Fragmento:
Una alarma seca rasgó el aire: una campana vieja, colgada junto a la portería de fútbol. Todos se tensaron. Era el aviso: movimiento en la carretera. Lázaro, desde su posición, divisó dos figuras tambaleantes. No eran rápidos ni organizados: no podían ser humanos vivos. Los zombis no eran problema si venían solos; el miedo era que los ruidos atrajeran a otros—o peor, a los verdaderos depredadores humanos que los seguían para encontrar rutas seguras.
Duración: 12:19
14 de Noviembre de 2022
La noche había caído temprano sobre Ibiza. Era una noche sin estrellas, y el estruendo del viento sobre los pinares recordaba más al lamento de un animal herido que a la brisa mediterránea de otras épocas. Los días de música electrónica, luces de neón y playas colmadas de cuerpos al sol —inmortales en Instagram— eran ahora sólo relatos viejos que los supervivientes repetían en torno a una vela, como quien recita de memoria versos aprendidos en otro idioma.
El refugio de Santa Gertrudis era mucho más que una escuela fortificada: era el corazón palpitante de lo poco que quedaba de aquel paraíso. Lo habían construido, ampliado y transformado decenas de manos: albañiles locales que alguna vez levantaron hoteles, músicos con las uñas sucias, turistas varados de varios países, un chef holandés y dos familias de payeses. La verja, compuesta originalmente por vallas de obra y puertas de frigorífico, había ganado con los meses partes de un par de furgonetas y radares arrancados del aeródromo. El movimiento de llegar y partir se había interrumpido: en noviembre escaseaban los barcos y los ataques de nómadas eran tan frecuentes como los de los zombis.
“La comida llegará pronto, paciencia,” dijo Marisol, la jefa—nadie la llamaba líder, pero todos la obedecían—a los que esperaban en el viejo gimnasio, donde una docena de mantas yacían extendidas sobre el parqué, rodeando una cazuela donde hervía algo semejante a sopa. Pero todos, incluso los niños, sabían que no habría milagros: los garbanzos estaban contados. El cocinero holandés hacía magia con los restos; su especialidad, según bromeaban, era el ‘menu fear gourmet’.
En los altillos del refugio, vigilando la carretera y el bosque, estaba Lázaro. A los dieciséis años sólo tenía recuerdos difusos de las discotecas llenas y las motos zumbando por las rutas costeras. Su Ibiza era ahora una isla sitiada, vigilada, donde las luces sólo se encendían tras cubrir las ventanas con mantas térmicas. Su rifle, encontrado oxidado en una casa de campo, era el peso constante sobre sus hombros. Pero esta noche, más que el miedo, sentía el anhelo. Recordó una historia: antes, en esa misma fecha, se celebraba el cierre de las discotecas. Quizá aún, si uno escuchaba bien, podía oír el eco del bum bum desde la ciudad vacía.
El verdadero peligro no era ya el hambre ni los zombis errantes—cada vez más lentos y oxidados, arrastrando sus pies por la maleza—sino los humanos, los otros, los sin refugio. Grupos nómadas, sicarios de tierra firme y bandas de saqueadores venidos en zodiac o viejos pesqueros. Habían oído, por la radio de batería, que en Eivissa aún quedaba comida, agua fresca y, sobre todo, defensas. Lázaro pensó en la última incursión: cinco hombres armados, camuflados, que sabían moverse en silencio. Uno casi logra atravesar el muro, pero el chef holandés lo detuvo con una pala de panadería, dándole un solo golpe fatal. Desde entonces el miedo era cauto, frío, calculado.
En la cocina, Marisol hacía inventario: quedaban judías, tres latas de tomate, algo de arroz y un saco de patatas viejas. El agua dependía de la recogida de lluvia y de la cisterna; el pozo de la escuela llevaba semanas estancado, con el nivel bajo por la sequía. No tenían combustible, salvo lo robado en San Rafael hace meses. La madera también escaseaba y las noches eran cada vez, y peligrosamente, frías. El invierno, tan leve antes, era ahora una amenaza capaz de matar más eficazmente que cualquier zombi.
