Fragmento:
La cosecha del otoño aún estaba verde. El maíz crepitaba al viento, forzando a los pequeños grupos de agricultores a vigilar los campos, por miedo a las hordas rezagadas y a los merodeadores humanos. Había pocos zombis activos en las afueras de Houston: los cadáveres más antiguos se desmoronaban bajo el sol tórrido de Texas o el peso de las tormentas recientes. Pero aún quedaban suficientes para mantenernos alerta, sobre todo con cada grupo que cruzaba desde los templos inundados de Midtown, o con cada noticia de saqueadores armados de los restos de la autopista 610.
Duración: 11:40
27 de septiembre de 2026
El cielo estaba tan gris esa mañana como las aguas estancadas del Buffalo Bayou. Desde la muralla de la escuela reconvertida en bastión, podía verse el reflejo de la fortaleza improvisada, su silueta de tablas gruesas, metal oxidado y bloques de hormigón robados a antiguas obras viales. Ya no había tráfico en los Interstates, ni grúas manipulando rascacielos, ni música en las casas inundables de los suburbios, pero el eco de la ciudad sobrevivía en cada paso de los centinelas al amanecer.
La cosecha del otoño aún estaba verde. El maíz crepitaba al viento, forzando a los pequeños grupos de agricultores a vigilar los campos, por miedo a las hordas rezagadas y a los merodeadores humanos. Había pocos zombis activos en las afueras de Houston: los cadáveres más antiguos se desmoronaban bajo el sol tórrido de Texas o el peso de las tormentas recientes. Pero aún quedaban suficientes para mantenernos alerta, sobre todo con cada grupo que cruzaba desde los templos inundados de Midtown, o con cada noticia de saqueadores armados de los restos de la autopista 610.
La rutina de la mañana comenzó como siempre: el sonido de la campana improvisada —un viejo barril de gasolina colgado frente a la entrada principal. Los adultos salieron al patio central, revisando los listones que sostenían la valla, las barricadas de coches oxidados, y la estructura elevada de la antigua torre de agua que servía de granero y mirador. Yo era uno de los vigilantes más jóvenes, pero la costumbre de revisar la valla principal estaba tan interiorizada que despertaba antes de que mi madre —la jefa de vigilancia— pudiera decir una sola palabra.
Houston siempre había sido diversa y caótica. Ahora, cinco años después de la caída de la comunicación, la caída de las ciudades y la pérdida de todo lo predecible, solo quedábamos los empecinados: familias que una vez se cruzaron en los supermercados de Montrose, obreros latinos de las construcciones, un puñado de médicos de la Houston Methodist, y exmilitares que jamás soñaron con dirigir cultivos en lugar de patrullas.
El campamento estaba amurallado alrededor de la vieja escuela secundaria Heights —o de lo que quedaba de ella. Dos cuadras alrededor convertidas en zona de pastos, cultivos de subsistencia, invernaderos improvisados y establos para los animales salvados de los ranchos vecinos. El antiguo estadio ahora servía de plaza pública: allí discutíamos noticias, trueques, y cualquier enfrentamiento con forasteros. Se sentía a veces como una ciudad medieval, pero con reminiscencias urbanas imposibles de quitar. Los grafitis aún visibles en los corredores, las banderas rotas de equipos escolares, los postes eléctricos secos pero sin cables, y los restos de bicicletas junto a parches de huerta.
El otoño en 2026 era especialmente lluvioso: las tormentas cerraban las salidas al sur, anegaban los barrizales de los canales y colapsaban los puentes improvisados sobre las arterias inundadas de la cuidad. Eso dificultaba las patrullas de comercio: apenas se podía ir al mercado de Independence Heights sin arriesgarse a quedar varado por una crecida súbita o el desmoronamiento repentino de una calle.
