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Portada del relato El Jardín de Hormigón
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Fragmento:


El objetivo de Bennett ese día era llegar al viejo hospital St. Joseph. Según un rumor escuchado en la feria semanal, en el tercer piso aún había una despensa de insulina intacta, imposible de alcanzar para los grupos nómadas que no conocían las rutas de los subterráneos y pasadizos. Bennett, además de hábil con el machete, conocía el Downtown antes del desastre: había trabajado como enfermero de emergencias y recordaba bien los sótanos, las rampas de acceso, los almacenes donde alguna vez resguardaron provisiones para huracanes.

Duración: 11:24

El Jardín de Hormigón
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Texto de ajuste de pausa.

15 de julio de 2027

En los tiempos previos al cataclismo, Houston siempre fue una ciudad de extremos. Las lluvias torrenciales que anegaban las calles, el calor pegajoso del verano, la maraña de autopistas entrelazando barrios y suburbios. Mucho antes del brote, ya era un lugar de resistencia, de adaptación, donde la gente aprendía a vivir con incertidumbres, huracanes y apagones ocasionales. Pero para Bennett Rodríguez, esos días parecían recuerdos de una vida prestada, como imágenes rescatadas de una televisión vieja y parpadeante en el fondo de su memoria.

Ahora, a mediados del 2027, Bennett caminaba bajo el sol denso del verano texano, con la camiseta empapada en sudor, amarrando con fuerza la correa del machete a su muslo. A su alrededor, el Downtown se alzaba en ruinas melancólicas. Rascacielos ennegrecidos, algunos desmoronados hasta la mitad, sus esqueletos de acero y cristal invadidos por la naturaleza. Lo que una vez fue el bullicioso centro de negocios de una de las mayores metrópolis de América era ahora un mausoleo abierto, dominado por plantas trepadoras, aves carroñeras y el recuerdo persistente del olor a carne podrida que, en el mejor de los días, quedaba atrapado en las corrientes de aire caliente.

El reloj de Bennett —un viejo Casio digital que sobrevivió a todo— marcaba apenas las seis y treinta, pero el cielo del sur ya ardía. En sus hombros colgaba una mochila militar, precaria pero bien organizada: dos frascos llenos de agua, latas de frijoles, un paquete de semillas de cilantro, un botiquín y media docena de cargadores para su carabina. Se había vuelto experto en calcular el peso exacto que podía cargar, la delgada línea entre la autosuficiencia y la desesperación.

En julio, Houston florecía en el caos. Las nuevas comunidades, grupos de entre veinte y cien personas, se amurallaban en antiguos complejos de apartamentos, en centros comunitarios, en escuelas presbiterianas fortificadas. Había líderes y consejos rudimentarios, pero todo se regía por acuerdos de intercambio y promesas armadas. Los mercados de trueque se organizaban bajo las sombras de los viejos pasos a desnivel, protegidos por vigías con uniformes desparejados y rifles reciclados; la pólvora era tan apreciada como el agua filtrada.

Bennett había sido reclutado por "El Jardín de Hormigón", una de las comunidades más prósperas de la zona oriental, cerca del antiguo Minute Maid Park. Eran, en su mayoría, técnicos, jardineros, antiguos inmigrantes y familias mezcladas. Su privilegio: disponer de dos pozos profundos y una red de camellos —carros modificados y mulas domésticas— que permitían transportar mercancía entre asentamientos. También, el respeto a la vida: sus reglas prohibían el saqueo entre humanos; quien infrigía, era desterrado o encadenado a las puertas durante la noche, entre el acecho de los rezagados.

El objetivo de Bennett ese día era llegar al viejo hospital St. Joseph. Según un rumor escuchado en la feria semanal, en el tercer piso aún había una despensa de insulina intacta, imposible de alcanzar para los grupos nómadas que no conocían las rutas de los subterráneos y pasadizos. Bennett, además de hábil con el machete, conocía el Downtown antes del desastre: había trabajado como enfermero de emergencias y recordaba bien los sótanos, las rampas de acceso, los almacenes donde alguna vez resguardaron provisiones para huracanes.