Una alarma seca rasgó el aire: una campana vieja, colgada junto a la portería de fútbol. Todos se tensaron. Era el aviso: movimiento en la carretera. Lázaro, desde su posición, divisó dos figuras tambaleantes. No eran rápidos ni organizados: no podían ser humanos vivos. Los zombis no eran problema si venían solos; el miedo era que los ruidos atrajeran a otros—o peor, a los verdaderos depredadores humanos que los seguían para encontrar rutas seguras.
Unos años atrás, recordaba Marisol, la población de la isla era casi la triple. Ahora se estimaba que, incluyéndoles, quedarían unas 400 personas desperdigadas entre cinco o seis focos importantes. Había oído, en las últimas semanas, por una radio militar improvisada, que en San José subsistía una comunidad más grande, con una especie de mercado. No se atrevían a ir aún; el recuerdo de la última caravana asaltada por saqueadores aún estaba fresco.
La tempestad de noviembre les obligó a fortalecer las ventanas, pues el viento traía, con frecuencia, el hedor de los cadáveres amontonados en las antiguas calles de la ciudad. Los rumores contaban que Dalt Vila era ahora el “palacio de los muertos”: miles de cuerpos, entre ruinas y piedras, apenas se movían con el frío, pero seguían allí, como un recordatorio constante de lo que no se debía intentar recuperar. Sólo el faro de Es Vedrà, lejos y aislado, se mantenía relativamente seguro, aunque apenas unos locos se atrevían a rozar esa parte de la isla.
Los niños, aún ajenos al miedo atávico, organizaban juegos de escondite entre las aulas cerradas y las vallas oxidadas. Había cuatro menores de quince años en el refugio, y a Marisol le daba pavor cada vez que escuchaba sus risas—porque, tarde o temprano, los adultos estarían obligados a romper la cruda seguridad y salir a buscar recursos.
El chef holandés, Johan, fumaba tabaco de granel mirando la lluvia. Había sido DJ antes que cocinero, y en su portátil guardaba baterías viejas y algunas pocas canciones seleccionadas. “Si mañana estás vivo, baila,” solía decir a Lázaro, quien a veces, tras las guardias y mientras todos dormían, encendía el portátil y reproducía aquella música: beats sintéticos, voces arrastradas. El recuerdo de las raves era un lujo imposible; aun así, de vez en cuando, bailaban descalzos en secreto.
Esa noche, Marisol se quedaba despierta, organizando turnos de vigilancia. Apuntaba nombres en una hoja, junto a una breve lista de heridas y fiebres (pues el invierno traía tos, temblores, escalofríos). Pedro, uno de los guardias, tenía una herida infectada. Sin antibióticos, lo único que podían hacer era lavarla con agua y rezar. Las velas de grasa animal iluminaban las esquinas. Nadie recordaba ya el tiempo con exactitud. Noviembre carecía de sentido: vivir era una secuencia de amaneceres y noches, marcada sólo por el sonido de la campana y la promesa, siempre postergada, de un nuevo milagro.
El grupo tenía una carta secreta: Rosa, una anciana que había nacido en la isla antes del turismo. Conocía cada camino de cabras, cada fuente, cada cueva. “Ibiza resiste más de lo que parece,” le decía a Johan, cuando él dudaba de la posibilidad misma de seguir allí. Rosa les había mostrado un manantial casi oculto detrás de Can Marça, donde el agua era todavía clara. En las noches más feas, sus historias sobre los vikingos, los piratas y las hambrunas anteriores mantenían la esperanza.
Los grupos nómadas eran su amenaza principal. Se movían en bicicletas viejas y motos sin silenciador. A veces dejaban señales pintadas con grasa en las piedras, avisos para que otros evitaran la zona, o, si se sentían suficientemente desesperados, disparaban al aire. A veces, en la lejanía, se encendían fogatas: un faro y una amenaza. Para Marisol, la única solución era la discreción más absoluta: nada de luces salvo tras cubrir ventanas, nada de movimientos innecesarios al exterior.
