Fragmento:
Bayou era más que un asentamiento: era la esperanza hecha adobe y acero corrugado. Cerca de ochocientas almas vivían entre los límites del estadio BBVA y el río Buffalo Bayou, defendidos por barricadas de contenedores y alambradas. Lograrlo no había sido sencillo. Los primeros tres años fueron una carnicería; la mitad de los sobrevivientes no soportaron los asedios de las hordas ni la ofensiva constante de grupos errantes de forasteros armados. Ahora, la ciudad era menos mortífera —no porque la amenaza hubiera desaparecido, sino porque la mayor parte de los zombis apenas podían arrastrarse, sus cuerpos retorcidos y lisiados por el paso del tiempo, su carne en descomposición resistida por el puño inquebrantable de la plaga.
Duración: 10:43
17 de noviembre de 2026
El aire era pesado, con ese tufo a humedad y petróleo que, en otros tiempos, Houston solía considerar parte de su identidad. Desde hacía seis años, pocas cosas quedaban del antiguo orgullo tejano, salvo las cicatrices del desastre y las historias susurradas en círculos de fogata. El otoño vestía la ciudad con un frescor insólito, y entre los esqueletos oxidados del downtown, la vida volvía a abrirse paso, aunque cautelosa.
A sus cuarenta y dos años, Amira Guzmán se había convertido en algo que nunca habría sospechado: comandante de la Guardia de Bayou, el asentamiento fortificado más grande de la antigua ciudad. Atrás quedaban los días en que organizar eventos en el Houston Natural Science Museum era su mayor reto logístico. Ahora contaba cabezas, balas y placas de acero, administraba plantíos fortificados en campos de fútbol y negociaba rutas seguras con milicianos que portaban emblemas confeccionados con remaches y parches de camiseta.
Bayou era más que un asentamiento: era la esperanza hecha adobe y acero corrugado. Cerca de ochocientas almas vivían entre los límites del estadio BBVA y el río Buffalo Bayou, defendidos por barricadas de contenedores y alambradas. Lograrlo no había sido sencillo. Los primeros tres años fueron una carnicería; la mitad de los sobrevivientes no soportaron los asedios de las hordas ni la ofensiva constante de grupos errantes de forasteros armados. Ahora, la ciudad era menos mortífera —no porque la amenaza hubiera desaparecido, sino porque la mayor parte de los zombis apenas podían arrastrarse, sus cuerpos retorcidos y lisiados por el paso del tiempo, su carne en descomposición resistida por el puño inquebrantable de la plaga.
Un eco de disparos retumbó, lejano pero reconocible. Amira alzó la vista desde la torre de vigilancia hecha con restos de grúas y paneles solares. Besó la radio militar que colgaba de su cinturón, encendió el canal de alerta y pronunció el código.
—Sombra, aquí Gavilán. ¿Situación en el sector norte?
Un segundo de silencio, luego la voz del joven Adiel Hernández, temblorosa pero firme.
—Vimos movimiento cerca del puente I-45. Eran tres, tal vez cuatro. Muertos, sin duda; ninguno humano se mueve así de roto.
—Informen si se acerca algún grupo nuevo. Recojan y regresen antes del cambio. —Cortó la transmisión, fingiendo serenidad.
La vigilancia de los canales y puentes era rutina. El centro de Houston seguía infestándose de vez en cuando, sobre todo cuando explotaban viejos depósitos o el viento arrastraba olores a carne fresca. Los enemigos más temibles, sin embargo, no siempre eran los reanimados. La Guardia lo aprendió en carne propia el último verano, cuando los Merodeadores del Este tomaron por asalto la planta de agua cerca de Pasadena, dejando la ciudad sin abastecimiento durante dos semanas hasta que fueron repelidos con ayuda de los asentamientos aliados de Katy y Sugar Land.
Ahora, cualquier noticia de movimiento por el norte activaba una cadena automática de preparativos. Bayou, robustecida por años de ataques, operaba como una ciudad postrada pero viva: patrullas recargaban munición que fabricaban en su taller principal —munición escasa, mala, pero muchas veces suficiente—, vigilantes giraban llaves en los candados de acero y los niños más hábiles corrían con mensajes entre las torres.
Amira descendió de la torre, salpicándose de barro. Se dirigió a lo que antaño fue una cafetería Starbucks, ahora reconvertida en sala de mando. Tres viejos mapas de la ciudad decoraban la pared, cubiertos de anotaciones a mano.
Rashid Thalib, el encargado de logística, repasaba inventarios en una libreta.
—¿Problemas en el norte? —preguntó, sin alzar la cabeza.
Amira asintió.
—Probablemente nada. Algún rezagado. Vigilen la esquina cerca del viaducto, por si llegan nómadas.
Rashid cerró la libreta y la miró de frente.
—Fui a ver a los del sector agrícola. Las alubias van bien, pero la sal escasea más rápido de lo previsto. Los cosechadores de Galveston trajeron algo de pescado seco… pero, bueno, ya sabes: quieren más pólvora a cambio. ¿Qué hacemos?
—Negocia. Incluso si es sólo para no perderlos como convoy. Pero no sueltes más munición hasta contar los barriles del taller.
Rashid tomó nota diligente. Por su parte, Amira revisó la pizarra que registraba la rotación de los turnos. Hoy tocaban relevos en la enfermería y el muro este.
Bayou era puro equilibrio: entre la disciplina férrea y la flexibilidad que permitía adaptarse al caos. Algunos días, como aquel, lo sentía todo frágil, como si unas cuantas balas o una sola horda errante bastaran para desmontar la Nueva Ciudad rusa, a punto de consolidarse, y regresarlos al horror de cuatro años atrás.
