Septiembre zombie
Operación ocaso
Incubación
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Brote
Apocalipsis Z. El principio del fin
Portada del relato La larga noche de los neoyorquinos
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Mi nombre es Gabriel Quintero. Tengo 28 años y era diseñador gráfico antes de que todo el mundo colapsara. Ahora soy algo entre vigía, recolector y cuenta cuentos. “El escritor”, bromea Margaret, la profesora jubilada del piso de abajo. Quizá tenga razón; siempre me obligo a escribir cada noche, convencido de que este diario es lo único verdaderamente “vivo” que me queda. Documentar puede que haya perdido sentido, pero, al final del día, la única forma de no desaparecer es dejar huella, aunque sólo sea en el papel.

Duración: 12:24

La larga noche de los neoyorquinos
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

26 de diciembre de 2020.

Nunca pensé que Manhattan pudiera volverse tan silenciosa. No cuando llegué hace cuatro años, con la convicción juvenil de que aquí podría reinventarme, no cuando aquella extraordinaria primavera de 2019 gritaba en las azoteas, rebosaba promesas entre la multitud, y la música callejera reverberaba en las aceras mojadas. Hoy, mientras escribo con los dedos entumecidos en un cuaderno que rescaté de una librería saqueada, la Quinta Avenida es un campo de cadáveres congelados que nadie se atreve a pisar. He tenido que abrirme paso entre cuerpos y charcos de nieve grisácea, buscando desesperado cualquier señal de humanidad.

La Navidad pasó sin celebraciones. Apenas un murmullo en la radio militar recordaba la fecha, pero nadie en el grupo pareció notarlo. El concepto de tiempo ha cambiado tanto que incluso la palabra “fiesta” suena ridícula. Navidades en Nueva York solían brillar, la ciudad entera congelada bajo luces y decoraciones, pero ahora, la única luz que queda es la de unas pocas fogatas en las ventanas tapiadas, y el resplandor siniestro de un incendio lejano en el Midtown, probablemente los saqueadores de siempre celebrando a su modo. Fuera del refugio, solo muerte y hielo.

Temo quedarme dormido. Sé que la noche trae cosas peores que los zombis: el frío, la hambruna, la soledad. Cada vez somos menos sobreviviendo juntos en la antigua oficina de seguros de la calle 34. Me aferré a este edificio porque tenía cerraduras reforzadas, y en los primeros días del caos, aún había agua y comida. Ahora solo queda lo que podemos saquear. La nevera portátil, llena de polvo y escarcha, mantiene apenas frescos los últimos restos de carne enlatada. Los panes mohosos se reparten con cuentagotas entre nosotros.

Mi nombre es Gabriel Quintero. Tengo 28 años y era diseñador gráfico antes de que todo el mundo colapsara. Ahora soy algo entre vigía, recolector y cuenta cuentos. “El escritor”, bromea Margaret, la profesora jubilada del piso de abajo. Quizá tenga razón; siempre me obligo a escribir cada noche, convencido de que este diario es lo único verdaderamente “vivo” que me queda. Documentar puede que haya perdido sentido, pero, al final del día, la única forma de no desaparecer es dejar huella, aunque sólo sea en el papel.

Hace una semana, Anna, la enfermera con la cabellera de cobre, murió por una mordida. Y no fue la única pérdida reciente. La mayoría sobrevivimos a base de improvisación, pero incluso los más hábiles caen: una pisada en falso, un descuido cerca de una ventana, y la suerte se acaba. Anna había salido a por medicina para Margaret, y no volvió. Solo encontramos su chaqueta empapada y manchas de sangre cerca de Herald Square. Le hizo un favor enorme a Margaret, aunque ninguno quiso decírselo.

Desde la ventana del quinto piso veo el Empire State enfundado en las tinieblas. El invierno ha convertido la ciudad en una tumba blanca. Cuando el viento sopla, es como si todos los edificios cuchichearan secretos de épocas mejores, y los espectros del pasado bailaran en las calles. Hace unos días vi un grupo de muertos congelados en la entrada del antiguo Duane Reade. Permanecen allí, inmóviles, como maniquíes cubiertos de escarcha, bloqueando la puerta con sus cuerpos hinchados. Las bajas temperaturas los aletargan; podemos movernos con relativa seguridad de día, pero nadie se arriesga demasiado lejos: basta un rayo de sol o una corriente de aire cálido para despertarlos.

