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Portada del relato Ecos entre los rascacielos
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Fragmento:


En lo alto de la muralla improvisada, Hilari y Lena patrullaban, con fusiles artesanales colgados del pecho y miradas de zorros. A su alrededor, la ciudad había cambiado: donde antes había avenidas grises y autopistas de seis carriles, hoy había cultivos; entre palmeras viejas que seguían creciendo entre las grietas, los campos de sorgo, calabaza, incluso huertas de caña y arroz ocupaban solares enteros, con el agua encharcada de las lluvias recientes canalizada hacia los parches sembrados y los colectores. Los que aún vivían en el centro sabían que la fertilidad de Houston —su agua, sus suelos profundos y extenso sistema de drenaje— era lo único que la había salvado de convertirse, como Detroit o Nueva Orleans, en una ruina imposible de recuperar.

Duración: 12:54

Ecos entre los rascacielos
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Texto de ajuste de pausa.

14 de Septiembre de 2028

Las primeras nubes de una mañana húmeda cubrían el downtown de Houston, aunque el skyline ya no tenía vida ni tráfico debajo de sus torres. Era el final del verano de 2028, y la lluvia que golpeaba esporádicamente las avenidas ahora lavaba poco más que polvo y cenizas, restos de las muchas batallas, huidas y fuegos que habían marcado los últimos ocho años. Si uno observaba desde algún punto alto —la azotea del antiguo Wells Fargo Plaza, donde las cuadrillas de vigías hacían cambio de guardia cada día— veía una ciudad surcada por barricadas, caminos de tierra entre autos olvidados y el claro geométrico de la Nueva Muralla, levantada por los supervivientes a fuerza de escombros, acero soldado y paneles arrancados de fábricas abandonadas.

En la oficina resistente del antiguo ayuntamiento, ahora convertida en centro de mando para el asentamiento de Houston Confederada, Elsa Muñoz repasaba con la yema de los dedos la hoja de mapas actualizados, escritos a mano con anotaciones a lápiz que se corregían cada día. Las zonas limpiadas de zombis —o “los quemados”, como les decían casi todos por el olor de los barridos pirotécnicos de los primeros años— se extendían al norte hasta Fifth Ward y al oeste hasta las colinas bajas donde antes la ciudad se disolvía en suburbios. Miles habían trabajado durante años para empujar las hordas hacia el centro y, finalmente, sellarlas en túneles de metro, centros comerciales y almacenes que nunca se abrirían.

Un mensaje de radio, corto y entrecortado por la mala recepción, llegó al transmisor: “Barrera este… grupo foráneo avistado… Bachilleres armados… ¿instrucciones?”. Elsa apretó la mandíbula y se acercó al micrófono oxidado, apretando el botón de transmisión con más fuerza de la necesaria.

“Vigilar. No disparen salvo provocación. Comunicar si se aproximan al puesto Bravo.” Su voz era baja, pero la grava de tantos años sin dormir bien hacía que sonara firme incluso cuando su corazón daba vueltas por el recuerdo de las veces que un encuentro con extraños había significado pérdida de vidas… o algo peor.

En el despacho había dos mapas: uno viejo, de carreteras, que nunca borró, y otro nuevo, donde el río Buffalo Bayou serpenteaba entre pequeñas islas de color: cuadrículas de barrios limpios de infectados, líneas negras sobre el trazado de la muralla, tachones rojos para zonas bajo control de bandidos humanos o “errantes”, los nómadas que surgían cuando caía un asentamiento y huían antes de ser devorados o asimilados por otros grupos. Elsa tomó un respiro profundo. Fuera del vidrio, desde el patio principal, el timbre de una campana marcó el relevo de la guardia en Puerta Sur.

—¿Otra caravana, jefa? —preguntó Ángel, su teniente de logística, asomando la cabeza.

—Puede ser. Quizá los de Pearland, o esos de las ferias de Galveston. Pero hay que tener cuidado. —Elsa no terminó la frase. Ángel asintió, entendiendo el miedo a los cazadores nómadas, grupos que atacaban caravanas para tomar prisioneros y saquear lo que cargaran—. Por cierto, avisen a la milicia que refuercen vigilancia en Puerta Oeste, hay rumores de bandidos bajando desde Katy.

