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Portada del relato Reinas y Carroñeros: La Toma de Lower Manhattan
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Fragmento:


Nueva York había muerto muchas veces, se decía. Cuando ardieron las torres en 2001, cuando el gran apagón de 2003, incluso con el colapso financiero o la llegada del virus en 2020. Pero nunca había visto a la ciudad retorcerse como en el primer verano posapocalíptico, y por extraña que fuera la vida, ella y su grupo seguían sobreviviendo sobre las ruinas.

Duración: 12:05

Reinas y Carroñeros: La Toma de Lower Manhattan
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Texto de ajuste de pausa.

18 de Julio de 2022

El Hudson corría oscuro y silencioso frente a la muralla improvisada de la nueva Colina de Chelsea. Michaela siempre pensaba en el río cuando quería olvidar la ciudad, aquella ciudad antigua que ahora solo existía en los recuerdos. Volvía a mirar el agua cada vez que le costaba respirar, cada vez que el mundo parecía un laberinto de escombros, humo y gritos.

Nueva York había muerto muchas veces, se decía. Cuando ardieron las torres en 2001, cuando el gran apagón de 2003, incluso con el colapso financiero o la llegada del virus en 2020. Pero nunca había visto a la ciudad retorcerse como en el primer verano posapocalíptico, y por extraña que fuera la vida, ella y su grupo seguían sobreviviendo sobre las ruinas.

Aquella mañana, Michaela trepó la última escalera de la muralla junto al antiguo High Line, donde cinco centinelas aguardaban, tensos, observando el brillo de algún reflejo entre los autos abandonados de la Décima Avenida. Allí arriba, el aire era tan húmedo como la respiración de una bestia invisible, y el hedor de la muerte llegaba mezclado con el inconfundible aroma del Hudson, a lodo y gasolina rancia.

No eran muchas las patrullas que se atrevían a avanzar más allá de las murallas. La mayoría prefería guarecerse en los nidos fortificados de los pisos altos o en las antiguas estaciones de tren, desde donde podían vigilar los movimientos de zombis y de los carroñeros de Queens. Esa mañana, sin embargo, Mickey –como la llamaban sus compañeros– tenía que ir al perímetro. El Consejo –un círculo tembloroso de ancianos, milicianos y algunos comerciantes con pistola– lo había requirido para inspeccionar la brecha reciente cerca de Hudson Yards.

La muralla: cinco metros de altura, construida con los restos de contenedores de barco, planchas de metal rescatadas del astillero y sillas apiladas, soldadas con miedo y rabia. Nadie podía decir que el muro era bonito o eficaz, pero durante meses había mantenido a raya a las hordas hambrientas. El problema era que ahora, mucho más que antes, la ciudad estaba viva de nuevo, aunque fuera una vida de gritos, motores viejos, y el incesante eco de disparos a lo lejos.

–Mickey, ¿ves eso? –susurró Joey, apuntando con su fusil a la curva del puente flotante improvisado más allá de la calle treinta y dos.

Ella se asomó, con el telescopio rudimentario que habían montado con lentes de cámaras rotas.

En la distancia, una figura se movía sobre el concreto resquebrajado. Vestía una chaqueta militar vieja. No era un zombi: caminaba erguido, con cautela, tocando de vez en cuando un silbato, como si guiara a alguien o algo invisible para la patrulla en la muralla.

–No dispares –dijo Michaela.

Las órdenes eran claras: no se disparaba a extraños con vida. No sin preguntar. No sin dejar margen para rehenes o nuevos aliados.

Bajó la escalera y corrió a la radio. Solo quedaban dos transistores funcionales y la comunicación era por códigos simples: “tres-luces-verdes” para posible comercio, “azul y dos amarillos” para hostiles, “rojo ciego” para brecha zombie.

Mickey se acuclilló junto a la antena reparada y presionó el interruptor.

–Aquí Colina Chelsea. Consulta en el Puente. Hay caminantes vivos, repito, vivos, en la curva de la treinta y dos.

La respuesta llegó al minuto, envuelta en chasquidos y estática.

–Recibido Chelsea. Patrulla Norte saliendo. Mantengan posición.

