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Portada del relato El ocaso de Manhattan
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Fragmento:


Alicia llevaba tres días en el séptimo piso del viejo hospital Bellevue, acurrucada entre colchones arrastrados al hueco de la escalera y abrigada con una manta mugrienta. No era una casa, ni un refugio, sólo un punto alto que ofrecía una relativa vista de la avenida y, quizás más importante, una retirada segura en caso de ataque. Porque no eran los zombis lo que le quitaba el sueño —había aprendido a detectarlos tiempo atrás, a distinguir el arrastrar de los pies muertos y el inconfundible gemido cavernoso—, sino los otros sobrevivientes. Los hambrientos, los desesperados, los que recordaban lo que era vivir y matar por sobrevivir.

Duración: 11:56

El ocaso de Manhattan
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Texto de ajuste de pausa.

19 de diciembre de 2020

El invierno había caído sin piedad sobre Nueva York. La nieve cubría los restos de lo que alguna vez fue la capital del mundo, pero ahora era apenas un mausoleo para millones de muertos y los pocos vivos que se atrevían a atravesar sus avenidas desiertas. Si la ciudad que nunca dormía aún conservaba un pulso, era apenas un espasmo reflejo. Manhattan, que tantas veces vio las llamas del caos, ahora sólo se iluminaba por el reflejo de las hogueras improvisadas y los ocasionales relámpagos de un cielo hostil.

Alicia llevaba tres días en el séptimo piso del viejo hospital Bellevue, acurrucada entre colchones arrastrados al hueco de la escalera y abrigada con una manta mugrienta. No era una casa, ni un refugio, sólo un punto alto que ofrecía una relativa vista de la avenida y, quizás más importante, una retirada segura en caso de ataque. Porque no eran los zombis lo que le quitaba el sueño —había aprendido a detectarlos tiempo atrás, a distinguir el arrastrar de los pies muertos y el inconfundible gemido cavernoso—, sino los otros sobrevivientes. Los hambrientos, los desesperados, los que recordaban lo que era vivir y matar por sobrevivir.

La ciudad estaba sepultada bajo un silencio irreal. Nueva York era, en esos días, un rompecabezas de campamentos ocultos, barricadas abandonadas y zonas rojas llenas de cadáveres congelados, apilados junto a los contenedores como basura incinerada. A veces, mientras vigilaba por el ventanal roto, Alicia se preguntaba cuántos cuerpos podría haber bajo esa nieve. Miles, sólo en Manhattan. Decenas de miles en los túneles del metro, donde los primeros infectados buscaron refugio antes de que todo se saliera de control.

Tres meses atrás, todo parecía resolvible, sólo otro desastre, otro apagón o huracán Sandy, pero ahora el virus había demostrado no distinguir ni clases, ni policías, ni millonarios de la Quinta Avenida. Cada estación de bomberos, cada comisaría, cada iglesia había sido tomada, saqueada o incendiada. El helado diciembre sólo aceleraba la decadencia: los zombis parecían menos activos, entumecidos por el frío, pero los hombres... esos se volvían más peligrosos, impulsados por un hambre más elemental.

El amanecer del 19 de diciembre fue más gris que blanco. Alicia se desperezó con lentitud, el cuerpo adolorido por la dureza del suelo. Su pequeña reserva de comida se resumía en dos latas de sopa, una caja de galletas mohosas y lo que quedaba de una botella de agua filtrada. Tomó una lata y la agitó cerca de su oído, un gesto instintivo, como si así fuera a escuchar algo más que el tintineo del metal medio vacío.

A esa hora, la ciudad era un tablero de caza: los mendigos, antiguos oficinistas y chefs caídos en desgracia recorrían el asfalto como sombras. Alicia tenía un plan: llegar a la biblioteca pública, donde días antes había visto a un grupo de sobrevivientes, y unirse a ellos, aunque sólo fuera para compartir un techo. Temía a los grupos, pero la soledad era peor. El frío había matado a tres personas en el hospital las noches anteriores; uno de ellos, enfermero, se había dejado morir después de mutilarse la mano infectada semanas atrás.

