Fragmento:
Ahora, sin embargo, la vida se reduce a la supervivencia. El sonido más común no es el de coches ni gente en la calle. El silencio rige las mañanas, roto solo por el aullido lejano de un perro suelto (poca vida queda todavía en las zonas abiertas), o los golpes secos y esporádicos del martillo que clava paneles de madera para reforzar puertas.
Duración: 09:36
19 de diciembre de 2020
El cielo sobre Houston es de un gris helado que nunca había sentido tan hostil ni tan vasto, mientras las torres del centro se levantan como titanes sin alma entre bancos de neblina. El frío cala los huesos, especialmente al caer la noche, y ahora mismo, cuando el sol se asoma apenas tras el horizonte y baña la ciudad con una luz pálida, todo parece congelado en un instante eterno. Es diciembre, y para los habitantes del Refugio Parque MacGregor, el segundo invierno después del colapso se siente como el primero.
No queda mucho de la Houston que todos conocían. Las avenidas más grandes están bloqueadas, llenas de coches oxidados y autobuses volcados. En el denso aire matutino flota la pestilencia de millones de cuerpos, la mayoría de ellos amontonados en las zonas donde las hordas lograron encerrar y exterminar a los desafortunados que no consiguieron huir. El recuerdo de las primeras noches —esos días de mayo aterradores, cuando la ciudad rugía de pánico y sirenas, y las luces todavía titilaban en la ruta 610— es casi un sueño: la vida antes de la caída.
Ahora, sin embargo, la vida se reduce a la supervivencia. El sonido más común no es el de coches ni gente en la calle. El silencio rige las mañanas, roto solo por el aullido lejano de un perro suelto (poca vida queda todavía en las zonas abiertas), o los golpes secos y esporádicos del martillo que clava paneles de madera para reforzar puertas.
El refugio del que Beatriz es parte se formó en la vieja escuela secundaria MacGregor, cuyas aulas, otrora rebosantes de risas de adolescentes, son hoy dormitorios fríos y oscuros. Nadie duerme solo: el calor corporal, ahora, es un bien tan valioso como el agua potable. A estas alturas, la enfermedad no es un mero mito: la fiebre, la agresividad súbita y el colapso nervioso siguen siendo condenas de muerte. Por eso, los turnos de vigía no ceden nunca.
Beatriz se levanta apenas canta un gallo lejano, —¿existe en Houston algún gallo real, piensa— extrañamente agradecida de que hay alguien que aún mantiene animales vivos al otro lado de la autopista. Se viste con su chaqueta motera raída y se dirige, sin mirar atrás, hacia lo que han dado en llamar "el salón común": una cafetería improvisada donde hay agua hervida y algunos restos de alimentos. Sabe que el desayuno consistirá en lentejas al agua o arroz inflado medio rancio, tal vez algún trozo de carne seca. Pero nunca se queja.
Ya no es tiempo para sentir nostalgia o lástima.
Hace meses que nadie del refugio ha intentado cruzar el centro. Los relatos más recientes confirman que la mayoría de las avenidas importantes están infestadas, repletas de zombis, muchos ya congelados y rígidos, raíces de piel grisácea incrustadas en la escarcha y sobre el asfalto. El frío parece ralentizarlos, pero no los elimina. Por eso las patrullas, lideradas cada mañana por el estoico Malcolm y su pareja, Luz, solo se aventuran en grupos de tres o cuatro. El objetivo de hoy es el mismo de siempre: buscar medicinas y velas, algo de comida en las despensas abandonadas de los suburbios de Third Ward, y evitar tanto a los zombis como a los grupos violentos.
El miedo a los humanos ha igualado al miedo a los muertos.
El grupo de Beatriz está compuesto por cuatro personas. Ella, propietaria de un coraje silencioso que la hace indispensable para las incursiones; Darnell, un antiguo paramédico que se ha convertido en el médico improvisado del refugio; Carla, una mujer menuda y práctica que tiene la habilidad inquietante de encontrar útil hasta el clavo más oxidado; y un nuevo chico, un chicano de no más de veinte años de nombre Julián que aprendió a sobrevivir en los tejados del centro.
La voz de Malcolm retumba al asignar las tareas:
—Hoy nadie se separa. En cuanto escuchen cualquier cosa, luche o corra según indique yo. ¿Entendido? —Tras la aprobación de todos, se monta rápido el equipo: martillos, cuchillos largos, dos pistolas con cuatro balas cada una... Nada de fuegos artificiales. Las balas que quedan son más importantes que el oro.
El grupo sale del refugio agazapado y cruza la hierba seca del parque hacia las vías del tren, el camino más seguro al otro lado del distrito. El peligro radica no solo en los zombis, sino en las bandas: grupos de gente desesperada y armada que deambulan para robar, matar o simplemente sobrevivir un día más.
