22 de Julio de 2027
Era un verano húmedo y pesado en lo que alguna vez fue Houston, Texas. El aire tenía el olor persistente de la vegetación que reclamaba autopistas, del agua estancada y, más levemente, de la podredumbre que nunca se iba del todo, aunque ya no eran cuerpos los que la alimentaban. El sol, como un ojo inmenso y blanco detrás del smog lejano, empezaba a caer sobre los tejados irregulares y las barricadas de la muralla. Tras años de silencio y horror, aquella ciudad amurallada, esa nueva Houston, zumbaba otra vez con el rumor de la vida, aunque nunca como antes.
Me llamo Elisa Cruz. Crecí en el viejo suburbio de Meyerland, en una época que, para mis hermanos menores y los niños del asentamiento, es tan remota como los cuentos de hadas. El “antes” es solo una palabra. Yo tenía dieciséis años cuando el mundo se partió; ahora rozo los veinticuatro y el miedo me ha modelado. Escribir esto es mi forma de recordar que también existí, que no me volví solo una sombra más en el crepúsculo de la civilización.
Los días se parecían, pero el 22 de julio comenzó distinto. Había una energía inusual flotando afuera del muro, y los centinelas que vigilaban desde las torres de madera y metal alumbraban con linternas a los viajeros que llegaban por las rutas recién despejadas. Era día de feria regional, y en Houston, esas ferias comenzaban a parecerse a festivales antiguos: intercambios, consejos, historias, y, sobre todo, esperanza.
Aquella mañana, Efrén, mi compañero en la patrulla sur, me alcanzó cerca del puesto de observación que daba hacia la vieja autopista 59.
—Anoche escuché disparos cerca del antiguo centro comercial —me dijo bajito, mientras ajustaba la bandolera de su rifle. Su voz estaba gastada, menos por la edad que por la tristeza acumulada, los años de perder a todos.
—¿Alguien de la banda de Ford? —le pregunté, refiriéndome a una de las pocas bandas de saqueadores que insistían en rondar la zona, a pesar de los acuerdos.
—No. Fue diferente. Tiros en ráfaga, y luego gritos. Deben ser recién llegados, tal vez del este.
En la nueva Houston el miedo no era solo a los zombis, ni siquiera a las bandas de humanos violentos. Temíamos la llegada de los “perdidos”, esos que llevaban años errando, a menudo incapaces de hablar o razonar, malcomidos, a veces medio infectados, casi siempre desesperados. A menudo causaban más tragedias que los pocos no-muertos que quedaban cerca.
Sonó la campana de la muralla. Un código: dos cortos, uno largo. Llegaban mercaderes de la caravana de La Grulla.
Efrén me tocó el brazo. —Vamos a ver —dijo escuetamente.
Descendimos de la torre entre corredores de tablones y tuberías oxidada, mientras el aire a nuestro alrededor zumbaba con los olores del campamento: sudor, caldo de arroz agrio, grasa reciclada.
En la puerta, la caravana asomó tras una cortina de polvo y gritos de “¡abran paso!”. Era ridículamente pintoresca: mulas negras, carros reconstruidos, camionetas sin cristales, y hombres y mujeres de piel curtida y ojos siempre en guardia. Había niños, también; en Houston, los niños eran la moneda más valorada.
La líder de la caravana, una mujer bajita de rostro adornado con cicatrices, se presentó apenas entró.
—Soy María Zamora. Traemos medicina, grano y sal. Buscamos herramientas y repuestos.
El ritual del intercambio era rápido, decidido, y algo violento. Ninguno soltaba su carga hasta palpar el trueque, revisar balas, inspeccionar los sacos de penicilina ilegal, todo bajo la supervisión del Consejo y la milicia local. El consejo estaba compuesto por viejos ingenieros, dos enfermeras, un ex profesor de música y una mujer que una vez había sido la gerente de un supermercado Walmart.
Tras revisar el intercambio, me acerqué furtivamente a Esteban, el secretario del consejo (y, en tiempos menos formales, pareja de Efrén). —¿Han visto zombis en la última ruta? —pregunté a media voz.
Esteban negó, pero supe que mentía al ver cómo apretaba el tablón de notas. —Solo movimientos dispersos. Algunos en las orillas del Bayou. Pero... encontró algo la patrulla norte.
Me indicó a José, uno de los nuevos reclutas. El joven tenía los ojos hundidos y no mucho más pelo que barba.
—Caminamos hasta el antiguo parque Memorial —relató José—. Vimos unos cinco zombis en el estanque, pero ni siquiera se movieron cuando nos vieron. Parecían... como estatuas. Solo uno se arrastró un poco cuando nos acercamos por error. Son los podridos, los viejos; ya no corren ni atacan si no estás cerca.
Eso era lo que nos decían los relatos llegados desde otras ciudades: tras siete años, muchos zombis habían comenzado a romperse. La carne se les caía a tiras, el sol los secaba, los perros y los gatos salvajes a veces terminaban el trabajo. Pero no todos. Y la infección seguía: los muertos recientes, sobre todo en áreas menos defendidas, aún se levantaban si no se quemaban o enterraban a tiempo.
Ese recordatorio persistente mantenía vigilantes nuestras noches.
La feria avanzó con inusitada seguridad. El comercio bajo los toldos raídos era un delirio de voces: gritos en inglés, en español, en yidis y vietnamita, todos los acentos de la vieja Houston, renacidos en la costura de la urgencia. Había tomates frescos de los huertos recuperados, cargas de maíz duro, queso que ya nada tenía que ver con la pasteurización reglamentaria del siglo XXI y, para mi regocijo, un barril de miel líquida de abejas rescatadas en los techos de Midtown.
