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Portada del relato Crónicas del orgullo roto
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Fragmento:


Hoy es mi cumpleaños. Se supone que debería estar abriendo regalos, quizá celebrando con una cena, quejándome por la nieve que entumece las avenidas, abrazado a mis hermanos, a mamá, esperando a papá que regrese de la turné navideña del taxi. Pero este es el invierno de los muertos, y lo que llega de la calle no es frío sino miedo, un miedo desolado y crujiente que se pega en la piel como la escarcha. Veo la ciudad –o lo que queda de ella– desde el octavo piso de nuestro edificio en la calle 110 con la Quinta Avenida. El ventanal se empaña mientras escribo apurado, tiritando, con el abrigo viejo de papá.

Duración: 10:05

Crónicas del orgullo roto
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Texto de ajuste de pausa.

23 de diciembre de 2020

Hoy es mi cumpleaños. Se supone que debería estar abriendo regalos, quizá celebrando con una cena, quejándome por la nieve que entumece las avenidas, abrazado a mis hermanos, a mamá, esperando a papá que regrese de la turné navideña del taxi. Pero este es el invierno de los muertos, y lo que llega de la calle no es frío sino miedo, un miedo desolado y crujiente que se pega en la piel como la escarcha. Veo la ciudad –o lo que queda de ella– desde el octavo piso de nuestro edificio en la calle 110 con la Quinta Avenida. El ventanal se empaña mientras escribo apurado, tiritando, con el abrigo viejo de papá.

Querido diario, escribo esto más para no volverme loco que para dejar un registro. Quizá otro sobreviviente lo encuentre. Quizá uno de los niños del piso tres, los que apenas siguen riendo, o tal vez nadie. No me importan las probabilidades. Escribir, aunque sea, es una forma de darle a estos minutos un pequeño sentido. Afuera hay silencio, roto solo por los gritos lejanos que salen rebotando desde Harlem, los rumores amortiguados de las sirenas que ya sólo aúllan como advertencia. Ya no hay policía. No hay autoridad. Lo que queda de los viejos servicios de emergencia son solo sombras, ecos de la ciudad antigua.

El invierno está matando a los vivos y ralentizando a los otros, los que no sabemos bien cómo llamar. Aquí, entre los míos, preferimos decir "zombis" en voz baja, como si usar la palabra pudiera convocarlos. Pero ya no hace diferencia. Nadie en Nueva York cree en milagros. Hoy he salido dos veces al pasillo, armado con la vieja raqueta de tenis de papá. La comida se acaba y, aunque la abuela insiste en administrar hasta la última lata de alubias, mórbidamente servidas entre todos, los niños tienen hambre. En el exterior, el Hudson ha empezado a congelarse en las orillas. Los cadáveres se apilan bajo los puentes y las aves han empezado a desaparecer.

Hace dos semanas cayó la luz, casi para siempre. Un último resplandor de Times Square, como una rendición en technicolor, y luego sólo oscuridad y el golpe seco de los transformadores explotando mientras Manhattan quedaba sumergida en una noche interminable. Hay quien dice que al sur aún sobreviven generadores, allá en los hospitales fortificados, pero nadie se atreve a recorrer más allá de dos calles sin ser carne para los hambrientos, tanto vivos como muertos. Unos saquean. Otros devoran. Otros rezan. Nosotros nos aferramos en silencio a los pequeños rituales, pequeñas chispas de cordura.

Esta es mi crónica breve de cómo se siente pasar las horas aquí: cada sonido es sospechoso. Cada sombra es un enemigo potencial o una promesa de comida. Las noticias sólo llegan por la radio breve del vecino, un polaco seco y flaco, antiguo electricista, que se aferra a su aparato milagro. Se escuchan voces militares, distorsionadas, números y códigos de emergencia, a veces una lista de sobrevivientes, a veces simple estática.

Hoy, temprano en la mañana, la abuela me pidió buscar agua en la terraza. La bomba dejó de funcionar hace días, sólo se puede raspar el hielo y derretirlo lentamente en botellas plásticas puestas cerca del último radiador tibio. Subí con la esperanza, todavía necia, de ver alguna forma de rescate. No había nadie, sólo la ciudad encogida bajo el blanco sucio, con humo negro trepando desde el Central Park, donde antes corría gente y ahora sólo cruzan figuras ondulantes y frágiles. Los zombis resbalan, torpes, en los caminos congelados. Vi a dos peleando por el cuerpo medio cubierto de una niña. Cerré los ojos. Vomité sobre la nieve. Pensé en mi hermana, de sólo diez años. Bajé llorando de rabia y de impotencia.

Ahora entiendo lo que mi mamá susurraba anoche: "Este no es nuestro mundo. Ya no". Ella intenta que las niñas dibujen en la luz de las velas, esa luz débil y temblorosa. Mi hermana pequeña ha hecho un árbol de Navidad torcido con pedazos de revistas National Geographic que alguna vez quise guardar, sonidos del mundo viejo, paisajes exóticos. Ahora ese árbol de papel es nuestro lujo. Papá sigue sin regresar desde la expedición que organizó con los vecinos hace tres días. Fue a buscar comida al supermercado en la Segunda Avenida, ese coloso saqueado hasta los huesos. Prometió volver con leche en polvo y algún ibuprofeno, pero ya han pasado setenta y dos horas y mamá llora a escondidas. Nadie pregunta en voz alta.