Aquella mañana, la noticia corrió como un rayo por los grupos de patrulla: una caravana comercial, de las grandes, se acercaba por la autopista 45. Venían de Spring, decían, cargaban semillas, herramientas restauradas y medicinas canjeadas en Tomball, al norte. El rumor era cierto: las caravanas más organizadas volvían a cruzar cincuenta o cien kilómetros, protegidas por escoltas con arcos, lanzas y, en casos excepcionales, armas de fuego restauradas. Para nosotros, era un acontecimiento epidemiológico y político tan importante como una temporada de lluvias o un brote zombi.
La primera patrullera los avistó cerca de la intersección de Cavalcade. La caravana era una mezcla de carretas tiradas por caballos y dos camionetas remolcando plataformas, rodeadas de jinetes y patrulleros armados con ballestas y rifles oxidados. El recibimiento, por razones obvias, era siempre tenso; nadie confiaba del todo en los extraños, pero el trueque era la sangre del asentamiento después de siete años de aislamiento.
Julián Morales, el líder de la caravana, no era un forastero: creció en el distrito Energy Corridor, y su familia había sobrevivido desde el primer invierno, cuando las aguas del bayou arrastraron los primeros muertos hasta nuestras puertas. "Traigo granos de trigo antiguo, munición del taller de Cypress, y quinina", anunció en el espacio común, mientras la lluvia comenzaba a tamborilear sobre las planchas de zinc que cubrían la plaza.
Kassandra —mi madre— organizó rápido el comité: dos médicos, un mecánico y tres jefes de grupo, para establecer el intercambio. Detrás de ellos, los centinelas montaban guardia en los techos, atentos a cualquier señal. No nos preocupaban tanto los zombis en ese momento: en los últimos meses, la mayoría de las amenazas eran humanas. Dos caravanas habían sido asaltadas cerca de Greenspoint, y se decía que una banda de merodeadores, los Hijos de la Tormenta, había comenzado a extorsionar a los comerciantes y tomar rehenes para trabajos forzados.
El intercambio se realizó bajo la protección de la milicia local. Todo comenzó bien: insumos médicos y semillas a cambio de arroz deshidratado, leña, herramientas forjadas con restos de automóviles, y dos pollos casi adultos, rarísimos en estos años. Pero la tensión era innegable. Los Hijos de la Tormenta, decían los rumores, podían mezclarse en cualquier caravana, fingir ser comerciantes y atacar desde dentro.
A media mañana, mientras la lluvia caía más fuerte y la plaza se convertía en una especie de lodazal, un grupo de niños —yo entre ellos— nos encargamos de llevar lo canjeado hasta el almacén, bajo la mirada nerviosa de nuestros padres. Recuerdo el olor de la quinina y el tacto áspero de los sacos de trigo. Julián me saludó con la dificultad de quien no ha visto crecer a alguien desde la caída del mundo. "Houston era grande", dijo bajando la voz. "Ahora, somos menos de lo que cabía en una escuela. Pero seguimos bautizando a los hijos como si nada hubiera cambiado".
La milicia y los centinelas organizaban turnos dobles. Durante el intercambio, dos disparos sonaron a lo lejos; seguridad reportó un grupo armado acercándose por una de las calles laterales, aprovechando la lluvia para moverse entre ruinas y coches oxidados. La alarma corrió como fuego por los altavoces: la fortaleza se selló, los comerciantes se refugiaron en los pasillos refractados, y los niños —al menos los que no éramos enviados a la barricada— fuimos conducidos al sótano, antiguo refugio antitornados, ahora búnker improvisado con mantas, candiles y armas de mano.
El asedio duró dos horas. Gruñidos, disparos lejanos, el retumbar de armas de fuego improvisadas mezclándose con el trueno. Al atardecer, los centinelas informaron que los asaltantes se habían retirado: uno de sus jinetes cayó muerto bajo las flechas, y varios más desaparecieron entre los matorrales bajos. Se recuperaron dos armas viejas y una bolsa con medicamentos robados de otras caravanas.
