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Portada del relato El eco de Manhattan
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Fragmento:


Mientras caminaba, con su balsa de silencio, recordó cómo solo un año atrás, las calles rebosaban vida las veinticuatro horas del día. Ahora, la ciudad era un cementerio de sonidos; el rugido de autos era reemplazado por el solitario crujido de la nieve bajo sus botas improvisadas y, muy de vez en cuando, el inconfundible gemido de un zombi varado entre dos taxis oxidados. A veces, esos gemidos eran más tristes que aterradores, una melodía fantasmagórica de lo que se había perdido.

Duración: 10:34

El eco de Manhattan
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Texto de ajuste de pausa.

12 de diciembre de 2020

Las luces de Times Square parpadeaban por última vez cuando Marisa se apretó el abrigo, forzando su respiración para no producir vaho. El frío neoyorquino, ese aliento brutal que antaño solo incomodaba a turistas y repartidores, ahora era un aliado inesperado. En las semanas previas, el invierno había traído consigo un cese relativo en la amenaza que acechaba cada calle. Los muertos, que meses antes arrasaban sin tregua por Broadway y la Quinta Avenida, se arrastraban ahora con torpeza, sus cuerpos rígidos por el hielo que carcomía los tendones e incluso las ansias. Su número, sin embargo, los hacía igualmente letales; montones de cadáveres bloqueaban entradas, y el hedor era insoportable incluso para las narices congeladas de los pocos vivos que persistían en el centro de Manhattan.

Marisa cruzó la Séptima Avenida, pisando la nieve sucia mezclada con una costra de sangre seca. El toldo de un Deli colapsado seguía siendo su marca de referencia para regresar a su escondite, tres pisos arriba en un edificio de oficinas. Llevaba una mochila que le amartillaba un costado. Solo cargaría agua y alimento si tenía suerte, y no confiaba en el azar de Nueva York desde por lo menos septiembre.

Mientras caminaba, con su balsa de silencio, recordó cómo solo un año atrás, las calles rebosaban vida las veinticuatro horas del día. Ahora, la ciudad era un cementerio de sonidos; el rugido de autos era reemplazado por el solitario crujido de la nieve bajo sus botas improvisadas y, muy de vez en cuando, el inconfundible gemido de un zombi varado entre dos taxis oxidados. A veces, esos gemidos eran más tristes que aterradores, una melodía fantasmagórica de lo que se había perdido.

El “campamento” de Marisa constaba de tres personas: ella, Carmen—a quien había encontrado escondida en una lavandería, ya cuando el cuerpo de su hijo era solo un recuerdo maldito en la entrada—y Arnold, un ex-manager de hotel que se había vuelto experto en saquear supermercados bajo la nariz de las hordas. No eran una familia, pero la familiaridad forzada había forjado vínculos de sangre. En aquel diciembre, sobrevivir requería algo más que suerte; requería confiar en alguien al menos la mitad de una vez.

Abrió la puerta de emergencia lo justo para colarse, escuchando los pequeños ruidos. Arnold había inventado una alarma con latas y una cuchara, un escándalo suficiente para darles doce o trece segundos de ventaja si algo, muerto o vivo, subía las escaleras.

—¿Todo bien, Isa? —susurró Arnold cuando cerró tras ella y encendió, apenas, la linterna de dinamo.

—Hay más nieve —dijo ella, ante la mirada ausente de Carmen—. Y vi que el grupo de la 48 sigue haciendo fogatas cerca de la estación. No sé si buscar refugio tan cerca les dará resultado.

—¿Conseguiste algo? —preguntó Carmen, con voz mortecina.

Marisa vació la mochila: dos sobres de sopa instantánea, tres latas hinchadas de frijoles, una cajita de zumo de manzana agria. Arnold silbó bajo.

—Si esto dura, aguantamos hasta Navidad —dijo, con palabras demasiado grandes para la esperanza.

La Navidad era un concepto casi onírico. En lo personal, a Marisa le traía recuerdos de cenas, coros, escaparates, aromas de castañas y vino caliente en Bryant Park. La supervivencia era allí un sucedáneo ingrato: compartir latas y agua hervida con extraños, contar historias para distraerse mientras la noche traía consigo el concierto de aullidos distantes.

Desde hacía semanas, discutían si debían marcharse. Manhattan seguía aferrada a la nostalgia de sus días de gloria, pero hacía frío, los recursos menguaban y los escombros bloqueaban muchas rutas de escape. Arnold insistía en que, ahora, la única esperanza era el invierno.

—Cuando bajen las temperaturas, se pudrirán más rápido. —Su optimismo era una máscara; Marisa sabía que era el temor al exterior lo que le mantenía en la isla.

Una noche de esas, discutieron encendiendo velas protegidas con tarros de mayonesa vacíos.

—No podemos quedarnos aquí. Cuando vuelva el calor, volverán a moverse.

—Si sobrevivimos hasta marzo, podríamos buscar un bote y cruzar al Bronx —dijo Carmen, aunque nadie mencionó que el Bronx probablemente era aún peor.

El verdadero terror, pensaba Marisa, era que después de tanto horror, la ciudad, finalmente en silencio, se volvía ajena.

Cuando el termómetro del baño (rescatado de una farmacia saqueada) marcó menos tres grados, fue Carmen quien sugirió moverse, buscando mantas para aislar las ventanas tiritantes.

Fue esa noche cuando Marisa escuchó pasos reales, humanos, en el pasillo del edificio.