Rellenó su mochila: linterna, baterías, una navaja oxidada, algo de cinta adhesiva y un par de vendas. Se ató el pelo en una trenza descuidada y, asegurándose de que no había nada moviéndose en la planta baja, inició la bajada. Cada escalón rechinaba como una alarma, y el eco, en esos edificios huecos, la sobresaltaba hasta la médula. El hospital olía a amoníaco rancio y heces humanas congeladas; los pisos más bajos todavía conservaban rastros de la matanza de octubre, cuando la horda rompió la cuarentena final.

Afuera, la nieve atenía el ruido de los pasos. Alicia avanzó por la Primera Avenida esquivando cadáveres, guiándose por la memoria, por instinto, y por el mapa mental de peligros que ya todos los supervivientes de Manhattan compartían: zonas ciegas, rutas de escape, las tiendas medio saqueadas donde aún podrían quedar restos de comida. Cada esquina la forzaba a detenerse, a observar. No fue hasta la calle 34 que se cruzó con el primer muerto del día: una figura arrastrándose, apenas un torso cubierto de abrigos ennegrecidos, sujetando con garras moradas el aire frío, moviéndose en temblores espasmódicos.

Siguió su camino sin mirarlo, sólo apretando el ritmo y cruzando la calzada resbaladiza. Hace meses habría sentido lástima; ahora, sólo apremio y un poco de asco. Así eran todos. Así sería ella, tarde o temprano.

Al llegar a la Biblioteca Pública, la encontró amurallada con estantes volcados y carritos de libros apilados tras la verja. El león de piedra, bajo la nieve, parecía aún más fantasmagórico. Alicia dudó. Sabía que la acogida podía variar entre hostilidad y sumaria expulsión, según el talante del grupo de turno, pero era mejor que morir en silencio. Golpeó la verja suavemente. Un rostro emergió tras una ranura: ojos rojos de cansancio, bufanda raída hasta la nariz, mirada recelosa.

—¿Qué quieres? —dijo la voz, amortiguada.

—Comida. Calor. Compartir lo poco que traigo —ofreció Alicia, levantando su mochila de manera que se viera la comida.

—¿Estás armada?

—No lo suficiente para causar problemas —mintió.

Tras un largo segundo, la puerta lateral se abrió apenas lo justo. Alicia entró, sintiendo al instante el calor de fogatas improvisadas y al menos media docena de pares de ojos fijos en ella. Bajó la mirada e intentó no parecer una amenaza. El grupo estaba formado de rostros famélicos: una mujer de unos setenta con el cabello blanco y la dignidad intacta, varios niños arremolinados junto a unos hombres jóvenes —judíos jasídicos, dedujo por la kipá y la barba—, y dos tipos armados con bates y cuchillos, los encargados de la vigilancia.

Hablaron poco las primeras horas. Alicia compartió sus latas a cambio de abrigo y asiento junto al fuego, y escuchó la rutina: salir de día, buscar restos en las tiendas del Midtown, mutilar a cualquier zombi antes de arriesgarse demasiado, negociar con otros grupos en Bryant Park. No había autoridad real, sólo acuerdos de no agresión y la ley del más fuerte.

La anciana, que decían se llamaba Ruth, la examinó con paciencia y curiosidad. Parecía llevar la batuta, más por respeto que por autoridad armada.

—¿Has estado sola mucho tiempo? —preguntó Ruth mientras repartía el poco café soluble que les quedaba.

—Desde septiembre —respondió Alicia, aceptando la taza con manos temblorosas—. Mi grupo… salió de la ciudad. Yo… me quedé por mi hermano. Pero no lo logré encontrar.

Ruth asintió. Nadie preguntaba nunca por qué los otros habían sobrevivido. Normalmente, la respuesta implicaba la muerte de alguien más.

—¿Sabes coser? —preguntó de pronto una de las mujeres. Tenía una chaqueta agujereada y los pies envueltos en bolsas de plástico. Alicia asintió. Fue la única vez en semanas que alguien le sonrió.

El grupo, como todos en la ciudad, vivía del intercambio. En cuestión de horas, Alicia fue asignada a arreglar ropa, reforzar mantas, reparar mochilas a cambio de porciones de sopa aguada y un sitio para dormir donde al menos el frío no la matara. Conversaban poco, pero era una alianza suficiente.

