Fragmento:
Quizá por costumbre, quizá por desesperación, pasaron otro día encerrados. Como siempre, contaron balas (cuatro), cuchillos (tres), y latas (cinco). El matrimonio se turnó para dormir, y Marina se mantuvo vigilante hasta que la luz filtrada por los agujeros en las tablas comenzó a palidecer. Afuera, nevaba con furia. Miró a Will, soñoliento. Tomó la decisión con la resignación de todos los adultos de su tiempo.
Duración: 11:57
14 de Diciembre de 2020
El viento arrastraba copos de nieve sucios por las calles desiertas, yendo y viniendo entre montículos de escombros y los cuerpos inmóviles de quienes no habían logrado sobrevivir ni un día más en la ciudad. Nueva York, una vez brillante, caótica y llena de vida, era ahora un campo de hielo y muerte. El invierno había llegado temprano, pero ninguno de los supervivientes que se refugiaban entre los restos de edificios reconocía en eso una bendición. No todavía, no mientras el hambre los desgarraba por dentro.
Marina se encontraba acurrucada bajo una lona sucia en lo que había sido el vestíbulo de un banco en el Bajo Manhattan. La acompañaban su hermano menor, Will, y dos ancianos cuyos nombres no preguntó nunca. El lugar olía a moho, a sudor frío y miedo rancio. Era un olvido funcional: cualquier molestia era preferible al hedor de fuera, donde la ciudad apestaba a cadáver y a excrementos, a gasolina estancada y humo de incendios recientes.
El frío entraba en su cuerpo, atravesando todas las capas, y le recordaba la fragilidad de sus huesos. Era el día quince de la ola polar, y ya habían agotado la poca leña y los muebles rotos que lograron acarrear. Apenas quedaban media docena de enlatados y un puñado de galletas quebradizas. Del otro lado de la entrada fragilmente tapiada, la Quinta Avenida era un cementerio silencioso. El rugido de los zombis, que meses atrás llenaban la ciudad de aullidos y gemidos, ahora apenas se oía. Pero Marina sabía que seguían allí. Siempre estaban cerca.
Will despertó en medio de la madrugada estremecido de frío y de hambre. Tenía doce años, la piel salpicada de moratones y las mejillas hundidas —el resultado de la hambruna y el miedo. Hablaba poco, y nunca preguntaba por su madre. Hacía más de un mes que vieron cómo se la llevaban los zombis en un rincón oscuro de Broadway, y ese era ahora un recuerdo que ambos hermanos compartían en absoluto silencio.
Los dos ancianos eran un matrimonio, uno tuerto y el otro apenas podía caminar. Fingían no darse cuenta cuando Marina rebuscaba en las mochilas por la noche, hurgando por cualquier cosa comestible, por una pastilla olvidada. Habían llegado a acuerdos tácitos: compartir el calor, compartir el silencio y no preguntar nada sobre el día a día. “El invierno nos matará antes que los zombies”, murmuraba el más fuerte de los dos, aunque Marina nunca estaba segura de que ella lo creyera.
Esa tarde, el silencio se rompió. Un disparo sordo, de escopeta, resonó a varias manzanas hacia el sur, seguido de chillidos bajos. Marina se puso de pie de golpe, despertando a Will. Se miraron y luego aguzaron el oído. A lo lejos, el eco de pies —demasiados para ser humanos, arrastrándose, golpeando el asfalto congelado— decía que, por un momento, la actividad regresaba a Nueva York.
—¿Crees que vuelven? —susurró Will, los ojos azules abiertos como platos.
Marina negó con la cabeza, pero la verdad era que no lo sabía. El invierno había ralentizado a los zombis, pero no los eliminaba. Basta con un ruido, un cadáver fresco o un olor humano para que —como moscas— se aglutinaran de nuevo y convirtieran cualquier edificio en su tumba.
—No salgas —le dijo, y luego le dio una galleta endurecida, partidos los trozos para que pareciera más.
