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Portada del relato La ciudad tras los muros
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Fragmento:


Houston llevaba dos años transformándose. Cuando cayeron las grandes urbes a mediados del 2020, su forma extensa y desigual, tejida por avenidas anchas y suburbios interminables, favoreció una fragmentación ordenada pero no menos aterradora. De las alturas relucientes del Downtown no quedaba más que una silueta desmoronada, sus ascensores oxidados sellados como tumbas, y el vaivén de figuras famélicas entre los escombros. Por fuera, la periferia había levantado muros hechos de todo lo imaginable: bloques de coches inutilizados, oficinas de contenedores soldados y toneladas de escombros apilados al estilo medieval. No eran impenetrables, pero lo suficientemente intimidantes como para disuadir a grupos pequeños de saqueadores o zombis errantes.

Duración: 13:41

La ciudad tras los muros
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Texto de ajuste de pausa.

21 de diciembre de 2022

El aire estaba impregnado de ese seco olor a madera quemada y gasolina vieja, una mezcla que en otro tiempo se habría sentido como el preludio de una barbacoa improvisada en el patio trasero. Ahora solo significaba una cosa: alguien había encendido fuego para ahuyentar los zombis o, peor aún, para hacer señales a los nómadas.

Houston llevaba dos años transformándose. Cuando cayeron las grandes urbes a mediados del 2020, su forma extensa y desigual, tejida por avenidas anchas y suburbios interminables, favoreció una fragmentación ordenada pero no menos aterradora. De las alturas relucientes del Downtown no quedaba más que una silueta desmoronada, sus ascensores oxidados sellados como tumbas, y el vaivén de figuras famélicas entre los escombros. Por fuera, la periferia había levantado muros hechos de todo lo imaginable: bloques de coches inutilizados, oficinas de contenedores soldados y toneladas de escombros apilados al estilo medieval. No eran impenetrables, pero lo suficientemente intimidantes como para disuadir a grupos pequeños de saqueadores o zombis errantes.

La Colonia Heights, como empezaron a llamarla los supervivientes refugiados en la zona de Garden Oaks y Oak Forest, se habría reído de ese nombre mundano unos años atrás. Ahora, ninguna denominación era demasiado pretenciosa si ofrecía la ilusión de orden.

Jacqueline cerró el pesado portón metálico del puesto sur, empujando como hacía cada noche hasta que sintió el crujido de las cadenas y escuchó el seguro encajarse brutalmente. Era una costumbre solitaria; la mayoría prefería quedarse lejos de la entrada en cuanto anochecía, sobre todo cuando el frío entumecía los dedos y dificultaba manipular las armas improvisadas. Pero Jacqueline, con sus veintisiete años, manos toscas de ingeniera y el rostro marcado por una cicatriz vieja, había encontrado en la rutina de cierre su propio refugio contra los pensamientos obsesivos. Cuando Houston estaba infestada y los gritos llenaban cada noche, ella era de las pocas que aún podía dormir con el portón abierto y el rugido de los infectados de fondo.

Mientras apagaba la lámpara de queroseno, escuchó un leve crujido sobre el metal oxidado, algo moviéndose arriba, en el tejado improvisado hecho con trozos de valla publicitaria de una tienda de colchones. Jacqueline silbó dos veces; el sonido viajó a lo largo de la muralla, rebotó en las láminas y diluyó su eco en la noche callada.

—Todo despejado —respondió una voz joven desde arriba.

Luis, de dieciséis años, no tenía la costumbre de hablar mucho, pero era un vigía eficiente. Nadie, ni siquiera la nueva administración de la colonia, cuestionaba su habilidad para distinguir un zombi de un humano a doscientos metros y adivinar hacia dónde mirarían las hordas a partir del cambio súbito en la dirección del viento.

—Hora de hacer el relevo —gruñó Jacqueline, ascendiendo la escalera de madera sin perder de vista la silueta de la ciudad.

Desde la plataforma, Houston parecía una mancha de brasas frías: más allá de las fronteras, solo ocasionalmente se divisaban fogatas, chispazos desperdigados por gente tan desesperada como ellos, o más imprudente aún. Por el este, el terreno se abría hacia los antiguos barrios de Fifth Ward y Denver Harbor, ahora campos abiertos recorridos por ciervos y manadas de zombis. La naturaleza reclamando lo que fue suyo, pensó Jacqueline.

—¿Oíste los disparos en la autopista? —preguntó Luis sin apartar la mirada de los prismáticos.

—Ayer —respondió—. Era la caravana de los Corderos, la que recoge chatarra cerca de Greenspoint. Los Emboscados les robaron parte de la carga y se llevaron a dos chicos.

Luis apretó los labios, el ceño fruncido con una madurez precoz.

—¿Crees que sobrevivieron?

Jacqueline lo miró en silencio. No había espacio para mentiras piadosas; todos sabían la verdad. Fuera de los muros, la supervivencia era azar puro.

