17 de agosto de 2020
El sonido de los motores de helicóptero se apaga sobre Manhattan justo antes de la puesta de sol, dejando un silencio tan absoluto que la ciudad entera parece contener la respiración. La neblina cálida del verano se mezcla con la ceniza de los vehículos quemados y el olor ácido de la descomposición, formando una atmósfera espesa en la que la vida y la muerte no son más que rumores que llegan por la radio militar, una radio que chisporrotea en la oscuridad de lo que una vez fue un elegante despacho en el piso cuarenta de un rascacielos cerca de Bryant Park.
Leo apoya los codos en la enorme mesa de cristal cubierta de polvo y papeles inútiles —contratos, notificaciones judiciales, una carta del alcalde que nunca llegaría a destino—, y revisa por última vez el cargador de su pistola. El ocaso transforma la ciudad en un mosaico de sombras rotas, rascacielos apenas recortados contra el cielo sucio de humo y nubes. Lo que fue una jungla vertical de vida y promesas, ahora no es más que una prisión de concreto, transitable sólo para los desesperados, los muertos y los que aún se aferran a la esperanza.
—¿Crees que llegarán esta noche? —pregunta Heather, sentada en el suelo junto a la ventana. Su voz tiembla, pero no de miedo, sino de fatiga. Su chaqueta de policía aún lleva, borrosos, los parches del NYPD, pero hace semanas que dejó de portar el orgullo de la ley. Ahora sólo porta la voluntad de vivir un día más.
—Los escuché en la radio hace un rato —murmura Leo—. Había disparos cerca del Empire State. Deben estar a unas quince cuadras, o menos.
Heather asiente. Mira hacia abajo, hacia la Quinta Avenida, donde la tarde parece más oscura. Allí desaparecieron los últimos buses de la Guardia Nacional una semana antes, tragados por una marea de cuerpos que sólo podían avanzar hacia adelante, por inercia, por indecible hambre. Leo la observa de reojo. Ella lleva un bate de béisbol lleno de muescas, manos manchadas por el recuerdo de encuentros anteriores. La ciudad devora la inocencia en días, a veces en horas.
En la oficina quedan otros cinco sobrevivientes. El doctor Chang, antes anestesista en Bellevue, ahora el encargado de las medicinas y las llaves del botiquín; Marcus, informático, encargado de la radio militar; Dylan, adolescente escapado de la zona del Bronx, experto en encontrar comida entre los escombros; Nadia, maestra de preescolar, y un anciano llamado Mister Harris, que no habla inglés y sólo reza en ruso a las horas más oscuras de la noche.
Las noticias, contadas por improbable voz humana tras el crepitar de la radio, son cada vez peores. Brooklyn Bridge está cortado tras una explosión, reportan. El ejército ha perdido contacto con los destacamentos en Harlem. Las luces se han apagado, una a una, hasta que sólo faroles rotos y destellos de incendios aislados rompen la oscuridad nocturna. Las redes sociales han muerto ya hace días, por fin devoradas por la avalancha de ruido, miedo y muerte. No queda internet; sólo el murmullo de la radio y los gritos distantes de los muertos.
El plan, si se le podía llamar así, era no moverse hasta el amanecer. Marcus insiste, noche tras noche, que un convoy mayor de la Guardia Nacional está por alcanzar el Lower Manhattan y rescatarlos. Pero hace cuatro noches también lo prometieron. El edificio, con sus persianas cerradas y sus oficinas saqueadas, parece seguro desde lejos, pero todos saben que no aguantarán indefinidamente. El agua embotellada se agota. Los víveres caben ahora en una mochila. Y lo peor: los zombis —enfermos, contagiados, muertos en vida— parecen moverse con un propósito nuevo.
—Van hacia el río —dice Leo mientras vigila la Avenida. — Siguen caminos amplios, como los carros. Como si recordaran.
Heather mira su bate, como si pensara que el recuerdo mismo fuera una especie de arma.