Quizá por costumbre, quizá por desesperación, pasaron otro día encerrados. Como siempre, contaron balas (cuatro), cuchillos (tres), y latas (cinco). El matrimonio se turnó para dormir, y Marina se mantuvo vigilante hasta que la luz filtrada por los agujeros en las tablas comenzó a palidecer. Afuera, nevaba con furia. Miró a Will, soñoliento. Tomó la decisión con la resignación de todos los adultos de su tiempo.
—Saldré por comida. Vuelvo en dos horas, ¿entiendes?
Will solo asintió. Llevaba semanas comprendiendo lo que ningún niño debería saber.
Marina se ató las botas con las medias húmedas, una bufanda polvorienta, el cuchillo de cocina atado al muslo y la pistola vieja metida entre dos suéteres gruesos. Colgó la mochila y, con una última mirada a quienes se quedaban, salió discretamente por la trampilla trasera. El viento azotó su cara como una bofetada. El silencio reinaba, pero bajo él siempre latía la amenaza de que algo se movía en los callejones.
El Upper East Side era una sucesión de automóviles abandonados, vitrinas rotas y basura. Las banderas desgarradas colgaban de edificios gubernamentales, y los rascacielos parecían haber envejecido dos siglos desde la última vez que los vio iluminados. Caminó despacio, evitando charcos de nieve y escaleras donde podía haber cadáveres ocultos. Sabía moverse; los meses anteriores la habían entrenado como ninguna universidad moderna podría.
Pasó junto al puesto de perritos calientes de la esquina. El carrito estaba volcado, oxidado y vacío, pero Marina abrió el compartimento, movida por la esperanza robada. Nada, salvo una rata congelada y el moho tapizando el metal. Pasó de largo.
No vio zombis cerca. Pero era temprano; el frío los hacía lentos, pero jamás dormidos. Sabía, por experiencia dolorosa, que podían aparecer de pronto, atraídos por el menor ruido: una tapa de alcantarilla golpeada, el crujido de una ventana, un grito lejano. Mantenerse en movimiento era sobrevivir.
Cruzó dos avenidas y se asomó a un supermercado pequeño en la calle 69. La puerta estaba medio bloqueada por un camión de reparto, congelado y cubierto por una pátina fina de escarcha. Forzó la entrada por un portón lateral y, tras una breve y angustiosa comprobación de que no había zombis adentro, se sumergió en la oscuridad. El interior era un laberinto de estanterías saqueadas. El aire estaba cargado de frío, polvo y —peor aún— el tufo dulzón de los cuerpos apilados en la trastienda.
No había tiempo para considerar si eran civiles, saqueadores o empleados. Se movió rápida entre las góndolas. Patas de jamón mohoso, cajas vacías, cereales triturados. Por fin, detrás de una caja de arroz rota, halló una lata de atún sin abrir y un frasco de miel pegajosa, sellada. Joya entre la miseria. Los guardó rápido en la mochila.
Estaba por irse cuando oyó unos pasos. Un ser humano, jadeando, seguido de arrastres lentos. Cautela: cogió el cuchillo y se ocultó detrás de una estantería caída. Vio pasar a una figura envuelta en mantas sucias, temblando. Tan pronto apareció, surgieron otros dos: zombis, casi irreconocibles bajo su propia costra de hielo y sangre negra. El humano corrió y tropezó; Marina contuvo la respiración. Los zombis se le echaron encima, y el grito se perdió tras la mercancía caída.
No pudo ayudarlo; quería sentir compasión, pero necesitaba vivir. Aguardó, temblando en la sombra, hasta que los zombis se marcharon arrastrando a su nueva presa. Entonces escapó, corriendo, con los pies deslizándose sobre la nieve blanca que la noche empezaba a recubrir de hielo.
Regresó al refugio y casi no pudo contener el llanto al ver a Will, todavía dormido, el pecho subiendo y bajando en sueños inquietos. Todo lo que pudo hacer fue poner la lata de atún y la miel ante los demás mientras los ancianos la miraban en silencio. Nadie preguntó qué había pasado; nadie preguntó por la sangre en sus botas.
Esa noche, mientras compartían el pequeño botín, el anciano más fuerte rompió el silencio.
