15 de noviembre de 2027
Afuera, el aire huele a hierro y humo. Las sombras se alargan sobre los muros de concreto que rodean el sexto anillo, el perímetro interior de Nuevo Houston. Ya no queda mucho de la ciudad que fue; sus rascacielos rotos están ahora tapizados de enredaderas y chatarra, y entre sus avenidas crecen yacen escombros y los huesos blanqueados de otro tiempo. Pero hoy no hay niebla ni sirenas, es el día de la feria, y desde antes de que claree el cielo el bullicio crece, inusual y expectante.
Denny se ajusta el abrigo remendado, siente la aspereza de la tela áspera en el cuello y ajusta el cinturón de herramientas. Dos cuchillos (una hoja delgada y otra ancha), algo de cuerda, la vieja pistola de munición única y los seis cartuchos que guarda como un tesoro. Se pasa la mano por el pelo ondulado, hurgando en los nudos, antes de aplacarlo bajo la gorra.
Hoy, como todos los 15 de noviembre desde hace tres años, se realiza la feria de intercambio del sexto anillo. Y Denny será uno de los encargados de la vigilancia, junto con Tomás y Jada, dos miembros del batallón regular de patrulla.
Al salir del dormitorio, ubicado en lo que antes fue una planta baja de oficinas en el Distrito Médico, observa a un grupo de niños pasar corriendo. Están vestidos con ropas varias tallas más grandes, atadas con cordeles, pero ríen y gritan celebrando la llegada de la feria. Denny sonríe con tristeza. La generación de los nuevos niños—los que apenas recuerdan el mundo de antes—le provoca esa mezcla de esperanza y nostalgia agria.
—¿Listo para otro día de cucos y canallas? —pregunta Tomás, esperando en el umbral con su característica sonrisa socarrona. Lleva el fusil colgado a la espalda, la bayoneta bien afilada.
—¿Alguna vez habrá un año sin sangre? —Denny responde, cruzando los brazos.
Jada, de expresión cincelada y mirada vigilante, hace un gesto refunfuñando:
—Eso lo sabremos si hoy no dejan entrar a Turner y su banda.
Los tres se echan a andar entre los corredores semi-iluminados por bombillas que cuelgan de cables improvisados. En las paredes, viejas pintadas, marcas de balas, anuncios de racionamiento y sectores libres de infección. Se cruzan con otros patrulleros y con algunos comerciantes madrugadores que arrastran carretillas con sacos bulliciosos: arroz seco, latas, herramientas reconstruidas, madera aserrada y los siempre necesarios bidones de agua filtrada.
Han acordado que la feria funcione solo dentro de la zona controlada. Desde hace dos primaveras, el comercio abierto entre los cinco asentamientos que conforman el “Cinturón Greentown” es la diferencia entre vivir cada estación con hambre—y muriendo en el invierno—o tener un margen de esperanza. El trueque de harina de sorgo, herramientas de metal, combustibles, semillas y sobre todo, los raros sobres de antibióticos y vendas.
Al salir hacia la plaza, la luz polvorienta de noviembre les golpea el rostro. El cielo es un tapiz de nubes circulares y se oye el zumbido lejano de alguna rudimentaria generadora eléctrica, que provee corriente a los dispensadores de agua. El sonido de martillos y gritos se superpone, mientras los primeros puestos abren. Muchos llevan enseñas de bandas, clanes y comunidades: la bandera azul de los Agricultores del Oeste, el tablero verde del Comité de Vigilancia, la flor roja de los Cartógrafos. Y, entre todos, el temor.
El documento de la feria deja claro que nadie entra armado al centro de la plaza, y que las disputas solo se resuelven en presencia de un consejo, nunca con sangre desatada. Pero todos llevan armas escondidas.
—Vamos —dice Denny, apretando el paso antes de que la multitud engulla los muros y la vigilancia se torne imposible.
La balanza del miedo
La gente llega de todas partes, muchos a pie, otros en carros reparados, tirados por mulos flacos u hombres rendidos. Se ven caballos, bicicletas oxidadas, incluso un pequeño carro de golf eléctrico que sobrevive a fuerza de piezas rescatadas. Hay ruido, sí, pero también el silencio extraño de la desconfianza: nadie quiere ser el primero en iniciar un altercado, nadie quiere perderlo todo por una pelea trivial.
