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Fragmento:


Vivo en lo que una vez fue Villa Can Toni. Antes, los turistas alquilaban habitaciones por cientos de euros al día. Ahora las ventanas están tapiadas con muebles viejos y planchas de chapa; las paredes internas están llenas de mensajes pintados con carbón, claves que apenas entienden los que comparten este refugio. Mi grupo lo formamos siete: tres locales (los hermanos Cardona y Antonia, la maestra jubilada); yo, que llegué en uno de los últimos ferris desde Denia cuando la pandemia aún tenía nombre conocido; y dos más de la península, Diego y Lara, que nadie sabe bien de dónde escaparon. El séptimo es un niño de nueve años que responde a “Chico” porque su nombre verdadero se perdió en alguna costa devorada por las olas de muertos.

Duración: 10:59

Islas a la Deriva
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Texto de ajuste de pausa.

14 de septiembre de 2026

Nadie recuerda la última vez que Ibiza fue un paraíso de fiesta y música electrónica. Ahora, los muros blanqueados por el sol, arruinados por tiros y saqueos, parecen los huesos de un animal colosal que murió soñando con un verano eterno. Aquel año, 2026, marcaba el fin de un ciclo imposible de entender durante las noches doradas del pasado. En mi memoria, la isla palpitaba de vida y promesas; hoy es solo sobrevivencia. Quiero contártelo, si no para la posteridad, al menos para no olvidar quién fui antes de convertirme en el hombre que habita esta costa, custodiando el muro con una escopeta oxidada y una esperanza que se desdibuja tras los vientos de septiembre.

Vivo en lo que una vez fue Villa Can Toni. Antes, los turistas alquilaban habitaciones por cientos de euros al día. Ahora las ventanas están tapiadas con muebles viejos y planchas de chapa; las paredes internas están llenas de mensajes pintados con carbón, claves que apenas entienden los que comparten este refugio. Mi grupo lo formamos siete: tres locales (los hermanos Cardona y Antonia, la maestra jubilada); yo, que llegué en uno de los últimos ferris desde Denia cuando la pandemia aún tenía nombre conocido; y dos más de la península, Diego y Lara, que nadie sabe bien de dónde escaparon. El séptimo es un niño de nueve años que responde a “Chico” porque su nombre verdadero se perdió en alguna costa devorada por las olas de muertos.

El muro que defiende nuestra villa se improvisó con lo que había: coches volcados, vallas de obra, puertas arrancadas de casas cercanas. No es inexpugnable, pero frena a los zombis rezagados, esos que aún vagan cuando el poniente arrastra rumores del continente. Ibiza ha sufrido menos que la península: su aislamiento la hizo menos vulnerable a las primeras olas. Pero no por eso estamos a salvo. En el centro de la isla, en Santa Eulalia, hay otra comunidad, más grande y militarizada. Se rumorea que tienen generadores y hasta un taller rudimentario donde fabrican herramientas. Pero el camino es traicionero: entre cada villa fortificada hay campos de cultivo y escombros infestados; los zombis y los grupos errantes —humanos peligrosos, peores que cualquier plaga— acechan.

El día comienza siempre igual: barrer la entrada, revisar el cerrojo y asegurarse de que nadie muerta (ni humano, ni “residual”) esté merodeando. Los zombis son menos ahora, y la mayoría de los que quedan se deterioran tanto que ya no pueden escalar ni destrozar barricadas. Pero el miedo no muere; la amenaza sigue siendo real para los descuidados y para los confiados. Los saqueadores tampoco han desaparecido. El calendario en la pared marca los días con rayas y dibujos que actualiza el Chico, una manera infantil de medir el tiempo y recordar la rutina.

Esa mañana de septiembre el calor era húmedo, masticable —el tipo de clima que en los viejos veranos habría llenado las calas de turistas. Nosotros teníamos trabajo: revisar los campos de cultivo. Lara y Diego iban adelante, machete en mano, mientras Antonia y los Cardona seguían a unos metros con sacos para cosechar lo que encontráramos. Los cultivos no se inventaron por casualidad; Antonia fue maestra de ciencias y enseñó a los demás cómo plantar entre ruinas de piscinas vacías y jardines desbordados por la maleza. Hace meses descubrimos, tras una incursión al banco de semillas de Sant Josep, sobres aún sellados de calabazas, tomates y cebollas. Esos sobres valen más que el oro en la Ibiza de hoy.

Fue Diego quien levantó la voz al llegar al borde del campo:

—¡Movimiento!

Nos quedamos quietos, el corazón retumbando en las sienes. Entre la hiedra y los restos de parra, una figura arrastraba una pierna de manera grotesca, moviéndose con torpeza. La cobertura de las plantas apenas lo ocultaba. Diego se adelantó, su machete preparado. Lo seguimos a distancia prudente.

Desde que la plaga empezó a remitir, no matamos zombis a menos que sea absolutamente necesario; el ruido atrae a otros, y la manada es lo que tememos aún más que el hambre. Además, una regla tácita guía nuestros actos: cualquier cosa que no nos ataque de inmediato es mejor dejarla pudrirse en paz. Pero aquel zombi —una mujer joven, o lo que quedaba de ella— soltó un gemido que erizó la piel de todos. Diego la apartó con un golpe de palo, y cuando cayó, se retorció hasta romperse el brazo.

—Todavía duele ver esto —susurró Lara, apartando la mirada.

Finalizamos la inspección rápidamente. La cosecha fue mejor que las últimas semanas: tomates y tres calabazas, alguna cebolla. Las llevamos a la villa, y cada uno de nosotros sentía ese alivio provisional que da el poder contar con una comida más. De regreso, encontramos a Chico en el tejado, con los prismáticos traídos hace años, vigilando el camino de Sant Josep. Él vio lo que nadie más: una columna de humo negra se elevaba sobre los árboles.

