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Fragmento:


Antonia asintió, sin sorpresa. La desconfianza era el pan de cada día en toda la Ibiza rural. Sólo quedaba confiar en procesos: la cuarentena, la revisión de morseduras, la conversación forzosa junto al fuego para buscar discursos incoherentes. Hacía años que la amenaza era doble: los muertos seguían siendo peligrosos, aunque menos ágiles, menos rápidos, pero los humanos habían aprendido, también, a ser letales y traicioneros.

Duración: 12:26

Las islas tomadas
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Texto de ajuste de pausa.

15 de diciembre de 2022

El viento silbaba entre las ramas de los olivos resecos mientras la sal del mar, arrastrada por el aire, cubría de una fina pátina blanquecina el muro improvisado en la vieja rotonda de entrada a Santa Gertrudis. Era un atardecer frío, extraño para una isla asociada desde siempre a la fiesta y al calor. Pero el tiempo había cambiado, igual que lo había hecho la vida. Ibiza, el dorado refugio, la legendaria isla blanca, era ahora otro lugar, una sombra distante de sí misma.

A esa hora, los vigías iban relevándose. Tenían el semblante grave y la ropa hecha jirones de tanto remiendo, pero ninguno se apartaba de su puesto antes de que el siguiente llegara y le tocara el hombro. Si alguien bajaba la guardia, ni siquiera un segundo, el desastre no tardaría en colarse por las defensas y arrasar con todo lo que quedaba. Las enseñanzas del último año eran claras: sólo la vigilancia obsesiva, sólo una disciplina de hierro mantenía a salvo las pequeñas comunidades aún vivas.

Bajo la carpa militar, una lona vieja aguantada por postes y un camión Nissan congelador volcado de lado, Antonia repasaba su cuaderno de registros. No quedaba tinta, así que grababa los nombres de los días y los recuentos de provisiones con un carbón corto, el último trozo que aún podía rasparse en la vieja pizarra. Ese día tenía anotada la llegada de una caravana menor: cuatro adultos y dos niños, procedentes de San Antonio. Eran comerciantes, decían, venían a hacer trueque por grano y herramientas. El líder de esa caravana, un hombre llamado Wazim, ofrecía varios botiquines militares y ropas impermeables traídas de un barco varado en la Cala Bassa.

“¿Son de fiar?” preguntó Antonia a su vigilante, un chico de rostro afilado y ojos oscuros, excesivamente joven para cargar con un rifle y una pesada barra de hierro.

“Hasta ahora han cumplido su palabra, pero insisten en dormir juntos y dentro del perímetro, nada de separarse. Son desconfiados, como todos ya”, respondió él.

Antonia asintió, sin sorpresa. La desconfianza era el pan de cada día en toda la Ibiza rural. Sólo quedaba confiar en procesos: la cuarentena, la revisión de morseduras, la conversación forzosa junto al fuego para buscar discursos incoherentes. Hacía años que la amenaza era doble: los muertos seguían siendo peligrosos, aunque menos ágiles, menos rápidos, pero los humanos habían aprendido, también, a ser letales y traicioneros.

Afuera, las sombras se estiraban sobre la vía de asfalto cuarteado. De vez en cuando, algún disparo lejano recordaba la presencia constante de grupos errantes, gente sin asentamiento que todavía sobrevivía saqueando casas, y también las amenazas más lentas pero igual de letales: los zombis, la ‘gente azul’, como los llamaba la abuela Margarita desde la estación reconvertida en refugio.

Antonia recordaba bien las primeras olas de pánico. Para la mayoría, Ibiza había sido sinónimo de refugio natural. Después de los apagones de 2020 y la caída de las ciudades, muchos cruzaron como pudieron el mar desde la península, buscando el aislamiento, la pequeña esperanza de que las islas fueran menos vulnerables. Pero el virus había volado allí antes que cualquier humano. Bastó una sola fiesta clandestina, ya bien entrado el confinamiento, para arruinar cualquier posibilidad de excepción. Los primeros cadáveres reanimados en la playa de Figueretes fueron grabados a través de los ventanales de un ático de lujo y enviados a todas partes, alimentando el miedo y, finalmente, el caos.

