Fragmento:
Marta se despertó aquella mañana en la cabaña de los acantilados, robada hacía ya más de dos años a un viejo grupo de saqueadores huidos en plena tormenta. Tenía treinta y tres años, el pelo ya encanecido en las sienes por el estrés y el frío, y una complexión fuerte, campesina, que le permitía cargar sacos de trigo y balas de leña sin apenas sudar. Había sobrevivido a casi todas las fases del desastre: la caída de los hospitales, las peleas con los primeros infectados, la huida campo a través, la lucha por una parcela y una paz a medias. Ahora vivía a media hora caminando de la nueva Eivissa, la ciudad pequeña y amurallada que se había alzado entre los olivares y la antigua pista del aeropuerto, rodeada por torres de vigía y zanjas profundas.
Duración: 12:43
12 de noviembre de 2026
La brisa de otoño barría los acantilados norteños de Ibiza igual que lo ha hecho desde hace siglos, pero ahora era diferente. El aire arrastraba consigo un silencio denso y reverberante, interrumpido apenas por los graznidos de gaviotas y el lejano retumbar de una alarma manual, esas campanas llegadas de algún punto de la isla para marcar la señal de alerta. Hasta hacía poco, aquel sonido aterraba a la gente: era la alarma de los zombis, una oleada venida de las ruinas de Vila, la ciudad vieja, o una pequeña horda torcida por el hambre vagando desde las carreteras costeras. Hoy, sin embargo, apenas provocaba un sobresalto leve. Los pocos zombies aún activos —de piel como el cartón, ojos opacos, pasos tambaleantes— se habían vuelto más predecibles, y los diestros centinelas del muro sabían cómo frenarlos antes de que alcanzaran los campos o las aldeas amuralladas. La alarma, más que nada, era parte del aire del nuevo mundo: un eco de tiempos peores que no debían olvidarse.
Marta se despertó aquella mañana en la cabaña de los acantilados, robada hacía ya más de dos años a un viejo grupo de saqueadores huidos en plena tormenta. Tenía treinta y tres años, el pelo ya encanecido en las sienes por el estrés y el frío, y una complexión fuerte, campesina, que le permitía cargar sacos de trigo y balas de leña sin apenas sudar. Había sobrevivido a casi todas las fases del desastre: la caída de los hospitales, las peleas con los primeros infectados, la huida campo a través, la lucha por una parcela y una paz a medias. Ahora vivía a media hora caminando de la nueva Eivissa, la ciudad pequeña y amurallada que se había alzado entre los olivares y la antigua pista del aeropuerto, rodeada por torres de vigía y zanjas profundas.
Se desperezó con dificultad, cubriéndose mejor con la manta de lana, y escuchó el leve crujir de la puerta del establo. Era Pedro, su hijo menor, rozando las baldosas con los pies descalzos. Tenía doce años, el pelo muy oscuro, los ojos claros y duros, el rostro ya surcado por signos de miedo viejo. Iba armado, como todos: una especie de lanza improvisada de mango largo, hoja de acero y cuerda enrollada. Hasta los niños aprendían, en la Ibiza del 2026, a no confiar nunca del todo en la paz.
Mamá —susurró Pedro, vigilando por la ventana—. Han dicho en la radio que ha habido rumores de saqueadores en Sant Carles, cerca de la costa. El Capitán del muro pide voluntarios para patrullar esta noche.
Marta asintió, sin querer mostrarle la preocupación. Los saqueadores eran, desde hace más de un año, el principal peligro de los vivos. Grupos dispersos de hombres y mujeres sin tierra ni comunidad, armados y hambrientos, cruzaban la isla en viejas furgonetas diesel o a pie, saqueando asentamientos pequeños y robando cosechas. Matar no era ya tabú: si los atrapabas, ellos no dudarían en matarte antes que contemplar un mundo en el que sobrevivir siempre es perder algo.
Le revolvió el pelo a Pedro y lo envió a observar los caballos en el establo de piedra. El niño sonrió, entendiéndolo como lo que era: permiso para jugar, soñar, olvidar. Marta se ató las botas de piel, se ajustó el cinturón de herramientas y la vieja escopeta rusa que le había cambiado a un viajero mallorquín meses atrás, y bajó al huerto.
