Fragmento:
Claudia caminaba despacio, con el paso medido de quien intenta no gastar energías, y a la vez con el sigilo que todos los niños y niñas de la posguerra zombie habían aprendido por instinto. Bajó por la Ronda Calvi hasta el lugar donde las banderas blancas colgaban, desteñidas, sobre lo que había sido una tienda de turistas. Allí, en lo que ahora llamaban el “punto de intercambio”, la esperaba su tía Marta, con una caja de madera bajo el brazo.
Duración: 10:18
21 de noviembre de 2026
Las aguas de la bahía de Ibiza seguían reluciendo azules, pero hacía tiempo que nadie se atrevía a mirarlas con el deseo antiguo de sumergirse. Ahora, el mar era distancia, frontera, un muro líquido que a veces traía cuerpos hinchados en la marea, y otras veces sólo el eco de la libertad perdida. Aquella tarde de noviembre, los pescadores de la comunidad habían arrastrado su barca a la arena sin mirar atrás, tan sólo con la ansiedad de no haber visto ninguna silueta vacilante en las rocas de Talamanca. Los “viejos”, como les llamaban en confianza, tenían los ojos acostumbrados a distinguir desde lejos la extraña, antinatural rigidez del paso de un zombi.
La isla sobrevivía convertida en fortalezas dispersas. Dalt Vila era la principal, y ahí vivía Claudia.
Había aprendido a soñar con las murallas. Estaba convencida de que la piedra, ese abrazo pétreo de la antigua ciudadela, aún recordaba otros asedios, y que la sal marina acumulada durante siglos le daba una dureza contra la que ni los vivos ni los muertos podían mucho. Era media tarde y el aire olía a algo dulce, quizás membrillos o la mermelada improvisada de higos que preparaba la gente mayor en los sótanos del Palacio Episcopal, donde ahora se almacenaban las provisiones.
Claudia caminaba despacio, con el paso medido de quien intenta no gastar energías, y a la vez con el sigilo que todos los niños y niñas de la posguerra zombie habían aprendido por instinto. Bajó por la Ronda Calvi hasta el lugar donde las banderas blancas colgaban, desteñidas, sobre lo que había sido una tienda de turistas. Allí, en lo que ahora llamaban el “punto de intercambio”, la esperaba su tía Marta, con una caja de madera bajo el brazo.
—En veinte minutos abren la puerta oeste —le dijo Marta, en voz queda—. Han llegado los de Sa Carroca. Quieren sal.
El trueque era ley. Sal por grano, aceite de oliva por clavos de hierro, pescado seco por vendajes limpios, semillas por información. Cada intercambio era un riesgo; no todos los grupos eran pacíficos, ni se respetaban las señales de banderas honestas. Y a veces, incluso en la propia Ibiza, aparecían forasteros. Un lujo y un peligro.
Las banderas blancas no significaban puro pacifismo, sino un recordatorio a todos: aquí se paraba la violencia, salvo que la trajeras contigo.
La caja que Claudia ayudaba a acarrear pesaba. No era la sal lo que la hacía difícil de llevar, sino el miedo invisible: la posibilidad de que, en plena entrega, una horda pequeña tipo “perdida” —de zombis errantes que habían llegado cruzando a nado desde el continente— causara un desastre. O peor aún, que los comerciantes de Sa Carroca intentaran alguna trampa: los asaltos humanos ya eran tan peligrosos como la plaga de quienes volvían de la muerte.
El punto de intercambio era una plaza estrecha, bajo una pérgola destrozada. Las balas habían dejado agujeros en las paredes, pero la decoración de azulejos azules resistía como un testamento del viejo mundo. Llegaron los de Sa Carroca: cinco, dos hombres, dos mujeres y uno muy joven. Llevaban uniformes hechos con retales de camuflaje y botas distintas. Claudia reconoció un gesto amigable en la más joven, que portaba una bandera enrollada en la mano. Intercambiaron la caja pesada por un saco de trigo y dos latas cerradas, misteriosas —lo que viniera enlatado tenía un precio altísimo, y se confiaba poco en el contenido—.
Negociar era mitad lenguaje y mitad intuición. Marta olía la mercancía, Claudia observaba las manos de los extraños. Hungía que en el sur de la isla otro grupo, nómadas llegados de la península, había asaltado hace semanas un refugio en Can Misses. Había habido muertos y desaparecidos.
—¿Queréis quedaros esta noche? —ofreció Marta por cortesía—. La niebla sube pronto.
—No; ya tienen rutas seguras marcadas —respondió la mujer más joven—. Nos fiamos si vosotros apagáis las luces antes de medianoche.
El protocolo era apagar cualquier luz artificial para dificultar que las hordas detectaran los asentamientos humanos en la oscuridad, pero esa noche sería difícil: era la Fiesta de la Sal, una de las pocas tradiciones que no habían desaparecido. Quienes se quedaban celebraban con música baja —guitarras recicladas, a veces una tuba milagrosamente conservada— y canciones tristes que hablaban de un mar profundo y de los veranos desaparecidos.
Claudia y Marta volvieron a la fortaleza. Pasaron por el puesto de guardia, donde Iván, guardián principal —un ruso exgendarme que no hablaba mucho, pero nunca fallaba con el fusil más antiguo del arsenal—, les pidió la contraseña.
—Solano al mediodía —susurró Marta.
