Fragmento:
El verdadero núcleo de la defensa era el caserón principal, con muros viejos y ventanas reforzadas con enrejados y tablones. Desde la terraza alta se divisaban las aguas que iban desde el puerto hasta Figueretes. De noche, sin luz más que la de la luna, el mar parecía una mancha oscura. Una vez, Babá, un superviviente senegalés, había contado una historia sobre monstruos marinos que acechaban los barcos. Nadie se rió; los que quedaban en la isla sabían ahora que la imaginación era menos cruel que la realidad.
Duración: 11:22
21 de noviembre de 2022
El mar golpeaba la costa de Ibiza con un ritmo monótono, constante, como tratando de recordarles a los supervivientes que el mundo existía más allá de la pequeña franja de terreno que habían conseguido mantener a salvo. A las afueras de la antigua ciudad amurallada de Dalt Vila, la comunidad se preparaba para otra noche, incierta como todas las anteriores, pero menos caótica de lo que cualquiera hubiera imaginado en los primeros días de la plaga que arrasó el viejo mundo.
Año y medio atrás, Ibiza había sido un hervidero de gritos y luces, de turistas ebrios que zanjaban preocupaciones bailando bajo el sol, enloquecidos por promesas de verano eterno. Pero ahora, en pleno otoño de 2022, nadie bailaba. Los que quedaban, apenas unos cientos, se movían cautos entre calles silenciosas, la mayoría de ellas decoradas con los restos de la vida anterior: pancartas de fiestas, flyers de discotecas, cojines rotos y ropa sucia. Ya no quedaban noches de música electrónica ni amaneceres con cócteles en la mano. Quedaban noches de guardia y amaneceres con el corazón encogido.
Eva sostenía una vieja radio militar de corto alcance, girando el dial en busca de la señal de los otros asentamientos. Aquella mañana habían recibido el mensaje convenido de la colonia de Sant Carles: “Peligro al oeste. Nómadas en bote, seis hombres, armados. No confiéis”. Ella anotó la advertencia en una pizarra que colgaba al lado de la puerta principal del refugio, una antigua casa señorial ahora fortificada con vigas, latas y alambres.
El grupo de Dalt Vila estaba formado por una amalgama de ibicencos de toda la vida y extranjeros que, atrapados por la pandemia, nunca encontraron salida de la isla. Ahora eran todos “eivissencs”, como ellos mismos se llamaban entre murmullos, recuperando la lengua tradicional como forma de diferenciarse del pasado globalizado. Eva, nacida en Córdoba pero instalada en Ibiza desde el 2017, se había convertido en una de las dirigentes más respetadas. Había aprendido el catalán a trompicones y lo hablaba con acento andaluz, pero nadie se lo reprochaba: fue ella quien, al principio del desastre, tuvo la sangre fría de organizar las primeras barricadas con muebles y motocicletas, cerrando las calles más cercanas al puerto y alargando la resistencia cuando ya las multitudes de turistas y los primeros grupos de zombis habían devastado la parte baja del municipio.
El verdadero núcleo de la defensa era el caserón principal, con muros viejos y ventanas reforzadas con enrejados y tablones. Desde la terraza alta se divisaban las aguas que iban desde el puerto hasta Figueretes. De noche, sin luz más que la de la luna, el mar parecía una mancha oscura. Una vez, Babá, un superviviente senegalés, había contado una historia sobre monstruos marinos que acechaban los barcos. Nadie se rió; los que quedaban en la isla sabían ahora que la imaginación era menos cruel que la realidad.
Aquel noviembre era particularmente seco. Las lluvias que solían limpiar el aire tardaban en llegar, y el polvo se colaba por los resquicios de la muralla. Llevaban meses sin saber nada de Eivissa ciudad, ni de las colonias de San Antonio. Algunos decían que en Vila no quedaba más que ruinas y cuerpos embrutecidos deambulando bajo el sol, errantes, atraídos por los pocos sonidos que quedaban. Pero esa era la ventaja que tenía Dalt Vila: los muros elevados y estrechas calles ofrecían una barrera natural.
