Fragmento:
Alexandra recorre la muralla con el sol elevándose sobre las ruinas del downtown. Entre los supervivientes, se mueve con autoridad; la reconocen por la coleta de pelo rubio mal cortado y el antiguo fusil que nunca abandona. Se detiene junto a Lucas Hampton, un exparacaidista que ahora dirige las patrullas de mediodía.
Duración: 13:34
15 de noviembre de 2027
El aire matutino huele a tierra reseca y a metal oxidado, mezclado con un leve aroma fétido que las brisas del este traen desde la parte vieja de la ciudad. Todavía queda niebla por los canales y un sol pálido se filtra por entre cortinas de nubes bajas. Adentro del muro de concreto, los centinelas de la Puerta Oeste bostezan detrás de las troneras, cubiertos por mantas y armas cargadas, apenas despidiéndose del cansancio de la noche. Aunque muchos zombis ya son poco más que cadáveres rotos, algunos aún merodean al alba, arrastrando los pies entre los restos de los antiguos suburbios, en busca de carne o calor.
Las campanillas de hierro forjado colgadas cerca del portón suenan a cada ráfaga de viento. Son parte del sistema de alerta temprana, junto a los halcones adiestrados de la torre y las linternas de carburo listas para señalar cualquier cosa anómala hacia el sur, desde la carretera I-10 hasta los pantanos. Arriba, desde uno de los viejos edificios de oficinas convertidos en estación de vigilancia, Alexandra observa la tierra quemada de los extramuros. Lleva dos años como jefa de guardia después de tres como exploradora de campo, y aún no se acostumbra a la sensación de silencio que invade la ciudad antes de que el trabajo comience.
Nada en Houston es lo que fue, pero aquí, en la fortaleza amurallada que rodea lo que solía ser Midtown, la vida ha conseguido echar raíces otra vez. La comunidad suma ya casi dos mil personas: agricultores, mecánicos, curtidores, algunos soldados de las viejas milicias tejanas, otros fugitivos de Luisiana, e incluso exingenieros petroleros que han aprendido a fabricar armas de retrocarga y reparar bombas de agua con chatarra. Viven en lo que alguna vez fueron oficinas, hospitales o escuelas, ahora reforzadas con bloques de hormigón y tramos de rejas rescatadas de los parques arruinados. Por la mañana, niños descalzos corren a clases improvisadas en el antiguo Houston Community College, donde hace poco se reabrió una imprenta manual y comenzaron a circular los primeros manuales de supervivencia y pequeños periódicos.
En las últimas semanas, sin embargo, han llegado rumores inquietantes: columnas de humo allá por Katy, señales de linternas desconocidas al atardecer, grupos de saqueadores que descienden por el oeste, bien armados y hambrientos. La amenaza humana, como en otros lugares, empieza a pesar más que la de los muertos. Ayer descubrieron un cadáver mutilado cerca del Bayou Park, sin mordidas ni rastros de plaga, solo el tajo limpio de un machete y huellas de botas alrededor. Nadie sabía quién era, pero las ropas, de camuflaje y con una insignia desconocida, inquietaron a los del comité de defensa.
***
Alexandra recorre la muralla con el sol elevándose sobre las ruinas del downtown. Entre los supervivientes, se mueve con autoridad; la reconocen por la coleta de pelo rubio mal cortado y el antiguo fusil que nunca abandona. Se detiene junto a Lucas Hampton, un exparacaidista que ahora dirige las patrullas de mediodía.
—¿Algo en la I-45? —pregunta ella.
Lucas agacha la vista hacia los prismáticos remendados.
—Dos incendios durante la noche, al sur, por Pearland. Supongo que son saqueadores. No he visto zombis cerca de las autopistas grandes. Y recibimos señales de radio adosada de los de Westfield. Quieren intercambiar semillas por sal.
Alexandra asiente. El trueque y las ferias de intercambio han vuelto a tejer lazos que hace años parecían irrecuperables. Esta mañana, mientras asaba pan seco para su desayuno, pensaba en lo irónico que resultaba: en 2019 solo temía a los huracanes y a la policía; ahora teme a los listones de humo lejanos, a las huellas de neumáticos demasiado frescas y a las caravanas desconocidas.
Al otro lado del muro se extienden kilómetros de ciudad convertida en escombros y vegetación salvaje. Horizontes de autopistas rotas y gasolineras herrumbrosas, barrios donde los huesos decoran jardines y negocios. Los mapas civiles ya no sirven; la gente aprende los caminos sobre la marcha, guiados por señales recién pintadas con brochas, indicaciones crípticas en postes de luz y en grafitis.
