Fragmento:
“¡Aquí no termina nada, cabrones! ¡Esto apenas empieza!” retumbó por todo el almacén medio destruido de los muelles, justo cuando el cielo de Houston se incendiaba con las luces anaranjadas que caían a lo lejos, y una vieja radio Militar, conectada a un generador al borde de la muerte, escupía la voz de un locutor cansado que trataba de imitar las viejas estaciones de rock.
Duración: 10:21
11 de Noviembre de 2027
“¡Aquí no termina nada, cabrones! ¡Esto apenas empieza!” retumbó por todo el almacén medio destruido de los muelles, justo cuando el cielo de Houston se incendiaba con las luces anaranjadas que caían a lo lejos, y una vieja radio Militar, conectada a un generador al borde de la muerte, escupía la voz de un locutor cansado que trataba de imitar las viejas estaciones de rock.
La noche estaba envuelta en una humedad espesa, salada, como si la última gota de esperanza del Golfo estuviese disolviéndose en el aire. Afuera, bajo los puentes elevados de la Interestatal 45 y la telaraña oxidada de grúas petrificadas, el eco de los disparos y el olor de la pólvora casera entremezclados con sudor y basura quemada, esa era la esencia de noviembre en una Houston postapocalíptica.
Adentro, entre latas recicladas que aún olían a carne de perro y sopa de frijoles, brillaban miradas cansadas. Eran una docena de almas, apenas vestigios de lo que había sido la comunidad latinoamericana de un viejo barrio olvidado por las patrullas y los drones. En ese pequeño refugio improvisado, un mural pintado a mano, en rojo, con letras agitadas: “El futuro es nuestro, hijos de la chingada.” Abajo, un puño alzado, el puño de Molotov.
Alicia, la líder improvisada, tenía un pañuelo rojo atado al brazo y cuidaba celosamente la máquina de hacer balas. La llamaban “La Mecánica” desde que, meses atrás, había ensamblado una vieja Beretta partiendo de piezas encontradas en tres casas distintas. Esta noche, sin embargo, no revisaba armas. Sus dedos, manchados de aceite y pólvora, sostenían una libreta, y leía en voz baja, como un mantra, la última página escrita con la letra casi infantil de su hermano menor: “Si me muero peleando, que arda el infierno como arde Houston.”
En un rincón, entre bidones viejos de gasolina y botellas de vidrio con trapos empapados, Ramón, el “Rebelde”, mezclaba la fórmula de la noche. Había traído pólvora negra de un taller y azúcar robada de una ex-fábrica de dulces. “Vamos a darle medicina tejana a esos mierdas,” murmuraba. Nadie se atrevía a preguntarle si hablaba de zombis o humanos. Aquí, la línea entre enemigo vivo o muerto era borrosa. El grafiti en la pared del fondo lo dejaba claro: “No más dueños, no más orden, solo fuego.” Ese era el mantra de la resistencia tejana: molotov, machete y corazón.
Aquella noche no era una más. El rumor de una caravana se había filtrado hasta ellos. “Los Perros del Bayou”—así se autopresentaban por radio—iban a cruzar el área industrial para saquear el último convoy de alimentos que, según la inteligencia compartida por las alianzas regionales, venía del norte con carga de maíz y tabaco. La escuadra de Alicia había sido invitada por el Consejo de Surcoalition, pero ella sabía que los Perros habían vendido gente por gasolina meses atrás. “Nosotros no somos mercenarios, somos sobrevivientes,” le espetó en la cara aquel emisario encapuchado cuando le trajeron la invitación.
Su decisión, tomada apenas antes de la puesta de sol, fue la de una revolución sin permiso: “No nos unimos a matanzas, pero ese convoy no va a llegar a sus manos. Lo que queda, lo repartimos entre las mini-ciudades amuralladas del oeste.” Eso rompía todas las reglas nuevas de la guerra civil tejana. Pero ahí, entre armas improvisadas y recuerdos de otro tiempo, el “no” era una declaración de fe.
Afuera, los edificios del downtown asomaban calaveras de vidrio y metal, una silueta fantasmagórica que se perdía en la bruma. Entre los restos de lo que había sido el Discovery Green, ahora vacío e infestado solo en las mañanas, una pareja hacía guardia con sólo un machete y una escopeta de doble cañón. Cuando las primeras luces de linternas temblorosas comenzaron a reflejarse en la niebla, Alicia movió a la escuadra.
— “Vamos, Houston no se rinde —suscurró— Nadie viene por nosotros, nadie va a salvarnos, sólo nosotros…”
Caminaron en silencio, mientras el eco de pasos y voces distorsionadas por el nerviosismo rebotaba en las paredes negras del centro abandonado. Un niño llevaba una caja con cócteles molotov listos, orgulloso como si portara una bandera nacional. Se cruzaron con un grupo de saqueadores, pero el pañuelo rojo fue suficiente para que nadie disparara. En Houston, los símbolos valían casi tanto como las balas. Tal vez más.
Llegaron al punto de encuentro, un viaducto bajo el cual corría un arroyo aceitoso y ensuciado por años de abandono. Allí esperaba la caravana: un puñado de camiones de volteo reconvertidos en fortalezas móviles, encapuchados colgados en los estribos, y sobre todo, el estandarte improvisado con un perro rabioso pintado a mano. Los Perros del Bayou: barbas espesas, miradas afiladas, armas largas y una bandera tejida con restos de camisetas.