Las reglas del nuevo mundo eran simples: no confiar, no ser predecible, no mostrar miedo. Era un mantra compartido incluso por los recién llegados, los mismos que antes de la plaga eran banqueros, diseñadores, rateros o barrenderos. Ahora, todos eran soldados, mercaderes, o simples presas.

Un niño llamado Samuel, de diez años, apareció de pronto junto al pie de la muralla.

–Mamá dice que el camión trajo arroz de Jersey, pero está lleno de bichos –dijo, con ese tono resignado que Michaela asociaba a los niños criados en la desgracia.

–¿Quieres algo de pescado seco? Lo cambié por agua anoche.

Samuel asintió, y ella rebuscó en su mochila. Un trozo de bacalao seco, envuelto en una servilleta grasienta, parecía una ofrenda hacia los tiempos de supermarket y nevera llena. Hoy, era casi tan valioso como las balas.

Al regresar arriba, la figura aún avanzaba, y Mickey, con tres hombres más, descendió del muro en tropel. Era parte de su protocolo: nunca salir de a uno. Solo en grupo.

Atravesaron la senda marcada entre dos edificios derruidos. El ruido de las botas alertaba a los carroñeros y a los resignados, los primeros debido a la codicia, los segundos por miedo. Las calles de Nueva York ya no eran de nadie, ni de los vivos ni de los muertos.

Por fin, en la sombra de un viejo almacén, distinguieron al extraño. Era una mujer, no un hombre como Mickey supuso. Tenía una trenza pelirroja, la ropa mugrienta y botas militares. La acompañaba un muchacho de rostro aniñado con una escopeta de cañones recortados.

–Soy Lena. Del grupo del Astillero. Traigo carta para el Consejo –dijo, mostrando un trozo de tela blanca con un emblema pintado.

El Consejo había establecido ese sistema de “cartas salvoconducto”: trozos de uniformes con marcas, como los banderines medievales, para evitar que el mensajero recibiera un balazo antes de expresar su misión.

–¿Vienes sola?

–Con mi hermano. Queremos intercambiar semillas y medicinas –Lena no parecía temeraria, pero sí decidida. Sus ojos verdes no rehuían a las armas.

Mickey asintió, y les indicó que los acompañaran por la ruta segura, siempre entre los escombros, nunca por la calle.

Atravesaron la hendidura del viejo ‘Wasabi Sushi’ —donde aún colgaba el cartel semicarbonizado— y pasaron junto a las barricadas con clavos y bidones de petróleo. Más allá, ascendieron la rampa que antes era la entrada al centro comercial convertido en búnker principal del Consejo.

Allí dentro, la atmósfera era otra: paredes cubiertas de moho, lámparas a baterías, un bullicio de vendedores improvisados, niños que jugaban entre mantas y jóvenes limpiando armas. Una anciana repartía pedazos de zanahoria cruda, mientras un hombre canoso leía la lista de “trueques aceptados hoy”.

Lena entregó su carta. Mickey escuchó entre dientes la negociación: sulfate para limpiar pozos a cambio de seis paquetes de semillas de maíz híbrido guardadas de los días previos a la plaga.

Mickey observó a los hermanos. Había algo indómito en sus rostros; parecían no querer quedarse, tal vez porque sabían que toda alianza era temporal y toda noche traía noticias de muertos y traiciones. New York se había transformado en un tablero donde reinas y peones alternaban el poder según la ley del hambre y la astucia.

El trato se cerró. Los hermanos se despidieron rápido. Pero al salir, Lena la miró a los ojos.

–¿Tienen problemas con los grupos del Bronx?

Mickey vaciló. Las bandas del Bronx eran crueles y brutales. Cruzaban el Harlem River en bote, invadían fortines y subían con escaleras improvisadas para saquear a sueldo.

–Entraron la semana pasada hasta la 125, quemaron un almacén de medicinas. Tuvimos suerte, los repelimos con ayuda de los de Midtown.

Lena asintió, bajó la cabeza.

–En el Astillero tenemos un plan –susurró–. Si alguna vez el muro cae o los zombies cruzan, encendemos tres bengalas blancas en la orilla. ¿Sabes lo que eso significa?

