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Portada del relato Los Últimos Días de Manhattan
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Fragmento:


—Y por los que no han perdido la esperanza.

Duración: 12:09

Los Últimos Días de Manhattan
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Texto de ajuste de pausa.

29 de junio de 2020

El calor de finales de junio envolvía la isla de Manhattan como una manta húmeda, pesada, casi palpable. Desde el décimo piso de un edificio de apartamentos en la 5ª Avenida, Daniel observaba la ciudad a través de los restos empañados de una ventana rota. Fumaría un cigarrillo si le quedara alguno; en vez de eso, masticaba con nerviosismo las uñas mientras miraba el río Hudson, donde flotaban cosas que no quería identificar. El sonido lejano de disparos, similar a fuegos artificiales, rebotaba entre los muros de concreto y cristal. Debajo, la Quinta Avenue parecía una arteria de un cadáver: vacía salvo por uno que otro vehículo oxidado, los restos de barricadas improvisadas y, ocasionalmente, el andar errático de una figura arrastrando los pies.

Habían pasado apenas tres meses desde que la ciudad se sumergió en el caos. Marzo había comenzado como una corriente subterránea de ansiedad —las noticias extranjeras sobre una misteriosa enfermedad, los primeros hospitales en Queens saturados, rumores de ataques en la sala de urgencias—, pero fue en abril cuando todo reventó. Los hospitales se convirtieron en trampas mortales, cada sala de espera era una ruleta rusa. Se decía que el Bellevue tenía su sótano repleto de cadáveres que ya no se atrevían a quemar. Daniel trabajaba en una radio universitaria de la NYU y le tocó cubrir la primera oleada de pánico: sirenas, helicópteros, toques de queda, patrullas cerrando barrios, ambulancias acelerando para nunca volver.

Ahora, a finales de junio, todo eso parecía ya parte de otro tiempo, días en los que la rutina —el café del parque, el tumulto en el metro, las risas de estudiantes en Washington Square— aún tenía algún sentido. Con la declaración de la ley marcial global y el colapso de todas las comunicaciones normales, sólo quedaban los vestigios de una sociedad colapsada y una ciudad que resistía solo por inercia.

En el piso diez, Daniel y su grupo se habían atrincherado semanas atrás, tras una incursión fallida en un supermercado de Harlem. Habían perdido a Clara y Uziel, arrastrados en la estampida cuando un grupo de zombies —los llamados “colapsados”— irrumpió por la trastienda y se abalanzó sobre la multitud. Ahora quedaban seis: Daniel, la doctora Patel, Jorge, un ex policía hispano; Maggie, una anciana bibliotecaria judía con su nieta Lucy; y Akira, un joven japonés que apenas chapurreaba inglés, pero era el único que sabía manejar las pocas armas que conservaban.

—No salgas a la terraza —le advirtió la doctora mientras cargaba las revistas de una pistola Glock—. Hoy hay demasiado movimiento ahí afuera.

Daniel asintió. Los “colapsados” preferían el día, cuando el calor y los olores corporales se mezclaban con la putrefacción del verano. Se movían rápido en grupos, atraídos por cualquier sonido, olor o movimiento. Parecían vagar sin rumbo, pero siempre sabían dónde buscar: hospitales, supermercados, iglesias. Había zonas muertas —Times Square, Central Park, la estación de Grand Central— donde ya nadie se atrevía a entrar. El ejército, según rumores recogidos en frágiles transmisiones entrecortadas, había intentado sellar el sur de la isla, pero sólo consiguieron atraer a las hordas. Ahora, ni siquiera los helicópteros sobrevolaban la ciudad.

El plan de esa mañana era sencillo: conseguir algo de agua y comida. El supermercado D'Agostino de la avenida 7ª, saqueado desde hacía tiempo, solía tener alguna que otra caja de víveres entre los escombros. También sabían que, de vez en cuando, un camión militar abandonado repartía raciones en las esquinas, aunque últimamente nada llegaba más allá del Midtown.

