Fragmento:
Que alguien más use la biblioteca da seguridad y, a la vez, miedo. En las noches, cuando queda solo y el ventarrón acaricia la fachada de mármol deslucido, Mason recuerda la voz de su madre, “las palabras sobreviven al invierno, cariño; pero los hombres, no”. Ahora la nieve cae en Manhattan con la misma indiferencia con la que caen los muertos: ralentizando, tapizando, anulando sonidos; universos minúsculos de desolación extendiéndose por las avenidas vacías.
Duración: 11:19
15 de diciembre de 2020
Que alguien más use la biblioteca da seguridad y, a la vez, miedo. En las noches, cuando queda solo y el ventarrón acaricia la fachada de mármol deslucido, Mason recuerda la voz de su madre, “las palabras sobreviven al invierno, cariño; pero los hombres, no”. Ahora la nieve cae en Manhattan con la misma indiferencia con la que caen los muertos: ralentizando, tapizando, anulando sonidos; universos minúsculos de desolación extendiéndose por las avenidas vacías.
Han pasado nueve meses desde que el primer grito recorriera el hospital Bellevue como una palabra secreta. Un secreto que se esparció a cada sala de emergencias, cada tienda de barrio, cada andén de metro. Mason lleva dos semanas sin ver salir humo de las alcantarillas, y los únicos coches que circulan lo hacen a ráfagas breves, en convoyes, a menudo disparando a cualquier bulto que cruce el asfalto congelado.
Hoy ha amanecido envuelto en mantas, con la espalda apoyada en las estanterías del fondo, donde la sección de historia americana cede sitio a un pequeño refugio: una tienda de campaña, un par de bidones de agua, cuchillos y dos pistolas. El generador solo permite unas horas de luz tenue y suficiente calor para no morir de frío, aunque no para evitar el aliento condensándose como un fantasma al hablar. Hay más ruido de lo habitual afuera; el viento azota las ventanas y en alguna parte, abajo en la calle, resuena un disparo aislado.
Mason se levanta despacio. Ocho horas de vigilia y sueño inquieto en la biblioteca pública de Nueva York bastan para aprender un nuevo idioma de sigilos y crujidos. En la planta baja aguarda el verdadero peligro: a veces zombis, otras veces, peor aún, los saqueadores, o simples supervivientes desesperados. Nadie —ni vivo ni muerto— respeta ya los templos del conocimiento, piensa mientras recoge su mochila. Nada queda de la rutina antigua más allá del acto de posar los dedos sobre lomo de un libro.
El estómago gruñe cuando examina los víveres: media barra de pan, dos latas de guisantes, un trozo reseco de carne ahumada. Piensa en el supermercado de la Sexta Avenida. Lleva diez días cerrado, y tiene miedo de los olores dulzones que delatan carroña humana. Mira el reloj. Hace semanas que no acierta con la fecha exacta, pero el frío creciente —el más frío recuerda— le dice que ha llegado diciembre, y diciembre en Manhattan es nieve, campanillas y navidad. Ahora los villancicos son solo ecos perdidos, los recuerdos de otra civilización.
Quizá hoy baje a buscar comida, pero primero Mason revisa con mucho cuidado los pisos inferiores. Entre los pasillos huecos, repletos de libros inservibles para encender alguna hoguera rápida, los zombis aparecen a veces como estatuas caídas, quietos hasta que alguien les revela su posición. Al inicio los cuerpos parecían frescos, llenos de furia y velocidad; pero el invierno los ha vuelto torpes y amoratados, sombras errantes disuadidas por su propia lentitud.
En la sala de lectura, huele a orina y madera húmeda. Los ventanales que dan a la Quinta Avenida ofrecen una visión paradójica de la ciudad: gárgolas recubiertas de hielo, taxis inmóviles bajo nieve sucia, monumentos yaciendo como testigos mudos. Todo lo que no ha sido saqueado en verano ha sucumbido ahora al abandono. La gran bandera de Estados Unidos, descolorida y a media asta.
Mason dobla la esquina justo cuando oye el eco de unos pasos en las escaleras de mármol. Se aplasta contra una estantería y desenfunda el revólver.
—No dispares. —Una voz ronca, apenas más alta que su propio suspiro.
Tres figuras aparecen entre las sombras, manos levantadas. Reconoce a la primera: María, la enfermera de sesenta años con la que compartió la azotea del Empire State durante las primeras semanas de la plaga. Ella sonríe, uña partida, la cara surcada de arrugas.
—Vienes por ayuda —musita Mason, bajando el arma, aunque el corazón le retumba en la garganta. Los otros dos, un chico moreno con una bufanda roja y una niña de no más de siete u ocho años, se apiñan tras María.
—No hemos comido desde el viernes, —responde ella—, ni tú, por lo que veo.
El grupo se refugia en el rincón más cálido. Comparten la poca comida: una lata de melocotones, cara como el oro, se abre y los cuatro chupan los jugos, succionan los trozos amarillos, sintiendo el dulzor teñir la miserabilidad ambiental con algo cercano a la esperanza. Después, las preguntas: ¿Has visto alguna caravana militar últimamente? ¿Han cruzado zombis por la 42? ¿Alguien en Central Park ha encendido una hoguera? Inútiles una tras otra, nadie ha visto a nadie, nadie sabe nada.
—En las estaciones del metro hay grupos —apunta el chico (dice llamarse Paulo)—, pero cada semana desaparecen más personas. Anoche escuché disparos en Bryant Park. Creen que los zombis caen más en el gélido, pero algunos aún logran moverse.
Mason asiente. En noviembre, dos amigas suyas no regresaron del túnel de Grand Central. Nadie vuelve, es la norma. Por eso ya nadie entierra.