Descendió para reunirse con los demás en el salón principal, un antiguo gimnasio escolar donde el suelo acolchonado había cedido a la mugre y las manchas de humedad. En el centro, la comunidad se arremolinaba en torno a fogones de arcilla y hornillas reconstruidas con piezas de microondas y bidones de gasolina. Familias enteras compartían ollas de estofado hecho con lo que hubiera, mientras vigilaban a los extraños con recelo. Nadie comía sin antes intercambiar miradas, un ritual de desconfianza aprendido a base de traiciones.

Más allá del bullicio, Sara, la médica del grupo, atendía a un niño con una venda en el brazo hinchado. Cada día, dos o tres heridas pequeñas podían decidir el destino de una vida: antibióticos eran un lujo extremo, las infecciones mataban más rápido que las mordidas de un zombi.

—¿Cómo está? —preguntó Jacqueline, sentándose sobre un banquillo improvisado.

—Fiebre —murmuró Sara—, le limpié la herida, pero necesitaremos penicilina si mañana sigue igual. Ya nos queda solo un blister.

Jacqueline frunció el ceño. Cada compartimiento del botiquín se contaba como oro. El debate eterno en la comunidad entre guardarlo para una emergencia aún mayor o salvar a quienes aportaban mano de obra permanecía. Era la cruda selección que el fin del mundo les había impuesto.

En la mesa del fondo, los líderes de la Colonia discutían en voz baja. Ramírez, antiguo sargento del condado de Harris, tenía la voz más grave; los otros murmuraban, asintiendo entre mordiscos de pan seco. Jacqueline sabía que estaban preocupados por el suministro, pero también por las noticias: hace dos días había llegado una caravana de los Allman, un asentamiento asentado en Pasadena, trayendo malas nuevas. Grupos nómadas se estaban organizando en bandas armadas, saqueaban reservas de grano y secuestraban gente para obligarla a trabajar en cultivos bajo vigilancia. El colapso del orden no había traído únicamente hordas de zombis; trayendo consigo un regreso brutal a la barbarie, con cadenas y látigos.

Afuera, la lluvia golpeó el techo herrumbroso, convirtiendo los charcos en barro espeso que llenaba la noche de un olor terroso. Una vieja camioneta, traqueteando, se detuvo frente al portón sur. Jacqueline se puso en guardia, empuñando la vieja Benelli M4 que había rescatado del fondo de una armería saqueada mucho tiempo atrás.

La silueta de una mujer, encapuchada y nerviosa, bajó del asiento del copiloto mientras otra figura cubría la parte trasera con un machete. Para sorpresa de todos, ninguna llevaba el rostro cubierto de mugre o la mirada vacía de los saqueadores.

—¡Alta! —gritó Luis desde arriba, ya apuntando su carabina hacia la figura.

La mujer levantó las manos con cautela y una voz clara, pero temblorosa, se elevó por encima del portón.

—No buscamos pelea. Venimos del Canal, huimos de los Hicks. Tenemos medicinas, podemos intercambiar.

“Del Canal” era la forma abreviada que utilizaban para describir a los grupos que habitaban cerca del Buffalo Bayou, donde antes corrían las aguas y ahora sólo pululaban cadáveres atrapados en alambradas y troncos varados. Los Hicks, conocidos esclavistas, habían tomado la zona hace meses. Si los recién llegados habían logrado salir de allí, merecían el beneficio de la duda.

Ramírez y sus hombres abrieron a regañadientes el portón. La mujer sacó de una bolsa varios frascos de penicilina, un paquete de vendas estériles y toallas individuales. A cambio, pidió comida y protección, aunque solo fuera por una semana.

—Mi hija… tiene ocho años —explicó la mujer, señalando atrás a una niña rubicunda, con los ojos oscuros como el asfalto mojado—. Sobrevivimos con el grupo, pero ya… ya no quedaba nada.

En la mesa, la comunidad sopesó rápido la decisión. Ceder comida era riesgoso, pero la medicina era aún más valiosa. Sara tomó de inmediato la penicilina y atendió al niño enfermo. La balanza se inclinó.

Aquella noche, mientras afuera se cerraban los portones y los cementerios improvisados esperaban bajo la garúa, Jacqueline se permitió un sorbo del licor clandestino de Alex, el destilador voluntario. Su sabor agrio y potente le abrasó la garganta y por un segundo fue fácil imaginar un mundo menos roto. Recordó a su hermano, muerto en una emboscada el año anterior, y a sus padres, que nunca salieron del barrio Heights cuando cayó el hospital memorial. Los rostros iban difuminándose con el paso de los inviernos, pero quedaba la promesa de que algo sobrevivía en esos días duros.

