19 de septiembre de 2026
La brisa suave del Mediterráneo aún llevaba consigo el salitre, y cuando el sol nacía sobre los restos de la ciudad blanca, los muros improvisados de la nueva Ibiza resplandecían con una luz tenue que no lograba ocultar las cicatrices del pasado. En la colina de Dalt Vila, sobre las antiguas murallas que habían resistido invasiones de piratas y bombardeos de siglos, los supervivientes ahora erigían orgullosos sus puestos de vigilancia. Ibiza ya no era la isla de la fiesta, la música ni los turistas internacionales: era una fortaleza humana en un mundo post apocalíptico. En septiembre de 2026, la vida se aferraba al tiempo y a las viejas piedras con la tenacidad de los estandartes al viento.
Habían pasado ya seis años desde que el mundo se había derrumbado en cuestión de meses. No hubo advertencia suficiente. Muchos creyeron que era una mutación del COVID-19, una crisis epidémica agravada, hasta que los muertos comenzaron a levantarse y a desgarrar a los vivos. En Ibiza, como en tantas otras ciudades costeras, los primeros días fueron de confusión y agobio: el aeropuerto colapsó entre gente que intentaba huir y quienes llegaban buscando refugio en la isla. Ninguno supo entonces que lo peor era imposible de eludir, que ninguna frontera contiene un virus, mucho menos uno capaz de burlar la muerte.
Ahora, Ibiza vivía un nuevo tipo de epicureísmo forzoso: el de los vivos que celebran una comida, un trueque, o la defensa exitosa de un muro improvisado como si fuera una victoria existencial. Las hordas de zombies —hoy mucho más lentos y deteriorados que antes, aunque aún letales— existían más allá de las líneas de defensa que rodeaban Eivissa, el pueblo de Sant Antoni, y las pequeñas comunas escondidas entre los pinos y las colinas. Desde hacía casi dos años, los vivos no solamente resistían, sino que comenzaban a ganar terreno: el comercio de alimentos secos y municiones era la nueva línea vital, y las alianzas entre comunidades determinaban quiénes florecían y quiénes se extinguían.
Martina, de 34 años, era una de las encargadas de coordinar el trueque entre los asentamientos de Ibiza ciudad y Santa Eulalia. Antaño, había tocado en un bar de playa chillout, electrizando las noches con su guitarra. Había seguido, entre cócteles y risas, a docenas de DJs internacionales, bailando entre hileras de luces de neón. Esa vida parecía ahora una fantasía enfermiza, como un sueño que le había contado alguien muy lejano. Ahora recorría a pie o a caballo —cuando había suerte— los caminos entre comunidades, negociaba entregas de grano, pescado seco y medicina, y llevaba las señales de radio que, por la noche, zumbaban con mensajes codificados sobre movimientos de las hordas, meteorología y bandadas de saqueadores.
Aquella mañana, el aire olía a hinojo salvaje y madera quemada. El humo se alzaba en espirales desde la cima del Puig de Molins, una advertencia: alguien había encendido un fuego grande. Era temprano, y el sol apenas asomaba por la costa de es Codolar. Martina ajustó el chaleco acolchado—tela gruesa, placas metálicas en el pecho, botas robadas de una vieja tienda de deportes—y bajó la cuesta hacia la planicie. Le acompañaba Amadou, un pescador senegalés de brazos enormes y voz tímida, que se había afincado en Ibiza poco antes del apocalipsis y había terminado liderando el resurgimiento de la pesca a bordo de barcas reparadas con piezas de coches y paneles de puertas oxidadas.
—¿Viste la señal? —preguntó Amadou, con los ojos fijos hacia el humo—. Puede ser una trampa.
—O puede ser ayuda —respondió Martina—. En Santa Eulalia dijeron tener problemas con una horda hace dos noches. Tal vez sea ellos, pidiendo refuerzos.
El camino entre Dalt Vila y la llanura era peligroso, pero la vegetación espesa ofrecía cierta cobertura. Los dos siguieron el sendero, cruzando por las ruinas de una casa rural quemada durante los peores días del caos. Allí, en el patio donde habían colgado lámparas y crecido bugambillas rosadas, ahora sólo quedaban esqueletos y el sutil olor a pólvora, a veces a podredumbre asentada. Era común en la Ibiza de 2026: la convivencia con la muerte se había vuelto cotidiana y no por ello menos temida.