Ahora, después de más de dos años de infierno, las cosas habían cambiado. Los zombis se debilitaban en invierno. Ya no corrían ni acechaban a las puertas. Se refugiaban en zonas sombrías como animales de costumbres extrañas y sólo se reagrupaban en masa cuando el hambre los volvía locos. En los peores meses, grupos de cuarenta o cincuenta desgarraron las defensas de Sant Jordi y devoraron a toda una comunidad en veinte minutos. Nadie había vuelto allí desde entonces.

Quizás por eso, en aquel diciembre de 2022, la esperanza comenzaba a colarse, si bien tímida, en algunas miradas. Quedaban recursos; Ibiza tenía fincas antiguas, redes de pozos, ganado disperso que aún se podía reagrupar y, por encima de todo, una geografía manejable. Las colinas y las calas servían de frontera natural. Pero sobre todo, gracias al aislamiento y al mar, podían resistir los ataques constantes de forasteros. Nadie llegaba emboscado a Ibiza: para cruzar, hacía falta barca o navegar con el peligro de acabar a la deriva.

De ahí que esas caravanas extrañas, como la de Wazim, fueran una bendición y una amenaza a la vez. Traían cosas nuevas, historias de otras partes de la isla o del mundo; a veces, noticias de toda Europa, si un marino viejo lograba mantener su motor fuera borda y esquivar las tormentas.

Esa noche, junto al fuego humilde bajo la carpa, la comunidad se reunió a escuchar a los viajeros. Había hombres y mujeres de mirada cansada, los niños se mantenían cerca de sus padres. De fondo, la luz danzaba sobre las paredes manchadas de humo y repartía largas sombras.

Antonio, el alcalde informal de la comuna —uno de los pocos a los que el invierno y la suerte habían perdonado—, se aclaró la garganta con la lentitud y el saber de quien ha sobrevivido muchas noches como esa.

“Cuéntanos qué pasa fuera, Wazim”, pidió. “¿San Antonio sigue fuerte? ¿Y Eivissa?”

El hombre, magro, con barba descuidada, ofreció una sonrisa apenas perceptible. Sus ropas olían a sal y a barco.

“San Antonio resiste, pero hay peleas todo el tiempo entre dos facciones”, empezó Wazim. “El grupo de la marina controla el puerto y la granja de los Mulet. El otro, los de Can Llimona, rondan entre el cementerio y la zona vieja. No quieren negociar, y la última vez que pasamos por allí, vimos un cadáver nuevo colgando de una farola”.

Calló un momento, bebiendo de un cuenco de caldo ralo que le habían ofrecido. Los niños escuchaban atentos, ojos brillando.

“El moisés”, murmuró uno de los ancianos, y varios miraron el suelo.

“En Eivissa…” continuó Wazim, “queda sólo el Barrio Antiguo, amurallado. Dicen que la cúpula de cristal del antiguo Parador sirve de observatorio, desde ahí ven cualquier cosa que se acerca, viva o muerta. Pero están aislados, no dejan entrar a nadie sin la prueba de morder la cucharilla”—una expresión que las comunas usaban para obligar a todo recién llegado a comer y beber bajo vigilancia, como test de cordura y de heridas ocultas.

Campesinos, recolectores, mecánicos, hasta músicos reconvertidos en centinelas. Cabía de todo en ese círculo de supervivientes que ahora era la Ibiza rural. Antonia sentía que el propio aire de la isla había cambiado. Por la noche, podías notar un dolor en el pecho, el peso de los sueños rotos de aquellos que jamás volverían a bailar en Amnesia, a tomar un helado en la Plaza del Parque, o a perderse entre los mercadillos hippies de Es Canar. Los hoteles y discotecas llevaban mucho tiempo saqueados y abandonados, convertidos en trampas para los incautos. Algunos de los zombis más viejos pululaban, torpes pero implacables, entre decorados de luces de neón rotas y piscinas sin una gota de agua.

En el campamento, después de la charla, la comunidad se puso en marcha con la rutina aprendida. Antonia supervisó los cambios de turno, los cierres de las entradas, la comprobación de armamento. En el improvisado almacén, su compañero Joan comprobaba las balas una a una, clasificándolas por tamaño, por fecha de fabricación, por procedencia, como si pudieran fabricar más de las que ya tenían.

“Esto no durará. El trueque es bueno, pero todo se gasta”, murmuró Joan.