Más tarde, cuando el sueño era imposible y las voces callaban, Jacqueline caminó por los pasillos del improvisado refugio. Oyó los cuchicheos breves de los centinelas, el ronquido apagado de los niños, el pulso tenue de una radio. En la frecuencia militar, la Oficina Houston transmitía un mensaje corto, repetitivo, casi borrado por la estática.

—Asentamiento seguro. Áreas fortificadas en Heights, Memorial y Sugar Land. Comunidades aliadas, envíen código si precisan ayuda. No confíen en extraños. Los Hicks no deben entrar…

La señal se perdía en zumbidos y chasquidos. “Los Hicks no deben entrar.” La amenaza y el lema de resistencia. La señal se había vuelto la oración nocturna de miles de desperdigados por el área metropolitana de Houston.

Con el alba, los vigías vieron volutas de humo hacia el este. Jacqueline las estudió con los prismáticos: sólo un pequeño grupo de figuras famélicas, tal vez otra caravana desplazándose entre los suburbios semiabandonados. Una de las figuras levantó la mano en señal de saludo, sin dejar de caminar. Era la rutina; nunca te acercabas, ni pedías ayuda, salvo que no tuvieras opción.

Esa mañana, Ramírez reunió al grupo principal en la vieja cafetería escolar para repartir tareas. Los cultivos urbanos apenas sobrevivían al invierno; las reservas no llegarían a febrero sin algún golpe de suerte. El plan era arriesgar un grupo de recolecta hasta un almacén de medicamentos al sur del Loop 610, una misión suicida a menos que la mitad de los zombis se hubieran congelado en las últimas heladas, como a veces ocurría en los peores inviernos tejanos.

—Si no salimos, morimos de hambre. —dijo Ramírez—. Si salimos, morimos en manos de zombis o bandidos. Nadie dijo que sería fácil.

Jacqueline levantó la mano. Durante meses, había dirigido patrullas pequeñas por los pasillos de los supermercados en ruinas, donde a veces encontraba más cadáveres humanos que zombis. Sabía leer el aire, adivinar las intenciones detrás de los ventanales rotos de los centros comerciales y discernir si los charcos de sangre en los garajes eran recientes o muy antiguos.

—Iré —dijo—. Pero sólo si me acompaña Luis.

Un murmullo de aprobación corrió entre los refugiados. Nadie se sentía a salvo en esas expediciones, y menos aún después de perder a un grupo completo en la primavera anterior.

Avanzaron entre calles despobladas, sorteando coches abandonados y barricadas caídas. El sol, pálido entre nubes grises, no calentaba lo suficiente para derretir la escarcha en los parabrisas. La ciudad parecía hecha de fotografías desteñidas, cada intersección marcada por grafitis que advertían sobre peligros (muertos adentro, saqueadores al norte, zona limpia al sur). Jacqueline y Luis se movían rápido, sabiendo que el sigilo era la única ventaja. En una esquina, encontraron el cuerpo congelado de una mujer vestida con los harapos de los Allman. Giraron sin mirar atrás.

Cuando llegaron al almacén, notaron primero el olor. No a muerte reciente, sino a décadas de polvo y humedad, a medicamentos con la fecha vencida pero igual de valiosos en aquel mundo. Fueron cautos al entrar, machete en mano, disparos reservados solo para emergencias.

Una sombra se arrastró entre las estanterías. Luis disparó sin vacilar, el eco retumbó en la nave casi vacía. Un solo zombi, tan lento que parecía más una estatua que una amenaza real. Quizá en otro tiempo habría dado miedo; ahora, era el recordatorio deslucido de que los peligros humanos eran mucho peores.

Cargaron todo lo posible en dos mochilas: vendas, antisépticos, un puñado de tablets que Sara podría, quizás, convertir en una fuente de baterías.

En el regreso, al cruzar North Shepherd Drive, se detuvieron tras una malla rasgada. Al otro lado, una horda de zombis, tal vez cincuenta, se apiñaba contra la cerca, mirando sin ver, incapaces de reaccionar al frío que ya había comenzado a congelar sus manos. Jacqueline sintió una ráfaga de esperanza, la que se cuela en el estómago de quien entiende que el invierno este año sería más que un enemigo: sería también su salvación.

Esa noche, al volver por el portón y cruzar los controles de las milicias improvisadas, Jacqueline sonrió cansada y orgullosa. Habían sobrevivido un día más. En el gran salón, la niña rubia del Canal reía agarrada de la pierna de su madre; el niño enfermo respiraba mejor. Un círculo de adultos compartía pan y sueños, hilvanando historias del viejo Houston como quien cuenta una leyenda lejana.

Afuera, en la penumbra tejana, la ciudad resistía. Lo que antes fue Houston seguía habitado por quienes no podían rendirse. Bajo los muros ensamblados a la carrera, en medio de la lluvia y el olor inconfundible del invierno, los supervivientes tejían cada noche el hilo invisible de una nueva esperanza.

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