Cuando llegaron al pie de la colina, encontraron el origen del humo: un grupo de ocho supervivientes, sucios y rotos, rodeaba una hoguera sobre la que se asaban dos pequeños cabritos. Detrás, tres bicicletas y un burro escondían mochilas y armas improvisadas; un par de escopetas de doble cañón, lanzas soldadas a viejas herramientas agrícolas, cuchillos forjados en los, ya recuperados, talleres de la isla.
Un hombre, el más viejo —tendría unos sesenta años, la piel curtida y la barba blanca salpicada de hollín— se adelantó, con las manos en alto y la sonrisa entre la necesidad y la cortesía:
—Venimos desde Es Cubells —dijo—, traemos pescado y algo de leche. Buscamos pasar a Ibiza ciudad. Pero anoche una horda nos hizo rodear por aquí. ¿Sabéis si está la ruta limpia?
Martina no bajó la guardia. Había escuchado historias de emboscadas disfrazadas de petición de ayuda. Pero no vio nerviosismo sospechoso en el grupo; no había esa inquietud peligrosa de quienes planean traicionar, sólo agotamiento y hambre. Intercambió una mirada con Amadou.
—Hay movimiento por la carretera principal, pero por la línea del río está limpio —dijo Amadou, señalando con el mentón—. Si queréis, podéis uniros al grupo de Santa Gertrudis, están fortificando una granja. Gente honrada.
El hombre asintió. Compartieron un poco de leche y cabrito, mientras Martina y Amadou dieron información sobre abastecimientos y las últimas señales de radio: la horda más cercana, de unos treinta infectados, se movía hacia el norte, entre Puig d’en Valls y Jesús. Bastaba evitar los caminos rectos, moverse en silencio tras la brisa, y, sobre todo, no encender fuegos muy visibles por las noches.
Entre bocado y bocado, una mujer del grupo extranjero —la más joven, de pelo rapado y rostro de pecas quemadas por el sol— miró a Martina con gesto de franca curiosidad.
—¿Es cierto que Ibiza ciudad ya tiene molino de viento funcionando? Que vuelven a moler grano…
Martina asintió, bordeando una sonrisa. Sí, era cierto: dos familias enteras habían pasado el último invierno fabricando un molino de aspas con madera rescatada de viejos yates encallados, ejes de camiones y piezas del parque eólico destripado. El molino, aunque toscamente reparado, funcionaba suficiente para transformar trigo silvestre en harina. Era suficiente para hacer pan, aunque no pan blanco, claro, sino tortas gruesas y densas, sabrosas sólo cuando se untaban con aceite de oliva rescatado o pescado seco.
—Y han empezado con las primeras calderas para destilar agua. Ya no dependemos tanto de los viejos pozos —añadió Martina, con un brillo en la voz. Su orgullo por el pequeño avance era evidente.
Eso era lo que mantenía la esperanza: pequeños pasos, pequeñas victorias. No la promesa lejana de recuperar la vieja normalidad, sino poder decir «tenemos pan», o «el agua es potable», o que por primera vez en años se escuchaba el canto de los pájaros en los jardines entre los huesos.
Un rato después, cuando el grupo se hubo marchado, Martina y Amadou siguieron su camino hasta la costa. Tenían que recoger un cargamento de sal cosechada en las antiguas salinas de es Codolar, un tesoro valioso que se usaba para conservar carne y pescado, y que se intercambiaba —al peso, nunca por dinero— por antibióticos, ropa resistente y semillas raras.
En la playa, cuatro jóvenes trabajaban llenando sacos de sal bajo el sol inclemente. Usaban mascarillas a modo de protección contra el hedor de los cadáveres fluviales que arrastraban, de vez en cuando, las lluvias recientes. En el horizonte, el mar era azul y plácido, engañosamente eterno.
Por la tarde, cuando regresaban hacia Dalt Vila, el panorama de la ciudad reconquistada les pareció a ambos más esperanzador de lo que recordaban. Había muros pintados, banderas hechas a mano ondeando en torres, y en cada esquina los puestos de vigilancia con vigías atentos, armados pero sonrientes. Las casas blancas, recubiertas de sendas plantas en macetas y tejados nuevos de madera, mostraban vida. Y no la vida desbordada y superficial de la vieja Ibiza, sino la vida porfiada de quien sobrevive porque ama, porque teme y porque no quiere regresar a las sombras.