La escasez nos está matando más rápido que los infectados. Así se siente ahora Nueva York: cada rincón, cada pared pintada de grafiti, te recuerda cosas irrecuperables. La comida es peor que antes; recogí arroz de una tienda coreana en Koreatown, pero un par de latas estaban abolladas y tuvieron que tirarse. Bruce, el ex bombero que lidera nuestro pequeño grupo (de alguna manera designado, porque puede patear más fuerte cualquier puerta cerrada), lleva días sorteando raciones entre la docena de sobrevivientes. Ahora somos solo diez: los más callados, los que aprendieron a no discutir. Solo los niños, Jaime y Lizbeth, parecen aún creer que existe un mañana. Son hermanos, vinieron de Queens tras la caída del puente, y nadie se atrevió a preguntar mucho sobre sus padres.

Esta mañana rompí mi promesa de no merodear por la Séptima Avenida. Necesitábamos medicinas: Margaret tosía sangre en la noche, y Bruce me pidió buscar antibióticos en la farmacia del hotel Pennsylvania. Caminé pegado a la pared, linterna roja en mano para no atraer mirada alguna. Los carros abandonados parecen ataúdes de chatarra, y los cristales rotos cubren la acera como escarcha de hielo. A lo lejos, cerca de Penn Station, un grupo de muertos se movía muy despacio, balanceando los brazos al ritmo de una melodía invisible. Regresé solo con dos botes de pastillas y una caja de vendas, pero al entrar sentí en la espalda el peso de la ciudad entera sobre mis hombros.

No me atrevo a contárselo a nadie, pero han aparecido marcas nuevas en los muros del vecindario: flechas rojas, flechas negras, y símbolos que parecen letras arcaicas grabadas con pintura fresca. Saqueadores, probablemente. Margaret opina que son mensajes de otros grupos de sobrevivientes, pero Bruce está convencido de que marcan casas con reservas de comida o rutas seguras. A veces escucho disparos alrededor del edificio Flatiron, alguna que otra pelea durante la noche. Si bien los zombis son un peligro, los humanos hambrientos y desesperados lo son más. Anoche, uno de nuestros ventanales agrietados recibió una piedra lanzada desde la calle, y desde entonces dormimos con las linternas apagadas y cuchillos cerca del colchón.

Las malas noticias se esparcen como niebla: en Central Park, el refugio de la biblioteca ardió después de que descubrieran a una docena de infectados ocultos en el sótano. Caminé esa vez entre cadáveres de perros y gatos congelados, luego oí que el grupo de ahí decidió marcharse al Bronx a buscar una estación de policía abandonada. De algunos nunca más se supo. En ocasiones, cuando las noches son demasiado clamorosas por el crujir de la nieve y el lamento del viento, pienso en todos los nombres que seguramente ya no están, y escribo pequeñas oraciones improvisadas para quienes no serán recordados.

El agua potable es otro lujo cada día menos frecuente. Hemos aprendido a derretir nieve sobre un calentador improvisado con baterías y un par de cables, aunque Bruce insiste que deberíamos ahorrar la electricidad para emergencias reales. El viejo generador del sótano se apagó definitivamente la semana pasada; su último suspiro casi nos mata a todos con el olor a gasolina estancada. Ahora, cualquier pila, cualquier linterna, es un tesoro mayor que el oro. Las noches se sobreviven gracias al calor de cuerpos amontonados en habitaciones pequeñas, y cada quien custodia una cobija como si valiera más que la vida misma.

Si me detengo a recordar, hay momentos en los que la ciudad parece querer volver a ser la de antes. Este mediodía, por ejemplo, un rayo de sol brilló y, por unos minutos, la nieve adquirió un resplandor casi festivo. Jamie se permitió tararear una canción, y Lizbeth recogió un casco navideño de los restos de una tienda cerrada. Se lo puso sobre la cabeza y bailó, como si la música aún existiera. Esa breve ilusión se apaga tan rápido como aparece: un zombi atrapado bajo un taxi comenzó a gemir, y todos nos escondimos de nuevo.

Los días se miden en las cosas conseguidas: una vela más, un paquete de sopa encontrado, un libro rescatado de una oficina. Sigo escribiendo porque temo olvidar el nombre de mi madre, la voz de mis amigos del pasado, los nombres de las calles antes de convertirse en rutas de muerte. Ayer leí en voz alta a Margaret unos párrafos de “El gran Gatsby”. Casi lloró. Dijo que la última vez que lo había escuchado leía era en el metro, camino a su escuela en Brooklyn. La cultura se muere donde se mueren los lectores, pienso yo.

