Fragmento:
El amanecer teñía la avenida de un gris azulado. Al otro lado de la calle, las fachadas de los antiguos grandes almacenes reflejaban el invierno con fracturas en sus cristales sucios. En las alturas, alguna vez relucientes, persianas caídas y cortinas deshilachadas eran las únicas señales de ocupación. Unas cuantas ventanas tapadas con tablones marcaban los últimos dominios humanos.
Duración: 12:01
11 de enero de 2025
El frío era más intenso de lo habitual aquel enero. Manhattan parecía tomada por una helada impenetrable capaz de petrificar los huesos. La nieve cubría todo, volviendo irreconocibles las avenidas y sepultando las huellas de un pasado que apenas sobrevivía en la memoria. Por mucho tiempo, la ciudad fue sinónimo de vida: ruido constante, luces brillantes, calles repletas como arterias palpitando en un organismo gigantesco. Ahora, las luces titilaban sólo en unos pocos refugios, y la ciudad respiraba apenas, jadeando entre ruinas, vigilando unos silencios tan pesados que rompían el alma.
Gabrielle, con las mejillas cortadas por el viento, ajustó su bufanda improvisada, hecha de trapos raídos. Caminaba trémula, aferrando el fusil que parecía más un peso simbólico que un seguro de vida. Atrás quedaba el campamento en lo que alguna vez fue la Biblioteca Pública de Nueva York: los leones de piedra custodiaban un refugio murmurante, convertido en cuartel de resistencia, escuela improvisada y almacén general.
El amanecer teñía la avenida de un gris azulado. Al otro lado de la calle, las fachadas de los antiguos grandes almacenes reflejaban el invierno con fracturas en sus cristales sucios. En las alturas, alguna vez relucientes, persianas caídas y cortinas deshilachadas eran las únicas señales de ocupación. Unas cuantas ventanas tapadas con tablones marcaban los últimos dominios humanos.
Gabrielle no pensó que algún día tendría miedo de la ciudad que la vio nacer. Era arquitecta antes del colapso y soñó en transformar Nueva York, nunca en reconstruirla a partir de cenizas y cadáveres. Caminaba en silencio, con los pasos bien medidos, evitando la nieve más honda que ocultaba peligros. En sus incursiones había aprendido que el menor sonido podía atraer tanto zombis rezagados como a los aún más peligrosos cazadores humanos.
Al doblar la esquina de la 5ta Avenida rumbo al sur, divisó a su compañero de patrulla, Malik, apostado tras un coche oxidado, cubierta la carrocería con lonas grises. Apenas asomó la cabeza y la saludó en clave: dos golpes secos en la puerta. Gabrielle respondió con un silbido corto, que se perdió casi de inmediato en el aire gélido.
—Nada en la avenida, pero escuché disparos hacia Bryant Park hace un rato —susurró Malik, con los ojos fijos en las sombras—. ¿Trajiste las noticias?
La arquitecta asintió y, mientras se resguardaba tras el vehículo, sacó del interior de su chaqueta unos papeles doblados. Desde hacía meses, las comunidades neoyorquinas improvisaban hojas de noticias escritas a mano, que pasaban de campamento en campamento mediante corredores dispuestos a arriesgar la vida cruzando la ciudad.
—Tres nuevos asentamientos al norte del Bronx —dijo Gabrielle, revisando sus apuntes—. Uno pequeño está intentando limpiar la vieja estación del metro en la 145. Al sur, parece que una banda impuso peaje para cruzar el puente de Williamsburg. Y los de Harlem… —hizo una pausa, mordiéndose el labio.— Encontraron veinte cuerpos hace dos noches. Casi todos humanos, ejecutados.
El silencio duró un instante. Malik bajó la mirada, clavándola en la nieve sucia. Hace más de cuatro años, un informe así habría desatado el horror en toda la ciudad; ahora, la muerte era sólo otro día. Cambiaron apenas las circunstancias: un monstruo nuevo en forma de hombre o zombie.
—¿Puedes creer que hace cinco años el problema más grave era que el metro se retrasaba? —musitó Malik, sonriendo con amargura.
