Fragmento:
Era el tercer verano desde que Ibiza había sido reclamada a los zombis. El proceso fue lento, brutal y no exento de bajas, pero el invierno pasado marcó un cambio definitivo: casi no quedaban infectados vagando en las colinas del norte o entre las ruinas de Sant Antoni, y el perímetro de la ciudad fortificada resistía los ataques ocasionales de saqueadores humanos, esos grupos nómadas que ahora eran tan peligrosos como cualquier plaga anterior.
Duración: 10:40
15 de julio de 2027
La brisa llegaba cargada con el olor de sal, algas y madera vieja. El amanecer había teñido de oro las viejas murallas de Dalt Vila, ahora cubiertas de tablones, parches de metal herrumbroso y los trapos grises que ondeaban como banderas de rendición y esperanza. Desde la azotea, Julia miraba el mar, su azul tan inmenso y limpio que parecía mentira, una traición al desastre y el peligro constante. En la rada, unas pocas barcas de vela improvisada hacían señales con linternas. Regresaban tras otra noche de pesca y patrulla.
Era el tercer verano desde que Ibiza había sido reclamada a los zombis. El proceso fue lento, brutal y no exento de bajas, pero el invierno pasado marcó un cambio definitivo: casi no quedaban infectados vagando en las colinas del norte o entre las ruinas de Sant Antoni, y el perímetro de la ciudad fortificada resistía los ataques ocasionales de saqueadores humanos, esos grupos nómadas que ahora eran tan peligrosos como cualquier plaga anterior.
Julia bajó las escaleras de la torre antigua, sintiendo crujir la madera bajo las botas. A su espalda, el sol se alzaba tras la catedral, y cada mañana agradecía ese prodigio. Al fondo escuchó el inconfundible martilleo en el taller del puerto, donde Elsa y Manu, los herreros, reparaban aparejos y forjaban puntas para lanzas. A lo largo del antiguo paseo marítimo, los talleres nuevos –carpintería, panadería, costurería– abrían sus puertas, y la rutina renacía en la isla como una planta terca que niega a morir.
Ibiza había estado condenada al principio. Los primeros brotes del virus, allá por 2020, llegaron con los turistas. Para cuando se midieron los síntomas —fiebre, delirio, esa agresividad fatal— nadie estaba preparado. Las primeras semanas fueron un infierno de caos; algunos intentaron huir en ferry hacia la península, pero los puertos cerraron rápido, y el mar, que alguna vez fue promesa de rescate o escape, se volvió frontera. Quien se quedó, aprendió a sobrevivir. O eso pensó Julia mientras caminaba hacia la plaza fortificada.
El consejo, como cada mañana, se reunía en la iglesia de Santo Domingo. Un solo banco y el altar custodiados por dos milicianos. Hoy tocaba decidir la apertura de nuevos campos en la zona sur de la isla, territorio que en primavera lograrían limpiar tras semanas de fuego, caza y alguna ayuda venida del continente. Julia era la representante de los vigías; ella y otros tres ayudaban a coordinar las patrullas, mantener los muros libres de fisuras y decidir cómo lidiar con los visitantes, cada vez más comunes.
—Hoy, norte despejado —dijo resoplando, mientras se sentaba junto a Saïd, jefe de los agricultores—. Nadie en las colinas, ni siquiera animales. Lo mismo en Sa Talaia.
Los demás ya estaban allí: Marta, antigua médica de urgencias, ahora encargada del dispensario y la lead de la defensa sanitaria; Lorenzo, el farmacéutico convertido en boticario y alquimista; y los hermanos Erill, pescadores que llevaban rutas de patrulla y supervisaban los remanentes de la marina civil reconvertida. Elsa y Manu llegarían en unos minutos, con manos cubiertas de hollín y sudor.
—Ayer por la noche —anunció Saïd tras un breve saludo—, los vigías del campamento de Sant Jordi enviaron señales. Vieron luces en la sierra, movimiento de gente, pero no pudieron confirmar si eran nómadas o cazadores.
Julia sintió esa punzada de inquietud: la amenaza no residía ya en los zombis, sino en los humanos. Los rumores sobre caravanas armadas, sobre piratas del Mediterráneo que tomaban lo que encontraban, crecían con cada semana. Ibzia había sobrevivido purificando el círculo humano a su alrededor, y las últimas alianzas duras con Formentera y algunos pescadores de Mallorca eran una línea de vida, pero peligrosas. Nadie confiaba realmente en nadie, y menos aún cuando el hambre trazaba su sombra alargada detrás de la buena temporada.
—Hay que doblar las guardias. Y enviar a los exploradores. Si son forasteros, mejor saberlo antes de que lleguen a las granjas nuevas —apuntó Julia, con su firmeza acostumbrada—. Y si son saqueadores, debemos prepararnos. La cosecha va bien, pero no tenemos suficiente para recibir a otro grupo entero.
—¿Y los refugios en Sant Miquel y Santa Eulària? —preguntó Marta— ¿Podrían recibir a gente si fallan los muros aquí?
Lorenzo negó con la cabeza.
—En Sant Miquel apenas sobreviven quince. La última tormenta arrasó los techos improvisados. Santa Eulària está mejor, pero no sé si soportarían un asalto y otra oleada de bocas hambrientas.
Todos quedaron en silencio. Fue Elsa quien finalmente irrumpió en el debate, entrando apresurada y sin aliento.
