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Portada del relato Humo sobre el Búfalo Bayou
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Fragmento:


A mediodía, entre el zumbido de los insectos y el lejano martilleo de quienes refuerzan las barricadas del lado noroeste, el sargento DeShawn sube a la plataforma. Lleva la camisa empapada de sudor, la barba canosa y la expresión endurecida por el tiempo y las pérdidas.

Duración: 11:24

Humo sobre el Búfalo Bayou
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Texto de ajuste de pausa.

3 de septiembre de 2027

No recuerdo el olor de la gasolina ni el latido de la ciudad antes de todo esto. A veces, en la sombra del atardecer que cae sobre Houston, imagino cómo debía sonar la ciudad cuando era un organismo vivo: rugido de motores, la brisa densa del Golfo, marea humana entrando y saliendo por los freeways. Ahora, esos sonidos han sido reemplazados: el susurro de los cultivos mecidos por el viento, el rechinar metálico de las puertas blindadas y, muy a lo lejos, el lamento de algún zombi extraviado en un canal en ruinas. Pero en estas noches largas, con el verano apretando y los generadores zumbando, las cosas sí parecen moverse hacia alguna clase de futuro.

Han pasado más de siete años desde que empezó la plaga. En Houston, sobrevivimos al colapso inicial mezclando ingenio con puro instinto. La ciudad se fragmentó en núcleos de resistencia: el downtown primero cayó, con sus pasadizos subterráneos y rascacielos demasiado difíciles de defender. Las autopistas, otrora arterias de concreto, se convirtieron en trampas mortales durante los primeros meses; miles quedaron atascados, esperando ayuda que nunca llegó. Los verdaderos sobrevivientes se trasladaron a las alturas y luego, cuando los zombis aprendieron a seguir cualquier fuente de ruido, a la periferia resguardada tras barricadas improvisadas.

Al principio, tratamos de mantener la idea de normalidad, incluso mientras limpiábamos casas, fortificábamos escuelas vacías y montábamos centinelas en lo alto de los garajes de estacionamiento. Pero fue sólo con la llegada de la agricultura rudimentaria, y el establecimiento de talleres de armas en lo que una vez fue la ferretería Home Depot de Westheimer, que la supervivencia se volvió algo más que simple espera.

Yo me llamo Iliana López y vivo —más correcto sería decir “sobrevivo”— en la llamada Muralla de Montrose. En verdad, ningún muro rodea el vecindario en forma continua, pero para los pocos miles que aún residen aquí, el nombre conserva cierto poder. Nuestro perímetro es un patchwork de contenedores de carga, vallas publicitarias, acero soldado y fragmentos de paneles solares rescatados de azoteas. A cualquier forastero le impresiona la escala, aunque, de cerca, se puede ver que la fortaleza es más esperanza que certeza. Aquí, a finales de este 2027, cada victoria —una cosecha, una noche tranquila, la visita de un convoy comercial desde Sugar Land— se saborea como la vida misma.

Hoy he tomado mi turno en la torre sur, donde las vistas hacia los restos desbordados del Midtown recuerdan tanto a un bosque de acero como a una catedral devastada por el tiempo y el abandono. El calor se cuela incluso hasta aquí arriba. Unas nubes pesadas se amontonan hacia el este, sobre el bayou y la silueta de los despachados rascacielos. Mi labor es sencilla: vigilar los movimientos en las cercanías, atenazar el rifle de palanca casero que mi hermano y yo armamos el año pasado, registrar cualquier movimiento irregular en la bitácora.

A mediodía, entre el zumbido de los insectos y el lejano martilleo de quienes refuerzan las barricadas del lado noroeste, el sargento DeShawn sube a la plataforma. Lleva la camisa empapada de sudor, la barba canosa y la expresión endurecida por el tiempo y las pérdidas.

—¿Ves algo? —pregunta, más por rutina que por interés.

—Un par de deambulantes por el canal seco, nada que implique amenaza —le respondo, señalando la mancha oscura en la distancia—. También la caravana de Katy parece estar acercándose, si el polvo que levantan es suyo.

DeShawn observa un momento. Toma los binoculares.

—¿Crees que traen suficiente propina como para negociar unas cajas de munición? Ese nitrato... Nos estamos quedando cortos, y si no empiezan a torcer ácido para más pólvora, las balas pronto serán historia.

Hablamos en clave abierta, pero ambos sabemos lo que significa el trueque: pólvora artesanal, flechas, semillas decentes, medicamentos. Las caravanas, protegidas por tropas privadas y camiones restaurados con placas soldadas, traen noticias frescas y peligros. No nos confiamos de nadie, pero tampoco podemos vivir aislados del todo. Nos necesitamos los unos a los otros, aunque solo sea para mantener viva la ilusión de civilización.

A las dos de la tarde, la caravana entra finalmente. La columna la encabeza un camión Ford del 2021, milagrosamente intacto. Detrás, mulas tiran de remolques blindados. Los que vienen de Katy, según sus propias palabras, nunca se detienen en el área de la vieja Energy Corridor: demasiados túneles, demasiada agua estancada y zombis semi-enterrados. Su líder, un texano de voz cavernosa y barba rojiza llamado Keller, baja del camión levantando primero una bandera blanca (no nos fiamos, pero es el protocolo).

—Traemos grano, miel, azufre y tres cajas de filtros para el agua —anuncia, esparciendo su inglés áspero mientras los nuestros lo rodean, armas listas.

El trueque es tenso, pero civilizado. Las milicias de la Muralla, identificables por los brazaletes verdes y los chalecos con remaches, revisan la carga en busca de trampas o lotes marcados. Keller bebe un trago de nuestro nuevo filtro de agua mientras nuestro alcalde improvisado, don Ramiro, negocia. La tensión nunca abandona la plaza mientras intercambiamos sonrisas de compromiso y la promesa de futura reciprocidad.

