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Fragmento:


—Ve corriendo a la muralla. Hoy toca vigilia —le dijo Sofía, tocando el escaso cabello cubierto de salitre de la chica antes de seguir.

Duración: 10:44

El último verano en la isla
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Texto de ajuste de pausa.

12 de agosto de 2020

Sofía bajó corriendo los escalones gastados de su pequeño apartamento en Dalt Vila, el casco antiguo de Ibiza ciudad, con la mochila pegada al cuerpo como si le fuera la vida en ello. Cada golpe seco de las suelas rebotaba en los muros de piedra, tapando por un segundo los lejanos gritos que flotaban, indecisos, entre el eco y el miedo. La ciudad, que en los veranos anteriores rebosaba de turistas a cualquier hora, estaba silenciosa a partes iguales por la parálisis y la tensión. Era un verano imposible. Un agosto de un mundo que ya no existía.

El último parte emitido por la radio militar, apenas una hora antes, había sido claro: "Infección incontrolada en la zona costera. Prohibido abandonar los puntos fortificados designados. Recuerden el protocolo: disparen solo en caso de ataque directo. No expongan heridas a fluidos o mordeduras." Sofía no era militar. Era una de las pocas camaretas de su lado de la muralla, un refugio improvisado en la fortaleza que hacía unas semanas se disputaban discotequeros y grupos de turistas, todos ajenos a la peste que se avecinaba.

Giró la cabeza hacia la plaza central mientras avanzaba hacia su punto de encuentro. Por pura costumbre, buscaba la mirada de Víctor, el antiguo dueño del bar que ahora servía como cocina para los pocos que aún aguantaban. Víctor, hombre recio ya encorvado, se limitó a alzar la chaqueta en un saludo desganado. Las relaciones se habían vuelto prácticas y rápidas desde que la electricidad falló, y la comida era la nueva moneda.

En el cruce con la calle de la Virgen, Sofía casi chocó con Inés, una adolescente de piel quemada por el sol que ayudaba a organizar las patrullas. Ambas retrocedieron, tensas, hasta reconocerse. Inés llevaba un bate de béisbol que apenas podía sostener bien, pero bastaba para mantener a raya a los zombis lentos que de vez en cuando trepaban entre los cascotes.

—¿Noticias? —preguntó Inés en un susurro.

Sofía negó con la cabeza—. El puerto volvió a caer anoche. Todo el puente está cerrado con coches. Dicen que intentaron salir en barco, pero no lo consiguieron.

Inés asintió, la boca apretada. Unos lloraban en privado, otros no tenían tiempo ni energía. Ellas simplemente apartaban el dolor como se aparta la arena del calzado tras una tarde de playa. Les urgía otra cosa.

—Ve corriendo a la muralla. Hoy toca vigilia —le dijo Sofía, tocando el escaso cabello cubierto de salitre de la chica antes de seguir.

Ibiza, años antes, era el reino del ruido: discotecas en Platja d'en Bossa, pubs en el Puerto, fiestas inacabables incluso en las calas más remotas. Ahora, todos esos templos de la música y del exceso eran peligrosas trampas para incautos. Las pistas de baile se habían convertido en fosas comunes o refugios improvisados, donde la oscuridad cubría los movimientos de los muertos que, a veces, se despertaban entre las barras vacías.

Sofía bordeó el restaurante La Oliva, que resistía con sus postigos cerrados y su dueño aún vivo, según decían. Ella no se había atrevido a comprobarlo desde el ataque de la semana pasada, cuando una pareja de franceses enloquecidos mordió a una huésped en plena acera y hubo que prender fuego al cuerpo para contener los chillidos. Los recuerdos flotaban, cada vez más densos, y se superponían a los olores nauseabundos de la descomposición en las calles laterales.

En la cristalera del pequeño supermercado junto a la plaza de la Catedral, Sofía vio su reflejo por primera vez en días: la frente marcada por la suciedad, los ojos bordeados de ojeras, el cabello anudado y manchado. Se sorprendió de verse tan vieja, solo habían pasado cinco meses desde el inicio del caos. “Acá el tiempo corre de otra manera” pensó. Miró alrededor. Podía quedarse allí, donde las piedras la protegían y la historia la amparaba, o podía seguir bajando hacia la playa, hacia la zona menos segura pero más rica en recursos.

Recordó las palabras de su madre, pronunciadas la última noche antes de caer la línea telefónica: “No salgas mucho, hija. Ya sabes cómo son los extranjeros. Todos locos por la fiesta.” Sonrió, amarga. Nadie imaginó que moriríamos todos de fiesta.

Por la calle de Bartomeu Ramón y Tur, que descendía hacia Vara de Rey, se oía el trote de los que huían de la ciudad baja, sobre todo hacia medianoche, cuando las hordas alcanzaban la parte sur proveniente del puerto y desbordaban las tapias de lo que antaño era un parking. A esas horas, las calles se llenaban de voces desesperadas, rugidos guturales y ráfagas aleatorias de disparos desde los puestos de vigilancia improvisados. Eso sí, rara vez oías a alguien pidiendo ayuda. Ya todos sabían que el menor error significaba la muerte o la condena a vagar sin alma.

Aquella mañana el aire era pesado. Una niebla densa cubría los tejados y los restos de banderas multicolores aún colgando de algún balcón. Sofía iba con cuidado —demasiado ruido llamaba la atención, y el silencio tampoco era garantía de seguridad— y se dirigía a casa de Leo. Leo era italiano, DJ retirado, quien había decidido resistir en un alquiler turístico convertido en fortaleza de muebles, lavadoras y colchones apilados. Con él se coordinaban buena parte de los supervivientes de su zona, sobre todo para compartir información y racionar agua.