En lo alto de la muralla improvisada, Hilari y Lena patrullaban, con fusiles artesanales colgados del pecho y miradas de zorros. A su alrededor, la ciudad había cambiado: donde antes había avenidas grises y autopistas de seis carriles, hoy había cultivos; entre palmeras viejas que seguían creciendo entre las grietas, los campos de sorgo, calabaza, incluso huertas de caña y arroz ocupaban solares enteros, con el agua encharcada de las lluvias recientes canalizada hacia los parches sembrados y los colectores. Los que aún vivían en el centro sabían que la fertilidad de Houston —su agua, sus suelos profundos y extenso sistema de drenaje— era lo único que la había salvado de convertirse, como Detroit o Nueva Orleans, en una ruina imposible de recuperar.

Hilari vio movimiento, una línea de antorchas al otro lado de un cruce de autopista. —Van llegando, Lena. Alerta.

Lena levantó el fusil y comprobó el seguro. —Enciende las lámparas. Que vean que estamos listos por si intentan algo raro.

A unos quinientos metros, la caravana entró en el campo de tiro. Seis jinetes con capas de cuero y dos carrozas improvisadas, cubiertas por lonas y protegidas por escudos de acero. Una bandera de trapo amarillo, símbolo de comercio pacífico, ondeaba sobre la primera carreta. Hilari reconoció el símbolo: los de Rosenberg, agricultores capaces y difíciles de engañar, pero rara vez problemáticos. Aflojó los hombros.

En la entrada principal, cuando la comitiva llegó al control, una docena de guardias salió a recibirlos con lanzas y escudos. Al frente, un hombre canoso, robusto y de ojos oscuros levantó las manos vacías. Elsa y Ángel bajaron por la escalera de emergencia, saliendo al patio acompañado de otros milicianos. El brazo derecho del visitante sangraba, apretado con un vendaje.

—Buscamos ayuda —dijo el hombre, su acento texano fuerte, pero la voz débil por el cansancio—. Zombies en la línea de tren, al sur de Sugar Land. Estamos sanos. Pedimos hospedaje… y pan.

Elsa intercambió una mirada con Ángel, quien asintió. —Primero, cuarentena preventiva. Seguro que comprenden —dijo Elsa, y los condujo a una sala dentro del ayuntamiento, custodiados. Médicos revisaban signos de mordidas ocultas, síntomas nerviosos, fiebre. Ya casi nadie olvidaba que el brote seguía activo, aunque los infectados fueran menos y los zombis más lentos y desgastados que nunca.

La hospitalidad, como el comercio, se había vuelto ritual y medido por protocolos draconianos. Quince minutos de revisión, luego agua hervida, pan de sorgo y té amargo. Elsa escuchaba mientras el hombre resumía la situación.

—Treinta días limpios, pero la horda nueva llegó hace tres jornadas. Son pocos, veinte o menos, pero rápidos; muertos recientes. Sospechamos que algún bandido mató a una familia grande y los soltó para cubrir su huida. Así hacen ahora… usan a los zombies como parte de los ataques.

Elsa sintió un impulso de odio seco, frío y antiguo, hacia los bandidos que seguían usando el miedo como arma. Si los Rosenberg traían más problemas, podría hundir meses de trabajo en los campos. Entró Lena, se inclinó en voz baja:

—El grupo parece limpio. Sus papeles de paso completos; los antecedentes, en regla. Dicen que sólo buscan comprar medicinas y hacer reparaciones—. Lena entregó una caja con objetos: repuestos de armas, trozos de alambre, hasta una botella pequeña de cloroformo—. De lo bueno —añadió, casi en broma.

La palabra “bueno”, como “paz”, tenía otro significado esos años. Era lo que no mataba, no envenenaba, no traía plaga ni trampa.

Al mediodía, Elsa organizó un consejo breve en el antiguo salón de reuniones, frente a una docena de líderes y trabajadores principales. Llegó Hilari con un reporte de otro incidente: bandidos avistados cerca del Viejo Port, por el canal de navegación, aunque parecían haber pasado de largo. Elsa sabía de la tensión bajo la mesa. El verdadero poder, ahora, era el de aquellos que conservaban los recursos: semillas, balas, conocimiento técnico. Los bandidos sabían que atacar a Houston Confederada no era tan fácil. Pero los asedios o caravanas secuestradas eran otra cosa.

—Propongo hacer una salida con quince hombres —sugirió Hilari—. Revisar Sugar Land, limpiar la línea del tren y cortar paso a los carros de asalto. Podemos llevar perros.

Ángel dudó. —¿Y defender el asentamiento? Si nos arriesgamos y fallamos, los bandidos podrían atacar cuando estemos divididos.

La sala olía a sudor y tierra húmeda. Todos sabían que el consejo era una sombra de lo que fue el gobierno municipal, pero nadie imaginaba ya otra forma de decidir.