Antes de partir, Maggie dijo en voz baja la oración del día: un recuerdo ritual de los tiempos antiguos.

—Por los que ya se fueron, por los que aún quedan —entonó.

Lucy, la más joven y fascinada con los restos del mundo anterior, añadió en voz baja:

—Y por los que no han perdido la esperanza.

Fue Jorge quien coordinó la salida. Descendieron por la escalera de incendios, sus pasos amortiguados y precisos. Akira iba al frente, armado con un bate de béisbol y una pistola; Daniel y la doctora detrás, cargando mochilas. Pasaron por un pasillo donde el hedor a descomposición casi los tumbó: una familia se había encerrado ahí semanas atrás, y solo quedaban retazos de ropa y manchas oscuras sobre la moqueta.

Sacaron la basura acumulada de la puerta del vestíbulo y emergieron en la acera, asomándose entre las persianas destruidas. El aire estaba caliente, denso. El rugido de la ciudad muerta les llenó los oídos, amplificado por el silencio.

Subieron por la 5ª hacia la 60, esquivando barricadas derribadas y patrullas calcinadas. Cruzaron junto al esqueleto de un taxi amarillo; dentro, un chófer masticado hasta los huesos sujetaba aún el volante. Jorge levantó la mano y les obligó a esperar: una figura se tambaleaba hacia ellos. “Colapsado”, susurró, y Akira lo apartó de un empujón, sin atraer a los demás. Siguieron adelante.

El supermercado estaba destrozado. Estantes volcados, tierra y escombros por todas partes. Quedaba poco: algunas conservas abolladas, tres botellas de agua, una bolsa de arroz medio abierta. Rapiñaron todo, guardando silencio.

Cuando salieron, la calle vibró. Una sirena vieja —probablemente de una ambulancia abandonada— aulló a varias manzanas de distancia. El sonido provenía de la dirección que debían seguir para volver. Al instante, decenas de colapsados emergieron de portales, coches, callejones, como si el miedo despertara un instinto mayor que la muerte.

Corrieron. Daniel sintió el peso de la mochila y el pulso en las sienes. Los pasos de Jorge y Akira resonaban delante y detrás. Atravesaron una esquina tomada por cadáveres arrugados bajo el sol. Los colapsados iban acercándose, persiguiéndolos en zigzag con una velocidad sobrehumana.

La abuela Maggie tropezó, cayó sobre una tapa de alcantarilla. Lucy gritó, Daniel se detuvo y volvió atrás. Vio como una figura —una mujer que alguna vez pudo haber sido enfermera— se acercaba rápido, babeando y gruñendo. Daniel levantó un adoquín y lo estrelló contra su cabeza, haciendo retroceder a la criatura. Jorge y Akira alzaron sus armas y dispararon, asegurándose de mantener la distancia y no gastar demasiadas balas.

Lograron arrastrar a Maggie al interior de un portal. Lucy lloraba en silencio, inmóvil, mirando la sangre manchando el vestido de su abuela. La docor Patel les alcanzó, comprobando rápidamente el pulso y las pupilas de la anciana.

—No está contagiada—murmuró—. Solo se ha desgarrado el tobillo.

Daniel sintió un alivio efímero. Afuera, los colapsados golpeaban la puerta, rascaban los cristales, aullaban en una ópera infernal. La doctora improvisó un vendaje con restos de camisetas, y, en cuanto las criaturas se dispersaron (atraídas por otro ruido, más lejos), salieron de nuevo —esta vez entre edificios, cortando camino por los patios de la NYU.

Nueva York era ahora un laberinto de cemento, donde el conocimiento de cada atajo podía salvarte la vida. Cuando atravesaron la Plaza Washington, al pie del arco, una docena de colapsados caminaba en círculos como si buscaran recuerdos de su pasado. Uno llevaba aún un birrete universitario, otro arrastraba una mochila de laptop con la correa rota. Akira se adelantó y los convenció —a base de gestos y susurros— para rodear el grupo.

