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Portada del relato Ecos en la Niebla: Houston en Ruinas
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Fragmento:


– No abran, pase lo que pase – susurró.

Duración: 12:32

Ecos en la Niebla: Houston en Ruinas
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Texto de ajuste de pausa.

12 de Noviembre de 2020

El aire olía a aceite quemado, lluvia ácida y muerte. Era la sexta noche consecutiva sin luz eléctrica en el refugio de la escuela primaria Lanier, en el barrio Midtown de Houston. Nadie dormía profundamente. Las alarmas antibombas adaptadas ahora a alertar sobre movimientos de infectados funcionaban por baterías y solo chirriaban de tanto en tanto, pero bastaba ese sonido, como el graznido de algún pájaro mutante, para disparar el corazón de todos en las literas improvisadas. Había cuarenta y ocho personas organizadas con una disciplina férrea, aunque era un grupo dispar en edad y capacidades: enfermeros, ex policías, varios jubilados, niños y una barriada de madres solteras. Algunos aún llevaban la ropa de los días previos al colapso total de la red eléctrica, cuando la radio y los móviles informaban más sobre incidentes aislados que de un verdadero apocalipsis. Otros se habían adaptado con la rapidez salvaje de quien no tiene otra opción.

No quedaba casi nada de la rutina anterior. Se encendían linternas cada 30 minutos para revisar puertas, ventanas y provisiones. El generador reservado para emergencias permitía apenas algunos minutos de luz al día. La comida era un problema diario: latas, reservas de arroz robadas en supermercados saqueados y alguna cesta de verduras que lograba traer un grupo que salía a “explorar” las casas aún no saqueadas entre West Alabama y Montrose Boulevard. El drama era el agua: los tanques de la escuela conservaban parte del sistema antiguo y podían proveer algo durante unas horas, pero requería trabajo manual, y estaban casi secos.

Era la noche del 12 de noviembre, y la tensión era peor que nunca. La ciudad era un rumor de tiros lejanos y explosiones, fogonazos dispersos en el horizonte cuando el cielo se limpiaba de nubes tóxicas. Se rumoreaba – y por experiencia nadie osaba dudar – que una horda arrastraba sus cuerpos podridos entre los edificios de oficinas del centro, avanzando lerdos, pero ciertos. Había algo más: radios de onda corta interceptadas por el grupo más experto decían que bandas armadas cruzaban el Buffalo Bayou en busca de supermercados y gasolina, y que la seguridad dada por el caos de tráfico y ríos desbordados ya no era protección alguna. El mayor peligro era, ahora, el hombre armado y hambriento.

– ¡Alarma! – gritó Matty al filo de la medianoche. Tenía doce años, pero en las últimas tres semanas había adoptado el papel del vigía nocturno, probablemente porque nadie dormía tanto como él durante el día. Golpeaba la barra metálica de la puerta norte con una linterna, lo que era la señal pactada. Hubo un rápido salto de figuras oscuras de sus camas, el crujir de colchones y el sordo ruido de botas y pies descalzos.

La frase era alarmante, pero el siguiente sonido lo fue más: una andanada de palmadas fuertes contra la chapa metálica que barricaba la entrada principal del colegio. El jefe de guardia, el ex policía Stewart, ordenó silencio absoluto y apagado de todas las linternas. Los de la planta baja descolgaron rápidamente los pocos cuchillos filosos, una pala y dos bates de béisbol.

Las puertas improvisadas eran dobles: primero la vieja madera del colegio, reforzada con pupitres y mesas; luego, planchas de metal soldadas un día antes con un soplete que aún conservaban, y hasta que el gas licuado agotó. Sabían que ningún zombi podía forzar esas barreras solos, ni aun varios juntos, pero los humanos sí. Los infectados eran ruidosos, animalescos: gemidos, gritos de dolor o hambre, manos torpes aporreando sin patrón. Los humanos, todo lo contrario.

Esa noche, el golpeteo era rítmico. Tac, tac. Tac, tac… luego una pausa. Luego fuerte de nuevo. Un código, pensaron. Stewart levantó la cabeza apenas por la rendija de un cartón cubriendo la ventana. No se veía nada, pero el eco de la avenida era diferente: ningún ulular, ningún ladrido. Solo el chapoteo de la lluvia sucia y el golpeteo insistente.