Mientras cruzaba la Avenida Franklin, avanzando entre autos oxidados y charcos de aguas estancadas, se percató de que era observado. En una esquina, una familia joven —madre, padre y un niño— se refugiaba tras unas planchas de madera; la mujer alzó la mano en señal de paz, pero sus ojos mostraban el hambre y el miedo. Bennett apretó su paso, sabiendo que cruzarse con extraños podía ser un error letal. En tiempos recientes, bandas armadas de Katy y Pasadena asaltaban zonas neutrales, buscando provisiones y rehenes para trabajos forzados. La desconfianza era instinto básico.

El St. Joseph Hospital era difícil de ver desde lejos. Cubierto de lianas, su entrada principal estaba bloqueada con barricadas improvisadas de escritorios y señales de tránsito. Bennett rodeó el edificio hasta encontrar el acceso a urgencias, donde la oscuridad olía intensamente a cloro y putrefacción añeja. Se deslizó como una sombra, encendió la linterna de cabeza y cubrió la entrada con polvo de cal, disuasorio improvisado contra posibles rastreadores con olfato agudo —humanos y zombis por igual.

Encontrar la escalera del servicio fue sencillo; lo difícil fue avanzar entre corredores sostenidos a duras penas, donde papeles médicos y colchones chamuscados formaban obstáculos traicioneros. Estaba por subir al segundo nivel cuando escuchó un quejido amortiguado. Se detuvo en seco, recordando la vieja regla: si escuchas, no dispares; si ves, no respires. Bajo una camilla volteada, una figura pálida y encorvada intentaba ponerse de pie: un zombi antiguo, probablemente de los primeros días, casi esquelético, solo piel seca y hueso, su movimiento limitado a espasmos torpes.

Bennett pensó en rodearlo, pero la criatura emitió un gruñido, y el eco atrajo otro sonido desde el fondo: pasos irregulares, rasposos, un tambaleo en masa. Maldijo en voz baja y corrió escaleras arriba, el machete preparado. La incompetencia de los zombis más viejos era predecible, pero algunos seguían siendo veloces, sobre todo los "recién caídos" de hacía meses.

En el tercer piso, la luz del sol se colaba por uno de los ventanales rotos, iluminando el caos que dejó la última evacuación. Había camillas volcadas, vendas desperdigadas, bolsas de solución salina endurecidas como bloques de hielo. En el extremo oeste, donde solo el humo de la ciudad entraba, estaba la puerta doble de la despensa principal. Bennett inspeccionó la cerradura: oxidada pero intacta. Sacó un viejo juego de llaves que conservaba desde sus días de enfermero, probándolas una a una, hasta escuchar el chasquido del mecanismo.

Dentro, el aire era irrespirable, una mezcla de medicamentos caducos, polvo y desinfectante. Con la camiseta cubriéndole la nariz y la boca, revisó los estantes. Allí, milagrosamente, encontró siete cajas de insulina, varias ampolletas de epinefrina y pilas de gasa y jeringas. Se permitió un minuto de celebración silenciosa antes de vaciar la mochila y repartir el peso de la carga. Sabía que el viaje de regreso sería aún más delicado: quien se enterara podría intentar emboscarlo. En la nueva Houston, los secretos valían más que la vida propia.

Al salir de la despensa, escuchó el sonido de cristales rotos en uno de los corredores laterales y se detuvo pegando la espalda a la pared. No era un zombi: los pasos eran demasiado calculados. Un susurro, seguido de una palabra en voz baja, le confirmó sus sospechas. Se trataba posiblemente de uno de los "Reapers", una de las bandas especializadas en asaltar hospitales abandonados y vender los medicamentos a precio de oro. Bennett desenfundó el machete, contuvo la respiración y, con pasos ágiles, alcanzó el extremo opuesto, saliendo por una ventana hacia una cornisa.

