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Portada del relato Los ecos del pasado bajo el asfalto
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Fragmento:


Han pasado siete largos años desde que la plaga partió en dos la historia humana, y Houston, como tantas otras ciudades, apenas empieza a sacudir su letargo de muerte y pánico. Las noticias que llegan –cuando llegan– lo confirman: las hordas, antes imparables, son ahora poco más que manadas errantes de lo que parecen esqueletos con harapos, medio ciegos y tambaleantes, peligrosos sólo en grupo o bajo la sombra de la imprudencia. Pero la ciudad sigue siendo una frontera, un lugar de oportunidades y de trampas, donde se entrelazan los sueños de renacimiento y las pesadillas de la ruina.

Duración: 12:31

Los ecos del pasado bajo el asfalto
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Texto de ajuste de pausa.

13 de julio de 2027

El calor tejano pegaba fuerte ese julio, y en las calles despobladas de Houston las sombras parecían más profundas, como si se empeñaran en ocultar los restos de una ciudad que fue gigante. En este verano sofocante, el concreto agrietado absorbía los rayos de sol sin piedad, y el aire olía a tierra seca mezclada con la promesa de agua estancada, donde los antiguos bayous se resistían a morir. El zumbido de los insectos era constante, pero el ruido más temido era el crujir de huesos y los gemidos lejanos que traía de vez en cuando el viento desde los distritos centrales, allá donde acechaban aún las últimas hordas de zombis.

Han pasado siete largos años desde que la plaga partió en dos la historia humana, y Houston, como tantas otras ciudades, apenas empieza a sacudir su letargo de muerte y pánico. Las noticias que llegan –cuando llegan– lo confirman: las hordas, antes imparables, son ahora poco más que manadas errantes de lo que parecen esqueletos con harapos, medio ciegos y tambaleantes, peligrosos sólo en grupo o bajo la sombra de la imprudencia. Pero la ciudad sigue siendo una frontera, un lugar de oportunidades y de trampas, donde se entrelazan los sueños de renacimiento y las pesadillas de la ruina.

Ese día, como tantos otros, Leah se despertó temprano, cuando el primer sol rojizo asomaba tras los restos de la antigua Williams Tower, su silueta calcinada un recordatorio constante de todo lo perdido. No era la jefa, ni siquiera una de las fundadoras de Asilo Buffalo, pero sí era una de las más respetadas por su brazo firme y su sentido común, cualidades imprescindibles para sobrevivir en una comunidad fortificada. Había nacido en West Houston, y si bien apenas recordaba la vida antes del brote– los paseos por el mall, la voz de los comentaristas deportivos, el zumbido de los semáforos en una ciudad viva–, el dolor de la pérdida aún le apretaba el pecho en ciertos amaneceres.

El Asilo Buffalo no era grande. Contaba alrededor de ciento cincuenta personas, repartidas entre el viejo edificio del cinturón energético –una mole de concreto pisoteada por la modernidad, ahora construida y reforzada con barandillas improvisadas, sacos de arena y portones de hierro soldado– y las casetas levantadas por los propios supervivientes. El refugio estaba protegido por un muro doble, levantado con contenedores de transporte y chatarra soldada, y custodiado por turnos de tiradores en las esquinas, artillados con un heterogéneo surtido de armas recuperadas de los antiguos armeros y talleres que, poco a poco, volvían a vibrar con los martillazos de la industria artesanal.

El día prometía ser tenso. Era la segunda feria de trueque del verano, un evento que había comenzado siendo un asunto casi clandestino y se había vuelto, poco a poco, en el corazón del resurgimiento entre los asentamientos del Gran Houston. Desde los suburbios, desde Katy y Sugar Land, desde las pequeñas comunidades surgidas en el interior, llegaban caravanas cargadas de lo más valioso: semillas nuevas, comida desecada, piezas de maquinaria, medicinas, munición hecha a mano, hasta cosas inusuales como libros y ropa semi-nueva. Pero el riesgo era paralelo al beneficio. Ya corrían historias de bandas de saqueadores haciéndose pasar por comerciantes, y nunca faltaba algún intento desesperado de robar en medio del bullicio.