Antonia asintió. Sabía que la esperanza de la comunidad no estaba en las caravanas, sino en los campos. Habían empezado a experimentar con los cultivos – lentejas, trigo, hortalizas – usando semillas viejas conseguidas a base de intercambio y algo de suerte. El suelo toscamente labrado y el ganado menguante apenas daban para sobrevivir, pero cuando brotó el primer bancal de patatas tras la nevada de enero, muchos lloraron de alivio.

Las noches estaban llenas de historias. Se hablaba de una secta extraña que rondaba entre Cala Llonga y Sant Joan: gente cubierta de túnicas blancas, predicando el fin de los tiempos, atrayendo a jóvenes desesperados que, hastiados del hambre y del miedo, preferían correr el riesgo de una promesa imposible. A veces, llegaban rumores de laboratorios ocultos en la Serra Grossa, donde científicos locos aún buscaban una cura, aunque nadie traía pruebas sólidas.

Lo más peligroso era el conflicto entre humanos. Varias veces tuvieron que repeler intentos de asalto por parte de nómadas, algunos llegados en barcazas desde la península, otros simples saqueadores de Puig d’en Valls o Sant Carles que aprovechaban la oscuridad y la falta de vigilancia para entrar y llevarse lo poco que había. Por eso la comunidad se organizaba bajo estrictas jerarquías: líderes votados cada solsticio, milicias rotatorias, y una red de avisos mediante hogueras en las atalayas viejas de la época musulmana.

Una de esas noches de alarma, Antonia participó en la defensa del campamento. Eran menos zombis que humanos, pero igualmente peligrosos. El fragor del combate era breve, caótico y envuelto en la negrura. Los invasores apenas lograron entrar, repelidos entre gritos y disparos. Cuando pasó el peligro, solo quedaron dos cuerpos en el límite del muro: uno, un joven cuyo tatuaje revelaba que venía de Formentera; otro, una mujer vieja cubierta de harapos y talismanes. Ninguno llevaba señales de mordedura. Solo hambre y desesperación.

Tras esa noche, las cosas se estabilizaron un poco más. La comunidad juró no bajar la guardia nunca. Reconstruyeron parte del muro con piedras del antiguo hotel rural abandonado, usaron partes de tractores para reforzar las puertas, y reforzaron los lazos con otras aldeas cercanas mediante señales y corredores protegidos en los arcenes de la vieja carretera.

En las semanas siguientes, comenzaron a llegar más caravanas. Algunas sólo venían de paso; otros, como un grupo de familias mallorquinas, buscaron integrarse. Trajeron semillas de tomate y una radio rudimentaria. Con ella –y el viento a favor, que era caprichoso– lograron captar una transmisión de baja potencia procedente de valencia: una voz metálica informando que la red de supervivientes crecía, que había futuros mercados planificados, que seguía viva la esperanza.

La llegada del invierno trajo consigo más calma. Las hordas zombis languidecieron entre el frío y la escasez de carne fresca. Por el contrario, el miedo comenzaba a ceder, dando paso a los pequeños logros: el cultivo, la convicción de que Ibiza resistía. Al atardecer, cuando el cielo se teñía de rosa y naranja, Antonia y los demás subían a la antigua atalaya de la finca y contemplaban la isla. Los mástiles de antiguos veleros brillaban entre las olas; las casas, ahora fortificadas, destellaban con fuegos encendidos; algunos niños reían, jugando a las escondidas entre los algarrobos.

En una de esas tardes, Antonia escribió en su cuaderno una frase sencilla: “Sobrevivimos. Y mientras lo hagamos, Ibiza también vive”. Lo sabía por el rumor de la marea, el olor del heno mojado, el calor breve de la fogata. Sabía que nada volvería jamás a la normalidad. Pero el mundo nuevo, erigido entre las ruinas, aquel mundo de pequeños milagros y grandes peligros, era al menos real, digno de ser defendido. La isla era otra, pero seguía siendo su hogar.

Al cerrar el cuaderno, escuchó a lo lejos la risa de un niño. Eso, pensó, era más fuerte que cualquier caminante, más duradero que el miedo. En el coraje de la gente y en la humilde obstinación por reconstruir, Ibiza sobreviviría. Y, quizás, el mundo también.

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