—Dividiremos la fuerza —dijo Elsa finalmente—. Diez para la patrulla al sur, seis de relevo en la muralla. Lena, Hilari, tomen a los Rosenberg, muestren el mercado. Yo me quedo aquí a esperar noticias del Viejo Port.

Lena salió con el grupo de Rosemberg. En los pasillos del antiguo ayuntamiento, las paredes estaban cubiertas de pizarras llenas de nombres y oficios —mecánicos, cultivadores, tejedores, armeros— y los niños jugaban en el patio, a la sombra de banderas que ahora valían más de lo que significaban las antiguas fronteras. El bullicio alrededor del mercado tenía un aire de feria medieval: vendedores de pan, sacos de arroz, herramientas. El trueque era serio: cuatro kilos de sorgo por un bidón pequeño de gas; una camisa tejida a mano por una bolsa de tornillos. Llevaban allí poco más de una hora cuando Hilari sintió de nuevo la presión en la base del cuello, una señal de peligro que no podía explicar.

Un disparo cortó el aire, seco, desde la periferia sur. El mercado congeló el aire, se agacharon todos instintivamente. Segundo disparo: cerca de la Puerta Sur.

Hilari y Lena corrieron, los milicianos detrás. Alcanzaron el portón a tiempo de ver una humareda y un grupo de fugitivos, seis en total, cargando sacos hacia el extremo del canal. Uno se detuvo, lanzó un cóctel molotov hacia un depósito de combustible. La explosión fue pequeña —el depósito llevaba años vaciado—, pero el fuego y el ruido servían para lo que ya servían todas las pirotecnias modernas: cubrir el avance de algo peor.

Los Rosenberg, atrapados en medio, dispararon justo a tiempo para detener a uno de los atacantes, pero dos más lograron abrir un boquete en una de las vallas laterales, bordeando la parte donde el muro se unía a un viejo tráiler. Hilari disparó, sintiendo la culata rebotar en el hombro. En el caos, lo que Hilari vio fue una figura moverse entre las sombras, no humana del todo, más alta y temblorosa, con la piel colgando a tiras; un “fresquito”, un zombi reciente, el verdadero peligro.

No hubo tiempo para miedo. Hilari disparó, una, dos, tres veces; la cosa cayó, pero otros dos se acercaban, atraídos por el olor a sangre y el ruido. Los Rosenberg, curtidos ya en estas maniobras, agruparon a los suyos y se cubrieron en el marco de un camión cisterna abandonado. La milicia respondió a balazos y lanzas, la alarma tañó desde la torre, y decenas de habitantes corrieron hacia el mercado a refugiarse.

El combate duró siete minutos. Según las crónicas que escribirían después, fue de los más sangrientos de ese verano. Dos bandidos muertos, tres heridos; cinco zombis, todos “frescos”. El resultado: pérdida de algunas reservas y un susto colosal, pero el asentamiento se mantuvo fuerte.

Al caer la tarde, Elsa caminó entre las barricadas, saludando a los supervivientes, revisando listas de bajas: solo un niño herido, dos adultos con mordidas superficiales —inmediatamente aislados, para cuarentena—. Era el pequeño precio de la “normalidad” ahora.

Hilari y Lena se sentaron en el muro a reparar sus armas. A lo lejos, el mosquito de los pantanos zumbaba cerca del canal, recordando que el mundo natural había ganado terreno en la ciudad, pero que los humanos habían aprendido, a fuerza de horror y pérdidas, a resistir y reconstruir.

—¿Crees que algún día recuperaremos todo Houston? —preguntó Lena, mirando los edificios derruidos, los bloques semivacíos.

—No lo sé —contestó Hilari, encogiéndose de hombros—. Solo sé que, de momento, tenemos un día más.

En el centro, Elsa escribió con tiza blanca el suceso de ese 14 de septiembre: “Defensa eficaz. Mercado a salvo. Un niño herido, pero vivo. Seguimos.” Tal vez, pensó mientras miraba el crepúsculo teñirse de rojo sobre los restos de la ciudad, algún día esas palabras serían leídas en aulas, en lugar de pasillos de mercado fortificado.

Por la radio, un mensaje de Galveston avisaba: “Rutas al sur, seguras. Tráfico de panes y semillas para el sábado. Mantener vigilancia.” Por primera vez en mucho tiempo, Houston Confederada podía dormir unas horas en relativa calma, protegida por el muro, los fusiles y la voluntad tenaz de los que aún creían que el futuro valía la pena vivirlo, incluso sobre ruinas.

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