Desde la parte alta del Greenwich Village, Daniel distinguió el Empire State Building, tan lejano e inalcanzable como una promesa rota. Las zonas altas estaban vacías; sólo los muy desesperados se atrevían a vivir en los rascacielos (o morir en ellos). Se rumoreaba que las hordas evitaban los últimos pisos, pero nadie había vuelto para comprobarlo.

En el trayecto de regreso, una explosión lejana hizo temblar los cristales del Bronx. Daniel se detuvo a mirar el humo levantándose por detrás de los tejados. La radio del ejército había anunciado esa mañana que intentarían bombardear una horda que cruzaba el puente George Washington. Nadie esperaba que tuviera éxito. Si el ejército no controlaba los accesos, las calles del downtown pronto serían como el infierno.

Llegaron al edificio justo cuando caía el sol. Subieron rápido, atrancando el acceso con un sofá. Arriba, Lucy atendió a su abuela. El grupo compartió una cena escasa: arroz, unas galletas viejas, el agua dosificada a sorbos minúsculos. Nadie habló apenas, solo algún comentario distraído sobre el calor, las balas gastadas, o el plan para la siguiente semana. Todos sentían el cansancio del miedo acumulado, pero nadie lo decía en voz alta.

La noche llegó envuelta en humo y sirenas esporádicas. Algunos sectores de Manhattan ardían. Luces de linternas —sólo unas pocas— se movían como luciérnagas extraviadas en los pisos altos de edificios vecinos. Daniel tomó el primer turno de guardia; se instaló junto a la ventana con la Glock de Jorge sobre las rodillas y los ojos muy abiertos. No quería pensar en su familia, desaparecida desde los primeros días del brote; no quería imaginar a sus amigos del Bronx, seguramente arrastrados entre las primeras colas del hospital. Sólo contempló el lento arrastrar de las sombras, preguntándose si algún día volvería a ver Manhattan viva, iluminada y caótica como antes.

Alrededor de las dos de la madrugada, escuchó voces. No alaridos, sino voces humanas. Un grupo, armados, avanzaba por la calle. Llevaban linternas, chalecos, armas largas. No eran militares —sus uniformes eran demasiado irregulares—, tal vez alguna patrulla de civiles armados, saqueadores o simplemente otros desesperados buscando refugio.

Los seis se mantuvieron en silencio. La Dra. Patel le indicó con señas que no hiciera ruido, que no les delatara. Afuera, los desconocidos revisaban portales y lanzaban breves ráfagas de luz sobre las ventanas.

Daniel sintió el miedo atrapado en la garganta. Recordó a un colega radioaficionado decir que, desde que la ley marcial cayó, Nueva York ya no era una ciudad de humanos contra zombies, sino de unos humanos temiendo a otros. La violencia, la desconfianza, el saqueo: igual de mortales que la plaga.

El grupo pasó, finalmente, sin notar su refugio. Al amanecer, la vieja ciudad despertaba envuelta en humo, con algunos aullidos lejanos y el rumor de tiroteos esporádicos, ecos de una guerra sin frente definido.

Sobre la azotea, Daniel se permitió contemplar, por un instante, el cielo abierto sobre el East River. Allí, en el filo mismo de la existencia, imaginó que había esperanza. Que un día los senderos vacíos volverían a llenarse de vida, y que la ciudad —su ciudad— sobreviviría, aunque fuera bajo nuevas reglas, aunque sus recuerdos estuvieran heridos para siempre.

La radio militar, ocasional, apenas se escuchaba ya. Pero Daniel aguardó una señal. Un mensaje, una voz, cualquier cosa que rompiera el cerco del silencio y del miedo. Y, mientras acariciaba la pistola descargada, repitió la oración de Maggie en silencio:

Por los que ya se fueron.

Por los que aún quedan.

Y por los que aún esperan.

La mañana no prometía salvación. Pero sobrevivir, en aquel Manhattan herido y feroz, ya era un acto de resistencia, un pequeño grito contra la muerte. Y con eso, por ahora, debían conformarse.

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