Los edificios devastados por los incendios y las explosiones durante los primeros meses llaman la atención a cada paso. La escuela St. Mary's, convertida en ruina carbonizada, es imán constante de recuerdos. Beatriz intenta no mirar: fue allí donde perdió a su primer grupo, la familia con la que pensaba morir de anciana.
La caminata es silenciosa. Solo el rumor de las botas sobre la grava y el chirrido del viento entre los neumáticos oxidados los acompaña. Afuera de un supermercado Fiesta malogrado, encuentran tres cuerpos congelados en los carritos, encorvados sobre latas de sopa que nunca abrieron. No los tocan.
El botín es magro: cuatro latas de atún todavía cerradas, un paquete de harina que pasó inadvertido, tres cajas pequeñas de medicinas para resfriado. Darnell levanta una ampolla de antibióticos y sonríe, sonrisa breve pero sincera. La victoria hoy es inmensa.
De regreso, el peligro se materializa. Un zombi, semiatrincherado bajo la sombra de un poste, se activa al percibir el calor de los cuerpos. Carla actúa con rapidez y le rompe el cráneo de dos golpes secos. La sangre oscura salpica la nieve sucia y el grupo casi no se inmuta. A estas alturas, la reacción es automática.
Regresan al refugio justo antes de que la tarde descienda con su manto gris. En cuanto cruzan la barrera principal —una improvisación de escritorios, autos volcados y troncos de árboles—, los recibe el murmullo de decenas de voces. Los niños juegan, aún, aunque la guerra les ha robado la risa fácil. Los adultos los miran con una mezcla de ternura resignada y temor al futuro.
Esta noche, los encargados de la cocina preparan el botín del día con gran ceremonia. El humo de la fogata sale por una ventana rota del gimnasio y perfuma el aire. Beatriz se sienta junto a Darnell, mirando el resplandor anaranjado contra el frío azul, y piensa —por primera vez en mucho tiempo— en algo parecido a la esperanza.
Los sobrevivientes se agrupan para la cena, como un solo corazón trémulo. Una anciana reza en voz baja, palabra tras palabra pegadas al suelo. Algunos lloran en silencio. Otros fingen no escuchar. La comida, escasa y sagrada, se comparte en boles de plástico multicolor. El sabor de las lentejas y la carne seca es más memoria que alimento, pero todos comprenden que mantenerse unidos lo es todo.
Tras la cena, Malcolm reúne a los líderes de las patrullas y de otros pequeños grupos, ahora dispersos en aulas adyacentes. El frío obliga al apretujamiento y a la franqueza.
—En las últimas semanas hemos visto menos zombis en movimiento —dice Malcolm con voz firme—. Pero los humanos desesperados son peores. Hoy alguien intentó entrar por el ala este. No era uno de los nuestros. Sabía lo que buscaba.
Darnell interviene.
—Cada vez hay más huellas en el barro. Gente armada, jóvenes, ni siquiera intentan dialogar. Si no fuera por los generadores y la radio, ya habrían tomado esto por asalto.
En efecto, la electricidad aquí es saqueada con sumo cuidado desde unas baterías solares rescatadas milagrosamente hace meses. La radio, montada sobre una vieja consola de DJ y un equipo de walkie-talkies, es el cordón umbilical con el exterior. Es la última esperanza: la promesa de que, en algún otro lugar, otros luchan también.
Malcolm reparte turnos de guardia y pide silencio absoluto tras medianoche. Cualquier luz, cualquier ruido, atrae la atención —de muertos y de vivos.
Cuando la reunión termina, Beatriz sale al patio para tomar aire. El hielo cubre el cemento y el vaho le tiñe los labios. Desde aquí escucha, en la distancia, los ecos de disparos, lejos, tal vez en el centro, cerca de Buffalo Bayou. Las luces de la ciudad —lo poco que queda de ellas— apenas titilan, como si la propia Houston respirara a duras penas.
El cielo, cargado de nubes bajas y ceniza, arroja copos de nieve espaciados. No es lo habitual, pero este invierno es distinto: Houston se ha cubierto de una escarcha que paraliza aun los pesares. Beatriz recuerda cuando la ciudad vibraba de calor, de música, de bocinas en los atascos. Los partidos de los Astros hasta la madrugada. Ahora, la ciudad es una cáscara desierta.
Aun así, bajo la amenaza, algo se mantiene vivo.
En la noche, Beatriz regresa a su aula, se arropa con el escaso calor de los suyos y duerme, soñando con un Houston verde y cálido, con la promesa de una primavera aún lejana. Afuera, el mundo gime y chirría, pero el refugio —pequeño, maltrecho, frágil— resiste. Si sobreviven juntos el invierno, quizás todo el dolor haya valido la pena.
Porque en los tiempos del fin, la esperanza es el bien más raro y precioso —y este invierno, bajo las ruinas de Houston, parecen tener un poco de ella.
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