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Portada del relato Islas en ruinas: Crónica de Ibiza durante la plaga
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Fragmento:


—¿Humanos? —susurró Leah, casi esperando la respuesta

Duración: 11:37

Islas en ruinas: Crónica de Ibiza durante la plaga
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Texto de ajuste de pausa.

14 de noviembre de 2026

La brisa matinal, fría y salina, barría las murallas de Dalt Vila con un rumor cada vez más extraño, como si el mar mismo respirara cansado después de seis interminables años de horror. La luz del sol, pálida, titilaba sobre el mar rizado y las colinas áridas, iluminando una Ibiza que ningún forastero reconocería, no ya como el antiguo paraíso de fiestas, sino como una fortaleza de barro y piedra levantada sobre la desesperación.

Leah se despertó en su catre de madera junto a la torre del homenaje. Tenía los músculos entumecidos; los guardias que hacían el relevo nocturno aseguraron que habían visto a un grupo merodeando cerca de las antiguas calles empolvadas de la Marina. ¿Eran zombis rezagados? ¿O simplemente, como ahora temían la mayoría, alguna de las bandas saqueadoras que circulaban en lanchas rápidas entre las islas, buscando presas y cosechas ajenas? Un refugio como Dalt Vila, con sus murallas aún intactas, era mucho más que un premio. Era la vida.

Vestida con pantalones de trabajo y un jersey grueso de lana, Leah bajó al patio donde el olor de pan duro y el ruido de herramientas eran el pan de cada día. Saludo a Alma, la molinera, que tocaba la campana menor, señal de desayuno. Apenas sesenta personas quedaban en la fortaleza —familias enteras, agricultores huidos de la península, un puñado de pescadores curtidos, algún que otro forastero. Allí, en la inmensa y vieja ciudad amurallada, intentaban organizar, a duras penas, una existencia defendible.

Habían limpiado el barrio Viejo de zombis hacía más de un año. Cuando la infección llegó a la isla en 2020, la reacción fue lenta y caótica: turistas que caían enfermos en los hoteles de Playa d'en Bossa, policías perplejos, autoridades insuficientes y un aeropuerto convertido en trampa. Pero los isleños aprendieron rápido. Los primeros meses fueron caos, pero después, entre el hambre y el terror, sobrevivieron solo los más duros, los que supieron nadar entre los demonios del pasado y el hedor de los cadáveres andantes.

Leah se acercó al puesto de vigilancia y saludó a Gerónimo, que vigilaba el horizonte con unos prismáticos envejecidos. Él era de la vieja escuela: apenas hablaba, pero sus ojos veían más allá del mar. En el rompeolas de Sant Antoni, al oeste, algún barco oxidado parecía encallado desde hacía semanas. La bahía estaba sembrada de manglares improvisados y viejas pateras abandonadas. En otros tiempos, Ibiza vibraba en noviembre con los cierres de discotecas y últimos turistas; ahora era un silencio solo roto por los gritos lejanos de gaviotas y las alertas de la comunidad.

—Turno de patrulla —le dijo Gerónimo, ofreciéndole el pesado fusil reciclado—. Dicen que hay señales de fuego en la costa sur.

—¿Humanos? —susurró Leah, casi esperando la respuesta

—Ojalá. —respondió él, mordiéndose el labio—. Ojalá fueran solo zombis.

Las señales eran parte del sistema de alerta que los isleños habían copiado de los corsarios siglos atrás. Los asentamientos de Santa Eulalia y San José enviaban fogatas cuando veían movimiento extraño; los sistemas de radio eran intermitentes y no siempre fiables, así que la comunicación visual se había vuelto a poner de moda en la era del apocalipsis.

Leah salió del recinto amurallado escoltada por Max, un joven criado en esta nueva Ibiza, que no recordaba ni las luces de Ushuaïa ni los desfiles de turistas por las calles blancas. Iban por el viejo camino de tierra que bajaba hacia el puerto, siempre atentos bajo las sombras alargadas proyectadas por las murallas. El aire traía ecos de la vieja Ibiza: el salitre, olores a garrapata y humedad, pero también el perfume lejano de la higuera y el tomillo.

En el puerto, dos de las lanchas artesanales descansaban junto al muelle protegido por vallas y alambradas. El agua estaba gris, salpicada de restos; un par de velas improvisadas apenas se mantenían a flote entre los restos de lo que, años atrás, fueron yates de lujo y motoras turísticas. Ibiza se había reducido a su núcleo más duro: la vieja ciudad, los pueblos fortificados y un puñado de calas donde apenas pescaban los que se atrevían a adentrarse en mar abierto.

Leah y Max caminaron entre los antiguos almacenes portuarios, convertidos en talleres y zonas de guarda. El principal taller era ahora la fábrica improvisada donde Juan, mecánico desde antes de la plaga, reparaba generadores y ensamblaba piezas para mantener encendidos focos solares y pequeños molinos de viento. Allí, cajas llenas de latas arrugadas, escombros de motores, hélices de barco y armas artesanales eran más valiosas que cualquier divisa antigua.

El peligro, sin embargo, venía tanto de dentro como de fuera. La isla había recibido, durante los peores años de la plaga, oleadas de refugiados de la península que intentaban llegar en lanchas y veleros, huyendo de hordas en la costa de Denia y Valencia. Algunos, desesperados, intentaron asaltar las murallas. Otros sucumbieron a la fiebre zombie. Y entre todos, muy pocos aprendieron a vivir bajo la disciplina militar de la nueva sociedad isleña.

La patrulla terminó, como casi siempre, sin novedad, aunque Leah y Max identificaron marcas frescas en la arena de Talamanca. Huellas que no parecían de ningún conocido, y un bote partido en dos varado entre las rocas. Cuando regresaron, la noticia ya había corrido por toda Dalt Vila: una de las caravanas comerciales de Formentera había sido asaltada. Cinco muertos, dos desaparecidos. No fueron zombis, sino humanos.

