14 de noviembre de 2022
El sol se recortaba apenas sobre la línea serena del Mediterráneo cuando Ana terminó de apilar los sacos de sal frente a la puerta principal del antiguo hostal. Aquel bloque de cemento, oxidado y manchado por décadas de festejos y resaca, se había convertido en fortaleza por la simple razón de estar a una veintena de metros de la costa, al sur de Sant Antoni de Portmany. Como casi todo en Ibiza, el hostal había servido de escenario para el éxtasis veraniego: ahora, en mitad del otoño perpetuamente gris, era un búnker donde una veintena de almas insomnes jugaban con el tiempo y el miedo.
Ana contempló por unos segundos el mar, sintiendo la brisa salada en las mejillas y el rumor constante del oleaje. Eran pocos los días en que podía permitirse ese lujo: detenerse, respirar y no sentirse acechada. El recuerdo de los zombis de color parduzco, que meses atrás arrastraban los pies por las carreteras abandonadas de la isla, se mantenía vivo como una advertencia constante en la piel y en la memoria. Pero ahora era otra la amenaza.
Desde septiembre, Ibiza y Formentera no recibían ataques masivos de infectados. El frío y la escasez los habían dispersado, tal y como había sucedido en gran parte de la península, pero eso solo había agravado el problema principal: otros humanos. Había bandas nómadas en busca de comida, saqueadores, o simplemente desesperados que cruzaban en pateras desde el continente, esperando hallar el paraíso indestructible que algún vídeo viral de las primeras semanas de la crisis había prometido desde las playas de Talamanca o Es Cavallet.
"No mires mucho tiempo, Ana", la voz de Rubén le llegó desde una de las ventanas con persianas reforzadas, "es una mala costumbre cuando pueden verte desde fuera y saber cuántos somos".
Rubén tenía razón. Ya habían perdido a dos del grupo semanas atrás, durante un intercambio fallido con unos forasteros que fingieron traer medicamentos y se llevaron la mitad de las reservas de arroz y una navaja vieja. Ana asintió y entró, retirando las ramas de olivo que colgaban como camuflaje sobre la entrada.
El hostal era un mosaico de familias fragmentadas y alianzas improvisadas. En la cocina, Marta, la mayor del grupo, revolvía un cazo con agua y unas hojas de espinaca salitre recogidas del huerto elevado. Eran apenas las nueve de la mañana y ya había dos rifles apoyados junto al fregadero, y cuatro adolescentes peleaban por una carta sucia de la baraja.
—¿Han vuelto los del reducto del Sant Josep? —preguntó Ana al acercarse—. Dijeron que llegarían anoche.
Marta negó con la cabeza, una sombra cruzando sus ojos.
—No me gusta. O se los encontró alguna banda o intentaron quedarse con el generador. —Se limpió la frente con la manga de un jersey raído y sus dedos huesudos temblaron apenas.
El nerviosismo era contagioso. En un mundo en ruinas, una ausencia de horas podía significar una sentencia de muerte.
Rubén entró entonces, frotándose las manos enguantadas. Era un hombre joven —treinta y alguno— que hasta 2020 había trabajado de camarero en Playa d’en Bossa, sirviendo copas a británicos dormidos bajo neones. Ahora era líder por default: más que por carisma, porque ninguno de los otros tenía el estómago de tomar decisiones. Ana admiraba ese valor, aunque sospechaba que en el fondo, Rubén solo sobrevivía porque no se permitía pensar en el precio de cada orden.
—He visto movimiento en la zona de la iglesia vieja, —murmuró—. Apenas dos figuras, y uno parece cojeando. El otro lleva algo al hombro, quizás un bidón grande.
Las conversaciones cesaron. El sonido del agua hirviendo se volvió ruido blanco en la penumbra de la cocina. Marisol, la adolescente más pequeña, se acercó a la ventana cubierta con tablones.
—¿Pueden ser de los nuestros?
—O pueden ser saqueadores —contestó Rubén—. No saldremos a abrir la puerta. Si intentan acercarse, les hablamos desde arriba, como siempre.
Comieron en silencio, recogiendo las escasas migas de pan del desayuno anterior, cuando uno de los vigías gritó desde la terraza superior.