—Tal vez sólo responden al ruido y a los olores —sugiere sin fe.
Pero todos han visto las imágenes: hordas enteras desplazándose juntos, chocando con coches, escalando, tumbando rejas como si la multitud se convirtiera, por un instante, en algo mayor.
El sol se oculta por completo. Nueva York, aún después de cinco meses de horror, sigue siendo hermosa en la oscuridad: las siluetas de los rascacielos parecen dioses de piedra observando su propio genocidio.
***
Después de las ocho, Heather sugiere buscar refugio más bajo, en caso de incendio. Solía haber generadores portátiles en el sótano, pero el acceso a los garajes es letal de noche. Mister Harris protesta en ruso, pero se levanta torpemente y agarra su mochila polvorienta. Nadia carga al pequeño Dylan, que se niega a soltar una linterna mugrienta a pesar de que ya casi no tiene pilas.
—Mañana volvemos arriba —dice Nadia, para calmarlo.
Nadie responde, pero todos saben que lo único seguro es el aquí y ahora.
En las escaleras, el eco multiplica sus pasos. En el piso treinta y cuatro, pasan junto a una oficina donde una barricada improvisada se derrumbó hace poco: unos pocos cuerpos —ya irreconocibles— y manchas oscuras en los muros son todo lo que queda de los ocupantes previos. Es el recordatorio de que la muerte, en esta ciudad, es cuestión de descuido.
Sam, una vieja antena de radio metida en la mochila de Marcus, pita con vida propia. Alguien, con una voz distorsionada y metálica, transmite desde lo que queda del cuartel de policía en la calle 42. Sólo un fragmento:
“… repito… si alguien aún puede oírme, hay refugio armado en UN Terminal. Puerta este. Sólo adultos mayores de 12. Ataque esperado a medianoche—” luego se corta.
Marcus mira a todos. El mensaje podría ser una trampa —los cuentos sobre bandas que usan señuelos son frecuentes—, pero quedarse allí parece aún más peligroso.
—¿Cuánto queda hasta la estación? —pregunta Nadia, con la voz seca.
—Menos de diez cuadras, si vamos por las calles secundarias —responde Heather, planificando mapas en la cabeza. —Pero… ¿y si el edificio está lleno?
Por un rato, nadie dice nada. Es la maldición de la supervivencia: cada decisión podría ser la última.
***
Deciden moverse. Leo va al frente, Marcus cierra la marcha. Llevan lo que pueden: un par de botellas de agua, galletas vencidas, todos los medicamentos posibles, armas y herramientas. En la calle, la oscuridad es sólida. De los salones luminosos donde antes hervía la ciudad, sólo quedan ruinas y algunas fogatas lejanas. El grupo avanza, agazapado entre sombras.
En la intersección con la calle 38, pasan un lineal de taxis amontonados, ventanas rotas, puertas abiertas. Un cuerpo se agita bajo uno de ellos —alguien que aún no ha despertado del todo, o que la enfermedad no ha terminado de consumir—, pero nadie tiene el valor, o el tiempo, de rematarlo.
Un grupo de tres zombis camina tambaleante a la altura del Bryant Park. Se giran al percibir las pisadas, y Heather se adelanta —un solo golpe seco con el bate sobre el cráneo del más próximo—, mientras Leo asegura el perímetro. Ya no hay gritos. Han aprendido que el silencio es el mejor aliado.
Evitan Times Square, convertida en una trampa mortal de vehículos y restos humanos. Ya nadie recuerda las luces del Nasdaq ni el murmullo de miles de turistas. El monstruo real aquí ya no es el neón, sino el hambre de los que aún caminan sin alma.
Atraviesan el túnel que lleva hasta la 42. El humo de una fogata reciente y el olor de comida rancia anuncian que otros —ya no se sabe si vivos o muertos— han pasado antes por ahí.