Gabrielle apenas recordaba los detalles de ese otro mundo. Sus padres huyeron durante los primeros meses de la plaga, ella optó por quedarse para ayudar. Ahora, sus motivos se resumían a la simpleza brutal del pan, el abrigo y la esperanza.
Se pusieron en marcha. Debían inspeccionar la zona de Murray Hill, donde un pequeño grupo había solicitado auxilio por radio tres días antes. Un asentamiento vulnerable era un imán para ambos tipos de carroñeros: los zombis y los saqueadores. El trayecto era peligroso, especialmente de día, pero el invierno jugaba a su favor, ralentizando a los infectados y forzando a los humanos a moverse sólo lo indispensable.
Mientras caminaban, Gabrielle contó mentalmente los edificios intactos. Desde hacía algunos meses, muchos distritos parecían capturados en una fotografía de ruina: fachadas ennegrecidas, marcas de balas, carteles de advertencia y, a veces, mensajes colgados por los supervivientes (“NO PASEN. INFECTADOS DENTRO.” “SOMOS NO VIOLENTOS. NECESITAMOS AYUDA.”). En contraste, algunos muros lucían pinturas recientes; pequeñas obras de arte, oraciones, nombres de desaparecidos. La ciudad resistía en trazos de esperanza.
Atravesaron la 42, bordeando Grand Central, ahora un bastión de varias docenas de personas. Desde la distancia vieron los parapetos reforzados y la cinta de alambre, donde flameaban banderas hechas de lonas de plástico, marcando la presencia de un enclave fuerte. De los ventanales, asomaban vigías armados. Uno de ellos saludó discretamente y Gabrielle respondió con el gesto aprendido en la resistencia: dos dedos en el corazón, un solo golpe en la sien.
El puente de la calle Lexington era un punto crítico. Abajo, las vías del tren estaban cubiertas de cuerpos congelados, la mayoría demasiado antiguos para moverse. La nieve cubría las fauces abiertas, sobre algunos crecían hongos azulados y líquenes oscuros. Gabrielle recordaba el primer invierno de la plaga, cuando los cuerpos bloqueaban carreteras y el hedor era insoportable. Ahora, el frío mantenía la podredumbre a raya, pero la imagen de miles de cadáveres amontonados seguía siendo una de las peores pesadillas de los supervivientes.
En la entrada de un pequeño edificio, dos niños envueltos en mantas hacían guardia con linternas y un revólver oxidado. Los reconocieron y les permitieron pasar.
—Por aquí —dijo el mayor, quizás de trece años. Los guió hasta el interior, donde una decena de personas se reunían alrededor de una hoguera improvisada a partir de mobiliario escolar. Bajo el calor vacilante, una mujer mayor, Rosie, levantó la vista y se puso de pie con esfuerzo.
—Murray Hill, tal como prometieron, Gabrielle. Pensábamos que nadie vendría.
Gabrielle se agachó junto a ella. Tomó sus manos, ásperas y aún manchadas de sangre reciente —huellas de combatir zombis, tal vez, o de un parto dificultoso—. Malik vigilaba desde una ventana, el rifle listo.
—¿Qué necesitan? —preguntó la arquitecta.
Rosie contestó sin ceremonias.
—Medicinas para la tos. Un médico, si pueden. Hace dos noches tuvimos fiebre alta en tres chicos. Agua está al mínimo. Tenemos algo de comida, no más para una semana. Y se oyen ruidos en la estación 33rd cada madrugada —la voz le tembló levemente—. No humanos. Caminan arrastrando cadenas.
Gabrielle asintió y se puso en pie. Entregó una lata de antibióticos, una radio y dos paquetes de galletas a la anciana. Luego recorrió la sala, revisando a los enfermos, tranquilizando a una madre joven. Registró los detalles en su libreta: “Murray Hill – 12 vivos, 3 enfermos, agua crítica, presencia de infectados en 33rd.”
Al volver junto a Malik, miró por la ventana hacia la negrura de la ciudad. Imaginó cientos, miles de historias semejantes, dispersas como puntos luminosos en el mapa devastado del viejo Nueva York.
—Volveremos —aseguró—. Aviso por radio en cuanto lleguemos a la biblioteca.
—Oscurece temprano. Hay que movernos ya —gruñó Malik.
