Fragmento:
Algunos decían que dentro se habían refugiado los que escaparon primero, cuando los ferris dejaron de llegar. Otros aseguraban que los últimos recién llegados fueron turistas ingleses, italianos, rusos, y que la mezcla de idiomas y pánicos aceleró el fin del orden.
Duración: 11:52
14 de diciembre de 2020
Había aprendido a moverse a través de las sombras mucho antes de que el mundo se apagara. Era una habilidad que se desarrollaba en Ibiza cuando eras hija de camareros, nieta de pescadores y hermana de DJs que tocaban en las playas y clubes que ahora yacían en silencio, alojando nada más que recuerdos y putrefacción. Camila tenía diecinueve años y llevaba seis meses sin ver a su madre; la última vez, la enfermedad le arrebató el habla. Desde entonces, Camila navegaba el infierno de una isla que parecía un paraíso antes de la plaga.
El aire era más frío de lo habitual, incluso bajo el cielo prístino y la luna llena de diciembre. El invierno europeo había mordido duro este año, pero la helada traía consigo una esperanza perversa: los zombis, esas rápidas caricaturas del hambre y la rabia, moviéndose ahora más lento por las calles adoquinadas de Vila, tropezando con los muros blancos y carcomidos por la sal.
Camila cruzó la plaza desierta, su mochila crujía con el movimiento, el sonido inevitablemente amplificado en el desamparo. Hacía semanas que se había terminado el conservas, hacía días que no dormía más de un par de horas entre vigilia y pesadillas llenas de los gritos que saturaban la isla. Sentía los huesos como de cristal, los labios agrietados de tanto lamerse de miedo e incertidumbre.
La ciudad vieja, Dalt Vila, parecía aún más medieval ahora que la electricidad se había ido. Las calles, alguna vez pobladas de turistas borrachos y locales vendiendo bisutería, se habían vuelto un mar de puertas atrancadas y sombras que se cruzaban velozmente en el horizonte. El castillo y la catedral –la fortaleza inexpugnable de Ibiza– ahora solo servían como referencia para los supervivientes: “Nos vemos en la catedral, al caer la noche; nadie se acerca.”
Algunos decían que dentro se habían refugiado los que escaparon primero, cuando los ferris dejaron de llegar. Otros aseguraban que los últimos recién llegados fueron turistas ingleses, italianos, rusos, y que la mezcla de idiomas y pánicos aceleró el fin del orden.
Camila no tenía tiempo para nostalgia ni para leyendas. Avanzó conteniendo la respiración, pegada a los muros encalados, emulando el instinto de las lagartijas azules de Es Vedrà, que ahora surcaban los escombros sin competencia humana. Había aprendido que las criaturas infectadas seguían mejor el sonido que la vista o el olfato; una tapadera seca moviéndose era más letal que su perfume estancado o su pálido rostro.
El refugio estaba tres calles más abajo, antiguo sótano de la peña deportiva, reformado como bodega de supervivientes dos meses atrás. Allí se reunían menos de diez, turnándose para salir a por agua en los pozos y recoger cualquier cosa aprovechable en villas vacías. Se organizaban para mantener el silencio, pero el miedo nunca se podía apagar del todo.
Al llegar, golpeó dos veces con la suela del pie y esperó. Una mirilla rascada se abrió a la altura de sus ojos. Una pupila enrojecida –por la fatiga, esperaba– la escrutó.
“Camila.” Susurró su nombre, por costumbre, aunque todos sabían que un solo zombi podía descubrirte sólo por ese reflejo de voz. La rejilla se abrió, rápida, y entró.
Papá Tito estaba en la escalera: peludo y exhausto, la piel gris pálida por los meses sin sol. Levantó el pulgar, le apartó una madeja de cabello del rostro.
“¿Alguna novedad?” preguntó, la voz carraspeada por el tabaco y el miedo.
“Sí –dijo, sacando un botín modesto de su mochila–. Centro Comercial Ibiza está vacío. Encontré arroz en una estantería volcada. Y dos paquetes de latas.”