Mientras observo la escena desde mi posición, recuerdo la vez que escuché un disparo proveniente de una caravana similar. Fue el año pasado, cuando los de Bellaire emboscaron a los de Heights. Nadie recuerda la causa exacta, sólo que hubo sangre, los zombis se multiplicaron en la refriega y, durante semanas, tuvimos que recoger cuerpos de ambos bandos frente al Puente Sabine. Desde entonces, los protocolos de llegada se volvieron más estrictos y los enfrentamientos humanos, más difíciles de evitar.

El humo del asado se eleva cuando los tratos concluyen. Un festín, a la medida de estos tiempos: maíz, frijoles negros y un poco de miel derretida sobre una tortilla rústica. Algunos niños corren por la plaza tapándose la boca con máscaras de tela, jugando a perseguirse entre ellos como si fuesen las bestias que todos tememos. Los adultos observamos, algunos temblando de nostalgia, otros con una sonrisa cansada. Nada nos recuerda más el mundo que perdimos que la risa de los niños.

Aquella noche, la noticia corre como pólvora (literal y metafóricamente): la caravana de Katy trae rumores frescos de lo que ocurre en el centro de Houston. Según su informante, grupos organizados con uniformes grises han sido vistos a la altura del Medical Center y en la zona de University of Houston. No saben si son restos de alguna facción militar, mercenarios, o una nueva banda de los así llamados “legionarios”. Según Keller, llevan armas automáticas, vehículos reparados, y han tomado varias bodegas de los viejos supermercados para convertirlas en fortalezas móviles.

En la asamblea nocturna, la preocupación es palpable. El concejo estudia un rudimentario mapa de la ciudad, hecho de lonas pintadas y trozos de vidrio para señalar peligros. Don Ramiro habla con voz queda, pero decidida.

—Debemos evaluar si mostrarles hostilidad directa o intentar negociación. Si quieren controlar el acceso al Bayou, nos quedaremos sin rutas comerciales al noreste. No podemos afrontar una guerra con ellos... ni podemos abandonarlo todo.

DeShawn, que fue policía antes de todo esto, argumenta a favor de un contacto cauteloso. Propone enviar una avanzadilla al norte, dos días de camino evitando las ruinas del centro, para observar y evaluar. Yo me ofrezco voluntaria, junto a mi hermano Diego (el mejor rastreador que queda en Montrose), la silenciosa Ivette (nuestra médica) y Jonas, el viejo del barrio Heights, que conoce los canales y atajos como la palma de su mano.

Partimos al alba, bien armados pero ligeros. La Ruta 45, antes un río de acero interminable, es ahora una trampa de escombros y cadáveres resecos. Caminamos entre autos oxidados, donde a veces las sombras largas de los zombis más antiguos se arrastran sin fuerza para hacernos daño, pero cuyo hedor y lamento aún infunden miedo. Cruzar el downtown es siempre un juego de nervios. Nos cobijamos bajo puentes, en esquinas cubiertas de vegetación y grafitis recientes; los nombres de bandas, fechas, advertencias, todo pintarrajeado en las paredes sucias.

Al segundo día, divisamos el edificio de la Universidad, su silueta destaca contra el cielo encapotado. A lo lejos, dos camiones avanzan lentamente, protegidos por figuras armadas. Nos movemos sigilosos, Diego avanza unos metros con los binoculares, se oculta. Saca un trozo de espejo y estudia los movimientos. Percibo el sudor húmedo en mi nuca cuando oímos un disparo seco, distante pero claro. Jonas maldice. Somos vulnerables, aun en lo que parece territorio neutral.

Observamos sin acercarnos demasiado. El grupo uniformado está ejecutando a un hombre —quizá un saqueador, quizá un antiguo aliado— frente al portón de un supermercado reconvertido en puesto de mando. La disciplina de sus movimientos nos alarma. Mientras Diego toma nota en un cuaderno, Ivette tiembla: entre sus víctimas hay una mujer embarazada.

No podemos ayudar, sólo registrar el horror. La realidad es que no deberíamos enfrentarlos bajo ninguna circunstancia.

Volvemos al refugio a todo prisa, variando el rumbo para evitar ser detectados. Una noche de tormenta casi nos atrapa, pero logramos cruzar el Bayou a la antigua usanza, por un puente de madera improvisado. Cuando por fin llegamos a Montrose, Raúl, el centinela, nos recibe con un abrazo que casi me desmonta los hombros. Contamos lo que vimos. En la asamblea, entre murmullos y rostros desencajados, la decisión se toma: reforzar las barricadas, cortar todo contacto con el sur y el este, seguir negociando con el oeste y el norte. El miedo se siente palpable, pero hay también una especie de alivio: al menos hoy, los muertos parecen preferir acechar en las sombras de las autopistas abandonadas, y los vivos, ocupar el centro del escenario, para bien o para mal.

Al caer la noche, desde la torre, observo el horizonte. La ciudad, tal como la conocieron nuestros padres y abuelos, se ha ido. Pero algo nuevo, aunque áspero y fracturado, respira entre los huecos del concreto. La Muralla de Montrose se mantiene. El trueque para, el maíz se crece, los niños corren, los zombis gimen a la distancia y las caravanas siguen llegando. Cada día es pura incertidumbre, pero, de algún modo, seguimos vivos. Sigue habiendo historias que contar, panes que hornear, risas que estallan incluso en medio de la muerte. Así es Houston, septiembre de 2027: mitad tumba, mitad esperanza.

Quizá, en este nuevo mundo, eso es lo que significa sobrevivir.

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