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Fragmento:


Esa mañana, Camille se calza las botas, revisa la navaja que cuelga de su cadera izquierda y sale al patio trasero, un cementerio improvisado. Su mano va al cuello, donde una cruz de madera cuelga de una cuerda azul. Es un símbolo de muchos significados: esperanza perdida, fe redescubierta, superstición pura o simple deseo de recordar viejos tiempos.

Duración: 09:42

Amanecer entre las Ruinas
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Texto de ajuste de pausa.

19 de Enero de 2024

El amanecer llega lentamente por encima del horizonte, tiñendo de naranja los rasguños de concreto y acero que una vez fueron los orgullosos rascacielos del centro de Houston. La niebla baja cubre las calles como una mortaja húmeda, ocultando los escombros, los autos volcados, los esqueletos olvidados de lo que alguna vez fue una megaciudad palpitante. Ya no hay ruido de tráfico ni zumbido de maquinaria industrial, solo el crepitar lejano de hogueras improvisadas y el zumbido resignado de los insectos matinales.

No son muchos los que despiertan en este distrito ahora, solo los que tienen razón de hacerlo. Camille jala la pesada manta de lana tejida a mano sobre sus hombros y escucha. Es lo primero que hace cada día, antes de mirar a los suyos, antes de tantear el aire frío para asegurarse de que no se ha colado un extraño mientras dormían. Sus oídos buscan el murmullo amenazante de los zombies —ahora menos numerosos, pero aún presentes como una plaga persistente—, y la posible algarabía de saqueadores o bandas mercenarias, que muchas veces son más peligrosos que los infectados.

A su alrededor, el refugio en que sobrevivió el último invierno habitan otras veintiuna personas. Entre ellas, tres niños que nunca han conocido Disney, ni drones de Amazon surcando el cielo. Vincent, el más pequeño, mira las vigas con el mismo asombro que sus padres miraban las estrellas, porque esas vigas retorcidas representan hogar y protección.

El refugio está instalado en lo que fueron las bodegas de una tienda de muebles sobre el margen oeste de la ciudad. Después de tres años, los norteños de Houston han aprendido una verdad fundamental: sobrevivir no es solo resistir a la muerte, sino reinventar la vida. Aquí se siembran hortalizas en las azoteas, se almacenan semillas como tesoros y la pólvora es el bien más codiciado. Los feroces estallidos iniciales del Apocalipsis quedaron atrás; ahora, la amenaza es persistente y constante, como la fiebre malaria en una herida abierta.

Esa mañana, Camille se calza las botas, revisa la navaja que cuelga de su cadera izquierda y sale al patio trasero, un cementerio improvisado. Su mano va al cuello, donde una cruz de madera cuelga de una cuerda azul. Es un símbolo de muchos significados: esperanza perdida, fe redescubierta, superstición pura o simple deseo de recordar viejos tiempos.

—Hoy toca mercado —anuncia sin saludar, al ver a Malik sentarse sobre una vieja caja de baterías. Él asiente, ya vestido, la mirada dura y realista de quien ha visto demasiados amigos caer.

—Vas con Luz, ¿verdad? —pregunta.

—Sí. Y con Salvatore. Tres es el número mágico, para balancear el trueque y la seguridad.

Antes de salir, revisan el inventario. Tienen tres frascos de penicilina, cuatro cajas de cereales vencidas —pero aún comestibles—, algunos cuchillos forjados en un taller semi clandestino y un saco de semillas híbridas conservadas milagrosamente. Todo será para intercambiar por lo más preciado: herramientas de reparación y, sobre todo, una batería para las viejas radios. Sin la radio, la comunidad está aislada y vulnerable a los embates de las hordas o, peor, otras bandas humanas.

Avanzan por el perímetro del refugio, armas en mano, pasos sigilosos. Houston nunca fue tan peligrosa como hoy, ni tan extrañamente hermosa en su melancolía. Las avenidas amplias, ahora bloqueadas por chatarra con hilos de alambre de púas, se han llenado de grietas, hierba salvaje y flores donde antes había solo cemento.

En el camino hacia el mercado, cruzan una iglesia derruida. Las gárgolas de cemento están decapitadas, los vitrales cubiertos por planchas de metal y los bancos amontonados como barricadas. Sin embargo, un aroma dulce flota en el aire. Es el pan recién horneado del puesto de Sofía, la panadera, quien logró domar un horno a leña hecho de ladrillos rescatados del colapso de un supermercado. Aquí, pagar con semillas es igual de aceptable que hacerlo con balas o medicinas.

Una vez en el mercado, los visitantes se agrupan alrededor de mesas hechas con tablones y barriles, sus ojos buscando desesperadamente un intercambio ventajoso. Hay menos gente que hace un mes; la viruela ha golpeado fuerte. Los rumores sobre un convoy militar que traficaba antibióticos por rutas al sur se han esfumado junto con los forasteros que lo mencionaron.