Antes de irse, la anciana les ofreció un trozo de pan. Gabrielle dudó, pero terminó aceptándolo: ninguna dádiva debía despreciarse en esos tiempos. Comieron en silencio, pensando en lo que les depararía la noche.
El regreso fue peor. El viento arreció, y la ciudad se volvió una caverna de ecos y amenazas. Al cruzar un callejón, avistaron a tres personas arrastrando carretillas cubiertas con lonas negras. Gabrielle y Malik se ocultaron tras un kiosco parcialmente derruido, observando. Uno de los desconocidos llevaba una escopeta, los demás armas improvisadas. Por el modo de moverse, Gabrielle supo que no eran zombis, sino sobrevivientes hostiles. Esperaron que pasaran; sólo después continuaron, con los nervios al límite.
Faltando dos calles para la biblioteca, encontraron los restos de una fogata aún humeante. Sobre la nieve, huellas frescas llevaban hacia una tienda saqueada. Los vidrios rotos reflejaban la luz como cuchillas. Malik y Gabrielle avanzaron con sumo sigilo.
Dentro, un niño pequeño, de unos siete años, recogía lo que podía. Latas abolladas, trozos de pan mohoso, una botella rota. Tenía la cara manchada y los ojos de alguien que había visto demasiado para su edad.
—No temas —dijo Gabrielle, de rodillas, extendiendo sus manos vacías—. No vamos a hacerte daño.
El niño dudó. Miró alternativamente a Malik, que apretó los labios con resignación, y a las manos de Gabrielle. Finalmente, soltó una lata y comenzó a llorar, las lágrimas dejando surcos en el polvo de sus mejillas.
—Se llevaron a mi madre —sollozó—. Gente mala. No sé dónde está.
Gabrielle maldijo mentalmente al destino. Tomó al niño en brazos y lo envolvió en una manta. Malik, revisando los restos, apartó algunos escombros y recogió dos paquetes de arroz.
—Regresemos —dijo, mirando a Gabrielle. Ella asintió.
Ya de noche, cruzaron los portones de la biblioteca. Los leones de piedra, cubiertos de nieve y musgo, parecieron saludarlos, mudos testigos del tiempo. Dentro, la luz de las velas alumbraba mapas y listas de tareas, y las sombras de los guardianes iban y venían, proyectadas por el fuego.
Inmediatamente, Gabrielle llevó al niño a la zona de cuidados. Le dieron caldo caliente y prendas secas. Los ancianos de la comunidad murmuraban entre sí, algunos bendiciendo en idiomas que sólo se susurraban en los viejos guetos del East Side.
Malik, exhausto, se desplomó junto a la hoguera y desenfundó su radio.
—Aquí patrulla dos, informe para todos los asentamientos del Midtown: Murray Hill, doce sobrevivientes, tres enfermos; asentamiento niños, suministros escasos, petición de ayuda médica, ruidos extraños en estación 33rd; avistamiento de grupo armado en la 42; rescate de menor NN —pausó y miró a Gabrielle—. Seguimos atentos.
Gabrielle, mirando a su alrededor, sintió la tentación del llanto, pero se contuvo. A su modo, aquella rutina cotidiana —salvar un niño, llevar medicinas, contar historias de esperanza— era la piedra angular de la resistencia.
Y porque era invierno en Nueva York, y porque todos los sueños parecían haberse congelado, fue en ese momento, al calor de una sopa aguada y las risas de un niño a salvo, cuando Gabrielle entendió que proteger la vida, incluso así de rota y herida, era la única victoria posible.
Se levantó, colgándose una linterna al cuello, y abrió el cuaderno donde archivaban las crónicas del invierno. Escribió:
“11 de enero de 2025. Día treinta y dos del Gran Frío. Hoy rescatamos a un niño. Murray Hill sigue resistiendo. Esta noche la ciudad parece un poco menos muerta. Quizás, en este mundo nuevo, la esperanza se construya así: paso a paso, al abrigo de las ruinas. Seguimos aquí, seguimos juntos.”
Cerró el cuaderno y escuchó a los leones rugir en el sueño. Afuera, el viento, ese aliado y enemigo, seguía deshojando el alma antigua de la ciudad. Adentro, gracias a quienes aún se negaban a rendirse, la vida continuaba.
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