Al llegar a la entrada este de Grand Central, se detienen. La puerta está cerrada por dentro. Un grupo de guardias observan tras el vidrio blindado. Hay un intercambio tenso de palabras; uno de los guardias baja la pistola tras comprobar la ausencia de mordidas o síntomas. Les dejan entrar. El pasillo está lleno de personas apiñadas, exhaustas. Olor a sudor, desesperación y miedo. Una hilera de niños llorosos es custodiada por una joven con uniforme de tren.
—No se queden en la entrada —les advierte—. Si llega una horda, sólo tenemos minutos.
Dentro, se sienten extrañamente seguros. El grupo se instala junto a una pared, intercambia víveres con quienes aún conservan algún paquete de agua o frutos secos. Nadie discute—cada cual parece haber asumido que la vida ahora es trueque, silencio y esperanzo ciega.
Marcus escucha la radio. Las noticias del ejército en Queens no llegan; parece que no queda nadie en los puestos militares. Sólo una voz, inconstante, un sobreviviente que transmite poesía y oraciones desde un apartamento en Harlem, diciendo sólo:
“… Todavía hay esperanza. Donde hay gente, hay futuro. Resistid, hermanos de la ciudad vieja…”
El resto de la noche pasa en letargo. Heather se duerme abrazada al bate. Leo vigila, ojos redibujados por la fatiga. Mister Harris murmura letanías.
De repente, a las 03:40, suenan disparos en la calle. Un grito se corta a la mitad. La multitud, acostumbrada ya a la amenaza, reacciona rápido: manos cubriendo bocas, cuerpos desplazándose hacia el andén más lejano, donde supuestamente una vía de evacuación sigue intacta.
Leo mira a Heather. Un instante de duda, luego la determinación.
—Si logran abrir la puerta, nos dispersamos. No intentes pelear, sólo corre.
Heather asiente. Alguien comienza a gritar “¡Atrás, atrás!”. Un oficial dispara su arma contra la puerta de entrada, donde una decena de cuerpos presiona. Vidrio astillado. Una voz adolescente, quizás Dylan, llora:
—No quiero morir aquí…
La masa tumba la primera puerta. Los disparos silban. Los vivos corren, arrastran a los niños, abandonando mochilas y equipaje. Heather y Leo tratan de no perderse en el mar de cuerpos. Los refugiados se lanzan a los túneles, guiados solo por la oscuridad.
La siguiente hora es una mezcla de horror y milagro. Gritos, tiros, golpes y el rumor de pasos detrás marca la persecución brutal de los que han caído. Dylan tropieza, es levantado de un brazo por Heather. Nadia cae pero logra reincorporarse. Mister Harris desaparece entre la multitud, sus oraciones resonando un último segundo.
Al pasar la bifurcación del metro, los que quedan del grupo saltan a la vía, esquivando montones de huesos y soldados muertos. Un grupo de infectados tropieza tras ellos, pero el caos hace que algunos caigan y se trabe la estampida. Tras media hora de correr y arrastrarse entre cables y escombros, el grupo sale —en ruinas— por una escotilla en la calle 49.
El amanecer, por fin, parece un rescate. Sobre la superficie, el aire huele a humedad antigua y furia contenida. Manhattan yace bajo un velo de humo. Los helicópteros han cesado, pero el mundo sigue —o algo parecido a él.
Leo cuenta los sobrevivientes: siguen siendo seis, aunque no todos del grupo inicial. Heather, aún con el bate; Marcus, con la radio; Nadia, temblando pero viva; Dylan, mudo, mirando el horizonte rojizo.
El primer día de escape ha terminado. Manhattan arde detrás, como si la ciudad supiera que la esperanza está en otra parte. Nadie habla. Nadie mira atrás. Solo queda avanzar.
En algún lugar, una radio militar emite su canto moribundo.
“…Resistid…”
Y Nueva York, ciudad de dioses caídos y sobrevivientes obstinados, respira otro amanecer en la oscuridad, igual de hermosa, igual de mortal.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.