—Barcos al norte. Tres, a remo, sin vela. No parecen nuestros —anunció, tragando saliva—. Vienen directos.
La tensión era palpable. Julia clavó los ojos en la ventana. Hacía dos veranos que habían visto por última vez barcos desconocidos en la costa. Entonces, los visitantes fueron saqueadores, armados, desesperados, que sólo dejaron tras de sí fuego y muerte.
En menos de media hora, el consejo había dejado la iglesia y los vigías corrían de un puesto a otro. Desde la muralla, Julia observó las embarcaciones acercándose; hombres y dos mujeres remaban, sin armas a la vista pero con esa mirada de alerta, una mezcla de miedo y determinación que todos aprendieron a identificar tras años de desgracia.
—Que nadie dispare —ordenó—. Esperad señales claras.
Colgaron una bandera blanca en la atalaya, y la barca mayor respondió atando una tela blanca al asta improvisada. Fue suficiente. Julia bajó hacia el puerto, con tres milicianos a su lado y otras tres figuras aguardando entre montículos de cajas y redes viejas, las lanzas afiladas listas pero bajas. El silencio sólo era roto por el rumor del mar y el golpeteo de los remos.
Cuando bajaron, sus ropas venían raídas y sus cuerpos famélicos, pero se mantenían erguidos. El mayor de todos, con barba rubia y manos de marinero, habló primero.
—Venimos de la costa valenciana —dijo, voz ronca—. Buscamos refugio, comercio, lo que sea. Somos quince. Dos enfermos, un niño. No traemos armas, sólo algunas semillas, algo de metal.
Julia revisó las caras uno a uno; no vio señales de infecciones, no en ese instante, aunque sabía que el mayor peligro podía haber quedado en la orilla, dormido en la sangre de algún herido apenas perceptible. Los protocolos eran muy claros: aislamiento, revisión médica, mantenerlos separados al menos tres días. Pero el hambre pesaba tanto como el riesgo.
—Podéis quedaros en el campamento de cuarentena, dos días, tres si aparece fiebre —dijo, sin ceder al cansancio—. No podréis entrar a la ciudadela aún, pero os daremos comida y agua.
El trato fue aceptado con alivio y resignación. No hubo lágrimas, no en rostros tan quemados por el sol y la desesperación.
Esa noche, Julia patrulló el muro sur. Oficinalmente era vigía, pero todos sabían que era mucho más: la responsable de que Ibiza no colapsara de nuevo, la voz que todos seguían cuando los cañones caseros hacían falta y los zombies regresaban desde algún agujero olvidado entre fincas y acequias.
A distancia, observó el campamento de los recién llegados, alumbrado con farolillos de carburo. La figura pequeña del niño, envuelto en mantas, le recordó a su propio hermano pequeño, muerto el primer invierno, cuando creyeron que la enfermedad no los alcanzaría a todos.
Ibiza, pensó Julia, era ahora una isla de resiliencia, sí, pero también de cicatrices. Cada casa era una ruina primeramente saqueada y luego reconstruida. Cada huerto, sembrado sobre huesos. El tercer verano se sentía menos amenazado que los anteriores, pero nunca seguro. Los recuerdos de la ciudad llena de muertos, caminando las calles del puerto y las playas, nunca se irían, y el miedo a los vivos, más astutos, desesperados y crueles, nunca desaparecería del todo.
Al amanecer, los pescadores traían otra vez su cosecha del mar, colas de pescado secado y algunas langostas pequeñas. Se había reanudado el hábito de intercambiar: carne seca a cambio de grano, madera por sal, sal por balas.
Aquel día, un convoy –un burro y dos mulas, más una pequeña carreta– salió hacia el sur. Los campos limpios, esas zonas ganadas a la maleza y los restos, ahora brotaban de nuevo: campos de trigo duro, hileras de tomates, algunas parras. Los niños, aquellos pequeños que nunca supieron lo que era Ibiza antes del virus, jugaban entre los campos fortificados, y los mayores enseñaban a disparar con carabinas caseras o a afilar cuchillos.
Las noches no eran completamente seguras: en ellas el viento traía rumores de gritos y a veces, desde la otra orilla de la bahía, se oía el eco seco de disparos y alguna explosión. Siempre quedaban peligros ocultos, restos de las viejas hordas de infectados en cuevas de acantilado, y la certeza de que algún descuido podría negar todos los avances.
Pero en la plaza, al caer la tarde, el consejo sentenciaba: hacía tres meses no veían una horda zombie. Se debatía la posibilidad de expandir la colonia, de crear una escuela permanente, de lanzar una barca señalando la paz hacia la ruinosa Formentera. Las canciones, compuestas por los ancianos y aprendidas en los talleres de costura y cocina, eran distintas a las viejas discotecas, pero tenían la misma terca vitalidad.
Así, en el verano de 2027, Ibiza era todavía una isla cercada por la catástrofe, pero también una chispa en la oscuridad. Era una comunidad de sobrevivientes que había aprendido a desconfiar, resistir y finalmente, inventar el futuro sobre las ruinas. Julia contemplaba cada noche el horizonte buscando luces nuevas, señales de vida más allá de sus muros, pero sobre todo se permitía una ilusión: que Ibiza volvería, algún día, a ser lugar de encuentro, y no solo de resistencia. Que algún día la brisa no traería sólo temores y ceniza, sino otra vez fiesta, música, canto, y el sabor dulce de la esperanza.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.