Para esos días, los mayores peligros no eran ya los muertos errantes. Los zombis, según los expertos de las comunidades más organizadas, habían envejecido y deteriorado. Muchos apenas caminaban y preferían los rincones oscuros, incapaces de asaltar murallas o atravesar barricadas. No; ahora la amenaza real estaba en las bandas de saqueadores y en los piratas modernos que, aprovechando la debilidad de la sociedad, robaban, secuestraban y mataban para hacerse con botines de comida, medicina o armas.

En el consejo de la noche, los líderes de Dalt Vila —ocho adultos elegidos por voto abierto— discutían la situación a la luz mortecina de candelabros de sebo y hornillos de aceite. Uli, la más anciana, insistía en la necesidad de fortalecer los patrullajes y establecer rutas seguras con aliados en yuntas que cruzaban la isla a caballo. “No podemos encerrarnos para siempre”, decía ella. “La única seguridad es la solidaridad y los muros, en ese orden.”

Leah escuchaba desde el fondo, sus dedos jugando con la cinta de cuero del fusil. Recordaba la Ibiza anterior, los chiringuitos, las risas, la música electrónica que inundaba la noche, la mezcla de extranjeros y nativos bebiendo en la misma barra. Ahora los únicos sonidos eran el retumbar de la campana de alarma ante cualquier movimiento, y el golpeteo monótono del martillo sobre los barriles de los rifles caseros.

La ofensiva de los piratas a la caravana fue un golpe duro. Durante días, la paranoia aumentó. El grupo de vigilancia extendió turnos, se retiraron niños a las zonas más seguras y se limitó el acceso al agua fuera del horario comunitario. Pero era imposible vivir con el miedo perpetuo; la gente, incluso entre las ruinas, necesitaba algo de esperanza. Así nació la Feria de los Naufragados, una suerte de mercado mensual donde las comunidades aliadas de Es Cubells, Santa Gertrudis e incluso algunos llegados de la península intercambiaban semillas, medicamentos, herramientas y, en ocasiones, cuentos y canciones.

La feria era aquel mes en una amplia zona despejada detrás de la catedral, donde en otro tiempo los turistas pagaban por cenas románticas con vistas al mar. Ahora, docenas de familias extendían mantas con mercancía: botellas de vidrio, cuchillos de hueso, panes duros, pieles secas, rudimentarios amuletos, relojes de cuerda y paquetes celosamente guardados de antibióticos rescatados de botiquines olvidados. Los niños, la nueva generación isleña nacida en la plaga, corrían entre los puestos como fantasmas pequeños, sin miedo a zombis, pero siempre atentos a los extraños.

Al llegar a la Feria, Leah vio a los hermanos Carles, procedentes de Sant Miquel, descargando bultos de algarrobas y sal junto a una mujer de Formentera que portaba miel vieja y cuadros de panales secos. Los acuerdos de paz entre poblados eran frágiles, pero sentarse juntos a intercambiar bienes era el primer paso hacia la reconstrucción. Aun así, todos tenían una mano cerca del machete o el hacha.

En el extremo del mercado, jóvenes armados vigilaban la entrada: la noticia del ataque a la caravana de Formentera había esparcido el temor a nuevos infiltrados. Además, corría el rumor de que un grupo de saqueadores había desembarcado la víspera en Es Vedrà, y que planeaban probar suerte en la Feria. Solo las amenazas externas parecían unir, siquiera temporalmente, a los fracturados supervivientes.

La Feria terminó sin sangre, pero con tensión apenas disimulada. Al regresar a la fortaleza, Leah sentía un cansancio extraño: la mezcla de ansiedad, el peso de la responsabilidad, y, pese a todo, una chispa de esperanza. Había visto a hijos jugando, a parejas enamoradas, incluso a algún viejo tarareando canciones en catalán junto a la hoguera. La vida se abría paso, incluso entre cadáveres que no caían y el peligro constante.

Los zombis, relegados a las cuevas de Sa Talaia o deambulando por el despoblado Puig d’en Valls, eran casi figuras legendarias para los niños. La mayoría nacidos después del inicio del apocalipsis, no creían del todo en las historias de muertos que caminan. Ahora, sus miedos eran otros: bandas armadas, escasez de comida, miedo al mar y a los fuegos lejanos en la costa. En sus juegos, los zombis casi siempre eran vencidos; la verdadera amenaza era, como siempre, el vecino desconocido.

Aquel 14 de noviembre acabó con un viento fuerte que doblaba las ramas de los almendros secos. El cielo, plagado de nubes rápidas, presagiaba tormenta. Leah subió por última vez a la atalaya sur y miró en dirección al mar, donde cientos de luces titilaban en la lejanía, quizá reflejos de fuegos comunitarios, quizá señales de los que venían. Se preguntó si algún día Ibiza volvería a ser la isla de la risa, la música y las noches infinitas. O sólo una fortaleza de barro, acero y desconfianza.

Pero mientras los demás se acurrucaban junto a las fogatas y compartían el pan, Leah sintió, bajo el manto negro de la noche, que la resistencia era posible. Que las murallas resistirían un invierno más, y que la vida, terca, encontraba siempre, incluso entre escombros, la manera de florecer.

Así amaneció otro día sobre Ibiza. Lejos de las viejas noches de fiesta, pero también del olvido y la resignación. Porque la memoria, esa sí, seguía invicta. Y Leah supo, en lo más profundo de su agotado corazón, que mientras duraran las historias y la voluntad de seguir, incluso una isla perdida en un mar de muerte podía soñar con el futuro.

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