Debajo, a la altura del vestíbulo, varios apartamentos han sido tapiados. Ayudé, hace días, a poner muebles contra la puerta de entrada. Algunos zombis siguen probando los picaportes de los departamentos bajos, como si recordaran que allí dentro late vida o simplemente por el eco de costumbres pasadas. Hay huellas de sangre en las escaleras. Las ventanas altas aún resisten. Sólo bajamos a buscar algo en los despachos del primer piso cuando el hambre puede más que el miedo.

Por la tarde, la abuela reunió a los niños y le contó historias de los inviernos antiguos, de cuando la ciudad todavía montaba pistas de hielo en Bryant Park o encendía luces azules en los rascacielos de Midtown. La escuchaban con los ojos muy abiertos, como si estuviera hablando de una luna lejana y verde, algo irreal y hermoso. Uno preguntó por el sabor de las peras frescas. Nadie supo responder. Mamá repartió un trozo de chocolate –el último– y lo pasamos a turnos, sólo para recordar que el gusto dulce aún existe en el mundo.

Afuera, el viento arrastra papeles y ropa vieja. Hay coches helados en las avenidas, algunos volcados por las barridas de los saqueadores, otros cubiertos de cuerpos medio congelados, una ominosa escultura de lo que fuimos. Desde la terraza vi movimiento en el edifico al otro lado. Tres luces de linterna se cruzaron en el piso quince. Quizá más sobrevivientes. Quizá pillos. Nadie lo sabe, pero la desconfianza está tallada ya en la frente de todos los adultos.

Es raro pensar que hace un año ninguno de nosotros pensó jamás en vivir así. Yo estudiaba para entrar a la universidad; soñaba con escribir, con enamorarme, con pasear desde Harlem hasta Battery Park sin miedo, con comprar hot dogs y reír con amigos en las tardes de diciembre. Ahora, el tiempo es un reloj de arena invertido: cada día sobrevivido es una victoria inútil, cada noche una tumba abierta.

Por la noche, los niños empiezan a llorar en sueños. El sonido es bajo, contenido. Todos lo ignoramos, todos sabemos que es mejor silenciar el miedo para no alertar a los que acechan debajo, en los pasillos, o incluso en la mente. Papá sigue sin volver. Mamá me pide revisar el pasillo por última vez. Tomo la raqueta y una linterna casi muerta. Avanzo con el corazón marchito, los pasos calculados. En el quinto piso encuentro a la vecina, la señora Leandro, acurrucada cerca de la puerta, abrazando una olla casi vacía. Me sonríe, un rastro de locura en sus ojos. Me pregunta, en un susurro, si han venido los soldados. Le respondo que no, que solo hay nieve y muerte. Ella ríe, y parte de esa carcajada resuena extrañamente en mi pecho, como un presagio.

Vuelvo arriba. La radio del polaco chisporrotea e interrumpe el silencio. Una voz militar, ronca, avisa algo sobre un albergue improvisado cerca del Columbia Presbyterian. Nadie cree que esos refugios duren mucho: son objetivo de los vivos y los muertos. Pese a todo, siento esperanza. Le cuento a mamá. Ella me dice que debemos quedarnos; la ciudad es demasiado peligrosa, pero me mira como si ya sospechara el error de ese juicio. No tenemos muchas más opciones.

La noche cae pesada. La temperatura sigue descendiendo. Juntamos las mantas y dormimos todos apretados, la abuela en el centro, mi hermana a su lado, yo del otro, mamá vela, despierta, su silueta un perfil recortado en la penumbra.

Me despierto sobresaltado por un sonido de cristales rotos. Fuera de la ventana, entre las sombras, vislumbro dos figuras arrastrándose por la nieve, demasiado rápido para ser zombis. Saqueadores. Vuelvo a encerrarme, empujo muebles contra la puerta, aviso a mamá. Nos quedamos en silencio casi una hora, escuchando las pisadas en el pasillo, el raspar de metal, el chillido de una puerta forzada. Luego silencio. La violencia de los vivos es peor que la de los muertos, me digo.

Cuando el primer rayo de sol gris atraviesa la escarcha, salgo con mamá a inspeccionar. En el tercero, la señora Leandro ya no está. Su olla sigue allí. Hay manchas de sangre cerca del ascensor –alguien forzó la cerradura. Temblando, recogemos las pocas pertenencias que tenemos y regresamos arriba. La abuela susurra que pronto no quedará nadie vivo en el edificio.

Mientras escribo, la abuela prepara sobras de arroz y una mezcla de agua y leche en polvo racionada. Trato de sentirme agradecido. Los zombis afuera parecen dormidos bajo la nieve, como si el frío los aletargara. Salgo al balcón y veo, a lo lejos, el relieve negro de Central Park cubierto de figuras quietas. Hay un extraño silencio, casi religioso. Pienso que, durante un invierno así, tal vez la ciudad tenga una posibilidad. Pienso en todos los que han muerto y en los que el frío aún salvará.

Guardo este diario en la caja fuerte del banco de papá. No sé si resistiremos otro invierno. No sé si él volverá. Solo sé que esta ciudad, mi ciudad, se niega a morir así de rápido. Seguimos respirando aunque duela. Seguimos esperando que, detrás de la siguiente puerta cerrada, el horror del mundo haya aflojado lo suficiente para dejar pasar una chispa de vida.

Si sobrevivo, volveré a escribir. Si no, que esto sirva de testimonio: aquí, en Nueva York, en el peor diciembre de la historia, hubo quienes aún soñaban con volver a nacer entre las ruinas.

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