12 de Diciembre de 2020
Había una quietud terrible en el aire neoyorquino, una congelación a medias entre el invierno y la muerte, intensificada por la escasa luz gris que filtraba a trozos la niebla sobre el Hudson. Desde la azotea de un edificio residencial en el vecindario de Hell’s Kitchen, Julia observaba la ciudad que una vez había caminado sin miedo. Casi podía sentirla palpitando –aún viva en alguna insondable memoria– pero la realidad debajo era un lecho de cadáveres y escombros.
El invierno llegó temprano aquel año. Dicen que la temperatura en Central Park no subió de cero desde la última nevada, y no había calefacción en ningún lugar que no pudiera camuflar el calor tras escombros y cortinas gruesas. Si el frío mataba zombis, lo hacía lentamente; Julia se lo repetía como un mantra para conjurar alguna esperanza. A lo lejos, el East River parecía un espejo sucio, completamente desierto.
Julia apretó el rifle de caza sobre su pecho. Estaba sola. Tom no volvió cuando prometió regresar con medicinas del otro lado de la Novena Avenida. Habían pasado tres noches. Quizá era hora de considerarlo muerto, en el mejor de los casos.
Tenía una mochila medio vacía, dos botellas de agua y un saco con arroz que racionaba con disciplina monástica. Bajo sus pies, en los apartamentos abandonados, había otros como ella: sobrevivientes exhaustos, grupos que habían cerrado bien puertas y ventanas con todo tipo de atrancos, esperando que el frío y el tiempo pasaran pronto, que los zombis disminuyesen su movilidad, que la humanidad encontrase la manera de reorganizarse.
Pero la ciudad… la ciudad se había rendido hacía tiempo.
Julia revisó su reloj: casi las cinco de la tarde. El cielo ya palidecía, entre púrpura y plomo. No podía quedarse mucho más. Cada minuto que pasaba en la azotea era un riesgo –los disparos, incluso los pasos, podían atraer a los muertos desde cualquier calle. Aun así, necesitaba el consuelo de mirar la urbe porque se negaba a olvidar; un acto de rebeldía íntima contra la sensación de que todo era irreal, de que el mundo había terminado y lo que quedaba era puro eco y polvo.
Descendió al sexto piso con movimientos silenciosos, evitando las alfombras que crujían y los muebles desplazados. En el pasillo la esperaba el silencio absoluto, solo perturbado por el retumbar lejano de algo (¿quizás ganado salvaje?) entre los edificios, más allá de su vista. Al pasar cerca de la puerta 6C, oyó el arrullo suave de una radio de manivela. Por la rendija, un haz de luz titilaba. No se atrevió a tocar. Todos estaban paranoicos; un movimiento en falso podía acabar mal. Prefirió seguir, mantener su anonimato, su distancia estratégica.
Había aprendido la lección: confiar significaba arriesgarse a que te traicionaran por una lata de atún o una pastilla de antibiótico. El hambre y el miedo lo reducían todo a lo más básico.
Aquella tarde tenía un objetivo crucial: debía bajar al sótano. Los rumores de que en los edificios viejos todavía quedaban reservas de comida o calefactores alimentados por kerosén eran tan frecuentes como falsos, pero con cada día la necesidad empujaba a intentarlo de nuevo. Además, la semana pasada encontró indicios de un almacén clausurado: ventilas tapadas, puertas bloqueadas, pero el olor era prometedor: picante, remoto, a metal y a moho, pero diferente.
Recorrió la escalera con el paso de una sombra. Al llegar al primer piso, casi se tropieza con los restos de una barricada improvisada: tablones astillados y una manta enrollada que hacía las veces de cuerda. Bajó las escaleras con cuidado. Al no oír garras en el cemento ni el arrastrar pesado de los caminantes, suspiró aliviada.
Pero al llegar al sótano, encontró la puerta entreabierta.
Julia silenció sus pensamientos. Ajustó la correa del rifle, tanteó la navaja en su bota y puso la oreja a la rendija; ni un sonido. Empujó despacio. El chirrido leve le crispó los nervios.
Dentro, la oscuridad era más tupida, solo rota por la luz de una linterna temblorosa, y el hedor, más intenso. Al avanzar unos pasos, vio movimiento: una figura encorvada, indisimuladamente humana, revolviendo unos sacos de harina podrida.
Julia apuntó. –No disparen, por favor,– susurró la figura, levantando dos manos huesudas.