Aplausos roncos. Un par de niños, con la mirada encendida de hambre, los miraban desde el fondo de la sala, donde la ‘zona segura’ tenía colchonetas robadas de hoteles.
“¿Y el puerto?”, interrogó él.
Camila negó: “No hay barcos. No hay nada.”
Era la última noticia oficial que tenían desde agosto. Nadie llegaba. Nadie salía. Los botes que intentaron escapar al principio –se rumoró en agosto, entre interferencias radiales– fueron interceptados y hundidos por las patrullas españolas y francesas, temerosas de la propagación por mar. Ibiza quedó sellada, una tumba brillante flotando en la espuma del Mediterráneo.
Sentados alrededor de un carrito de supermercado volcado, el grupo compartía lo hallado: arroz, unas latas frías de verduras, aceite que apestaba a oxidado. Camila se fijó en la niña más pequeña, Lila, abrazando un oso de peluche: sin ojos, el relleno asomando por una costura. Lila nunca había visto la playa sin cadáveres.
* * *
La noche era densísima; el frío se filtraba por cada rendija. Afuera, la ciudad crujía con los gritos secos de los hambrientos, y el viento levantaba los gritos de los rezagados y los hacía girar entre las paredes, como una discoteca grotesca y muda. Nadie dormía mucho, ni juntos ni separados. La bodega olía a pies, miedo, aceite rancio y sudor de supervivencia.
Sobre el suelo agrietado y frío, Camila pensaba en los clubes cerrados para siempre: Amnesia, Ushuaïa, Pacha... Había visto, poco antes del invierno, cómo los infectados daban vueltas eternas en la pista de baile, recreando movimientos de los vivos, como si el eco de la música los guiara todavía. El DJ Booth era ahora un altar de paranoia, los cables convertidos en trampas rústicas para los que buscaban refugio o saqueo.
En los muelles, las lanchas pescadoras se agolpaban, rotas, mientras cuerpos reventados se balanceaban al vaivén del oleaje. Nadie se atrevía ya a intentar pescar, no solo por el riesgo de los devoradores, sino porque los peces mismos parecían haber desaparecido. Se rumoreaba que la enfermedad también asolaba al mar, que los cardúmenes se habían disuelto como los viejos gobiernos.
En Dalt Vila, en los callejones de la parte alta, los jóvenes sobrevivientes habían creado un sistema rudimentario de señales con espejos, linternas y colores. Rojo: peligro. Amarillo: espera, no avances. Verde: ruta despejada. No usaban móviles desde septiembre; no funcionaban ni la electricidad ni la cobertura. La última vez que encendieron un generador para cargar walkie-talkies, el estruendo atrajo a una docena de zombis ansiosos, y lo perdieron todo.
El grupo de Camila era uno de los pocos organizados en la isla. Los otros, según rumores, vagaban por San Antonio y Santa Eulalia, turnándose en villas turísticas fortificadas, prosperando o devorándose entre sí. Los turistas que sobrevivieron las primeras olas se mezclaron, resignados, con los pocos locales que nunca habían salido de la isla ni en sueños.
Uno de los ancianos contaba cada noche historias de la vieja Ibiza: las fiestas de solsticio en Es Vedrà, los hippies bailando bajo las estrellas en la década de los setenta, los pescadores y su milagro de langostas. Cada vez que lo hacía, una melancolía fulgía en los ojos de los adultos, mientras los niños lo miraban fascinados, como si fueran cuentos de otro universo.
Aquella noche, mientras todos comían en silencio, Papá Tito miró a Camila con una mezcla de orgullo y pena. Sabía que si las cosas seguían igual, pronto tendrían que arriesgarse y salir de la ciudad, hacia los campos del interior.
“La playa está casi despejada”, murmuró la chica, bajando la voz, como si el viento pudiera escucharla. “Si conseguimos comida suficiente... podríamos llegar a las fincas viejas. Quizá aún quede algo de la cosecha de agosto.”