El jefe de los Perros los recibió con una sonrisa torcida. Tenía tres dientes de oro y el acento arrastrado del sur de Houston.
— “Así que ustedes son la Resistencia del Puente Market, ¿eh? Venimos a ofrecerles un sitio en la mesa, pero si se oponen los mandamos de aperitivo a los zombis…”
“Ni madres”, pensó Alicia. Rechazó la oferta con una mirada. El aire se volvió tenso, casi eléctrico.
Empezó el intercambio de palabras agrias, mirando de reojo la cercanía de los infectados: no era raro ver alguno arrastrar entre arbustos o camiones abandonados, apenas una sombra famélica. En Houston, los zombis ya no formaban hordas como antes, pero las mordidas seguían pendiendo del aire como amenaza constante, justo para mantener la paranoia. Incluso ahora que la infección era residual, cada muerte era un riesgo, una chispa que podía reanimar la plaga.
Fue rápida la traición. Uno de los Perros —flaco, ojos inyectados— apuntó a Alicia mientras otros empezaban a cargar el primer camión. “Fuera de aquí o bala.” Pero ella ya había dado la señal a Ramón y a los suyos.
El primer cóctel molotov bailó en el aire, una estela de fuego naranja que explotó sobre la defensa del camión principal. El grito que siguió fue mezcla de rabia, sorpresa y miedo atávico. El fuego, caray… ese fuego hacía eco de todo lo vivido desde la caída: los autos incendiados de la cuarentena fallida, los hospitales ardiendo en el primer brote, el cielo de julio de 2020 iluminado por edificios caídos. Aquí, en 2027, el fuego era símbolo de que nadie iba a doblegarse.
La batalla se volvió caos: disparos a quemarropa, gritos en español y en inglés tejano, improvisados escudos de metal chocando contra palos y armas cortas. Entre el chisporroteo de gasolina derramada, Alicia repelía a los atacantes, cuidando el cargamento de maíz con una fiereza que le sorprendió a ella misma. “Esto no es por la revolución, esto es para que mis hermanos mañana tengan comida en la mesa,” pensó con furia.
Entre los chispazos, el jefe de los Perros intentó dispararle, pero una botella voló directo a sus pies. Flama, chispa, y el tipo comenzó a aullar, convertido en antorcha humana.
– “¡Vámonos, retírense con lo que puedan!” ordenó Alicia. No ganarían la batalla campo abierto, pero el fuego los cubriría de la represalia.
Se replegaron cargando sacos de maíz, pacas de tabaco, alguna medicina. Al pasar junto a un edificio cubierto de murales antiguos de la NASA, uno de los niños gritaría para siempre: “¡Corran, que viene la horda!” Y efectivamente, atraídos por el olor a fuego y carne quemada, una docena de zombis tambaleaban por la avenida, lentos pero inexorables.
La retirada fue demencial: Alicia y los suyos lanzaban molotovs a izquierda y derecha, creando cortinas de fuego que, en los viejos tiempos, hubiesen detenido a cualquier patrulla de policía. En 2027, era la frontera final entre vida y muerte.
Cruzaron el bayou y corrieron bajo la lluvia repentina que, en Houston, podía caer sin aviso. Atravesaron pastizales convertidos en pantanos y regresaron al refugio bajo los puentes, donde, empapados, muertos de cansancio y tiritando, abrieron los sacos para repartir lo rescatado con otras familias. Lo poco que quedaba, lo compartían.
Afuera, la ciudad seguía ardiendo en pequeños incendios. Los zombis, lentos y en decrepitud, deambulaban como fantasmas olvidados, menos amenaza que antes pero siempre el recordatorio de que nada —ni siquiera la pesadilla— era para siempre.
El tanque de gasolina que servía de fogata central seguía brillando cuando comenzaron a cantar, con voz ronca y desafinada, fragmentos de Molotov. No por nostalgia, sino porque esas letras, llenas de rabia, irreverencia y desafío, eran la única manera de sentirse dueños de sí mismos en medio de tanto caos.
— “Me canso de esperar que caiga el cielo, daría lo que fuera por un día sin miedo…”
Fue Ana, la más pequeña, la que transformó el estribillo. En vez de “daría lo que fuera por un día sin miedo”, gritó: “¡Hoy vivimos, Houston no muere!” Todos la siguieron. En algún lugar, una radio militar captó el sonido y, durante minutos, la canción resonó por frecuencias viejas, gritando a quien quisiera escuchar que, aunque el orden se había ido, la resistencia no estaba muerta.
Alicia volvió a la libreta. Escribió, en tinta corrida: “Esta ciudad no arde en vano. Si mañana no quedamos, otros seguirán. Y eso es Molotov: ser chispa, ser llama, ser Houston.”
Mientras el planeta avanzaba a trompicones hacia un nuevo orden, ellos mantenían la resistencia, en el bayou, entre fuego, sudor y música insurgente. Porque si algo quedó después del apocalipsis, fue la certeza de que incluso el infierno podía ser quemado con un poco de valor y un buen trago de gasolina.
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