No obstante, los zombis no eran la única amenaza. Desde marzo, la comunidad había sufrido ataques de grupos nómadas: piratas, los llamaban, aunque la mayoría eran apenas supervivientes desesperados que habían logrado reparar embarcaciones o patrullaban la isla en caravanas improvisadas de scooters y bicicletas eléctricas recuperadas. Algunos venían con intenciones de trueque, pero la mayoría se comportaba como depredadores, buscando comida, medicinas, armas, cualquier cosa intercambiable en ese nuevo orden.
Era por ellos, y no tanto por los infectados, que Eva insistía en la disciplina de las guardias. Aquella noche tocaba a Max y a Nerea vigilar desde la torre. Nerea, que había llegado a la isla en 2020 para trabajar en Amnesia, una de las discotecas que acabaron como fortalezas improvisadas antes de vaciarse, se apoyó en el borde, mirando las farolas oxidadas que bordeaban la plaza. Alejada del bullicio que la atrajo a Ibiza en otro tiempo, ahora se había convertido en una afilada centinela, capaz de permanecer toda la noche en silencio con la escopeta de caza de su abuelo sobre las rodillas.
De día, el asentamiento era otra cosa. Los niños, apenas una docena, recorrían la plaza jugando entre las fuentes vacías. Les habían hecho creer que la música electrónica era para espantar a los monstruos, y a veces pedían permiso para enchufar los viejos altavoces en las horas del mediodía, cuando ningún peligro acechaba. Al principio, la música les provocaba escalofríos a los adultos, recuerdos dolorosos de un pasado normal. Ahora, cualquier cosa que recordara la alegría era bienvenida.
El mayor desafío era el abastecimiento. Ibiza, con sus campos abandonados y villas diezmadas, había recuperado un aspecto rural, pero la tierra no era fácil de trabajar. Durante dos veranos, los supervivientes de Dalt Vila aprendieron a cultivar pequeñas parcelas en los exteriores de la muralla, turnándose para cuidar los cultivos y protegerlos. Las bandas rivales sabían que acercarse a los jardines secretos de Dalt Vila significaba enfrentarse a barricadas y francotiradores improvisados. Sin embargo, más de una vez habían perdido cosechas enteras por saqueos o por grupos errantes de zombis empujados por el hambre y el frío.
Esa noche, el aire arrastraba el eco de una melodía remota, algún superviviente tocando una guitarra. Eva pidió silencio con un gesto. Desde lo alto de la muralla, Max divisó dos luces acechando en la marina. Eran linternas, no antorchas. “Piratas” —susurró por el walkie—. Nerea enfocó la mira de la escopeta en la dirección indicada.
En la plaza, los ojos nerviosos de los adultos buscaban a los niños. Eva, con calma fingida, ordenó a los más pequeños que se refugiaran en el sótano. Allí, entre colchones, bidones de agua y sacos de legumbres cada vez más escasos, esperaron envueltos en mantas. En el piso superior, tres hombres armados con machetes y palos improvisados aguardaron junto a la barricada tapando la puerta principal.
Los visitantes tardaron en asomar. Avanzaron con cautela, como si supieran que cualquier movimiento precipitado les costaría la vida. Todos en la isla sabían lo que pasaba con los que no pedían permiso para entrar a Dalt Vila. Una regla sencilla y letal, establecida después de una emboscada meses atrás en la que murieron cuatro defensores y dos niños.
Max intercambió saludos a gritos con los recién llegados. Tres adultos y un niño, todos en mal estado. Traían consigo una pequeña carreta con bidones. El trueque era rápido: pilas y una bolsa de grano seco a cambio de dos cajas de medicamentos básicos, algunos antibióticos, gasas. Suficiente para comprar una semana de calma relativa. Antes del amanecer, los forasteros siguieron su camino, y las puertas se cerraron con el rumor seco de las bisagras.