En el centro de la antigua rotonda de la Avenida Holcombe, las mesas del consejo están dispuestas sobre palés de madera. Tres ancianos y dos adultos vigilan las transacciones y anotan acuerdos en papeles amarillentos, cada uno sellado con marcas inconfundibles de los barrios. Denny mira a los mercaderes con ojos de lince: sabe bien que tras cada sonrisa hay la tensión de un animal acorralado.
Una familia del “Barrio Alto” extiende a sus pies raíces de batata y manojos de cebollas. Una mujer anciana, con la piel curtida y los dedos deformados por el trabajo, negocia media docena de tenazas, hechas a partir de viejas herramientas quirúrgicas. En la esquina de lo que antes era el Texas Children’s Hospital, un grupo de adolescentes monta guardia con lanzas improvisadas y cañas de pescar, evitando que los más pequeños roben semillas.
El arte de la supervivencia
Podrían contarse en decenas las maneras de sobrevivir en el anillo interior, pero la más veloz es la astucia. Denny planea intercambiar un viejo generador de manivela y tres tabletas de antibióticos por una caja de clavos y dos litros de alcohol desinfectante. No es mucho, pero si logra negociar bien quizá logre sumar media arroba de arroz para la enfermería.
—Hoy hay movimiento raro, ¿no creen? —pregunta Jada, que inspecciona los techos entre las columnas derruidas de la calle Main.
Tomás asiente, haciendo un gesto hacia una esquina:
—Vi pasar a un enviado de los Turner… y a dos tipos con brazaletes rojos. Parece que hasta los de Katy bajaron esta vez.
Katy. El asentamiento ferroviario a las afueras, famoso por su dureza y el tráfico de pólvora. Por meses ha habido escaramuzas pequeñas entre integrantes de Katy y saqueadores del Third Ward, y aunque esta feria promete paz, la tensión flota en el aire espeso.
Denny recuerda los relatos de su madre, una sobreviviente de la terrible primavera del 20, cuando los hospitales colapsaron y cada pasillo se volvió un cementerio improvisado. Piensa en lo fácil que es olvidar los horrores—y lo fácil que es repetirlos.
La alarma
A eso de las diez, un estrépito sacude el oeste de la plaza. Un grito:
—¡Quietos, que nadie corra!
Y luego, un disparo seco.
Todos se agachan por reflejo, y Denny saca su vieja pistola, siguiendo a Tomás y Jada hacia el origen del disturbio. En un puesto de garbanzos, un hombre se ha desplomado, herido en la pierna. Su asaltante, un joven de mirada inyectada de desesperación, blande una navaja oxidada mientras rodean los miembros de la milicia de anillo.
El consejo, rápido, improvisa un tribunal sumario: escuchan a testigos, revisan las pertenencias robadas y en minutos proponen su castigo: el muchacho deberá trabajar una temporada en la trinchera sur, reparando muros bajo vigilancia, y un pago de comida de su comunidad cubrirá la deuda del herido. Nadie menciona cárcel ni mutilaciones, ni siquiera la ejecución. No porque no tengan ganas, sino porque cada vida—hasta el más desesperado—es un recurso que no pueden desperdiciar.
La amenaza
El incidente sirve de aviso. El clima se enrarece, y aunque la feria sigue, todos se mueven con mayor cautela. Denny siente los ojos de los forasteros, evalúa amenazas, memoriza caras y rutas de escape.
Al filo del mediodía, Jada le hace una seña.
—Viene uno de los del ferrocarril —murmura.
Lo reconocen de inmediato: es un hombre corpulento, barba negra y una chaqueta cosida con insignias viejas de la milicia texana.
—¿Eres Denny, del sexto anillo? —pregunta, sin perder detalle de las armas que portan los vigilantes legalmente.
—Eso dicen —responde él—. ¿Algún problema en la línea?
—Buscamos pólvora y munición —responde el ferrocarrilero—. A cambio, tenemos herramientas, semillas y dos celdas solares que funcionan. Pero no toleraremos trampas.
—Aquí tampoco toleramos amenazas —replica Jada, y hay un breve choque de miradas antes que el hombre relaje los puños.
—Vamos a la mesa del consejo —propone Tomás, zanjando la tensión.
Mientras caminan, Denny se da cuenta de que el orden tan precario que reina en la feria es en realidad una red de microacuerdos, alimentada por el miedo y el hambre, anudada a punta de pólvora y mutua desconfianza.