—¡Se acercan! ¡Vienen hacia aquí!
Subieron todos apresurados, cada uno en su puesto: unos con armas, otros con binoculares o simples palos afilados. Ana sintió el corazón latiendo rápido. Desde la barandilla superior, pudo distinguir claramente a dos hombres. Uno era muy joven, casi un niño; tenía la cara manchada de tierra, ropa mojada, y arrastraba una furgoneta de supermercado vieja, adaptada como carretilla. El segundo caminaba con dificultad, mostrando el perfil descompuesto de una pierna vendada.
Ambos levantaron las manos.
—¡Venimos de Cala d’Hort! ¡Traemos sal y pescado seco! —gritaron en catalán.
El intercambio de mercancías se había vuelto raro, peligroso, pero vital. Rubén y Ana intercambiaron una mirada breve. Debían decidir rápido: no podían permitirse dejar entrar el miedo, pero tampoco eran tan ingenuos.
En el piso de abajo aseguraron la puerta y dejaron pasar la mínima rendija de voz.
—Tiren la mercancía aquí y retrocedan, —ordenó Rubén—. Los revisaremos después.
No hubo resistencia. Los dos hombres depositaron tres sacos grises y una caja de madera, y luego dieron diez pasos atrás levantando las palmas. Ana olió a través del resquicio: sal, pescado ahumado, y un aroma lejano a sudor y desconfianza.
Revisaron la mercancía con rapidez: pura supervivencia. Algunos bultos eran presas magras, secas y saladas en exceso, pero había más alimentos de los que habían visto en semanas. También hallaron una carta con el sello improvisado de una agrupación en Cala d’Hort, una prueba de las redes que intentaban nacer en las sombras de la isla.
Ana los miró por la rendija.
—¿A cambio de qué?
El joven habló. Tenía los ojos muy abiertos, el acento propio de Formentera mezclado con el de alguien que lleva años migrando.
—Tienen medicinas. Cualquier analgésico o venda. Uno… uno sufrió una mordedura, pero no de los otros.
La sombra que cruzó a todos fue inmediata. Cualquier herida era una sentencia de muerte o una condena a vigilar de cerca. Rubén dudó, pero Ana reconoció que en los ojos de los dos había la desesperación auténtica, no la astucia de un saqueador.
Negociaron rápido. Les pasaron dos cajas de gasas y una tira de ibuprofeno. El grupo de Cala d’Hort aceptó irse tras dejar otra carta: hablaba de intentar, al día siguiente, un posible intercambio para conseguir un generador de gasolina. Era una apuesta arriesgada, pero vital.
Cuando los visitantes desaparecieron en la curva de la carretera, Marta exhaló por fin.
—No sé cuánto más aguantaremos así.
La frase flotó en el aire como una maldición. Ana se sentó en el suelo y escribió en el reverso de la carta la lista de cosas que debían conseguir antes de que llegara el frío verdadero.
* * *
Esa misma tarde, Ana salió sola al acantilado. No podía evitar el impulso de caminar hasta el borde y observar el mar. Desde allí, la vista de Es Vedrà, el monte de leyenda convertido en faro silencioso, la hacía sentir, si no segura, al menos menos aterrada. Durante generaciones, la isla había sido refugio de aventureros y escapistas. Ahora, solo era un lugar más donde aguantar.
Oía el rumor de barcas motoras, pese a todo. Contrabandistas, desesperados del continente, grupos de forasteros saltando de isla en isla como en una ruleta rusa de supervivencia. Alguna vez, Ibiza representó la promesa infinita de fiesta y olvido, de días que nunca acababan. Ahora, el olvido era la norma.
Había aprendido a reconocer los cambios de viento y de marea, y notó una brisa distinta. Era el aroma previo a la tormenta, el anticipo de lluvias que harían más infranqueable el terreno para los zombis, pero que también cortarían las vías de comunicación entre los pocos asentamientos férreos.
El grupo del hostal dependía de contactos sutiles: una radio militar prestada que solo funcionaba de madrugada, el trueque de productos entre grupos que aprendían a desconfiar menos. Se preguntaba cuánto duraría esa frágil red ante la amenaza de las bandas armadas, que ya habían sitiado a dos comunidades cerca de Santa Gertrudis y San Rafael.