Esa semana llegó un enviado de San Juan: un adolescente de piel tostada y ojos enormes llamado Jacobo. Llegó empapado, hambriento y temblando, con una carta escrita en papel de estraza: “¿Hay posibilidad de intercambio? Ofrecemos dos bidones de gasolina por arroz o legumbres.” Los refugios empezaban a organizar redes de trueque, usando radios y emisoras improvisadas para pactar encuentros en descampados. Marisol lo recibió con pan duro y algo de sopa; Johan, con una mirada desconfiada. Nadie podía asegurar que Jacobo no era un espía, o que su presencia no fuera una trampa.
La convivencia, en el refugio, alternaba entre la solidaridad catártica y la tensión contenida. Había disputas por comida, por turnos de guardia, por el uso de herramientas o la atención a los menores. Pero el miedo lograba aquello que ninguna escuela de meditación había conseguido en los años derrochadores de la Ibiza high-tech: mantenerlos juntos. Nadie hablaba de futuro; sobrevivir a la tormenta era suficiente objetivo.
Una madrugada, las nubes despejaron y permitió que durante unos minutos la luna iluminara la isla. Lázaro trepó al tejado y, mirando hacia la bahía, creyó ver el destello de un barco. No era el de la Guardia Civil ni el de los ferrys, ya años desaparecidos. Era una lancha pequeña, pero las luces se apagaron rápido. Nadie más lo vio. En el desayuno, lo comentó en voz baja: “alguien llega del mar.” Johan le creyó: en los viejos tiempos, los suministros llegaban en barcos. Ahora, todo lo que venía del agua podía ser salvación… o un nuevo peligro.
A medida que el mes avanzaba, el frío forzó nuevos acuerdos: menos guardias exteriores y más trabajo en el invernadero improvisado junto al comedor. Rosa insistía en plantar ajos, cebollas y zanahorias, pues eran resistentes y, en caso de congelación, sobrevivían bajo tierra. Era el inicio de una agricultura de emergencia, una vuelta involuntaria a los orígenes, donde se valoraba más la tierra y el agua que el oro o la electrónica.
La verdadera amenaza acechó una noche de tormenta: en la oscuridad, un grupo intentó forzar la entrada lateral. Johan se despertó por el sonido de cristales rotos y, a pesar del miedo, corrió con la escopeta oxidada hasta la puerta. Un disparo, dos, y los intrusos huyeron, dejando tras de sí un reguero de sangre y algo aún peor: un pañuelo marcado de rojo. “Ellos volverán,” susurró Marisol, revisando la puerta rota durante el amanecer. “Tienen hambre, y tal vez más miedo que nosotros.”
Los zombis, para entonces, no eran la pesadilla principal. Vagabundeaban por los caminos, se quedaban atascados en los arbustos o, tras semanas sin alimentarse, simplemente “se apagaban”, transformándose en obstáculos más que en cazadores. El auténtico miedo era el hombre: aquellos que no tenían nada que perder, los despojados, aquellos que, como ellos, sobrevivían gracias a un instinto primitivo.
Pese a todo, la isla sobrevivía. El sol empezó a demorar su salida y la lluvia, por fin, refrescó el pozo. Con el rumor de la tormenta, Marisol reunió al grupo junto a la vieja pizarra de la escuela y dibujó el plan para la siguiente semana: recolección de leña, refuerzo de trampas, patrullas de intercambio y guardia doble en las noches de luna llena. Nadie protestó; cada cual entendía ya que aquella rutina obsesiva era lo único que les separaba del abismo.
En la penumbra, entre la promesa de una nueva tempestad y el recuento de mantas, Rosa encendió una vela y puso sobre la mesa la última reliquia: una cinta grabada de años atrás, donde se oía el eco inconfundible de una fiesta en la playa. Las voces, el pulso de la música, el rumor del mar. Cada uno escuchó a su modo: algunos con una sonrisa triste, otros con rabia, otros (los niños) sin comprender del todo. Terminados los minutos dorados, Johan dijo, casi en un susurro: “Cuando esto acabe, bailaremos otra vez.”
En Ibiza, la lucha por la vida era ahora silente y brutal, envuelta entre los recuerdos de un paraíso arruinado y la certeza de que, aunque la isla resistía, la última fiesta estaba lejos aún de comenzar. Pero mientras el sonido de la tormenta barría los muros y el olor del mar llegaba con cada ráfaga, sobrevivir, una noche más, era la única victoria posible—y, para los que quedaban, esa era suficiente promesa.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.