Afuera, la humedad era insoportable. Se deslizó hasta la parte trasera del hospital, cortando a través de un pequeño jardín de lo que antes eran plantas ornamentales, ahora deformadas y mezcladas con maleza y espinos. Oyó disparos a lo lejos, cerca del viejo estacionamiento. Los disparos eran raros, pues la pólvora era cara, pero señalaban el caos que aún reinaba en Downtown.

El regreso a El Jardín de Hormigón fue lento y sigiloso. Tomó rutas poco transitadas, cruzando a ras de canales infestados de cocodrilos que habían encontrado nuevas madrigueras en los estacionamientos subterráneos. El Bayou, antes un obstáculo para la expansión de la ciudad, era ahora una barrera natural contra los forasteros y zombis. En cada esquina, Bennett enviaba señales con un espejo de bolsillo: tres destellos para indicar que era amigo, dos para advertir de peligro.

Al llegar a su comunidad, lo recibió Miriam, la líder provisional desde la muerte de su marido meses atrás. Sus ojos mostraban el agotamiento de quien conoce demasiado el sufrimiento. Sin palabras, Bennett le entregó una de las cajas de insulina —el resto lo escondió en el doble fondo de la mochila. Guardar secretos era doloroso, pero necesario para futuras emergencias.

La noche cayó temprano sobre Houston. Las luces, improvisadas con acumuladores de carro y paneles solares rescatados, bailaban tenuemente entre los jardines elevados. Los niños jugaban entre zanjas y huertos, vigilados por adultos armados. En la pared noroeste, donde las vides crecían sobre columnas de concreto, Bennett encontraba paz cuidando los cultivos, quitando la maleza a mano, recordando el olor dulce del cilantro y el pimiento. Cada cultivo era un recordatorio no sólo de resistencia, sino de futuro.

Esa noche, se organizó la feria semanal bajo el paso del I-45. Ofrecían en trueque huevos de tortuga, herramientas artesanales y dos frascos de miel recuperados de una casa de Heights. Bennett intercambió uno de los frascos de insulina por una radio de onda corta, ansioso de captar alguna frecuencia lejana que hablara de otros supervivientes, acaso de un mundo más allá de Texas. En medio de la multitud, voces se mezclaban hablando de ferias en Tomball, nuevas rutas despejadas hacia Sugar Land, y un rumor persistente: en Baytown, decían, habían reactivado una generadora hidroeléctrica que iluminó tres manzanas una sola noche.

Para Bennett, esas historias eran semillas de esperanza y alerta. Sabía que el Renacimiento de Houston —si es que así podía llamarse aquello— era apenas una pausa en la eterna lucha por recursos, territorio y simple supervivencia. Pero bajo el cielo caluroso, con las primeras estrellas palpitando sobre los restos de la ciudad, supo agradecer el raro privilegio de estar allí, vivo y en paz temporal. Mañana, los zombis volverían a tambalearse, los forasteros llamarían a las puertas, y él, machete en mano, haría lo necesario para proteger su Jardín de Hormigón.

Cerca de la medianoche, antes de dormir, Bennett subió al tejado de su edificio y apuntó la radio hacia el sur. A través de los estáticos y crujidos, una voz lejana e improvisada alcanzó a filtrarse: "Aquí, Pueblo Nuevo, transmitiendo desde las murallas de Galveston. El comercio con Houston reabrirá al amanecer. Mantengan la fe."

Bennett sonrió. Sabía que todo era frágil, pero la red de supervivientes, la cuerda invisible tejida entre los restos de una vieja civilización, era ya más fuerte que cualquier horda.

En Houston, aceptar la incertidumbre era la clave. Bennett bajó del tejado con paso liviano, listo para lo que trajera el siguiente amanecer.

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