El miedo al frío es el único aliado. Los zombis se agrupan frente a los huecos del metro y a los conductos de vapor. Como lagartos, siempre en busca de un calor del que ya no entienden el significado. Mason ha visto cómo algunos simplemente se quedan vivos (¿o muertos?) sentados sobre las rejillas. A veces el hielo los bloquea, los ata, los convierte en estatuas de horror. A veces, otros más frescos les liberan y la horda reanima su torpeza violenta.
Por la noche, la pequeña se acurruca bajo una pila de diccionarios, agarrando un peluche mugriento. Mason y María discuten en susurros acerca de la próxima expedición para buscar comida.
—Podríamos ir hasta Koreatown, —dice María—. Allí hubo restaurantes, seguro quedan reservas, arroz o algo.
—Demasiado cerca de Herald Square —responde Mason—. Si cruzamos los túneles yo... no volvería a entrar nunca.
Ella se acerca y le pone una mano áspera en el brazo. “Si no volvemos, tampoco será muy distinto”, musita, y ambos ríen, bajito, como si el humor hubiera sobrevivido al invierno mucho mejor que algunos humanos.
A las cinco de la mañana, se ponen en marcha. Dejan a la niña y al chico en la biblioteca, con instrucciones de no salir bajo ningún concepto, y se arriesgan a bajar en la oscuridad. Mason va delante, pistola preparada, y una linterna tapada con un trozo de tela. Saben que la luz atrae a lo peor, pero sin ella los zombis parecen brotar de las paredes.
El trayecto hasta la Sexta Avenida es una traición a todos los sentidos. El frío los muerde bajo los abrigos, el olor a podrido se vuelve casi tangible. Pasan junto a una iglesia convertida en panteón: entre las puertas derribadas, reluce la candela de una hoguera apagada y, más allá, los cadáveres de saqueadores —no zombis, no aún— con los bolsillos vacíos y los estómagos metidos hasta la columna.
En la tienda de comestibles, la escena es la misma que recuerda Mason: pasillos arrasados, bolsas reventadas, un hilo de sangre seca que lleva a la puerta del almacén. El cuerpo de una mujer que una vez fue gerente y ahora es solo un torso devorado, pegajoso y congelado. El olor es casi peor que la imagen, pero María camina como quien sabe que dejar de moverse es firmar la sentencia de muerte.
Buscan en los recovecos; encuentran dos bolsas de arroz sin abrir, una lata de tomates, y —milagro de navidad— un recipiente de cacao en polvo, intacto en lo alto de un estante. Mason se lo guarda bajo el abrigo, notando el nuevo peso como si llevara una barra de oro.
Están regresando, cuando el temblor en la calle les avisa del peligro. No son muchos —cinco o seis zombis, tal vez—, pero el frío les hace arrastrar los pies como borrachos y Mason, por un segundo, se siente poderoso. María le adelanta, cuchillo en mano, y juntos dan la vuelta por la 41ª, esquivando los bultos que un día fueron personas conduciendo taxis. “Mira”, dice ella señalando un cartel de la UN, todavía colgado pese al viento. “Hasta los símbolos resisten más de lo que pensamos.” Ambos se ríen, breve y triste.
Cuando por fin regresan a la biblioteca, encuentran la puerta principal atrancada desde dentro. Mason llama en clave: dos golpes suaves, uno fuerte, dos suaves más. Paulo abre con cara de terror, y en su brazo derecho, un arañazo ensangrentado.
—No han entrado... pero uno estaba en la sala de mapas. Lo escuché. Logré matarlo, pero... —levanta la manga y muestra la herida.
Durante unos minutos reina el silencio más absoluto. Todos saben a qué conduce una herida así: infección, fiebre, transformación. María toma las riendas, pidiendo vendas, desinfectante y una botella de vodka fechada en 1976, que Mason guarda sólo para emergencias insalvables. Lavan a Paulo, le atan el antebrazo, lo abrigan. Paula (así se llama la niña, a Mason nunca le hubiera salido preguntar) se arrodilla junto al chico y le lee en voz baja, muy bajita, fragmentos de un ejemplar de “Alicia en el País de las Maravillas”. La magia de los libros, piensa de nuevo Mason, consiste en crear realidades alternas allí donde el mundo real solo da terror.
El día se pasa entre cuidados y oraciones. La fiebre sube, pero muy lentamente. El corte es superficial, después de todo, y María, como buena enfermera, explica mil veces los motivos por los que un arañazo no debería infectar a nadie... si la teoría de la transmisión es correcta. Mason, incapaz de confiar por completo, mantiene el revólver cerca, reza (pese a años de escepticismo) y por la tarde, cuando la luz se convierte en una línea anaranjada sobre los estantes, la fiebre cede.
La noticia corre entre ellos como champagne en Año Nuevo. Sonríen, lloran, abrazan al niño que creyeron perdido durante horas interminables. Fuera, la ciudad es solo viento y nieve, pero de noche la biblioteca se convierte en un hogar. Mason enciende el generador solo para calentar agua de cacao; María canta una nana en portugués, Paula duerme abrazada al libro de Alicia.
No saben si mañana la ciudad será invadida por una nueva horda, si la comida durará hasta la semana siguiente, o si el agua dejará de salir de una cañería helada. Saben, eso sí, que han sobrevivido otro día. Y al contemplar la nieve parecer agua saliendo del cielo sobre las gárgolas de la biblioteca de Nueva York, Mason decide que hay razones para resistir, aunque ninguna otra cosa sobreviva a Manhattan salvo relatos como este, quizás escondidos entre las páginas de una novela olvidada.
La última frase que escribe antes de dormir es esta:
“La nieve termina cubriéndolo todo, incluso los recuerdos. Pero entre los lobos y las ruinas, quedan las palabras”.
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