Ella misma había presenciado lo que quedaba después de un asalto: una taberna incendiada, herramientas oxidadas que nadie se molestaba en recoger, y cuerpos apilados, algunos marcados por mordiscos, otros por machetazos humanos.
* * *
El grupo cenó temprano, con una sensación de ahogo que no se permitían verbalizar. El pescado era duro y algo rancio, pero mejor que la sopa de hojas a la que empezaban a acostumbrarse. Rubén repasó, en voz baja, las noticias que había recogido en onda corta.
—Dicen que en Eivissa ciudad lograron limpiar un barrio pequeño. Casi todo entre la avenida España y el puerto. Pero los de allí están pidiendo ayuda: hay asaltos de otros grupos cada noche.
Nadie respondió. La guerra humana parecía a punto de estallar en cualquier rincón donde quedara algo de valor.
Los niños del hostal dormían en una habitación común, bajo la vigilancia de Lucrecia, quien tejía un jersey con pacas de lana deshilachadas. Era el símbolo de una “normalidad” imposible. Ana la observaba, recordando los tiempos previos, cuando su hermana y ella eran guiadas apenas por la brisa de la noche y el aroma a pino y mar.
Afuera, la lluvia empezó a golpear las chapas del tejado.
A media noche, un ruido metálico los sobresaltó. Rubén alcanzó la escopeta y Ana salió a su lado. Fueron hasta la cocina y un pequeño crujido los detuvo. Alguien forzaba la puerta trasera.
—Quietos… —susurró Rubén, señalando con la cabeza la silueta a contraluz.
Ana no lo dudó. Alzó la linterna y apuntó. La figura se detuvo, manos en alto.
Era uno de los suyos, Norbert, el más joven de los vigías. Había salido por leña y casi no vuelve. Temblores, pánico. Afuera, un segundo destello reveló una figura moviéndose. Lenta, tambaleante. Zombi. Uno solo.
Ana lo vio a través de la ventana: expresión vacía, piel de un gris que ya no correspondía ni a los vivos ni a los muertos. Era alto y moreno, quizás marinero, quizás uno de los turistas de años atrás. Ahora no era nadie, solo parte del paisaje.
Rubén apuntó y disparó por la rendija. El ruido rebotó en la pequeña cocina y la figura cayó, pesada, en un charco de sal y agua. Lo arrastraron luego, entre todos, hacia el acantilado, donde arrojaron el cuerpo para que la marea lo ocultara.
Al volver, Ana se permitió llorar en silencio, por ella, por el muerto, por la isla.
* * *
Días después, un mensaje llegó por la radio de los de Cala d’Hort: el generador había sido interceptado por un grupo que se hacía llamar "Los Corsarios", bandas armadas que saqueaban lo que encontraban y prometían protección a cambio de sumisión total. La tensión crecía.
Rubén reunió al grupo en el comedor.
—Debemos prepararnos. Si hay que huir, dejamos todo menos el agua y las medicinas. Mantendremos las mochilas con cuerdas bajo las camas. Nadie queda solo.
Ana asintió, sentada cerca de Marta. A su alrededor, el hostal parecía tan vulnerable como siempre, pero al menos eran una familia —improvisada, rota, pero familia—.
Al caer la tarde, Ana subió al techo. Observó las luces tenues al otro lado de la bahía, los fuegos pequeños, las señales de otros grupos —invisibles, sí, pero presentes. Pensó en la Ibiza perdida: la de las fiestas, las discotecas, el estrépito. Ahora solo quedaban silencios, órdenes susurradas y promesas de otro amanecer.
Si mañana triunfaba el grupo, si completaban el trueque o repelían un asalto, seguirían un día más. Si caían, la isla sería aún más silencio.
En la distancia, un relámpago iluminó Es Vedrà. Ana apretó el puño y se prometió, como cada anochecer, que viviría al menos otro día, cueste lo que cueste. Porque la isla, aunque desgarrada y marchita, aún era suya. Y en ese crepúsculo sin final, cualquier esperanza era suficiente para seguir luchando.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.