Fragmento:
Jorge Ponce —Jorge “el Ingeniero”, como lo apodaban ahora— terminó de ajustar el tornillo de presión en el eje de una bomba manual. Era un herrumbroso aparato, rescatado de los restos de una casa cercana, pero ahora vitoreado por su capacidad de hacer subir agua de un pozo abierto en la esquina del cruce de Buffalo Speedway y Robinhood Street. Observó su obra con una mezcla de fatiga y esperanza: cada semana conseguían hacer funcionar algo más. Molinos de viento, bombas, pequeñas presas, hasta dos bicicletas adaptadas con generadores que surtían electricidad a la radio comunitaria y, de forma esporádica, al taller de impresiones recién reiniciado.
Duración: 11:05
19 de julio de 2027
El sol tejía hilos de calor sobre las planchas de concreto desmoronado que alguna vez formaron parte de la autopista interestatal 45, ahora taponada por chatarra oxidada y muñones de automóviles. Houston, antaño chispeante de motores y voces, yacía bajo una letanía de silencio roto solo por el siseo persistente de insectos y, mucho más inquietante, el zumbido ocasional de aquello que todavía caminaba entre las sombras de los rascacielos.
No obstante, una franja de vida latía alrededor de lo que antaño era el barrio de West University, reconvertido en una fortaleza de madera, acero y ladrillo que los sobrevivientes llamaban La Muralla. Allí, entre puestos de guardia, cultivos picados por el sol y talleres de improvisados armeros, los hombres y las mujeres tejían, día tras día, la rutina precaria de la reconstrucción.
Jorge Ponce —Jorge “el Ingeniero”, como lo apodaban ahora— terminó de ajustar el tornillo de presión en el eje de una bomba manual. Era un herrumbroso aparato, rescatado de los restos de una casa cercana, pero ahora vitoreado por su capacidad de hacer subir agua de un pozo abierto en la esquina del cruce de Buffalo Speedway y Robinhood Street. Observó su obra con una mezcla de fatiga y esperanza: cada semana conseguían hacer funcionar algo más. Molinos de viento, bombas, pequeñas presas, hasta dos bicicletas adaptadas con generadores que surtían electricidad a la radio comunitaria y, de forma esporádica, al taller de impresiones recién reiniciado.
Aquel lunes, la feria de intercambio bullía entre sobresaltos y voces. Bajo la lona de toldos multicolores, un puñado de agricultores ofrecían cebollas secas, pan todavía caluroso de algún horno de leña, raíces de batata y frascos de mermelada balsámica que sabían, para los niños, casi a dulzura de otro mundo. Los guardianes, con sus rifles y machetes cruzados a la espalda, vigilaban el perímetro. El miedo a los saqueadores era casi tan agudo como el temor a los zombis, aunque estos últimos, según los informes, apenas se arrastraban ya por la periferia, carcomidos por años de descomposición y el sol texano abrasador.
Dentro del mercado, la hija de Jorge, Clara, hojeaba con reverencia las primeras copias de un manual de supervivencia impreso por el taller comunitario. En las hojas ásperas y mal recortadas podía leerse: “Cómo construir una celosía de frijoles”, “Respiradores caseros con carbón vegetal”, “Piedras de afilar: encuentra la correcta cerca de bayous”. A su alrededor, niños y algunos adultos hojeaban los textos, murmurando como si fueran oraciones misteriosas.
Era difícil recordar, para Jorge, cómo era la ciudad antes. Las carreteras llenas de tráfico, la promesa de conciertos y estadios; pero también la otra memoria, la de los primeros días del derrumbe. Imágenes congeladas: la calle Main atestada de autos a mitad de abandono, los gritos en las ventanas, el humo negro elevándose cuando la central eléctrica cayó. Los zombis ya no eran las bestias terroríficas de los inicios, sino una letanía de esqueletos que aún deambulaban en batallones errantes, guiados por reflejos automáticos, casi fantasmas que arrastraban la peste del pasado. Si uno moría por causas naturales en sitios solitarios, la infección seguía ahí —esa era la cruel certeza—, y un descuido podía despertar otra ola fatal.
En la Muralla, los protocolos eran férreos. Nada de salir sin compañía. Jamás, jamás se permitía que los cuerpos de los muertos se descompusieran sin control. Las cremaciones eran rutina; la tristeza, costumbre.
Alas siete de la mañana, las puertas orientadas al oeste se abrieron bajo una vigilancia estricta. Llegaban dos caravanas: una de Lowes Village, que traía maíz y calabaza, y otra de un asentamiento nuevo cerca de Katy Freeway, que ofrecía tabaco seco, unas pocas vacas y rumores. Jorge, como parte del Consejo (nacido apenas tres meses antes para evitar la anarquía y los linchamientos), se preparó para recibir a los visitantes. La diplomacia era nueva e incómoda, y se sostenía tan solo sobre un frágil código de respeto recíproco; en el mundo previo sería impensable, pero aquí el simple trueque de baterías, papel y hortalizas podía ser más importante que un tratado internacional.
A medio día, una delegada, una mujer pequeña de fuerte acento guatemalteco llamada Susana, se acercó al círculo central. Su aliento olía a ajo y a tabaco. Abrió una bolsa de arpillera y, ante la mirada de más de medio centenar de curiosos, desplegó una docena de semillas, cuidadosamente envueltas en trapos. Habían sobrevivido, según contaba, porque alguien las encontró en un banco genético subterráneo junto al campus de Rice University, cerrado y saqueado varias veces en los primeros años del caos.