El campamento se llenó de tambores improvisados, risas y hasta canciones desafinadas. Los líderes de las comunidades vecinas hacían tratos con juramentos y silencios. Los forasteros traían rumores —sobre una banda de saqueadores que había sitiado Katy por dos días antes de que la milicia los hiciera retroceder, de fértiles campos en Sugar Land donde los cultivos sobrevivían con mucha menos plaga, y hasta del hallazgo de una pequeña biblioteca intacta en The Woodlands.
Por la tarde, a pedido del consejo, acompañé a la banda de Maria Zamora en un patrullaje corto para asegurarnos de que la llegada de la caravana no había atraído más problemas. Caminamos junto a la antigua I-610, ahora un sendero terroso y cubierto de enredaderas, bordeando los coches oxidados, los esqueletos de tiendas de conveniencia, los restos de lo que fue un enorme HEB todavía con las letras caídas sobre la entrada.
Una vez lejos del bullicio de la feria, el mundo se volvió otra vez el de la desconfianza: disparos lejanos, el aullido de un perro salvaje, y la omnipresente sensación de que algo nos observaba.
Llegamos al entronque de Westheimer con Shepherd. Allí, el asfalto era un mosaico de grietas, y a un costado, sobresaliendo de una antigua cerrajería convertida en guarida, vimos a un grupo de figuras encorvadas rondando un contenedor.
Maria me pidió que mantuviera la calma, y que no disparáramos sin necesidad. Era uno de los protocolos: la munición era preciosa, y los zombis viejos ya no justificaban el ruido y el riesgo. Abatirlos, quizá con lanzas, si bloqueaban el paso, pero no más. Observamos.
A dos metros, lo comprendí. No eran zombis; eran “perdidos” humanos, tan famélicos y sucios que imitaban, sin querer, la pasividad putrefacta de sus antiguos verdugos. Uno de ellos, un niño de unos siete años, levantó la mirada. Tenía una cicatriz fresca cruzando la frente y los ojos enrojecidos de fiebre.
Les lanzamos un poco de pan y, aunque al principio retrocedieron, pronto se abalanzaron sobre la comida. No dijimos nada; volvimos despacio sobre nuestros pasos, sabiendo demasiado bien que en Houston ninguna historia terminaba con rescatistas y héroes.
La noche cayó y la feria se armó en torno a fogatas. Efrén y yo, junto a Esteban y otros seis, fuimos elegidos para la guardia de medianoche. Era el turno más complicado, cuando los zombis, atraídos por las luces y los aromas, a veces aún merodeaban, aunque casi siempre solo se asomaban a la valla para quedarse, bajo la luna, como viejos espectros sin fuerzas.
Desde lo alto de la muralla, veía el resplandor naranja de las antorchas recortándose sobre los viaductos, y más allá, la negrura absoluta del bayou abierto. Las cigarras cantaban sin cesar; la vida volvía, y aún así, no faltaban riesgos. Le susurré a Efrén:
—¿Crees que el próximo año esto seguirá? ¿Que podremos abrir otra sección de la ciudad?
Él se encogió de hombros. El sudor le caía por la frente, pero sus manos sujetaban el rifle con la familiaridad de quien ha aceptado que la violencia nunca desaparece del todo.
—Tal vez. Hay menos zombis cada año. Si logramos limpiar los hospitales del centro, podríamos buscar más medicinas... O simplemente vivir con menos miedo a morir de un corte tonto.
Pensé entonces en los nacimientos recientes. Tres bebés en la comunidad desde enero. El llanto de los recién nacidos era más dulce que cualquier himno, pero también un recordatorio doloroso de la fragilidad de ese renacimiento.
Miré a Efrén y, no supe por qué, le pregunté: —¿Tú crees que el “antes” realmente existió? Los de veinte, como yo, lo recordamos. Pero los niños... ¿pensarán que mentimos?
Me miró, pensativo, y luego, con una pequeña sonrisa irónica, contestó:
—No importa. El “antes” era otro cuento. Tú y yo vivimos este. Al menos, aquí sí sabemos quiénes somos.
A medianoche, la alerta sonó: un pequeño grupo de no-muertos viejos, atraídos por el ruido, trató de pasar por un hueco en la barricada exterior. Saltamos de la torre y, con palas y lanzas, los expulsamos. El ruido bastó para que se tambalearan y huyeran; solo uno, una mujer vestida con algo que alguien identificó como uniforme de enfermera, fue finalmente abatida por un lancero.
Quemamos el cuerpo y reforzamos la barricada. Fue un recordatorio puntual de que el peligro persistía, aunque la amenaza era menor.
Hacia el amanecer, regresé al centro. Vi a María Zamora, sentada junto a su caravana, entregando a cada niño un pequeño caramelo. Volví a pensar en el futuro, en los manuales de supervivencia escritos a mano, en los acuerdos de la feria, en los primeros intentos de imprimir papel de manera rudimentaria.
Quizás este sería el año en que Houston recuperaría su hospital central, o el antiguo edificio municipal. Tal vez, el año en que aprenderíamos a confiar otra vez en extraños. O, tal vez, solo un año más en que sobreviviría el último fuego y el último eco de la humanidad. Pero esa noche, con la feria brillando, las voces levantándose y el rumor del Bayou arrastrando los recuerdos muertos de la ciudad, creí —aunque fuera por un momento— que aún era posible un mundo donde los niños no soñaran con cuchillos ni barricadas, sino con árboles altos y pájaros, y con un verano verde que nunca terminaba.
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