Mientras Leah repasaba el inventario del Asilo Buffalo –sobre todo el arsenal, las conservas de frijol y arroz, las pocas cajas de antibióticos que se podían ofrecer–, sentía la mezcla incómoda de esperanza y temor. Desde varios meses antes, la estabilidad de Houston había mejorado: las hordas zombis eran diezmadas con facilidad si se las vigilaba, y la formación de alianzas defensivas había reducido el ataque de grupos nómadas. Sin embargo, la política era volátil. El dominio de los líderes– la vieja guardia, forjada en los días más duros de la plaga– era cada vez más cuestionado por jóvenes ambiciosos y por los recién llegados, muchos de los cuales no recordaban la ciudad antes de las murallas y sólo tenían noticias de la brutalidad fuera de los límites "seguros". Leah se había jurado nunca participar en juegos políticos, pero la realidad de Houston no permitía la indiferencia: la supervivencia dependía de la cooperación, de la violencia y, más que nada, del equilibrio entre ambas.

Los preparativos comenzaron con el calor apenas soportable de media mañana. Los vendedores improvisaron sus puestos alrededor de la entrada principal, la mayoría clavando lonas entre contenedores y erigiendo mesas con tablones. Familias enteras llegaban en carretillas, empujando cajas o mochilas, con la prisa silenciosa a la que obliga el temor constante de que la paz se quiebre de repente. El equipo de seguridad, liderado por Malik, un ex-oficial que había llegado hace sólo dos años pero era respetado como un tempano de acero, repartía rondines y controlaba minuciosamente la entrada de armas de fuego. Las reglas eran claras: en la feria se permitían cuchillos y pistolas bajo la ropa, pero nada de rifles o escopetas cargadas. A la mínima sospecha de peligro, se activaba el silbato y la milicia interna cerraba el círculo, lista para abrir fuego si era necesario.

Leah odiaba esa parte de la jornada. Recordaba el primer brote, cuando los zombis eran la mayor amenaza. Ahora, en la feria, temía más a los humanos; sabían pensar, planear, esperar. Eran impredecibles y desesperados, capaces de traicionar una tregua por una simple bolsa de antibióticos.

Entre los comerciantes había caras conocidas. Felipe, el mecánico mexicano que fabricaba pequeños generadores con piezas de coches olvidados, traía uno en perfecto estado. La joven pareja de Kingwood ofrecía canastas de albahaca, tomates verdes y calabazas, cosechadas con agua interceptada de lluvia y filtrada en bidones. El grupo de los McIntyre, curtidos de sol y polvo, arrastraba bultos de harina y cuerda de cáñamo, indispensables para la próxima siembra. Las semillas nuevas eran el oro. Leah sentía cómo su estómago se encogía al pensar en el fracaso: si algún tarde llegaba una plaga de hongos o se perdía la cosecha, sólo quedaría la hambruna y la desesperación.

Mientras revisaba las primeras negociaciones, Leah notó la llegada de un grupo nuevo. Eran tres, dos hombres, una mujer. Iban armados, pero obedecieron el protocolo de seguridad, entregando rifles y mostrando la munición en una caja aparte. Venían desde lo que alguna vez fue Pearland, ahora llamado Cuenca Sur, donde corrían rumores de un brote reciente tras una pelea entre dos facciones rivales. Hablaron con acento raro, una cadencia de frontera mezclada con hispano, y mostraron algo inusual: un juego de libros técnicos bien preservados– manuales de generación hidroeléctrica y mantenimiento de turbinas.

Leah sintió un nudo en la garganta. Aquellos libros valían una fortuna, y podían significar la diferencia entre otra temporada de apagones o el restablecimiento de una línea eléctrica confiable entre Buffalo y los campamentos cercanos. Ella sabía que no podía negociar sola, así que fue en busca de Corbin, el actual portavoz del consejo y un hombre que inspiraba tanto respeto como desconfianza. Hablar con Corbin era perderse en una red de intereses cruzados, pero él tenía el don de girar una negociación a favor del Asilo sin que apenas lo notaran los forasteros.

"Nos están pidiendo más de tres cajas de penicilina y el generador", explicó Leah en voz baja, mientras acompañaba a Corbin entre los puestos atestados de gente. "Podríamos quedarnos sin medicinas para dos meses."

Corbin la miró con sus ojos azul-gris, secos como la sal. "La electricidad nos puede permitir producir nuestros propios fármacos, Leah. Es un riesgo, sí, pero más riesgoso es quedarse estancados mientras otros asentamientos avanzan."