El silencio se extendió como una mancha negra.
Marina, la enfermera que había robado suministros la primera semana del colapso, sacudió la cabeza: “El frío mata, pero solo a los más lentos. Las mañanas están mejor, pero cuando calienta el sol, los muertos se levantan otra vez.”
“¿Y vivir aquí, cuánto más? No hay agua, ni gasolina, ni leña. La sal lo oxida todo, los grifos ya no suben.”
Tito suspiró. Finalmente, asintió.
“Vamos a planearlo. Mañana, al amanecer.”
* * *
Despertaron una hora antes del alba, aferrados a la esperanza y con los pies helados. Lila gimoteaba por el hambre. Camila le compartió el último mendrugo de pan duro, la miró a los ojos y le prometió, en secreto, llevarla a ver el mar limpio algún día.
Reunidos en la entrada de la bodega, el grupo se armó con lo que tenía: cuchillos de cocina, dos bates de béisbol, palos de golf robados del club de Santa Gertrudis, un hacha oxidada. Suficiente para defenderse, pero apenas.
El aire era espeso, viciado de descomposición y salitre. Cruzaron la ciudad en silencio, acechando entre estrechos pasadizos. Por las puertas abiertas se adivinaban cuerpos congelados sobre colchones, niños dormidos para siempre en sillas altas; los ecos de casas felices transformados en escenas mudas de horror.
En la plaza principal, la fuente era ahora un pilón de cadáveres descompuestos, propio aviso de que los vivos aún estaban en minoría.
Llegaron al borde del mar. Camila se adelantó, buscando cualquier movimiento. El agua era azul metálico, inusualmente calma; las olas rompían arrastrando cosas irreconocibles, pero la orilla estaba despejada.
Guiados por instinto y hambre, el grupo caminó por la playa hasta llegar a una cabina telefónica destruida, hito para los que aún se movían por la isla. Desde ahí, podían ver los campos al norte, donde una fila de almendros parecía resistir el invierno y la muerte.
El trayecto hacia el interior era arriesgado, pero la necesidad era mayor que el miedo. Sorteando cadáveres encallados, trampas de escombros, y los pobres restos de carpas de playa, avanzaron entre matorrales y olivos retorcidos.
Hallaron una casita de campo. Camila y Tito irrumpieron primero. Adentro, apenas rastro de saqueo: una pareja anciana, los cuerpos ya esqueletizados, yacían abrazados sobre la cama. El grupo los enterró detrás, sin palabras, en el jardín seco. Buscaron entre los armarios y la despensa; consiguieron harina, unas botellas de agua, un puñado de nueces. Al menos, esa noche cenarían juntos.
La vida ahora era esto: buscar resguardo, esquivar la muerte, improvisar la esperanza. Lila revolvía la tierra seca con una cuchara vieja, como si buscara un tesoro. Camila le ayudó, encontrando una ficha azul de casino, souvenir de los tiempos de gloria perdida; se la entregó. “Para la próxima vez que todo esto pase”, le dijo. Nadie reía, pero todos sabían que era necesario creer.
* * *
La noche cayó de nuevo, y la luna iluminó la isla herida: las villas encaladas, la ciudad amurallada testigo de una eternidad, las iglesias sin feligreses, las discotecas mudas. Ibiza, antigua joya de la fiesta, era ahora mausoleo de los que nunca se marcharon, testigo silencioso de los que aún se aferraban a la vida.
Desde la vieja casa de campo, Camila miró el perfil de la isla, con la silueta de Es Vedrà surgiendo como un fantasma en el horizonte. Pensó en su madre, en la música que emergía de los clubes cada verano, en las promesas de veranos interminables. Ahora solo quería sobrevivir el invierno y, quizá, encontrar el modo de volver a bailar un día, aunque sea con los pies descalzos sobre la tierra fría.
Porque, mientras hubiera horizonte, aunque solo fuera una línea azul más allá de los muertos, siempre quedaría la esperanza de recomenzar.
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