La rutina cambió en un instante. Humo no era buena señal. Nadie prende fuego a conciencia en esta Ibiza a menos que busque atención o desee borrar pruebas. Los Cardona quisieron organizar una patrulla inmediata, pero Antonia insistió:

—Solo si hay certeza de peligro. No podemos convertirnos en otra banda armada.

Yo opino igual. La violencia, por necesaria que sea, siempre nos deja marcados.

Decidimos explorar sigilosos. Diego, Lara y yo, armados con machetes y una vieja escopeta cuyos cartuchos cuento cada noche. Atravesamos senderos cubiertos de maleza, atentos a cualquier ruido, cualquier silueta moviéndose torpe y errática; los olivos, retorcidos y centenarios, nos daban una cobertura macabra. El humo se hacía más denso al acercarnos.

La finca que descubrimos —Can Pascual, reconocí por el cartel carbonizado— era ceniza aún humeante. No había zombis, pero sí cadáveres recientes: tres cuerpos humanos, amarrados y degollados. Entre las piedras, una mochila colorida. Sabíamos lo que significaba: saqueadores. Competían por comida, agua, armas, refugios; veían en las comunidades pequeñas un botín fácil.

No saqueamos a los muertos, pero sí recogimos cualquier cosa que pudiera ayudar; la mochila tenía un mapa casero de Ibiza, con algunas rutas marcadas y anotaciones en clave. Al volver, la discusión era inevitable: ¿era seguro permanecer en la villa? ¿Debíamos tratar de unirnos al enclave de Santa Eulalia? ¿O buscar aliados en las villas fortificadas de la costa norte? El miedo a irnos y el miedo a quedarnos eran por igual potentes.

Las noches, ahora, ya no se rellenan con música o risas. Estamos demasiado cansados, demasiado rotos. Reunidos alrededor de una lámpara, con el combustible racionado, charlamos en susurros y discutimos planes. Nadie recuerda chistes o historias hermosas; hablamos solo para no callar ante la posibilidad del fin. Chico se sienta siempre junto a mí y me pide que le cuente cómo era Ibiza antes, cuando los fuegos de la noche eran antorchas de discotecas, no alarmas de muerte.

Le describo la costa, el agua turquesa, los mercados rebosantes de frutas y el olor a salitre y crema solar. Y mientras le hablo, siento que una parte de la isla pervive solo a través de esas palabras. “¿Crees que volverá?” pregunta a veces. “No lo sé, Chico. Pero peleamos para que un día haya algo parecido, al menos para ti. Para los que vengan.”

A la mañana siguiente, discutimos largo y tendido sobre qué hacer con el hallazgo de Can Pascual. Finalmente, los Cardona y Diego deciden patrullar al menos una vez por semana más allá de los límites del muro, armados con lo poco que tenemos. Antonia y Lara se ocupan del huerto y la educación improvisada del Chico, que aprende a leer con manuales de supervivencia rescatados de la biblioteca municipal.

La vida gira en torno a ciclos: cultivar, patrullar, defender, aprender a convivir con la rutina de la amenaza. Dormimos poco; los turnos de guardia nos mantienen alerta. Sin embargo, algo empieza a cambiar aquel septiembre. Las incursiones de zombis disminuyen tanto, que por primera vez desde que llegué, llegamos a pasar una semana sin avistamientos. En su lugar, crece la preocupación por los hombres: los rumores de una banda nómada que saquea villas y masacra a sus habitantes se hacen frecuentes en las transmisiones de radio que logramos captar alguna noche.

Una de esas noches escuchamos, por onda corta, la voz distorsionada de alguien en Santa Eulalia. Informan que han detenido a tres saqueadores y pedido ayuda para juzgarlos. Hablan de crear normas, justicia, hasta cortes improvisadas. Algunos en mi grupo dudan si es real o trampa; otros sueñan con una comunidad mayor, mejor protegida.

Así transcurren los días. El sol de Ibiza quema igual que en los veranos felices, pero ahora lo recibimos como un recordatorio: sigue habiendo vida. El agua de una antigua piscina, hoy cubierta de algas, se filtra gota a gota en garrafas improvisadas. Algunos días pescamos; otros días, simplemente nos sentamos a leer mapas. Cuando, a mediados de septiembre, una pequeña caravana se detiene ante nuestro muro —una mula tirando de un carro lleno de comida enlatada, dos hombres armados atrincherados en la caja trasera—, comprendemos lo que significa el nuevo mundo: comercio, trueque, diálogo.

Negociamos torpemente; cedemos semillas por medicinas. Llevan noticias: en San Antonio han logrado limpiar varias manzanas de zombis y han instalado luces de aceite cada cincuenta pasos. Hay ferias de intercambio dos veces al mes. Las noticias nos encienden la esperanza —y también el temor: a medida que el orden humano regresa, también lo hacen sus debilidades. Hablan de asaltos, de jueces improvisados que a veces dictan sentencia sin pruebas. Las viejas certezas han muerto para siempre.

Pero al dormir, aquella noche, siento en el aire algo diferente: la sospecha de que, pese a todo, sobrevivir no es el objetivo final, sino el primer peldaño para empezar a recuperar una vida. En el horizonte, Ibiza sigue siendo tan hermosa y terrible como antes. Y aunque los cantos y fuegos de la fiesta ya no existen, el latido de la isla insiste en susurrar que aún somos humanos, si seguimos luchando por estos pedazos de tierra y por aquellos a quienes amamos.

Quizá algún día, el Chico sea capaz de recordar este tiempo no solo por las sombras ni el miedo, sino también por aquellas tardes en las que un puñado de supervivientes, entre tomates y escopetas oxidadas, se negó a rendirse ante la última marea de la noche.

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