– No abran, pase lo que pase – susurró.

Pero del otro lado de la puerta, de repente, una voz: – ¡Somos de los refugios del Houston Community College! Llevamos una niña herida. ¡Ayúdennos, por favor!

El mensaje era desesperado. Houston estaba plagada de engaños: en el último mes, grupos armados fingían ser sobrevivientes desesperados. Si abrías, a veces eran bandas que arrasaban con lo poco que uno tenía. Pero también había casos de niños, de enfermos reales, la línea era difusa y cruel. En el último consejo nocturno, se había resuelto no abrir a nadie más, al menos no sin pruebas. Sin embargo, los gritos de una niña – reales, asustados – desgarraron el silencio.

La balanza moral giró rápido. Amanda, la directora del refugio y ex profesora, apenas tuvo que decirlo en voz baja a Stewart: “No somos como ellos”.

Se abrió una pequeña ranura que usaban para observar el exterior. Por ella asomó primero el rostro del ex policía, luego, tras examinar la oscuridad bajo la lluvia, encendió una linterna. Afuera había cuatro figuras empapadas, dos mujeres, una niña sentada en una carretilla de supermercado y un hombre con el brazo ensangrentado. Stewart, con el corazón en la garganta, murmuró una contraseña, una estúpida consigna que hacía referencia a los antiguos equipos de futbol estadounidense.

– Blue 42 – susurró. Una de las mujeres respondió cansadamente: – Texas stronghold.

El nerviosismo era extremo. Se liberó la entrada tras interminables minutos. Apenas entraron, las puertas volvieron a cerrarse y reforzarse con furia. El grupo del refugio rodeó a los nuevos con linternas; nadie hablaba, solo los observaban, medio apuntando con palos y bates. Una niña, de unos ocho años, lloraba, su pierna hinchada a la altura de la rodilla e infectada, aunque por suerte por gangrena de herida y no por mordedura.

El recién llegado explicó rápido: – Nos atacaron cerca del puente Main Street. Primero un grupo de saqueadores; luego, infectados. Logramos escapar de ambos. Nuestra niña se cayó y se lastimó, pero no está mordida. Lo juro por Dios…

Le revisaron en silencio y minuciosamente. No hubo sangre extraña ni heridas sospechosas. Pero el miedo en sus ojos era real, febril. Encima, escucharon lo peor: los saqueadores estaban organizados, armados con pistolas cortas, posiblemente ex guardias de algún supermercado de los primeros días. Los zombis los seguían, vagando en confusión, pero la banda parecía usar la horda como un ariete viviente, tirándolos contra los refugios para saquear las barricadas cuando los sobrevivientes estaban ocupados luchando por sus vidas.

La noticia corrió entre todos los presentes. Había pánico, rabia, pero también una resignación estoica. La directora Amanda reunió rápidamente al consejo. Había que tomar una decisión inmediata: cerrar aún más el refugio, sellar definitivamente las salidas, o arriesgar una salida coordinada, de noche, por los túneles de drenaje en busca de un nuevo refugio más lejos del centro.

– Si nos quedamos y la banda viene, no tendremos cómo resistir. Tienen armas de fuego. Y atraen zombis. Pero si huimos, quizá caigamos en manos de otros, o de las hordas – susurró Stewart.

El consejo era rápido pero tenso. Bruce, el viejo ingeniero ferroviario, sugirió llamar por radio de corto alcance a los pocos contactos que había escuchado operar en los días previos. Quizá un refugio cerca de Rice University estuviera aún activo. Había que decidir.

– No podemos quedarnos – intervino Amanda de pronto –. Somos cuarenta y ocho, ahora cincuenta y dos. No sobreviviremos a un asalto armado. Mejor morir en movimiento que como ratas acorraladas.