***
En la plaza central, bajo la escultura derruida de Sam Houston, los comerciantes y jefes de grupo discuten en círculos. Han habilitado toldos de lonas y puestos con mesas improvisadas; allí intercambian de todo: bidones de agua por balas, semillas rescatadas, manuales de carpintería y algún que otro libro rescatado de la biblioteca Rice. Una pareja llega trayendo una caja con frascos de miel y al fondo, otros niños se arremolinan cerca de un viejo tocadiscos que arranca, entre fallos, fragmentos de country y blues, sonidos de un pasado remoto que los pequeños apenas comprenden.
En la mesa del consejo, el alcalde provisional, Abraham Singh —antiguo administrador hospitalario— lidera la reunión. Hace un mes lograron repeler a una banda de forajidos que intentaron incendiar almacenes de grano, pero la tensión no se disipa. Ahora, con la noticia del cuerpo hallado al norte, la preocupación crece. Hay que decidir: ¿enviarán exploradores fuera de las murallas?, ¿abrirán el intercambio con comunidades más lejanas?, ¿o reforzarán defensas aun a costa de aislarse otra vez?
Alexandra se sienta con el consejo, dejando el fusil sobre la mesa. Escucha en silencio mientras discuten opciones y echan de menos los mejores días, cuando la comunidad tenía menos que perder y los forasteros no resultaban sospechosos al instante.
—Los saqueadores están más organizados —apunta Abner Torres, herrero y líder de las milicias civiles—. El muerto es una señal. No habíamos visto insignias así en meses.
—Creo que deberíamos buscar contacto —responde Yasmine Rouhani, la profesora que dirige la escuela—. Si nos aislamos otra vez, nos vamos a quedar sin saber qué pasa fuera y perderemos la oportunidad de reconstruir la red de ferias. Houston era un punto de cruce. Puede volver a serlo.
La discusión se alarga. Alexandra interviene:
—Si aparecen aquí, los enfrentaremos. Pero si sabemos quiénes son y con qué cuentas juegan, tendremos ventaja. Propondría enviar una partida de observadores por la 290. Mejor elegir gente lista que pueda salir y volver sin levantar sospechas.
Finalmente, deciden enviar a tres exploradores: Tomas, veterano en rutas largas; Sara, experta en rastreo por los corredores del Bayou; y el joven Michael, nativo del barrio de Montrose, rápido y discreto. Alexandra les entrega los mapas, dos radios, una bolsa de comida seca y la contraseña para la señal de emergencia.
***
La tarde cae y la luz dorada baña los campos de maíz y calabaza que rodean el muro. Los niños regresan de clase y los trabajadores recogen herramientas. Dentro de la cocina central, voluntarios pelan papas y cebollas, conversando sobre los rumores traídos por la última caravana; algunos esperan cartas de familiares que partieron años atrás hacia el Sabine y ahora tal vez viven en alguna de las ferias fortificadas del norte. El trabajo es constante: limpiar canales, mantener válvulas de las bombas hidráulicas, reparar cercas eléctricas, adiestrar perros de guardia. La vida, entre el miedo y la rutina, se sostiene a base de costumbres nacidas del apocalipsis.
Al anochecer llegan los primeros informes por radio: Tomas ha visto luces desconocidas en la Interestatal 10, una caravana de cinco vehículos remolcados, armados hasta el techo, que cruzaba lentamente los muebles de la autopista en dirección a la ciudad. Llevaban símbolos negros pintados en los costados de los camiones. Y en la costa sur, Sara reporta haber encontrado trampas y un campamento oculto, con mantas y armas, pero ningún ser humano ya presente.
Alexandra convoca una reunión urgente. El consejo decide, por primera vez en meses, alertar a todos los centinelas. Esta noche nadie duerme en la periferia; todos los brazos sanos recibirán un arma o serán asignados a patrullas de reparación y observación. El campanario de la estación central repica tres veces, orden antigua de máximo nivel.
Mientras la ciudad se prepara, Alexandra mira al oeste, donde brillan, como luciérnagas moribundas, las luces de la caravana avanzando lentamente. Recuerda la primera vez que vio el cielo rojo de Houston durante la Gran Caída, en junio de 2020, cuando solo tenía diecisiete años; los incendios bailaban sobre las azoteas, los gritos resonaban como estampidos de fiesta nacional. Antes lo supo bien: sobrevivir sería un trabajo diario y sangriento, cada día un reto que requería más que suerte.