Los muertos, afortunadamente, esta vez eran solo enemigos humanos. No siempre era así: cuando caía un miembro de la comunidad, debíamos asegurarnos de la causa, incinerar rápidamente los cuerpos, vigilar que nadie fuera mordido, desgarrado o infectado por restos sanguinolentos. La infección seguía, después de tantos años, activa y sin remedio.
Cuando la lluvia cesó, la plaza era un mural de barro y esperanzas rotas. Julián y su caravana dormían esa noche en el gimnasio sellado, con la milicia dividiendo el sueño en turnos cortos, cada uno prometiendo vigilar a los otros por si había traidores entre los recién llegados. Al amanecer, saldrían hacia el sur, buscando mercados en Pearland o Clear Lake, atravesando campos anegados sin saber si sobrevivirían a la siguiente banda de asaltantes o a la próxima horda zombi.
El trauma de cada uno se notaba en pequeñas acciones: la forma en que dormíamos todos con armas bajo la almohada, el modo en que los niños se aprendían de memoria las rutas de escape, la costumbre de callar ante cualquier noticia de muertes o desapariciones. Era nuestro precio por vivir entre los escombros de lo que una vez fue la cuarta ciudad más grande de los Estados Unidos.
Pero no todo era desesperanza: cada semana, la escuela improvisada funcionaba con los niños aprendiendo a leer y escribir, a sumar y restar, y a reconocer las plagas en los cultivos. Los talleres de reparación de herramientas zumbaban a todas horas. En uno de los pasillos convertidos en dormitorio, una pareja celebraba el nacimiento de una niña; era la hija número trescientos del asentamiento desde el inicio de la reconstrucción. Su nombre, Luz Elena, fue festejado con una sopa de frijoles y risas cautelosas, como si el simple acto de celebrar fuera un desafío al orden del nuevo mundo.
El comercio se intensificó después del asedio. Los propietarios de semillas enviaron cartas —en papel reciclado y tinta hecha de carbón triturado y agua— a la ciudad de Cleveland y a Conroe, informando del nuevo corredor seguro: "Tres centinelas por caravana, toque de queda en las noches de luna nueva, y señales de humo en caso de peligro". Para el día siguiente, varios granjeros propusieron ampliar el muro usando contenedores abandonados del puerto, y se planificó una expedición para buscar material férreo entre los restos de los trenes detenidos cerca de la estación central.
Por la noche, mientras patrullábamos el perímetro, uno de los ancianos contó cómo Houston —con su calor húmedo y su gente renuente a rendirse— había soportado huracanes, inundaciones, pandemias, apagones y guerras de bandas, mucho antes de que los zombis la pusieran de rodillas. "Cada tanto", explicó mirando el cielo, "hay que recordar que sobrevivimos, no porque somos fuertes, sino porque ayudamos hasta cuando no confiamos del todo".
Yo me llevé esa frase al dormir, bajo ruidos de truenos y el fresco incierto de septiembre. Soñé con un futuro donde las caravanas llegaban con aceite de girasol y papel, trigo y risas, y las escuelas volvían a llenarse, aunque fuera a la luz de faroles de queroseno y bajo el escudo de los nuevos muros. Soñé con una Houston que, a pesar de estar cercada por muerte y miedo, persistía. No era el mundo de antes, y nunca lo sería, pero tampoco era solo ruinas, hambre y pólvora.
Afuera, en la calle desierta, las enredaderas engullían letreros desteñidos de las campañas electorales de otra década. Uno de los centinelas encendió una fogata sobre un bidón oxidado, mientras los últimos centelleos del día morían detrás de las torres mudas del downtown. A lo lejos, en los bayous llenos de escombros, se oían los chillidos distantes de un coyote, mezclándose quizá —o así preferíamos imaginarlo— con los lamentos de los últimos zombis moribundos.
La mañana siguiente trajo esperanza renovada. Las lluvias cesaron. Los cultivos resistieron. La escuela abría otra vez. La ciudad, en agonía lenta, seguía siendo nuestra. Después de tantos años, esa simple continuidad era, tal vez, lo más parecido a una victoria.
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