Aquellas semillas —trigo resistente, tomates de ciclo corto, un raro frijol morado— eran, sin exagerar, promesas de pan, promesas de futuro. Jorge las tomó con respeto casi ceremonial y se preguntó si dentro de una década Houston volvería a tener sus viejos viveros y mercados. Por ahora, ese pequeño paquete era el tesoro más codiciado de la Muralla.
A lo lejos, mientras se desarrollaba el urdido de intercambios, la sirena de alerta sonó: una bocina estridente que sólo se empleaba en caso de verdadera emergencia. Un centinela corrió hasta el centro, la ropa polvorienta, el fusil temblándole en las manos. —Hay movimiento al sur—. Su voz era tensa —. Un grupo grande.
No era infrecuente recibir noticias de saqueadores u hordas. Jorge vio cómo la multitud se dispersaba y los guardianes cerraban filas, levantando tablones sobre las puertas y arrojando clavos a los accesos menos protegidos. Las órdenes eran claras: nadie salía ni entraba durante el resguardo de alerta. Los niños —Clara incluida— corrieron al centro comunitario, que servía tanto de escuela como de búnker improvisado. Los adultos se refugiaban en las casas, armados si podían, o al menos parapetados tras muebles y barriles.
Sin embargo, después de una hora de incertidumbre y nervios, todo lo que llegó fue un grupo de media docena de figuras tambaleantes, apenas portando ropas en jirones y pellejos resecos. Los zombis, reconocieron desde las almenas, apenas podían caminar. Se arrastraban, incapaces de levantar los brazos, y sus jadeos eran más un recordatorio de la tragedia que una amenaza real. Un cazador de la comunidad, apodado “Coyote”, descendió junto a dos adolescentes. Con arcos caseros y flechas de punta de metal, redujeron a las criaturas sin dificultad. El protocolo dictaba una cremación inmediata.
Jorge sintió en su pecho aquel alivio resignado que se había vuelto parte del día a día. Más tarde, cuando todo se hubo calmado, Clara preguntó: —¿Crees que algún día ya no habrá más caminantes?
Él meditó su respuesta. —Tal vez no en nuestras vidas—. Le acarició la melena, tan oscura como la de su esposa, perdida ya hacía seis años en una avenida de Midtown. —Pero sí en las tuyas, hija. O en las de tus hijos.
Por la tarde, la feria recobró su pulso. Bajo el parpadeo naranja de antorchas protegidas, los comerciantes conversaban de cosechas futuras, reparación de presas y cómo la recuperación de semillas podía traer más comida para todos. Los más viejos, sentados al margen, murmuraban historias sobre los primeros intentos de recuperación de trenes: convoyes que cruzaban tramos cortos entre Baytown y la frontera con Sugar Land, en andenes recién liberados de maleza y, con suerte, de caminantes.
A medida que caía la noche, Jorge acudió junto al consejo. Había una cuestión urgente: si expandirse era conveniente. Limpiar nuevas manzanas costaba esfuerzo y armas; los zombis eran raleados, pero los saqueadores aún podían atacar en la sombra, y una Muralla demasiado grande podía volverse incontrolable. Acordaron, al menos por esa semana, fortalecer el perímetro, mejorar la señalización entre asentamientos (banderas de colores, espejos en el día, linternas tintadas en la noche) y organizar nuevas patrullas nocturnas en los accesos principales.
Aquella noche, cenando junto a Clara un caldo diluido y pan de maíz, Jorge meditó sobre la fragilidad de todo aquel entramado social. Bastaba una magra cosecha, un brote repentino o un ataque inesperado para desmoronar meses de trabajo. Con la sociedad antigua, cada error se compensaba con abundancia; aquí, cada error cobraba vidas.
Dormían ya los niños, y él subió a la muralla. Bajo el cielo, el horizonte titilaba débilmente con las luces dispersas de asentamientos lejanos. Vio las antorchas de Lowes Village y creyó distinguir las bengalas de Katy. Era un mapa vivo, una red tejida con hilos de desconfianza y necesidad, pero cada año un poco más robusta.
Al día siguiente, la rutina se reanudó. Los talleres reparaban herramientas, los agricultores se turnaban entre el maíz y la vigilancia, y en las aulas los niños aprendían a leer, escribir y, sobre todo, a sobrevivir. Jorge enseñaba ciencia práctica: cómo calcular la fuerza de una polea, cómo filtrar el agua de lluvia. A menudo, las preguntas de los pequeños lo desarmaban: ¿Quién inventó la electricidad? ¿Houston volverá a tener cines? ¿Por qué los zombis no pueden cruzar si ponemos suficiente alambre de púas?
En esos momentos, Jorge sentía el peso de ser algo más que un simple ingeniero: era memoria viva de un mundo extinto y, a la vez, labrador silencioso de un porvenir improbable. Si tenían suerte —y suerte era la palabra mágica—, la generación de Clara no solo conocería las semillas, los molinos, los mercados, sino también la recuperación de la risa fácil, la certeza del desayuno y la confianza en el vecino.
Al ocaso de ese 19 de julio, cuando el calor cedía y los grillos sustituían el bullicio del día, Jorge caminó de nuevo por la muralla. Miró a su alrededor, sintió un extraño optimismo. En ese mundo asolado, entre hornos de adobe, semillas envueltas y manuales mal impresos, llamaba la esperanza.
Houston sobrevivía. Houston reconstruía. Y al pie de cada zanja, sobre cada muro, en la mirada de cada niña, titilaba la luz de un futuro aún posible, aunque costara generaciones. La Muralla era más que una defensa: era la frontera viva entre el miedo y la voluntad de renacer.
Y esa noche, incluso entre las ruinas, Jorge se permitió soñar con otro amanecer.
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