S.O.S., HELP, y dibujos desesperados de ojos vigilantes.
Desde una fisura en la pared lateral de lo que fuera un Starbucks, Jack le echó otro trago a lo poco que quedaba de agua. Había acampado ahí con un grupo de seis personas durante la última semana. El lugar era frío, pero lo suficientemente oscuro para pasar desapercibido desde la calle. En las noches, el rugido sordo de las hordas subiendo desde el BART era un recordatorio de que el refugio era siempre temporal.
Jack solía vivir en un apartamento en North Beach, cerca del Washington Square Park. Tenía un puesto de trabajo estable en una startup tecnológica y una bicicleta eléctrica. Eso parecían vidas distintas. Ahora, cada día tenía el mismo tono: buscar agua, buscar algo de comida, evitar ser visto tanto por muertos como por vivos. El invierno había llegado finalmente, y la ciudad colapsaba de más formas de las imaginadas.
Esta mañana, el plan era simple: intentar llegar al Ferry Building y, si la mar brava lo permitía y la marea estaba baja, quizás lograr pescar algo. Sonaba a una proeza titánica, considerando los riesgos: el muelle estaba infestado de cadáveres hambrientos, y los pocos botes de la guardia costera habían sido saqueados, hundidos, o usados como barricadas sobre Market Street. No obstante, el reciente racionamiento de latas los apremiaba.
Sara, la doctora del grupo, terminó de examinar a Lucas, el adolescente al que habían encontrado tres días antes temblando bajo una parada del tranvía en Powell Street. “La herida está limpia. No parece mordedura. Es probable que sea por metralla”, le dijo a Jack en voz baja, para que el chico no escuchara el tono de preocupación que intentaba aplacar. Jack asintió.
—Hoy debemos intentarlo. Nadie ha visto movimiento en el muelle desde anoche, y la marea está en contra de los cadáveres —dijo Jack, frotándose las manos para entrar en calor.
—¿Quién va contigo? —preguntó Sara.
—Jason y Leo. Tú te quedas con los chicos —replicó. Aun ahora, después de meses de infierno, era consciente del precio de perder a alguien en una expedición. Pero si no encontraban algo pronto, sobrevivir se transformaría en un esperpento.
El grupo se preparó. Cada quien revisaba cuchillos templados en la improvisada fragua de una ferretería, palancas, martillos, un par de pistolas con apenas cuatro balas entre ambas. El fuego solo lo encendían por breve tiempo y al resguardo total, para evitar llamar la atención. Se cubrían con prendas oscuras y bufandas para mitigar el aliento húmedo en el aire del invierno.
La travesía hasta el muelle fue lenta. Jason, un ex guardia de seguridad de la estación Montgomery, abría camino. Leo, menudito pero ágil, era un experto en encontrar rutas alternas —ventanas bajas, rejas desencajadas, los sótanos de Chinatown que desembocaban cerca de Mission Street. Jack les seguía, pendiente de los ruidos, del viento, de las sombras que se movían con un ritmo antinatural.
El descenso por Washington Street fue en silencio. Solo el eco de sus pasos y, a lo lejos, el bostezo gutural de los zombis. Una bandada de gaviotas, infrecuente desde que los cadáveres poblaron la costa y ahuyentaron a casi todos los animales, cruzó sobre su cabeza con un graznido frenético. Era una buena señal: según Sara, donde hay gaviotas, aún hay chance de encontrar peces.
Llegaron al embarcadero un poco antes del mediodía. Se refugiaron tras una pila de cubos de basura y contemplaron la avenida despoblada. No era completamente cierto, claro: a unos cien metros, dos figuras se tambaleaban, golpeando persianas y muros con manos descarnadas. Más allá, casi indistinguibles en la bruma, una masa de cadáveres estaba atrapada en una maraña de bicicletas y coches apilados en la carretera.
—Debemos avanzar en sigilo. Si se desata un griterío acá, habrá una estampida —dijo Jason, ajustando la tapadera de su pistola.
Se deslizaron entre las ruinas del Pier 1, observando cada sombra. La madera húmeda olía a algas y podredumbre, pero la estructura principal aún aguantaba. Siguieron adelante hasta divisar el Ferry Building: las letras doradas, tan icónicas en la postal antigua de la ciudad, parecían lutos sobre la fachada. Nubes de vapor surcaban por encima del mar, y las gaviotas picoteaban entre las tablas, haciendo volar pequeños peces distraídos.
—Allí —susurró Leo, señalando el extremo más cercano a la torre del reloj.