—Entrad y echad el cerrojo, que hoy vi movimiento en Figueretas —respondió Iván sin levantar la vista de su catalejo improvisado.
La fortaleza no era el hogar de lujo antiguo. Era refugio, prisión, mercado, escuela, todo a la vez. En la plaza interior unos niños jugaban a la pelota cerca del pozo central. Los adultos, sentados junto a una mesa de piedras apiladas, discutían en voz calmada. Nadie levantaba la voz. El miedo y el respeto se parecían demasiado.
Esa noche, tras ocultar el trigo y encerrar la sal en el almacén común, Claudia subió sola al torreón noroeste, junto al cañón oxidado que nunca nadie había logrado disparar. Vio el mar como una pureza fría y blanca bajo la luna. Le gustaba imaginar que en las otras islas —Formentera, Mallorca— alguien también resistía, alguien había encontrado la manera de sobrevivir.
Claudia tenía catorce años, pero en su cara las pecas se camuflaban con la suciedad y el cansancio. De pequeña, su madre le había cantado canciones sobre las discotecas y los hippies y la alegría incontenible de un lugar donde la gente venía a buscar la eternidad aunque sólo fuese por una noche. Ahora, la eternidad era otra cosa: una sucesión de días, ruido contenido, noches frías esperando que las puertas no cedieran.
Al amanecer, las alarmas —palos de metal golpeando viejas bombonas de butano— rompieron el silencio. Una nube baja de bruma tapaba parte de Sa Penya, pero el estruendo venía del sur. Alguien gritó “¡Horda en la carretera!”.
La proporción de zombis había caído mucho estos años. Los cuerpos se degradaban, se volvían menos peligrosos salvo que los sorprendiera a uno desprevenido. Los líderes de la isla —quienes sobrevivieron más tiempo y supieron negociar, no sólo matar— sabían que limpiezas regulares mantenían a raya a los grupos más lentos, pero bastaba un nuevo cadáver infectado llegado en una barca o arrastrado por la marea para crear un foco. Nadie bajaba nunca la guardia.
Claudia bajó corriendo. Traía su honda —no era una gran cosa, pero más de un cráneo hueco había roto— y una navaja de pescador heredada. En la puerta este, los guardianes se habían apostado tras barricadas de muebles rotos y macetas. Desde allí pudieron verlos: menos de una docena, pero avanzando con esa terquedad imprudente, ese andar sin destino, de los zombis terminales.
No era una gran horda, pero lo suficiente para causar muertes entre los desprevenidos.
Iván disparó primero. El eco recorrió toda la isla. Claudia giró la honda, descargó piedras en ráfagas. Otros adultos arrojaban botellas con trapos encendidos, butano reciclado a modo de cócteles molotov. El aire olía a sal y carne quemada.
Cuando todo terminó, apenas quince minutos después, volvieron a sentir esa extraña euforia amarga, la conciencia de haber sobrevivido otro día, de haber logrado defender una microparte de un mundo imposible. El miedo cedía durante horas, hasta la siguiente alarma.
—Son de los nuestros —dijo Marta señalando el cadáver de una muchacha—. Debieron perderse hace días, mordidos.
La isla había aprendido a registrar todo nacimiento y muerte. A veces, los nombres quedaban en la piedra. Nadie lloraba mucho tiempo en público. Pero esa noche, mientras el aire volvía a estar tenso, Claudia entró al almacén y buscó el diario de tapas rojas que su madre había escrito en los primeros días del desastre, cuando aún pensaba que en dos semanas llegaría ayuda del continente.
La muchacha se sentó en la oscuridad y escribió: “Hoy defendimos la muralla. Otra vez. Comimos pan duro y queso seco con los de Sa Carroca. Perdimos a Marta ‘la pequeña’, tenía quince años y risa fácil. Queda menos miedo, quizá porque casi no queda esperanza. O quizá porque mañana será distinto.”
El sonido del mar volvió a llenar la noche. Los adultos discutían con voz baja la siguiente ronda de vigilancia. Unos soñaban —¿de verdad lo soñaban?— con limpiar algún día toda San Antonio, atraer a más refugiados, encender aunque fuera una sola luz eléctrica sin tener que apagarla para escapar de hordas.
A la mañana siguiente, una embarcación cruzó desde la costa oeste. Traía dos hombres cubiertos de mantas, medio congelados. Dijeron venir de Mallorca, de una comunidad donde el hambre había vencido antes que las hordas. Nadie celebró la noticia, pero les dieron pan y abrigo, y alguien preguntó si sabían reparar radios. A veces, entre radio-estática nocturna, se escuchaba una emisora breve desde la península: noticias de otras ciudades amuralladas, consejos para no perder la humanidad entre la niebla del miedo.
Ibiza seguía siendo, tras seis años de pandemia y guerra, un lugar improbable donde resistir. Esa noche, cuando encendieron la tuba y tocaron una canción de los viejos años, Claudia creyó ver, por un instante, el reflejo de la esperanza en los ojos de los niños que jamás conocieron el mundo de los turistas y la música infinita.
El mar seguía batiendo contra la roca, y la sal continuaba siendo su tesoro y su maldición. Y en las murallas de Dalt Vila, mientras el fuego ardía bajo la vigilancia de la luna creciente, la pequeña fortaleza recordaba —con piedra y con sangre— que la vida es resistencia y memoria, aunque el mundo entero se haya convertido en una ruina de pesadilla y esperanza.
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