Eso era el dilema de los últimos años, pensó Leah. Arriesgarlo todo por progresar, sin saber qué acecha a la vuelta de cada intento. Jugar a la civilización en un mundo que castiga la esperanza.

El trato se cerró antes del mediodía. Los visitantes de la Cuenca Sur partieron con el generador y las medicinas bien guardadas en su carreta, y dejaron los manuales y un reluciente cuchillo de acero templado, obsequio de agradecimiento. Pronto la noticia se esparció entre los asistentes: Buffalo pronto sería capaz de iluminar su núcleo habitacional y operar más allá de las antorchas y lámparas de aceite. La emoción era palpable, pero también la inquietud: un asentamiento con acceso a luz eléctrica sería, sin duda, un objetivo para bandas saqueadoras o para grupos de exiliados resentidos.

A eso de la una de la tarde, el tránsito de personas aumentó. Varios puestos ofrecían jabones, mantas, clavos forjados a mano, herramientas agrícolas, hasta media docena de pollitos vivos. Los niños correteaban en pequeños grupos, rodeados por un cordón de madres y tías con ojos afilados al menor atisbo de peligro. Por momentos, la vida parecía casi normal, como un festival raído por el hambre pero animado por la esperanza.

Pero nada era simple. Hubo un altercado cerca de la entrada cuando dos hombres discutieron acaloradamente cambalacheando una caja de conservas por un revólver de seis tiros. Leah intervino antes de que la pelea escalara. Su presencia, silenciosa pero autoritaria, bastó para que ambos retrocedieran: "Aquí dentro todos seguimos vivos porque confiamos más en la palabra que en la fuerza. No olviden por qué la barrera existe hacia afuera, no entre nosotros".

Sin embargo, la tensión no desaparecía. Sabían que, fuera de las murallas, los viejos peligros aguardaban. Poco después del altercado, alguien gritó: "¡Movimiento cerca del canal!". Tres vigías corrieron a apostarse en la esquina sur, donde el Bayou Buffalo serpenteaba aún entre montones de escombros y vegetación desbordada. Leah se unió a ellos. Con los prismáticos, divisó dos figuras en la sombra de una gasolinera semiderruida. Eran zombis, lentos y desarticulados, apenas reconocibles como antiguas personas. Ya no constituían una amenaza importante, pero lo simbólico era real: la plaga seguía ahí, recordando que la línea entre la paz y el desastre era frágil como las tablas de una ventana mal clavada.

Leah autorizó que uno de los tiradores los abatiera desde la distancia. El disparo retumbó sobre el asfalto y luego el silencio. La feria prosiguió, pero la sensación de vulnerabilidad era palpable. De vez en cuando, el viento traía el olor a descomposición y moho. Nadie lo comentaba, pero todos lo sentían.

Esa tarde, cuando los visitantes se retiraron, Corbin reunió a los líderes del Asilo. Las noticias eran buenas: no había habido incidentes graves, los intercambios habían fortalecido la relación con dos campamentos del sur– uno en lo que fue Pasadena y otro cerca de Westbury– y las provisiones alcanzaban para toda una estación siempre y cuando la cosecha de ese año fuera exitosa. Sin embargo, la preocupación de fondo era otra.

"Ahora que Buffalo tendrá luz, seremos faro y objetivo", dijo Corbin, mientras el sol caía detrás de la silueta de la refinería. "Habrá que reforzar la seguridad, aumentar la vigilancia en los turnos de noche, y evitar que la noticia atraiga oportunistas. Pero también es nuestra oportunidad de crear algo más que sólo supervivencia. Es hora de pensar qué significa reconstruir, no sólo resistir".

Las palabras resonaron en Leah, y mientras se retiraba hacia su pequeño rincón del búnker, encendió su linterna de manivela y repasó los manuales recién adquiridos. Imaginó, por un instante, una pequeña línea de luz eléctrica titilando sobre la calle, iluminando los cuentos de los niños, los libros de la nueva escuela, los rostros de los ancianos que sobrevivieron para recordar lo que era Houston antes del gran apagón. Pese al miedo y la inestabilidad, la reconstrucción ya había comenzado, frágil pero más real que nunca.

El futuro era incierto, pero bajo aquel cielo estrellado, Leah supo que la esperanza sobreviviría, mientras hubiera personas dispuestas a apostar por algo más que la mera existencia. En el Asilo Buffalo, al menos por esa noche, Houston volvía a respirar.

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