Llegar resultó más sencillo de lo esperado; las hordas, adormecidas por el frío, apenas levantaron la cabeza ante su paso. El grupo se acurrucó tras unos toneles de madera apilados y, usando un viejo cebo, tendieron un anzuelo improvisado entre las rendijas destartaladas que daban al mar. Un silencio tenso los envolvía, solo interrumpido por el golpeteo rítmico de cuerpos errando en la niebla.
—Esto no durará mucho —reconoció Jack, mientras revisaba los alrededores.
—¿Crees que haya más comida allá? —inquirió Leo, señalando la isla de Alcatraz, irreconocible a la distancia.
—Con suerte, sí. He oído por la radio que algunos sobrevivientes han hecho pequeñas colonias en islas. Pero no tienen cómo venir hasta aquí. No les alcanzan los suministros —murmuró Jason.
El anzuelo se tensó repentinamente. Una carpa gris, enorme para sus estándares, forcejeaba entre las olas. Leo se arriesgó, sujetándose del borde y tiró con todas sus fuerzas. Cuando lo logró, el golpe del pez flácido sobre la madera fue como una campanada en la catedral del hambre. Los tres sonrieron, conscientes de lo raro que era sentir regocijo puro.
Pero entonces, un estrépito los hizo girar. A menos de cinco metros, una figura emergía entre los restos de una tienda destrozada. No era un cadáver típico: los ojos abiertos, enrojecidos e inyectados de odio, miraban directamente hacia ellos. Vestía aún un uniforme de policía del BART. Jack no supo si era cuestión de horas o días desde la transformación —la piel en las mejillas estaba parcialmente comida, pero su postura erguida indicaba una reciente “resurrección”.
—¡Muerto fresco! —gritó Jason, levantando la pistola.
Antes de que pudiera apretar el gatillo, de las sombras surgieron otros dos. La amenaza era inmediata, pero el ruido era aún peor. Los tres huyeron, olvidando el pescado, solo recuperando el cuchillo y la cuerda. Corrieron por el embarcadero, saltando sobre los tablones podridos, hasta que por fin las criaturas tropezaron y cayeron al agua, chillando como animales heridos.
El trío se detuvo bajo el resguardo de la vieja librería Book Passage. Jack temblaba, no solo por el frío sino por la adrenalina.
—¿Cuánto tiempo más vamos a poder aguantar así? —preguntó Leo, y el eco de su pregunta quedó flotando entre las paredes cubiertas de polvo y libros carcomidos.
Jack recordó de pronto tiempos mejores, días de verano en Dolores Park, vamos a la playa, a Sausalito, a tomar un helado en el muelle, el bullicio de los turistas y el sonido de mil lenguas diferentes cruzando las colinas. En ese instante, el recuerdo dolía tanto como el hambre.
—Hasta que cambie el invierno, Leo. Al menos el frío nos da un respiro de los muertos —contestó Jason, aunque nadie parecía convencido.
Eligieron regresar al refugio antes de que oscureciera. Preferían arriesgar la caminata bajo la luz pálida a la incertidumbre nocturna. El regreso fue más rápido, aunque vieron varias figuras humanas agazapadas en las sombras. Una de ellas levantó la mano en señal de paz, pero no se acercaron. Nadie podía fiarse ya de los vivos.
Sara los recibió con resignación. No había más comida, pero sí muchas preguntas. El fuego, encendido con madera cuidadosamente racionada, alumbró las ojeras y el ansia en los rostros de todos. Lucas lloraba de hambre, aunque intentaba disimularlo.
—Mañana volveremos. El pescado casi fue nuestro —dijo Jack, intentando alentar a los demás. Les contó la pequeña victoria truncada. De pronto, una parte de la ciudad seguía ahí, resistiendo entre ruinas. Tal vez mañana pescarían algo, pensó con la obstinación autómata de quien, día a día, lucha por no perder la esperanza.
Antes de dormir, Jack subió a mirar a la bahía desde la ventana rota del segundo piso, escuchando el rumor del mar, los gritos desafinados de los zombies atrapados entre los hierros del puerto, y el silbido constante del viento frío. Más allá, la silueta del Golden Gate emergía entre la niebla como una catedral silenciosa, testigo de una ciudad que no se rendía.
Se permitió un minuto para recordar un San Francisco bañado de luces, donde la música todavía flotaba desde los bares y la promesa del futuro era tan brillante como las fachadas de Nob Hill y Union Square. Ahora, resistir era el único futuro posible.
En la noche, mientras los muertos se adormecían bajo el frío y los vivos se arrullaban en el insomnio ansioso, quedó en la bruma una certeza: mientras alguien recordara el viejo mundo, mientras lucharan por un pez en el muelle vacío, habría esperanza en la bahía.
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