Un niño.
–¿Qué haces aquí?
–Busco comida…– se lamentaba, buscando entre los bultos mientras la miraba con ojos tremendamente abiertos. –Llevan días sin salir, allá arriba mataron a mi hermana cuando un hombre nos atacó. Pensó que teníamos medicinas.
Julia bajó el arma lentamente. No era un monstruo. Acercándose sin movimientos amenazantes, observó el rostro del chico: más allá del hambre, había un miedo sin nombre, casi transparente de tan extremo.
–¿Hay zombis aquí abajo?
El chico negó, pero negó con la cabeza de un modo casi solemne. Había algo peor: otra clase de miedo.
Julia decidió buscar junta a él. Revolviendo entre los despojos, encontró latas azules de comida de perro –limpias– y pulió una con la manga de su chaqueta. Sacó un abridor de la mochila y la abrió. El niño devoró el contenido sin dignidad, arrastrando un gemido que era mitad satisfacción y mitad alivio. Julia lo observó. Le recordó a su hermano pequeño, antes de la epidemia.
–¿Cómo te llamas?
–Eduardo. Pero todos me dicen Lalo.
–¿Tienes familia? ¿Alguien más contigo?
Él negó, esta vez con las lágrimas queriendo salir, pero se aferró a la compostura de quien ya no puede romperse más.
Cuando salieron del sótano, el anochecer era total. Subieron de nuevo en silencio; Julia decidió llevarse al niño por esa noche al apartamento 7B, que ella ocupaba tranquilamente, fortificado por una cómoda contra la puerta. Revisó todo antes de permitirle entrar. Finalmente, ambos se sentaron junto a una pequeña lámpara de batería, las ventanas cubiertas con mantas.
Julia notó el temblor de frío del muchacho. Removió su saco de dormir y arropó a Lalo, quien se quedó dormido casi de inmediato, acurrucado y casi aferrado a la esperanza de que la pesadilla no volviera cada noche. Ella se permitió, por primera vez en meses, recostar su rifle y cerrar los ojos, aunque solo por turnos de media hora.
El calor humano, aún precario, era más poderoso que el miedo.
* * *
En algún momento de la madrugada, Julia despertó de golpe. Un trueno seco retumbó en la distancia. Sonaba como una explosión, no como un trueno de invierno. Revisó el reloj: eran casi las tres de la mañana. Lalo dormía profundamente.
Se asomó, apartando apenas la manta de la ventana. El resplandor de un fuego lejano iluminaba parte de Midtown. Siguió el reflejo hasta distinguir, sobre el enorme perfil del Empire State, dos columnas de humo. Otro edificio ardía más allá, quizá hacia la avenida Park.
El espectáculo era a la vez hipnótico y aterrador. En algún punto de la ciudad, otros luchaban todavía por sobrevivir. Pero un fuego podía significar una cacería de zombis, una pelea entre bandas o –lo peor de todo– la destrucción de un refugio. Había aprendido a no dejarse llevar por la curiosidad. Sólo los tontos seguían el olor del humo.
El sonido de la explosión atrajo la atención de los caminantes. Los vio de reojo: una pequeña horda empezaba a moverse lentamente entre los automóviles congelados de la Décima Avenida. Los cuerpos, lentos y rígidos, apenas podían cruzar los charcos de hielo y los montones de basura. Pero en manada, nada los detenía.
Julia tembló, no solo por el frío.
* * *
Al amanecer, el saldo era obvio. Más cadáveres en las aceras, algunos humanos, otros zombis, irreconocibles bajo la helada. Con la luz gris, Julia y Lalo se movieron entre las habitaciones, en busca de suministros. Tenían que prepararse para cambiar de refugio: el incendio y el movimiento de los muertos harían inseguro Hell’s Kitchen por varios días.
Julia empacó las pocas provisiones que quedaban, meticulosamente, con una eficiencia nacida del extremo aprendizaje. Dejó varias cápsulas de sal y bolsas de arroz para quienes llegaran después, por si acaso. Recogió mapas, algunos cuchillos y vendas.
Al ver su reflejo en el espejo roto del baño, apenas se reconocía: ojeras profundas, labios partidos por el frío, el cabello atado en una trenza apretada y sucia. La mujer del espejo era diferente a la abogada que, diez meses atrás, presentaba casos en el tribunal del Bronx. Ahora sus manos estaban curtidas y endurecidas; sus ojos, más salvajes.