Nueva York era, en ese diciembre, un infierno helado. Cada vez que uno salía, era un cálculo entre el riesgo de congelarse afuera o asfixiarse de hambre adentro. La ciudad estaba dividida con reglas tácitas: la Quinta Avenida era casi territorio de los saqueadores, el Meatpacking District se rumoraba infestado de bandoleros que robaban y mataban por cualquier resto de comida que los zombis dejaran. Los puentes, todos minados o derruidos para frenar el avance de hordas, eran trampas mortales, y el metro era todavía peor, una ratonera silenciosa donde el hedor era insoportable incluso con la nariz cubierta por bufandas congeladas.

A veces, en la noche, Alicia se preguntaba si algún día el gobierno regresaría. Si en Washington aún quedaban militares que no hubieran huido o matado a sus propios oficiales. Si alguien, allá afuera, seguía transmitiendo órdenes de rescate o apelando a una esperanza de reconstrucción. Pero la radio sólo emitía estática, y los rumores de Nueva Jersey decían que los últimos helicópteros militares habían sido derribados semanas atrás.

El hambre era una sombra constante. Las reservas del grupo escaseaban. Alicia aprendió que sólo la mitad podía salir a buscar comida; la otra tenía que quedarse defendiendo el refugio. Unas noches presenciaron peleas salvajes por una bolsa de pan mohoso, pero nunca llegó la sangre. Habían aprendido que matarse entre ellos solo aceleraba su propia muerte.

Un día, un niño desapareció. Se llamaba Samuel, tenía siete años y una mirada llena de fiebre y terror. Ruth y los hombres salieron tras sus pasos al amanecer. La ciudad estaba más vacía que nunca, salvo por los ecos lejanos de disparos o cristales rotos. Hallaron el cuerpo al pie de una alcantarilla, congelado, apenas mordisqueado por los dientes de los muertos. Le dieron sepultura detrás de la Biblioteca, bajo una placa improvisada de madera.

Esa noche, Alicia se permitió llorar. No por Samuel, ni siquiera por su hermano, sino por ella misma, por la certeza de que aquel monstruo helado en que se había convertido Nueva York también era ya su único hogar.

Diciembre avanzaba, y los muertos parecían menos inquietos, más fáciles de evitar, adormecidos por temperaturas bajo cero. Algunos supervivientes decían que el invierno sería la salvación: los zombis simplemente dejarían de moverse y podrían ser eliminados más fácil. Pero Ruth, que había vivido la guerra y la posguerra, era menos optimista.

—El frío mata, sí… pero a nosotros también.

Era cierto. La fiebre, la hipotermia, la desnutrición, todo conspiraba contra ellos. Alicia soñaba, a veces, con una primavera imposible, con el verde regresando al Central Park, con las luces de Broadway volviendo a encenderse. Pero cada amanecer era una negociación brutal con la realidad: salir, buscar comida, reparar ropas, regresar antes de que la oscuridad trajera de nuevo los fantasmas que entre los vivos y los muertos compartían la ciudad.

Una tarde, tras volver de una expedición fallida al centro, Ruth se sentó junto a Alicia.

—He visto ciudades caer, niñas como tú volverse mujeres muy pronto. También he visto salir el sol después de muchos inviernos —dijo la anciana—. Si sobrevives hasta la primavera, volverás a tener esperanza.

Alicia guardó silencio. Miró, a través de las ventanas tapizadas con mantas y libros, la silueta de la ciudad sumergida en el hielo. No sabía si creía en dioses, milagros o en el simple azar de la supervivencia. Sólo sabía que, esta noche, tenía un poco de pan y sopa, que su cuerpo temblaba menos y que, por un instante fugaz, no estaba sola.

En uno de los muros, alguien había escrito, con un carboncillo, lo que parecía un epitafio: “Nueva York resistirá”. Bajo aquella amenaza de muerte y renacimiento, Alicia cerró los ojos y se permitió dormir, escuchando el latido sordo de la ciudad, como si guardara en su pecho un secreto dolorido, el eco de millones de historias y sueños sepultados.

Así era el invierno en Nueva York, diciembre de 2020: feroz, silencioso, letal… pero no del todo vencido.

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