—En mi infancia, mi padre me contó que, durante las guerras, la gente hacía pan con serrín y sopa de hierbas—, dijo, masticando despacio y mirando fijo a Will.— Harían cualquier cosa con tal de sobrevivir. Nosotros, al menos, tenemos algo de comida esta noche.
—¿Y mañana? —preguntó Marina, la voz como una hoja de acero entre los dientes.
—Mañana, sobreviviremos de nuevo —respondió el hombre tuerto, tapándose con la manta.
Marina guardó silencio. Miró a Will, que le sonreía agradecido por el sabor dulce de la miel y la grasa de un solo bocado de atún. Afuera, la ventisca arreciaba; los ecos de dolor y muerte recorrían las avenidas como los viejos taxis amarillos, invisibles y despiadados. Sabía que, en algún punto, tendrían que dejar el refugio, buscar compañeros o un nuevo destino en la ciudad. Pero, por esa noche, sobrevivirían. Eso era todo lo que le importaba.
Durante días, la rutina se repitió. Marina aventurándose entre la nieve, esquivando muertos y saqueadores; Will recogiendo madera y prendiéndola con yesca húmeda; los ancianos turnándose para mantener la vigilancia. Fueron testigos de caravanas de supervivientes atravesando la ciudad a prisa, rumbo a Brooklyn o buscando la seguridad imposible de Central Park, ahora un bosque de ramas secas y carcasas de coches.
En las noches, Marina escuchaba desde su rincón historias sobre los viejos días: luces en Times Square, fiestas de Navidad en apartamentos diminutos sobre bodegas de Lower Manhattan, pizzas compartidas en un banco. Will no recordaba la ciudad; su Nueva York era este infierno congelado de huidas y hambre.
Un día, sobre la nieve endurecida del Battery Park, encontraron huellas humanas frescas, un rastro de pisadas que se dirigía hacia el río. Marina decidió seguirlas, y encontró una pequeña comunidad de apenas seis personas refugiadas en una vieja estación de ferris, rodeados de hogueras y barricadas improvisadas. Les ofrecieron comida a cambio de velar la entrada una noche. Marina aceptó, y por primera vez en muchos meses se sintió parte de algo más grande que la simple supervivencia.
En el mundo exterior, los zombis se apilaban en Nueva Jersey, cruzando de vez en cuando los puentes que todavía seguían en pie. Las calles continuaban infestadas, pero parecía que el invierno había convertido a Nueva York en un gigantesco congelador. Por debajo de la nieve, las ratas y cucarachas morían, y la pestilencia comenzaba a disminuir.
La esperanza era frágil; lo sabían todos. Pero esa misma fragilidad los impulsaba a mantenerse unidos. Los antiguos edificios de Wall Street eran ahora fortalezas, y los supervivientes se comunicaban a través de señales de humo y linternas. Las patrullas aparecían ocasionalmente: figuras humanas, armadas con cuchillos y bates, delimitando territorio a pura fuerza de voluntad.
Una tarde, mientras el sol apenas asomaba tras el humo de los incendios, Marina subió a la azotea de un edificio y vio la ciudad: extendida, helada e irremediablemente marcada. El humo ascendía en columnas delgadas, y en las calles apenas se movían los cadáveres. Imaginó escuchar, en algún rincón, la vieja música de jazz que su padre adoraba. En ese momento, pensó: “Vivir, por ahora, es suficiente”.
La ciudad ya no pertenecía a nadie, y sobrevivir en ella era un acto de rebeldía. Cada día era una victoria, cada bocado una reliquia del tiempo perdido. Por la noche, compartiendo historias alrededor de una pequeña hoguera, Marina se permitió imaginar un futuro: huertos en los techos, niños jugando en calles libres de muertos, la risa mezclándose con el canto de aves retornadas. Pero ese sueño duraba solo hasta que la próxima ronda de gritos le recordaba que, por ahora, el horror del invierno era lo único seguro.
Así pasó el último invierno en Manhattan, fragmento de una ciudad que aprendía a sobrevivir a lo indecible, esperando que la primavera, algún día, trajera consigo algo más que muerte.
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