Los días eran lentos y laboriosos desde que el consejo de Eivissa organizó el calendario de turnos para las comunas agrícolas. A Marta y a otros cinco vecinos les tocaba, hoy, abrir los surcos para trasplantar las nuevas semillas que habían llegado en la última caravana comercial. Era la verdadera riqueza de la isla: trigo, cebada, tomates y, sobre todo, las judías que resistían el viento salado del mar y el calor tardío. En noviembre, sin embargo, todo olía a humedad y madera mojada, y las montañas en el horizonte anunciaban el invierno.
Caminó por el sendero de piedra y saludó a sus vecinos más próximos: a Salva, un ferretero manco que se encargaba del molino y de las armas cortas; a Lucía, una muchacha de mirada severa que había sido enfermera antes de la caída y que ahora llevaba la gestión de medicinas de toda la comunidad. Juntos se pusieron a trabajar —la tierra, el agua, los abonos— charlando en voz baja.
—¿Has oído el último rumor? —dijo Lucía, consultando una libreta ajada—. Los del consejo creen que la caravana del sur podría traer hierro. Si aprendemos a fabricar más herramientas, podríamos restaurar el canal de riego nuevo. Y el grupo de la marina dice que han limpiado las playas de Santa Eulalia… Quizá sea posible montar una ruta comercial hasta Mallorca.
Salva gruñó, incrédulo. —Todavía hay zombis en las ruinas de Ibiza ciudad. Se va la electricidad y se va la comida. Algunas cosas nunca cambian —masculló, y siguió clavando la azada.
Pero la esperanza era, en ese momento de la cronología, tan valiosa que nadie se atrevía a contradecirla directamente. La agricultura, tras varios años de guerra y saqueo, era el punto de encuentro de la isla; si fallaba, todo lo demás caía detrás. Marta, recordando los viejos inviernos urbanos —luces de discoteca, colas en supermercados, música en los bares—, se permitió por un instante imaginar cómo sería enviar a Pedro a una escuela sin miedo, cómo sería dormir sabiendo que el mundo, aunque roto, podía armarse de nuevo poco a poco.
La mañana avanzó entre descarne de tierra y charlas interrumpidas por silbidos y cantos tristes, melodías de pastores y soldados. Desde la colina, la vista de la bahía era espectacular: ruinas de viejas casas brillando blancas entre maleza, el mar azul oscuro, plomizo, y más allá los picachos de Dalt Vila, aún impracticable y llena de sombras. Nadie bajaba al puerto desde hacía más de dos años: era la frontera última, el lugar de los zombis aún fuertes, de las bandas sin nombre; los rumores decían, también, de experimentos fallidos, de presencia militar oculta, de cadáveres en fosas controladas en los sótanos del ayuntamiento.
Poco antes del mediodía, unas figuras se acercaron por el sendero de la colina. Eran los exploradores del muro, armados y sudados, trayendo consigo la noticia: un grupo de extraños había sido divisado cerca de la cala, al oeste. No se sabía si eran saqueadores, comerciantes nómadas o refugiados de alguna de las ciudades pequeñas desalojadas hacía pocos meses. El consejo de la ciudad decidió enviar una expedición mixta, integrando campesinos y soldados.
El grupo formado para la misión era heterogéneo: Marta, por su capacidad de rastreo y por ser madre —decían que los padres y madres sobrevivían porque se fiaban menos de las apariencias—; Salva, por su ferretería y habilidad como mecánico; Lucía, por si alguien precisaba curas; y Marc, un hombre grande y silencioso, antiguo pescador con rostro curtido y manos fuertes. Iban armados: dos escopetas, varias lanzas y un arco corto hecho de madera de almendro. Cruzaron juntos el sendero de olivos, bajando hacia el tramo de costa donde los cuerpos de los primeros zombis aún se descomponían lentamente, ahora poco más que bultos resecos sobre la grava y la arena.
La caminata era rápida y discreta. Marta, la primera en intuir que algo iba mal, detuvo al grupo justo al pasar una curva entre los pinos. Frente a ellos divisaron a una familia: mujer, hombre mayor, tres niños de piel quemada y delgadez extrema, todos vestidos con harapos de viejas tiendas de campaña y chaquetas hechas trizas. A veinte metros, medio ocultos tras un muro caído, dos figuras más, armadas, vigilaban con una tensa espera.
Fue Lucía quien alzó una mano, en señal de saludo. —¡Somos del consejo de Eivissa! Venimos en paz. ¿Quiénes son?