Lalo la miraba con esos ojos que aún guardaban un poco de niñez y mucho de resignación.
–¿A dónde vamos, Julia?
–Río arriba, hacia Harlem. Algunos dicen que el hielo allí detiene a los caminantes. Además, hay menos edificios altos y más lugares donde escondernos si hace falta. ¿Has estado en Harlem?
Lalo negó.
–Yo tampoco,– respondió Julia, y decidió que esa era la única promesa posible: moverse aunque no se sepa a dónde.
* * *
Salir de Hell’s Kitchen era una coreografía de luces y sombras, de silencios tensos y miradas rápidas. Julia sabía que el asfalto estaba lleno de trampas: zombis congelados que podían activarse de pronto, cazadores humanos más peligrosos, y bandas armadas que patrullaban por pura brutalidad.
Eligió avanzar por las calles secundarias, guiándose por una brújula analógica que encontró antes del último verano. De vez en cuando, escuchaba el crujir de pies descalzos sobre el hielo, el arrastre metálico de un cubo. A veces, un relámpago de miedo la obligaba a refugiarse tras un taxi abandonado.
Al menos, el frío ralentizaba a los muertos.
Los zombis, antaño criaturas de pesadilla insuperable, ahora eran sólo masa: cuerpos caídos, piel gris, huesos por fuera, ojos congelados en una expresión de hambre sin sentido. Pero bastaba con uno despistado para arruinar el día.
Así llegaron al borde del parque Riverside. Allí, Julia divisó un grupo de figuras que se movían en fila india: eran humanos, cinco en total, vestidos con prendas gruesas, cada uno armado con palos o martillos. Empujaban un carrito de compras sobre la nieve.
Julia hizo señas. Mantuvo a Lalo detrás y avanzó levantando las manos, rifle a la espalda.
–No buscamos problemas,– dijo en voz clara.
Uno de los desconocidos, mujer grande de piel oscura y gorro rojo, la miró con cierta curiosidad cansada.
–Tampoco nosotros,– respondió. –Vamos a uno de los colegios en la 120. Hay refugio ahí. ¿Y tú?
–Vamos hacia Harlem,– respondió Julia.
La mujer asintió. Miró a Lalo.
–¿Es tu hijo?
Julia negó, pero acarició el pelo del niño con ternura espontánea.
–Viene conmigo. Su familia murió.
Ambos grupos se escrutaron un instante, en busca de cualquier trampa. Al ver la fragilidad de Lalo y los harapos inofensivos de Julia, se relajaron. Compartieron un poco de café frío. Julia aportó media galleta de raciones del ejército; a cambio, ellos le dieron una dirección: “Ve hacia la vieja biblioteca. Allí hay otros que buscan sobrevivir al invierno”.
* * *
Llegaron a su destino al caer la tarde: una escuela primaria, ventanas tapiadas, un par de vigilantes con pistolas herrumbrosas. Había más de veinte personas dentro, entre jubilados y familias.
Julia y Lalo fueron admitidos, tras un registro rápido. Adentro, el calor todavía era un lujo: un pequeño generador zumbaba en la sala principal, haciendo posible una estufa a leña improvisada. La atmósfera, aunque tensa, estaba cargada de una cierta esperanza. Los sobrevivientes murmuraban planes: trueque, protección, incluso sueños de limpieza de calles alguna primavera futura.
Julia, sentada junto al fuego, sintió por primera vez en meses una forma bruta de comunidad.
Lalo dormitaba otra vez, aferrado a una vieja almohada. Julia conversó, escuetamente, con otros: intercambió consejos sobre rutas seguras, habló de la horda que movía por el Midtown y anotó en su mapa las posiciones del último incendio. Acordaron turnarse en guardias nocturnas. Hubo, incluso, medio atisbo de risa, cuando una anciana de voz grave contó cómo ahuyentó a dos saqueadores con un tapón de bacinica.
Esa noche, Julia contempló la niebla anaranjada de Manhattan, el reflejo lejano de las luces de una ciudad extinguida, y sintió el pulso de la esperanza, más tenue aún que la delgada línea roja que separa vivos y muertos.
Afuera, la nieve empezaba a caer otra vez. Adentro, bajo el manto de la urbe herida, Julia y Lalo fueron, por unas horas, lo más parecido a una familia, y Nueva York, aún devastada, sobrevivía con ellos.
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