La decisión se tomó. En veinte minutos, el refugio se preparó. Bolsas de mantas, fardos de comida, medicinas, cada uno con lo mínimo. Los niños iban en el centro del grupo, los jóvenes y fuertes en las puntas. Stewart llevó la radio; Bruce, una de las pocas pistolas con balas que quedaban. El grupo de los recién llegados ofreció guía hacia el sur, evitando el Downtown plagado y cortando por los antiguos campos del barrio Museum District.

Salieron en absoluto silencio, solo con linternas rojas tapadas. La lluvia complicaba todo: era difícil escuchar las pisadas de otros, zombis o humanos. Pero era su cobertura.

Todo Houston era una selva de autos volcados, cristales rotos, vegetación desbordada y, a veces, cadáveres a medio comer. Las sirenas seguían sonando en el viento: alarmas de edificios de oficinas, temporizadores rotos, alertas de vehículos fantasma. Era el canto triste de una ciudad muerta, que parecía advertirles: “Aquí acecha el peligro”.

El grupo caminó apretado, el miedo era una piel. De cuando en cuando, un quejido gutural los ponía en alerta y todos se agachaban, tapando a los niños con los cuerpos, dispuestos a defenderlos con palos y piedras si era necesario. Los zombis estaban más activos esa noche; entraban y salían por puertas abiertas, arrastrándose tras ruidos o luces, lentos pero infinitamente amenazantes.

A dos cuadras de la antigua Biblioteca Central, vieron lo terrible: una procesión de seres desfigurados cruzando en filas erráticas, como procesión de almas sin rumbo. Los ojos enloquecidos, brazos colgando, bocas abiertas babeando una saliva espesa y negra. Se movían por puro instinto, atraídos no se sabía si por el olor de la sangre o el eco de los últimos humanos. Nadie respiró en ese minuto eterno. La lluvia seguía, densa y pegajosa, disimulando su huida.

El grupo llegó por fin a una casa semiderruida cerca de Bell Park. Era el antiguo refugio de un contacto de radio de Bruce. Tuvieron que forcejear con una puerta oxidada, y por un instante nadie supo si la alarma de dentro era la señal de un amigo o enemigo. Stewart pegó la oreja contra la madera: escuchó pasos detrás, luego una voz temerosa y gastada:

– ¿Cuántos son? ¿Tienen niños? ¿Armas?

La respuesta fue rápida: – Somos pocos, hay niños, huimos de Downtown.

La puerta se abrió y entraron. Dentro, siete figuras demacradas compartían el humo de una fogata improvisada y el olor rancio de lo que debía ser arroz viejo. Aceptaron al grupo porque “con más gente, menos miedo”, argumentaron. Nadie cobraba nada, solo buscaban compañía, ojos que vigilaran cuando otros durmieran.

La noche pasó entre turnos. Afuera, las alarmas siguieron su canción de metal oxidado. Al amanecer, Bruce logró sintonizar la radio. Una frase seca les heló la sangre: “Alertamos: grupos armados avanzan hacia Montrose. Usan zombis como escudo. Huyan o fortifíquense”.

No hubo tiempo para el descanso. El pequeño refugio se preparó para lo peor. Pusieron barricadas en puertas y ventanas, tejieron cuerdas para hacer una posible evacuación por la parte trasera, organizaron los turnos de vigía.

Una de las niñas, la herida, fue atendida con lo poco que había: desinfectante y un vendaje improvisado. Su madre lloraba en silencio, temiendo por la fiebre, temiendo por las balas, temiendo que la pesadilla de los hijos de Houston fuera infinita.

Cuando la segunda alarma sonó al atardecer – ahora la de un coche policial atrapado una cuadra más allá –, todos entendieron el mensaje: la ciudad no era ya de los vivos, sino de las alarmas, los gritos, las huellas de un mundo arrasado donde la única ley era el miedo y el instinto.

Esa noche, la vigilia fue doble: para vigilar que los zombis no llegaran, para escuchar si las alarmas de la ciudad callaban de una vez, o si acaso – en algún remoto rincón – alguien encontraba la forma de devolverle el silencio a Houston.

Pero esa noche, como tantas desde el apocalipsis, las alarmas siguieron sonando. Houston dormía en la alarma. O acaso, nunca volvería a dormir.

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