–Sí –respondió Michaela, recordando la señal acordada hacía apenas unos meses, durante una asamblea hecha bajo metralla: evakuar inmediatamente, llevar lo que se pueda, encontrar un refugio juntos.

Al regresar a su puesto en la muralla, el sol del verano despuntaba, quemando la neblina sobre el Hudson.

El día siguió su rutina anómala: distribución de agua recogida de techos; talleres improvisados de reparación con piezas de bicicletas y motores E-Scooters desarmados; turnos para llevar los muertos fuera del muro. Había menos zombis desde el invierno pasado, pero la amenaza de nuevos brotes era constante: bastaba que un residente se infectara accidentalmente para que la noche deviniese infierno.

Mickey solía buscar refugio en la azotea del Chelsea Market, donde quedaba algo de sombra y una vista insólita de Manhattan devastada. Allí, Suzie, una de las médicas, molía pastillas excedidas de fecha para hacer compresas.

–¿Alguna novedad? –preguntó Suzie, sin levantar la vista de su improvisado mortero.

–No muchas. Intercambiamos semillas y información con los del Astillero. Y tenemos noticias de saqueadores, decían que andan por la octava, cerca del viejo Madison Square.

Suzie asintió. Se aferraba a la lógica: catalogar suministros, establecer turnos de guardia, vigilar los síntomas. Cada pequeño procedimiento era un escudo mental contra el caos exterior.

Al atardecer, una alarma de metal repiqueteó en la muralla. Docenas de siluetas avanzaban por la Décima Avenida. No eran zombis. Y tampoco eran los del Astillero ni grupos conocidos. Iban armados, con chatarra, palos y unos pocos fusiles. Llevaban banderas negras —sin símbolos—: la marca patente de saqueadores nómadas que cruzaban túneles y líneas de metro colapsadas buscando tributo o venganza.

El Consejo reaccionó de inmediato. El plan era contener el avance en el primer cordón del muro, usar cebos —vacas magras, algunos barriles con vísceras— para atraer a zombis a la retaguardia. Si eso fracasaba, la señal era tocar la campana del reloj: tres toques cortos y uno largo, y todos debían refugiarse en los subterráneos fortificados.

Mickey, con apenas una bombarda artesanal y cinco cartuchos, se preparó para lo peor. Joey y tres más tomaron posiciones con sus rifles en lo alto. Una ráfaga de viento trajo el aroma pestilente que delataba a zombis rezagados entre los autos.

Los saqueadores se detuvieron a veinte metros. Gritaron, hicieron señas. Uno lanzó algo —una lata oxidada— que rodó hasta el muro: dentro, un mensaje en papel grasiento.

“Solo queremos agua y comida. Si disparamos, será la última vez que corran.”

El pulso de todos aceleró. La decisión, como siempre, era apostar a la diplomacia, buscar una salida que costara menos sangre, sabiendo que esa misma noche otras bandas vendrían a intentar lo mismo. New York era un leÓN herido, y su carne aún atraÍA a demasiados depredadores.

El Consejo se reunió: debate breve, palabras agrias. Por fin, Mickey subió a la cornisa, una bandera blanca improvisada en su mano.

–Si bajan las armas y se mantienen fuera, podemos ofrecer dos sacos de arroz y algo de agua. Nada más.

Los carroñeros lo pensaron. Era poco, pero suficiente para decidir no atacar. Retiraron a sus hombres, recogieron los sacos tirados con cuerdas, dejaron una amenaza: “volvemos mañana”.

Esa noche, Mickey y los suyos reforzaron la muralla y durmieron listos, cada uno con el arma cerca.

Mientras el Hudson resplandecía bajo la luna, y la silueta de Manhattan se recortaba entre la niebla azul, Mickey comprendió que la vida en Nueva York ya no era lucha entre vivos y muertos, sino entre los muchos modos de seguir siéndolo. El muro resistiría una noche más, y tras sus planchas oxidadas, la esperanza brotaría en cada puñado de maíz sembrado junto a la vieja vía del tren. Cuando la ciudad dejara de ser solo trinchera y comenzara a florecer de nuevo, quizás podrían soñar de nuevo con libros, rascacielos y risas en los parques. Pero por ahora, la consigna era clara: resistir, negociar, dormir poco y nunca, jamás, confiar en la calma.

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