En algún lugar del amanecer, Eva bajó al sótano a ver a los niños. Sentados en círculo, dos niñas recitaban palabras inventadas, jugando a ser las reinas de su propio mundo. Observarlas le partía el alma: eran demasiado pequeñas para haber recordado el viejo mundo. Quizá eso las salvaba. Les acarició el pelo y escuchó un par de risitas antes de que el cansancio la venciera. Salió a la terraza, con el mar extendiéndose, negro, delante de ella, y pensó en su madre, que nunca supo que su hija sobreviviría más allá del apocalipsis.
El día transcurría con la normalidad de los tiempos extraños. Al mediodía, un puñado de habitantes recorría lo que quedaba de la vieja ciudad, buscando restos útiles. En la avenida principal, bajo anuncios descoloridos, se descubrían tesoros a medias: latas asaltadas, relojes con pilas aún cargadas, una radio portátil que tras varios intentos emite el zumbido dulce de una señal. Esa tarde, un mensaje de los asentamientos del norte llegó con palabras de ánimo y advertencias: grupos de saqueadores nómadas se aproximaban a Cala Llonga.
El consejo, formado por cinco adultos y dos adolescentes que aprendían a leer y redactar en los únicos cuadernos que encontraron, se reunió bajo el porche de la casa grande. Debatieron medidas de defensa y discutieron sobre la última cosecha: la lluvia había sido escasa, las patatas estaban pequeñas. Uno de los jóvenes, Antoni, propuso reforzar las ventanas traseras, usando los restos de las puertas viejas de una antigua boutique de moda. Nadie objetó. En el nuevo orden, las ideas valían lo mismo que la fuerza.
Por la noche, cuando la luna dibujó un resplandor blanquecino sobre las olas, Eva se dedicó a escribir en su diario: “Hoy han venido forasteros. Puede que vengan más. Los niños ya no temen a la oscuridad. Nosotros sí”. Era un gesto extraño, casi un lujo. Escribir suponía quedarse quieta, vulnerable, pero también recordar que la historia continuaba, incluso mientras todo el mundo parecía desmoronarse a su alrededor.
Muchos decían que Ibiza estaba maldita, una isla atrapada entre el recuerdo de la fiesta y el hambre de las nuevas hordas. Pero otros apuntaban que la insularidad era, al fin y al cabo, su salvación. Los zombis ya no llegaban en masa —la mayoría había desaparecido tras los peores inviernos. Los cuerpos en los caminos se descomponían al sol. Los pocos que aún conservaban alguna movilidad apenas suponían un peligro más allá de un mordisco o un susto si salías solo de noche. Ahora, el peligro tenía rostro humano, sonrisa quebrada y cicatrices.
Un crepúsculo despejado trajo la promesa de una tormenta tardía. Los supervivientes de Dalt Vila arropaban a los niños, repartían entre ellos la comida que mejor podían apañar, y se sentaban a escuchar la radio, esperando las señales de los asentamientos vecinos. Con suerte, habría calma otra semana. Con suerte, nadie querría arriesgarse a atacar una fortaleza pequeña, pero peligrosa, y podrían sobrevivir hasta el próximo intercambio.
Eva miró desde el tejado hacia el puerto abandonado, los yates oxidados, el faro que ya no guiaba a nadie. Pensó en las actas que guardaban bajo llave, intentos de crear una jerarquía social justa, rudimentaria pero eficaz. Pensó en los niños, en el futuro y en la idea de un mundo donde Ibiza dejara de ser solo un refugio y comenzara a ser de nuevo un hogar.
La noche avanzó, y la comunidad se preparó para el nuevo día, con el murmullo del mar como única certeza. Quedaban menos zombis, pero aún muchos peligros. Aun así, en la cima de la antigua ciudad amurallada, todavía latía el corazón de Eivissa, dispuesto a reinventarse sobre la oscuridad, una noche más.
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