Los extraños, tras unos momentos de dudas, accedieron a bajar las armas. El hombre mayor —barba de semanas, mirada desesperada— contestó en un catalán precario, salpicado de eco andaluz.
—Venimos de la península. Fuimos expulsados de Dénia hace un mes. Nos robaron la barca en Formentera. Llevamos días sin comer. Por favor…
El miedo a la mentira era constante. Nadie podía arriesgarse a dejar entrar a potenciales saqueadores o desertores. Marta susurró a Marc, quien se adelantó y palpó a los adultos y a los niños buscando mordeduras o síntomas visibles. El protocolo era estricto: preguntas rápidas, miradas largas a las muñecas, el cuello, los tobillos. No pudieron ocultar el temblor al revisar las cicatrices; por suerte, nada sugería infección ni mordida reciente.
Salva ofreció un poco de agua y ciruelas secas. Los niños devoraron la comida con avidez feroz. El campamento improvisado, a diez metros del mar, olía a miseria y desesperación. Aún así, Marta encontró en la mirada de la madre —ojos tristes pero serenos— una chispa de vida: la voluntad de resistir era idéntica a la que reconocía en sí misma.
—Pueden subir con nosotros —dijo Marta, tras una breve deliberación—. El consejo decidirá dónde alojarles. Hay reglas: no robar, no mentir, ayudar a los turnos de campo y muro. Si os negáis, tendréis que buscar otra ruta.
La familia asintió de inmediato, sin titubear, y pronto caminaron todos juntos por el mismo sendero por donde habían llegado.
El regreso fue silencioso. El miedo ancestral a lo desconocido, a la traición, solo quedaba amortiguado por la rutina de la supervivencia; no por confianza, sino por la fatiga del hambre y la guerra. Cuando el sol empezó a caer, la luz rojiza del ocaso tiñó Ibiza de colores imposibles, y Marta pensó de nuevo, como siempre, en lo fácil que era olvidar el horror entre tal belleza.
De regreso al asentamiento, las campanas sonaron dos veces: una para anunciar la llegada de extraños, otra para la vuelta segura del grupo. Se hizo una pausa en el trabajo de los campos; hombres y mujeres dejaron momentáneamente las herramientas, y grupos de niños se reunieron a mirar a los recién llegados, ojos grandes y serios tras barro y polvo.
El consejo los recibió en la plaza central, una explanada entre muros de piedra reconstruidos y banderas improvisadas con ropa vieja, señal de que la isla resistía. Se repartieron raciones, se asignaron camas de paja y mantas para los nuevos huéspedes, bajo supervisión atenta. Marta, agotada, se permitió un breve descanso oyendo, en la asamblea, el informe de la jornada:
—El grupo forastero colaborará en tareas de limpieza y riego —anunció la presidenta del consejo, una mujer de sesenta años apodada la Abuela—. Han traído semillas nuevas y cuentan historias de otras islas que resisten. Hoy celebramos que sobrevivimos, pero no bajemos la guardia.
Aquella noche, en el comedor comunal, junto al crepitar de las lámparas de aceite y los pequeños fuegos al aire libre, los huidos de la península compartieron historias sobre asedios en la costa, comunidades en ruinas y una Mallorca donde los asentamientos ya comerciaban con pólvora y metal. La promesa de unión —de que el mundo podía poco a poco volver a ser un archipiélago de esperanza y no de muerte— entró en los corazones de todos. Pedro, entre cuchara y cuchara de estofado, escuchó fascinado cómo describían a un niño que domaba caballos en las ruinas de Maó y a una banda de chicas que patrullaban la costa a bordo de barcas reparadas.
Cuando la noche ya era papel negro sobre los muros, y solo quedaban las centinelas en las torres, Marta se quedó un rato mirando el mar. Supo, como nunca antes, que la barbarie de los primeros meses, los héroes y los villanos, el dolor de la pérdida y el triunfo del superar se habían grabado en su cuerpo como un tatuaje indeleble. No podía prometerle a Pedro un mundo sin hambre ni peligro, pero sí esa otra promesa minúscula: dormir juntos, reparar lo roto, volver a plantar judías, resistir otro invierno.
En Ibiza, en noviembre de 2026, la humanidad no era todavía una victoria, pero sí una terquedad.
Una terquedad hermosa, tan obstinada y dura como la roca blanca que surcaba el acantilado bajo sus pies.
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