***
Avanza la noche y los saqueadores aún no se han acercado. Las fogatas extrañas permanecen en la distancia. Los exploradores regresan de a uno por los pasadizos de las alcantarillas, relatan que los forasteros parecen estar tanteando los accesos, quizás esperando a un enviado, tal vez negociando su propia entrada.
Entre las sombras, Alexandra recorre los callejones del interior, siguiendo el rumor de las conversaciones y el bullicio de los improvisados hospitales donde, en los últimos meses, han atendido sobre todo heridas humanas, no mordidas ni fiebres. Ella se detiene al lado de uno de los depósitos de agua, contempla su propio reflejo fugaz en la superficie y se pregunta si acaso existe un modo de no vivir con miedo.
Por la mañana, un estallido seco sacude el muro norte. Una de las patrullas dispara contra una figura encapuchada que intentaba cruzar la cerca con ayuda de una cuerda. Saltan los gritos de alarma y los centinelas corren hacia allí. Cuando llegan, hallan a un hombre ensangrentado, pero no muerto. Lleva tatuajes en los hombros, pinturas negras en el rostro y sus botas aún humean del roce con los cables eléctricos. Balbucea en español y su acento revela raíces de la frontera. Lo llevan al interior. Entre jadeos y amenazas, cuenta que no pertenece a la caravana, que son una facción distinta, cazarrecompensas expulsados de una ciudad al norte, que huyen de los “Hijos de Sam”, como se hacen llamar los nuevos señores de la guerra llegados desde Dallas.
El consejo debate qué hacer con él. Muchos quieren expulsarlo de inmediato, otros lo miran como posible fuente de información sobre las rutas del norte y de Austin, sobre el enemigo. Finalmente, eligen interrogarlo y mantener la vigilancia en máximo nivel las siguientes noches.
El día trascurre tenso. No hay disparos, pero la presencia de vehículos armados a la distancia y los mensajes interceptados en frecuencias locales confirman que Houston ya no es invisible ante los ojos de esos nuevos grupos, ansiosos por saquear y dominar cuanta comunidad encuentren. Se intensifican los trabajos en las barricadas, se reparan las armas de fuego, se preparan cócteles incendiarios, trampas y se reparten pañuelos ante la sospecha de gases.
Durante la misa de la tarde, bajo el tejado reconstruido de la Iglesia de San Esteban, Abraham Singh dirige una oración por los caídos y por quienes deben pelear por la comunidad. Alexandra contempla los rostros endurecidos de los presentes: algunas lágrimas, muchos gestos contenidos de rabia y temor. Son la última defensa de sí mismos —en este mundo nadie viene a salvarles.
Esa noche, mientras la luna llena preside sobre el río Buffalo Bayou, la comunidad celebra otra asamblea, esta vez junto a la muralla. Abraham Singh, Alexandra y el cuerpo de defensa informan los planes; serán dos días de máxima alerta. Si la caravana se acerca, intentarán parlamentar. Si atacan, resistirán hasta que Falcon Heights, Westfield o las comunidades aliadas de Sugar Land envíen ayuda por las rutas seguras.
Después de la asamblea, Alexandra sale sola al terraplén junto al muro oeste. Las luces de la caravana brillan más cerca, pero siguen sin avanzar. Siente frío y una punzada de temor. Piensa en sus padres muertos durante la Caída, en los compañeros que no sobrevivieron la primera hambruna, en la nueva generación de niños que ya han aprendido a distinguir disparos por el calibre del eco.
Piensa también en Houston, esta ciudad partida por la historia pero aún viva, donde los ecos del pasado se mezclan con los ruidos opacos de un presente endurecido. Por encima de todo, sabe que aquí —como en el resto del mundo— la humanidad no solo sobrevive, también aprende. Desde la noche interminable de 2020, tras siete años de muerte y ruina, en el corazón mismo de Texas surgen respuestas: organizaciones, escuelas, ferias, manuales, defensas, alianzas, canciones rescatadas de la memoria. Pero la incertidumbre nunca se va del todo, ni las amenazas, ni la responsabilidad de quienes aún respiran.
El amanecer se anuncia con el canto desafinado de un gallo y el lento girar de las turbinas eólicas del muro sur. Los centinelas bostezan y saludan el nuevo día. Al fondo, la caravana todavía espera. La guerra, el comercio, la palabra o la violencia: Houston decide, cada día, qué camino quiere salvar de entre sus ruinas, y son sus hijos quienes escribirán las primeras crónicas de la Nueva Ciudad.
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