Martina fue recibida por su pareja, Álvaro, y su hijo pequeño, Lucas. Fueron directos a la plaza, ahora el corazón de la pequeña comunidad amurallada, donde cada semana unos vendían sal, otros cambiaban queso, algunos transportaban leña, y unos más traían noticias de las radios. Martina le compró a una anciana medio pan viejo a cambio de cinco obleas de sal. Era la nueva moneda. Antes de la caída, quizá habría parecido la transacción más absurda del mundo. Ahora, cambiaba el destino de una familia.
A mitad de la tarde, como cada semana, un pregonero subió al campanario improvisado y tocó una vieja campana de iglesia. La gente se reunió, y leyó las últimas noticias, entre ellas lo más importante: los grupos de saqueadores que, por meses, asolaron la isla habían sido rechazados en dos intentos recientes gracias a la cooperación entre villas. También informó que en Jesús y Sant Rafel se empezaban a comerciar semillas de berenjena y calabaza, y que durante las noches, las señales de luz entre torres advertían que las autopistas estaban libres… al menos por ahora.
La tarde caía. El mercado acabó y el olor a leña era fuerte, casi embriagador. Martina paseó con su hijo hasta el mirador sobre el mar. Allí, mirando la costa y la ciudad iluminada por faroles caseros, vio algo que le erizó la piel: a lo lejos, entre los pinares, sobre la carretera de Santa Gertrudis, una pequeña columna de humo nuevo se alzaba entre los árboles. No era normal, no a esa hora.
—¿Mami, hay otro fuego? —preguntó el niño, con los ojos grandes.
—No sé, hijo. Vamos a avisar a los vigías.
Los vigías se acercaron rápidamente, subieron a la torre de vigilancia nueva, y uno de ellos, un antiguo operario de discotecas reconvertido en defensor de la ciudad, optó por prender una bengala azul. Era el código convenido: fuego sospechoso, posible avistamiento de saqueadores o movimiento anómalo de la plaga.
La comunidad reaccionó con eficacia. Grupos de defensa armados salieron de inmediato, formando patrullas. El consejo de ancianos y líderes —elegidos semanas atrás en votación a mano alzada— reunió a todos en la plaza: instrucciones rápidas, reparto de munición, indicaciones de qué hacer si sonaba la alarma prolongada.
Martina, acostumbrada ya a estar a medio camino entre la vida civil y la defensa armada, se ofreció para coordinar la comunicación por señales luminosas entre torres. Prendió el pequeño generador, revisó el viejo walkie-talkie solar y, en el ocaso rojo, conectó la linterna de mano para señalar hacia los puestos de Sant Rafel y Jesús: habían avistado humo; debían estar alerta.
El ataque, finalmente, no llegó a sus puertas esa noche, pero dos patrullas que fueron a investigar regresaron con malas noticias: un grupo nómada, al parecer recién llegado del continente, había intentado asaltar una granja al norte. Encontraron los cuerpos de tres granjeros, pero el resto de la familia había escapado en la oscuridad. Los saqueadores, al ver la reacción organizada de los locales, huyeron hacia el bosque, dejando atrás parte del botín.
La tragedia no era insólita ni aislada. Pero cuando los muertos fueron llevados al cementerio nuevo, junto a los restos de los que una vez bailaron y bebieron en las discotecas cerradas para siempre, la comunidad hizo lo que mejor sabía: resistió. Un cura sin sotana ofició unas palabras, otros ofrecieron pescado, pan y sal, y los niños, por costumbre más que comprensión, dejaron conchas blancas sobre las tumbas improvisadas.
Ya de noche, cuando los reflejos del fuego y las linternas volvieron a ser tenues y sólo quedaba el rumor del mar y los insectos, Martina se sentó en el umbral de su casa. Álvaro le ofreció una copa de licor dulce, hecho con uvas robadas. De fondo, una melodía salía de un acordeón, improvisada, alegre y melancólica a la vez.
—¿Crees que volverán los turistas algún día? —preguntó Álvaro, con media sonrisa.
Martina no respondió de inmediato. Miró al cielo, a las estrellas y al perfil de la ciudad amurallada resurgiendo por encima de las sombras, en una isla que, contra todo pronóstico, seguía viva.
—Volverá la música, seguro. Lo demás… ya no importa tanto. Ahora somos nosotros los que bailamos, mientras podamos.
Y en ese pequeño instante, en la Ibiza que sobrevivió, mientras el mundo se reconstruía pasito a pasito, la esperanza bailó, aunque fuera solo por esa noche, sobre los muros viejos y los vivos que se negaban a dejar de serlo.
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