La adrenalina le acuchilló el estómago. Arnold apagó la vela de un soplido y deslizó su mano a la navaja atada con cinta aislante. Marisa recogió la barra de hierro del suelo. Carmen abrazó las rodillas, mudando a un silencio de pura estatua.

Los pasos se acercaban. Tres, quizás cuatro personas. Voces bajísimas, apenas un murmullo en ruso o polaco. Marisa apenas contenía la respiración.

Las voces no subieron más allá de la puerta del segundo piso. Escucharon el crujido de papeles, pisadas escarlatas entre basura y vidrio.

—Siguen buscando pisos vacíos —murmuró Carmen cuando todo pasó.

Arnold dejó caer la navaja y sudó abundante, pese al frío.

—Algún día, serán ellos los que empujen la puerta —dijo.

La convivencia se volvió aún más callada durante las siguientes jornadas. Un día, Arnold se atrevió a descender y revisó la entrada del edificio. Regresó temblando de frío, con el rostro manchado de hollín.

—En la esquina, un fuego —informó—. Y dos cuerpos humanos, frescos. Alguien los mató anoche.

Marisa y Carmen cruzaron miradas.

—¿Los apilaron? ¿O…?

—No lo sé —rezongó Arnold, sentado sobre el radiador inerte—, pero uno estaba atado de pies y manos.

Era un mundo donde la delgada línea entre la monstruosidad y el instinto era difusa, salvaje.

Al día siguiente, un estruendo los despertó. Sonó como una explosión lejana; Marisa sospechó que debía ser la explosión de un transformador eléctrico, de los que aún restaban. Desde una rendija, vio resplandores sobre Central Park y la columna ascendente de humo.

—¿Creen que puede ser el ejército? —preguntó Arnold, con un temblor en la voz.

—Hace meses que el ejército ni se acerca. —Lo de Carmen sonaba a sentencia.

La noticia corrió aquel día como un suspiro: alguien, algún grupo numeroso, trataba de abrir una ruta a través de la Quinta Avenida, prendiendo fuego a las tiendas infestadas, buscando limpiar a los zombis para abrir paso hacia el Upper East Side. Algunos decían que era un remanente de la Guardia Nacional; otros, que se trataba de una banda armada, una de tantas que proliferaban en la ciudad.

El resplandor nocturno de las llamas iluminaba los árboles sin hojas de Central Park, y por un instante, Marisa recordó los reflectores de las premieres y las navidades del pasado.

No supieron exactamente de dónde vino, pero la noche siguiente una mujer llegó hasta su piso. Golpeó despacio, los llamaron por nombre (“Arnold, Carmen… Marisa, ¿pueden salir?”), y cuando abrieron, se encontraron con una figura envuelta en una frazada azul. Su piel estaba enrojecida de frío; tiritaba pero sonreía.

Se llamaba Lana. Había venido con un grupo desde el West Village y traía noticias.

—Cleaners —dijo—, así llaman al grupo que intentaba abrir paso. Aparecen, limpian de muertos lo que pueden, se llevan todo y desaparecen.

—¿Muchos? —preguntó Carmen.

—Veinte, quizás treinta hombres y mujeres armados. No son soldados. Pero logran hacer retroceder a los zombis con fuego y humo.

Sobrevivir al invierno podía ser, entonces, cuestión de sumarse a estos grupos, o al menos seguir sus huellas para encontrar residuos de civilización.

A finales de la semana, Marisa y Carmen rescataron una radio vieja de una oficina. El aire apenas zumbaba, pero lograron captar señales: mensajes entrecortados en inglés, francés y alemán, avisos de supervivientes ocultos en Brooklyn y Harlem. Por primera vez en semanas, pensaron en la posibilidad de un movimiento coordinado, el germen de una comunidad.

A cambio de la información y de varios paquetes de galletas, Lana les ofreció integrarse a un pequeño convoy que partiría, tal vez, hacia el norte, a una zona de Queens supuestamente menos infestada.

—Nos vamos antes de que suba la temperatura. Cuando los cuerpos se aflojen, vendrán en masa.

Todos estuvieron de acuerdo, salvo Arnold, que no soportaba la idea de abandonar la ciudad que, a pesar de todo, seguía llamando “hogar”.

La noche antes de partir, Marisa subió a la azotea bajo un cielo despejado, las estrellas tan nítidas que parecía una escena robada de un planeta deshabitado. Manhattan, antes invulnerable y eterna, era solo un perfil desdentado de edificios oscuros y chimeneas fumando nostalgia.

Pensó en su familia, desaparecida; pensó en los ruidos debajo de las aceras, en los mensajes de socorro clavados en las puertas de las iglesias, en los colores desteñidos de los semáforos colgando como únicos centinelas.

“New York, New York”, murmuró, y pensó que aquel verso nunca había sido tan triste ni tan cierto: si logras sobrevivir allí, puedes sobrevivir en cualquier parte.

La última mañana en su refugio, se llevaron lo poco que poseían. Lana, Carmen y Marisa, arropadas en abrigos ajenos, cruzaron la Séptima Avenida en dirección norte. Arnold las vio partir desde el tercer piso, una sombra apenas perceptible entre escombros.

La ciudad, en su letargo fúnebre, las observaba irse, indiferente. Nadie lloraba, nadie se despedía: en Nueva York, a finales de ese 2020, la única promesa posible era la de sobrevivir otro día. Y sin embargo, mientras se alejaban, Marisa sintió algo parecido a esperanza, una chispa diminuta en el crisol del invierno.

Bajo la nieve, entre muertos y ecos, la Gran Manzana seguía resistiendo, medio viva, igual que ellas.

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