La hora del trueque
El intercambio se resuelve con esfuerzo, pese a la desconfianza. Los de Katy entregan una caja de herramientas, media docena de cuchillos y las prometidas celdas. A cambio, reciben tres sacos de pólvora y cartuchos sueltos. Hay apretones de manos, miradas penetrantes, algún amague de sonrisa. Denny agradece que la sangre, hasta ahora, no fluya más de lo debido.
Los clanes y familias alinean las mercancías bajo casetas improvisadas; en uno de los puestos, unos niños intercambian crayones y cuentos infantiles por tiras de carne seca. En otro, una mujer ofrece mantas hechas de retazos a cambio de pilas gastadas. Un “doctor” autoproclamado tiene un tarro de paracetamol a cambio de pesas o vacunas de ganado.
Rumor de muerte
A media tarde, el bullicio se convierte en un murmullo. Algo inquieta a la feria: desde el sur, una columna de humo se eleva sobre el antiguo Reliant Park. El rumor crece:
—Dicen que los del anillo séptimo se acercan.
—Se oyeron disparos en Brays Bayou.
—Un crío vio cuatro podridos—de los lentos pero ruidosos—en la esquina de Main con Kirby.
El miedo que la feria sujeta como alfileres revientan sombríamente de pronto. Denny cruza miradas con Jada y Tomás.
—La alerta, ya.
Los vigías de la torre, que observan desde los restos de una vieja pizzería, hacen sonar la trompeta: dos toques largos, la señal convenida de “horda menor” o peligrosa presencia zombi.
Los mercaderes recogen bandejas y cajas, los niños son arrastrados hacia los refugios, y todos los hombres capaces corren a los puntos designados de la muralla para reforzar las defensas. Los puestos se repliegan en minutos con una rapidez nacida del instinto y la costumbre.
El combate
Denny corre junto a Tomás a una de las brechas al oeste del anillo. Los gritos se mezclan con la algarabía de la feria y el ulular de la alarma. En el horizonte, confirman lo peor: cinco cuerpos tambaleándose, con ropas en harapos, moviéndose con esa lentitud siniestra de los zombis antiguos. Dos adolescentes en la muralla sostienen lanzas improvisadas y frascos de alcohol encendido.
—¡No disparen hasta la orden! —aúlla un jefe de patrulla—. Conservemos munición.
Las criaturas avanzan, ignorando la cerca peligrosa, intentando trepar unas sobre otras. Nadie quiere acercarse. Jada arroja un frasco incendiario que envuelve a dos zombis en llamas, y el olor putrefacto se mezcla con el humo plástico y la ceniza. Denny toma su cuchillo y, resguardado tras escudos improvisados, apuñala el cráneo de uno, haciéndolo caer como un saco húmedo. Los otros tres caen al asedio con piedras y lanzas, hasta que solo quedan cuerpos inertes y el silencio ansioso se apodera de la tarde otra vez.
La vida sigue
La amenaza terminó. Los vigías bajan la trompeta, los mercaderes emergen de los rincones y los niños vuelven a reír, aunque ahora el entusiasmo tiene un matiz de fatiga. La feria resurge coja, pausada.
Al caer el sol, Denny vuelve a la plaza. El consejo reparte certificados de trueque, y algunos aprovechan para anotar las cantidades de arroz, sal o tabaco cambiadas. Los de Katy se marchan con su cargamento, no sin antes prometer volver—y mantener la paz, si nadie les roba entre tanto.
Antes de dormir, Denny mira el cielo. Piensa en los muertos, en la amenaza que ya no es omnipresente pero sí latente, como el filo de una navaja bajo la piel de un mundo nuevo. Ha traído de vuelta el generador y la medicina prometida. Su pequeño dormitorio se llena de voces, risas discretas y una canción que, quizá, es un rudimentario himno a la esperanza.
En la plaza, la hoguera central arde. Niños y adultos se reúnen una vez más después de cada feria para compartir, aunque sea por unas horas, la ilusión de reconstrucción. Houston, mutilada, amurallada y distinta, sigue viva. La humanidad, todavía acosada por monstruos, se aferra a los rituales del comercio, la dignidad efímera de la ley, y los gestos cotidianos de cuidado mutuo.
Mañana volverán el miedo, el trabajo, el hambre y la vigilancia. Pero hoy, la feria ha demostrado, una vez más, que incluso en los días oscuros, el eco de la civilización resuena entre los escombros.
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