Tocó en la puerta con el código —tres golpes, pausa, dos golpes—, y la vocecita de la nieta de Leo contestó antes de abrir: “¿Traes pan?” Sofía no pudo reprimir la ternura y el dolor. No, ya no había pan, solo galletas húmedas de hacía semanas.

La puerta se abrió apenas lo suficiente para dejarla pasar. Dentro, seis personas miraron hacia ella, todas mujeres, salvo el propio Leo, que apuntaba con un viejo rifle de caza a la entrada, costumbre que no perdía ni en reuniones familiares. Sin perder tiempo, Sofía se dirigió a la pizarra improvisada en la pared.

—Llegaron noticias —dijo, y todos se inclinaron—. El hospital Can Misses es irrecuperable. Quedan algunos medicamentos, pero solo si vamos esta tarde y en grupo grande. Por el puerto no se puede salir. El agua está contaminada. Siguen pidiendo voluntarios para limpiar la carretera a Santa Eulalia, pero es suicida sin armas mejores.

Leo resopló—. ¿Y la patrulla de Sant Antoni?

—No regresó. Vieron muchos coches abandonados, y zombis... —se interrumpió. Ni siquiera sabían si llamar zombis, infectados o caminantes. Había quien optaba simplemente por “los otros”, como si al dejar de nombrar el horror éste dejara de existir.

Sofía propuso buscar combustible en el camión de reparto que habían visto volcado junto al supermercado de la entrada del pueblo. Si podían reactivar la furgoneta de Víctor, podrían intentar evacuar a los niños y ancianos hacia el norte de la isla, donde, decían, la infección era menos agresiva. Nadie tenía suficiente fe, pero tampoco otras opciones.

Dejando atrás la casa de Leo, Sofía subió esta vez hacia la muralla sur. En lo alto, los restos de una tienda de souvenirs servían de refugio para el grupo de vigilancia de la tarde. El olor a podrido era brutal, y en el aire cargado se escuchaba el salpicar rítmico de las olas, el único consuelo en las largas noches de miedo. Llevó su mirada al mar, a esa delgada línea azul que antes significaba turismo, fiesta, cruceros con tragos de colores, y ahora era frontera entre la isla y un mundo aún peor.

Al medio día, el calor apretaba. Desde su puesto de guardia, Sofía divisó movimientos extraños en la playa de Talamanca. Dos figuras avanzaban tambaleantes, descalzas, la ropa rasgada. No gritaban ni pedían ayuda —una mala señal. Llamó a través del walkie que aún funcionaba con pilas, y pronto llegó Inés, sudorosa pero decidida.

—No parecen de aquí —dijo Inés mirando a través de los prismáticos.

—Avísale a Leo —ordenó Sofía—. Y a Víctor. Si intentan subir, hay que estar preparados.

La espera se hizo eterna. Durante media hora, solo los gavioteos interrumpían el silencio. Las dos figuras siguieron avanzando, cruzaron el aparcamiento, y se detuvieron justo al pie de la escalera que llevaba a Dalt Vila. Una de ellas se dobló hacia adelante, como si fuera a vomitar, y la otra cayó de rodillas, temblorosa. No eran zombis aún, o tal vez estaban recién infectadas.

—¿Hacemos algo? —preguntó Inés, pero Sofía la frenó con un gesto duro.

—Son dos menos que pueden convertir a veinte si los dejamos entrar —sentenció.

No fue la decisión más humana, pero en agosto de 2020 nadie tenía tiempo para compasión. Toda Ibiza era un dilema ético a cielo abierto. Si la piedad abría la puerta a la plaga, la resistencia se volvía sinónimo de crueldad.

De noche, las calles parecían tragadas por el abismo. El cielo, antaño surcado de aviones y fuegos artificiales de los clubs, era ahora solo un manto negro atravesado, a lo lejos, por las luces esporádicas de linternas o incendios. El calor era pegajoso y cada ruido extraído del silencio colectivo pegaba como un latigazo. A veces, el viento traía consigo la música perdida —o tal vez eran solo ecos de la imaginación colectiva de una sociedad condenada.

Sofía regresó a su refugio después de su turno, dejando la muralla bajo la custodia de una adolescente asustada y dos personas mayores. Cenó un puñado de frutos secos y medio vaso de agua racionada, sentada en la cama, con la espalda contra la pared y la mochila lista entre los pies. A ratos, miraba por la pequeña ventana. Entonces, mientras preparaba su cuchillo cerca de la almohada, se permitió recordar. Recordó a su hermano bailando en Amnesia, el verano pasado. A su padre tomando cerveza en una terraza al atardecer, la risa fácil, el mar como fondo. Recordó la sensación del sol en la piel sin miedo. Ahora, la playa era tumba, y el mar, barrera.

Por la radio militar, a las tres de la madrugada, llegó la última comunicación clara. Su voz era apagada y solemne: “Ibiza sigue sin ayuda exterior. Mantengan posiciones. No confíen en los movimientos nocturnos. Reforcen barricadas. La ayuda no llegará. Ustedes son la última línea.” Nadie lo decía en voz alta, pero todos sabían que, en ese verano de 2020, cada persona era ya más fuerte que toda la isla que se perdía. Y Sofía, como tantos otros, se prometió sobrevivir, aunque no quedara nada por lo que bailar.

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