Cuando la luz comenzó a ceder, las guardias familiares encendieron los generadores a manivela —sus hijos daban vueltas y vueltas antes del anochecer mientras chillaban canciones viejas— y las plumas de energía marcaron la frontera luminosa entre la esperanza y la muerte. Cualquier cosa fuera del anillo de luz era terreno de monstruos: vivos y muertos.
Un trueno lejano anticipaba lluvia. Amira cruzó la barricada del sur para encontrarse con la patrulla que volvió del I-45. Venían jadeando, cojitrancos, arrastrando una carretilla improvisada con bolsas que chorreaban sangre negruzca de zombi y, encima, un paquete sellado: un bidón azul con el emblema de una serpiente enrollada.
—Lo encontramos en la cabina de un camión abandonado —explicó Adiel, todavía agitado—. Usaron códigos de señales por espejos… son del asentamiento de Cypress Creek. Deben querer negociar.
Amira recogió el bidón, palpando su peso. Agua. Adiel hizo un gesto de advertencia.
—Son buenos, pero el chico que venía con ellos traía un rifle raro e insistía en que no podía quedarse mucho. Habló de saqueadores y de avistamientos de otros grupos, tal vez nómadas, cruzando por el Memorial Park.
Ahora sus prioridades se superponían. Volvió a la torre, desde donde Boston, uno de sus mejores francotiradores, escudriñaba el horizonte.
—Yo tampoco dormiría —le murmuró Boston, sin apartar el ojo de la mira—. No después de la última vez. Si vienen los Merodeadores otra vez, no será sólo por lo poco que tenemos.
La lluvia llegó al fin, lavando la ciudad en un chaparrón desigual. Amira bajó hacia la biblioteca transformada en hospital, donde el viejo pastor dentista, Samuel, se inclinaba sobre una niña cuyo brazo estaba infectado de una mordida antigua —milagrosamente, la enfermedad no siempre contagiaba, pero la fiebre sí era mortal.
La niña deliraba en voz baja sobre un puente cubierto de lámparas y las filas interminables de muertos arrastrándose bajo el murmullo del agua. Samuel hizo todo lo posible con compresas y palabras amables.
—Esta generación no conocerá las escuelas ni las iglesias como antes —susurró el pastor a Amira, al cruzar miradas—. Pero al menos, aquí, pueden soñar.
En la madrugada, un convoy de Cypress Creek llegó; cuatro bestias de tiro tirando de dos tráileres remendados. Sus líderes pidieron hablar directamente con Amira. Los recibió en la sala de mando. Eran hombres curtidos de piel curtida y dientes escasos; trajeron sal, un poco de miel y una caja de medicamentos que, pese a su fecha de caducidad, era puro oro.
—Sabemos de los nómadas —explicó la mujer rubia al mando del convoy—. Hay rumores de que una facción de los viejos Carteles quiere controlar la I-10. Han cruzado por el sur, por Pearland. No son como los Merodeadores. Tienen disciplina, radios, incluso perros adiestrados.
Eso sí era una mala noticia. Controlar los accesos al norte significaba aislar a Bayou del resto del comercio y las alianzas. Houston, ya olvidada por el mundo, no podría soportar otro invierno sin los intercambios de comida y recursos.
—Daremos apoyos —aseguró Amira—. Patrullas y señales. Pero no entregaremos armas directamente, ni pólvora, salvo intercambios estrictos. Si vemos movimientos raros, luces al sur, daremos la alarma.
El acuerdo se selló con un apretón de manos. El convoy quedó una noche para reabastecerse, y por unas horas Bayou bulleó con una energía distinta: los niños preguntaban por historias de otras tierras, las mujeres del convoy enseñaban a reparar monturas, y los forasteros cruzaban anécdotas de mercados, sectas y caravanas atacadas entre San Antonio y Baton Rouge.
Pero toda tregua era frágil como un vidrio bajo el peso del tiempo. Ya en la mañana, disparos estallaron en la zona del viaducto. Dos guardias cayeron, heridos en el hombro o el muslo, pero los nómadas ramplones que intentaron colarse no lograron atravesar la línea. Los cadáveres de los atacantes —no zombis, sino humanos— quedaron tendidos en el asfalto, armas improvisadas aún en la mano, estómagos vacíos como advertencia.
La comunidad desplegó la consigna: proteger los cuerpos hasta que llegaran sus gentes; un acto de decencia robada. Amira no se enorgullecía, pero la mengua en los valores humanos era moneda común fuera de los muros.
Después del amanecer, Bayou volvió a su monotonía tensa. Los cultivos en macetas, la molienda de grano en un viejo molino eólico, la escuela improvisada donde una profesora instruía a una docena de niños con hojas arrancadas de viejos manuales técnicos. El anciano Samuel leía pasajes para enseñar matemáticas mientras los soldados patrullaban cada media hora.
Ese día, Amira reunió a sus oficiales.
—No hay victoria. Solo sobrevida. Las ciudades ya no se recuperarán solas, ni lo harán los humanos. Lo que construimos aquí, con ladrillos rotos, armas caseras y promesas frágiles, es lo único real. Así que hoy, como todos los días, resistiremos.
Por la noche, al anotar el registro de sucesos, pensó en la cantidad de pequeños milagros diarios: una cosecha que no fue arrasada, una fiebre que no mató, un convoy que trajo miel. Nada era seguro, incluso el futuro era una niebla. Pero, en el corazón lluvioso de lo que fue Houston, la esperanza era un fuego que el mundo caído aún no lograba sofocar.
Y si ese fuego sobrevivía, el futuro, por incierto que fuera, aún tendría un nombre y un rostro.
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