Camille saluda a Max, el líder del mercado. Tiene el pelo gris y un sobrero tejano, y en su ceño vive la historia de Houston desde la última inundación antes del desastre.

—¿Trajiste algo bueno esta vez?

—Necesito una batería de ocho voltios —dice, directa, mostrando uno de sus frascos de penicilina—. También puedo agregar semillas, pero solo si la batería está entera.

Max examina el frasco con una lámpara de alcohol, comprobando el contenido. El trueque es un acto ceremonioso, un retomar la confianza social después de años de traición y egoísmo.

Malik observa los alrededores, atento al movimiento de los hombres de Jason. Esa banda llegó desde el este hace dos meses, apoderándose del tráfico de carne seca y vigilando el mercado por encargo de nadie. Llevan kufiyas atadas al rostro, y sus rifles hechizos emanan olor a aceite reciclado. A Luz le sudan las manos, aunque lleva años en este mundo. La paranoia nunca se va.

Terminado el intercambio, Camille siente el peso, literal y simbólico, de la batería en su mochila. Le tocará caminar cinco kilómetros de regreso, rezando para que ninguna horda despierte. Aunque son menos, los zombies que quedan siguen cazando de noche; durante el día, se amontonan en el Downtown, atraídos por ruidos o por el simple eco de la memoria.

De regreso, una sombra se arrastra. Entre Travis y Bagby hay un edificio que amenaza ruina total, pero sus primeros pisos sirven de madriguera a uno de los cientos de grupos nómadas que rondan Houston. Al pasar, Salvatore escucha un susurro y detiene al grupo con una seña de mano. Desde un hueco, los observan unos ojos desesperados. Ni niño ni adulto, apenas un superviviente. Camille duda, pero Luz saca una barra de energía y la lanza hacia la sombra.

La figura la atrapa, con manos huesudas y ojos febriles.

—Vayan al distrito sur, hay menos caminantes —susurra—. Hoy oí disparos en el estadio.

El grupo continúa, sintiendo que la deuda se paga en consejos más que en alimentos.

Avanzan por Memorial Park, ahora transformado en una jungla semi-domesticada, donde cada árbol sirve para colgar alarmas sonoras improvisadas y tendidos de ropa. En un claro, Malik se detiene y mira hacia el puente de la 610. Allí se ve movimiento, figuras humanas, pero ninguna de sus facciones están claras. Deciden rodear.

A mitad de camino de regreso, una pequeña horda irrumpe en el sendero, atraída por el murmullo de voces. No son más de treinta, pero es suficiente para congelar la sangre. En otro tiempo, treinta zombies provocaban histeria, el fin del mundo. Ahora, Camille actúa mecánicamente.

—No disparen —ordena, mientras sacan los garrotes y cuchillos largos—. El ruido solo atraería más.

La batalla dura cinco minutos, una coreografía de gritos, jadeos y crujidos de hueso. Salvatore recibe un rasguño superficial en el antebrazo. Camille revisa el herida bajo la luz tenue de la mañana, sus dedos hábiles limpiando y aplicando un ungüento hecho con hierbas recolectadas. Nadie bromea: cualquier herida es una sentencia si se infecta.

Por fin, con los nervios destrozados y la ropa manchada, llegan al refugio. Dentro, el aire es pesado, pero hay una sensación de alivio. Malik instala la batería en la radio. La estática llena la habitación, seguida de una melodía familiar, un fragmento de blues tejano. Todos sonríen, por primera vez en días.

La señal es pura vida. Cortes regionales informan de otros asentamientos, de caravanas que parten al norte, de una comunidad en Katy que busca herramientas a cambio de antibióticos. El mundo, aunque fragmentado, aún late.

Por la noche, Camille escribe en un cuaderno de tapas duras. Es uno de los pocos objetos que trajo de la “vida anterior”. Narra el día, no como un parte de guerra, sino para que los niños entiendan, algún día, que la esperanza sobrevive entre los escombros. La radio chisporrotea en el fondo, y afuera, el gélido azul del crepúsculo baña el refugio.

Luz toca la puerta, apenas un susurro:

—Los del equipo de Jaggers encontraron semillas de arroz. Podría cambiarlo por un saco de herramientas.

Camille asiente. Cada pequeño avance parece un milagro: una batería instalada, una herida tratada, una semilla germinada. Sabe que el nuevo mundo se construye así, pieza a pieza, trueque a trueque, sobre la memoria de los caídos. No hay más vieja Houston, solo la que ellos están forjando en cada amanecer, cada línea escrita, cada mirada al horizonte en busca de señales.

Cuando apaga la lámpara y se tumba junto a los suyos, un último pensamiento la acompaña:

Quizá, con suerte y voluntad, aún queda un lugar para los sueños en este pedazo de mundo herido, aún infestado, pero vivo.

Aferrada a la esperanza, Camille duerme. Al otro lado de la ciudad, la radio sigue transmitiendo.

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