La ciudad que nunca duerme solo cierra los ojos ahora para morir un poco cada noche. Los periódicos enterrados bajo la nieve ofrecen titulares marchitos de una vida perdida: “Emergencia en los hospitales”, “Toque de queda”, “La plaga se expande”. Hoy, de no haber ocurrido la plaga, seguramente muchos estarían preparando las últimas compras del año, celebrando el encendido de luces en Times Square, soñando con el conteo de fin de año. Ahora, nadie celebra. Los números del año no importan, solo la cantidad de días que podemos sobrevivir sin ser devorados.

El invierno resultó ser nuestro mayor aliado y enemigo. Los zombis se vuelven inactivos con el frío, sí, pero aquello que “descansa” pronto puede despertar si la temperatura sube, o si perciben olores fuertes. Hace varias noches, un grupo de ellos asaltó el sótano; los sacamos lanzándoles cerillas encendidas y un par de botellas de alcohol. Quemar carne podrida produce un hedor tan fuerte que varios terminamos vomitando. Bruce insistió en reforzar con muebles todas las entradas del edificio. “Esto nos salvará el pellejo”, dijo, y por lo menos hasta ahora, ha tenido razón.

Nos turnamos para vigilar por la noche. A mí me tocan las horas antes del amanecer, cuando la ciudad parece querer despertarse, pero solo se queda temblando en la penumbra. Veo faros lejanos de vehículos militares que aún patrullan la autopista hacia Newark, aunque cada vez llegan menos. A veces, entre la bruma, distingo figuras humanas que avanzan en grupos precarios, cargando bolsas, carros de supermercado, niños. Las ratas han desaparecido; quizás también busquen refugio en lugares más cálidos, o quizá hayan terminado devoradas por criaturas peores.

Hoy, mientras escalaba al piso superior para reparar una fuga en la ventana, me encontré con un antiguo calendario: diciembre de 2020. Se me antojó como una reliquia del tiempo antes del colapso. Me senté en el escritorio cubierto de polvo, y por un instante, imaginé la ciudad respirando otra vez. Pensé en los días en que podía perderme en el bullicio de Chinatown, en los vendedores de hot-dogs, en el rugido de los trenes, en las luces parpadeando en Times Square. Todo eso parece un sueño distante. No sé si alguna vez lo recobraremos.

Bruce sugiere que hacia el próximo mes deberíamos intentar viajar hacia el norte, cruzar el Harlem River y buscar comunidades rurales. Cree que en Yonkers siguen vivos algunos campamentos fortificados, y que en zonas más pequeñas la hambruna no golpea tan fuerte. Margaret teme dejar Nueva York; dice que aquí vivió toda una vida, y que el frío no es tan terrible cuando tienes recuerdos. Yo no sé qué decidir. Quedarme podría matarnos, pero huir podría ser peor. Nadie asegura que el virus no haya llegado ya a todos lados, que no haya zombis aguardando en los bosques y caminos.

Cada día, el grupo se hace más huraño. La desconfianza crece a medida que la comida escasea. Hay quien oculta latas o barras de cereal en calcetines o bolsillos, y de vez en cuando surgen riñas por un trozo de pan. He aprendido a no juzgar. Margaret tiene razón cuando dice que lo que nos separa de la muerte no es la fuerza, sino la solidaridad. Pero la solidaridad es difícil cuando el monstruo del hambre camina a tu lado.

A veces me da miedo dormir. No tanto por los zombis como por el sueño de acostumbrarme al horror. Que un día despierte y ya no me pese la muerte de nadie, que la indiferencia sea el precio de la vida. Por eso escribo, para recordar que seguimos aquí, que alguna vez fuimos más que bestias amedrentadas, esperando sobrevivir a la siguiente noche de frío.

Termino esta página porque la linterna comienza a parpadear. Afuera, la nieve sigue cayendo, y la Quinta Avenida parece suspirar bajo el peso del invierno y los muertos. Si mañana seguimos vivos, prometo buscar otro cuaderno, y escribir de nuevo todo lo que el silencio intenta borrar.

Esta es mi Navidad en Nueva York. Nadie vino, nadie celebró, pero mientras quede un testigo, un cuaderno y unas líneas temblorosas, la ciudad—mi ciudad—todavía respira en las páginas.

Septiembre zombie
Operación ocaso
Incubación
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Brote
Apocalipsis Z. El principio del fin

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.