Fragmento:
Esa mañana del 21 de diciembre sentí que el invierno ya no era calendario, sino sentencia. Mi chaqueta estaba forrada con periódico, pues la ropa gruesa escaseaba. Jason, apenas diecisiete años, cargaba el único bate de béisbol que nos quedaba. El parque estaba silencioso; no era el silencio natural, ese con pájaros y murmullos, sino otro naciente, para siempre atemorizado. Caminábamos despacio, cerca de los árboles caídos, mirando al sur, hacia el punto donde la nieve se mezclaba con manchas oscuras y negras, restos de hogueras improvisadas. Allí estaba Mindy, nuestro único perro. Olfateaba el aire con el pelo erizado. A veces, creíamos que percibía a los muertos antes que nosotros, pero también ladraba a la nada, como si razonar aún importara.
Duración: 10:15
21 de diciembre de 2020
El invierno llegó temprano a New York. Desde el ventanal roto de lo que alguna vez fue un diminuto apartamento en el Upper West Side, podía ver Central Park cubierto por una capa de nieve sucia, trozos grises, blancos e irregulares que parecían pequeños cementerios improvisados. Todo el edificio, antes eufórico por la llegada de las vacaciones y la promesa de escapar del frío en Florida, era ahora solo la carcasa hueca de otro vecindario roto, uno entre miles. El viento ululaba, colándose por las rendijas y arrastrando un perfume agrio, mezcla de putrefacción, miedo y madera quemada.
Han pasado ya nueve meses desde la primera vez que vi uno de esos videos. Creí, como todos, que era una burla, una broma cruel sobre la pandemia. Pero las calles no se vacían así, ni los hospitales se llenan de cadáveres solo por un rumor. Cuando en mayo desaparecieron los últimos coches de policía y los helicópteros dejaron de sobrevolar el East River, supe que Nueva York había caído.
Me llamo Graziella. Tengo treinta y cuatro años, antes era enfermera en el Presbyterian. Ahora, a duras penas, soy la guardiana de un pequeño grupo de sobrevivientes. Los niños me llaman “Grace”, una curiosa ironía, porque de la gracia divina solo queda el halo de condenados que se refleja en los ventanales de la Catedral de San Patricio, donde algunos de nosotros pasamos las noches más seguras.
Nuestra vida depende de pequeñas rutinas. Esas rutinas, aprendí, son las que mantienen la mente en el filo justo entre la cordura y el colapso. Cada mañana, al despuntar el frío azul, Jason y yo cruzamos la Quinta Avenida para buscar leña cerca del Met. Las vitrinas rotas de las tiendas aún reflejan, por la mañana, fragmentos de un mundo anterior: maniquíes de suéteres caros, carteles de Broadway ajados, hasta un póster de Times Square cubierto de ceniza, donde la sonrisa del último presidente se disuelve en la humedad.
La nieve fue, al principio, aliada y enemiga. Aliada porque ralentizaba a los infectados —los llamamos asambleas de carne, zombis, monstruos, “los muertos”—, pero también enemiga, porque cubría las trampas y los cuerpos, ocultaba pisadas y silenciaba los pasos de quien aún buscaba simplemente robar. El frío mataba a los más frágiles entre nosotros; respirarlo era como inhalar cristales diminutos.
Esa mañana del 21 de diciembre sentí que el invierno ya no era calendario, sino sentencia. Mi chaqueta estaba forrada con periódico, pues la ropa gruesa escaseaba. Jason, apenas diecisiete años, cargaba el único bate de béisbol que nos quedaba. El parque estaba silencioso; no era el silencio natural, ese con pájaros y murmullos, sino otro naciente, para siempre atemorizado. Caminábamos despacio, cerca de los árboles caídos, mirando al sur, hacia el punto donde la nieve se mezclaba con manchas oscuras y negras, restos de hogueras improvisadas. Allí estaba Mindy, nuestro único perro. Olfateaba el aire con el pelo erizado. A veces, creíamos que percibía a los muertos antes que nosotros, pero también ladraba a la nada, como si razonar aún importara.
“Quedan pocas maderas cerca del lago”, susurró Jason. Hablábamos poco, bajito. Ruido atraía muerte. Los infectados respondían aún más al sonido durante el frío; tal vez porque el silencio era tan absoluto que cualquier eco de vida lo ensuciaba.
Reunimos lo poco que encontramos —palos, restos de bancos rotos, tejas sueltas— y regresamos cruzando lo que una vez fue la plaza en la entrada de la calle 72. Entre los bancos, medio sepultados por la nieve, vislumbré pies. Dos cadáveres, uno mayor y otro apenas niño, muertos, pero no reanimados. No los tocamos. Había aprendido, por las malas, que incluso un corte de piel sobre esa carne, o el rocío en la respiración, podía significar nota de muerte. Cruzamos sin mirar.
En el apartamento se sumaban seis, más Mindy. Mi amigo Alec, que fue bombero en el Bronx; Marsha, una anciana sorda que perdió a todos menos a su nieto Luca, y dos adolescentes que apenas hablaban, gemelos que aparecieron hace unas semanas y se niegan a contar su historia. Los niños aún dormían, tapados con mantas y periódicos, uno aferrado a una pelota desinflada. Marsha hervía agua en una lata de judías; echábamos dentro trozos de madera y carbones, intentando exprimir algo de calor.
Desde nuestra ventana se veían destellos en el sur, lo que, creíamos, eran fogatas de otros grupos. Había veces que veíamos bengalas, pero nunca nos movíamos hacia ellas. Era demasiado arriesgado; lo aprendido en estos meses es que el mayor peligro no siempre era el que caminaba encorvado y gruñía.
El agua era el bien más preciado. Racionábamos todo lo posible, recogiendo nieve y filtrándola en improvisados tamices. Alec, con manos resecas y llenas de cicatrices, reparaba la radio con un puñado de cables pelados y piezas sueltas. Teníamos esperanzas de escuchar algo, cualquier cosa más allá del código de bombardeos militares repetido cada noche.
A veces, por las noches, recogidos bajo las mantas, Alec hablaba de lo que fue la ciudad. “Todo estaba iluminado. Los carritos de pretzels en Central Park, las bodas en lo alto de los hoteles. Ahora solo queda el murmullo de un mundo fantasma.” Yo escuchaba en silencio; no era bueno hablar del pasado, los niños se ponían nerviosos. No quería condenarlos a vivir girando el cuello detrás del hombro.
Esa noche, mientras Alec trazaba un mapa improvisado de los edificios contiguos, Marsha se acurrucó junto a la ventana y habló, apenas audible: “Hoy, Luca cumple ocho años.” Nadie respondió, pero supe que debíamos intentar algo. Durante la cena, solo pan rescatado, una pequeña lata de mantequilla y café recalentado, cantamos despacio el cumpleaños. Luca sonrió por primera vez en semanas.
En la madrugada, llegó el peligro. Mindy, acurrucada cerca de la puerta, comenzó a gruñir. Jason pegó la oreja a la madera y susurró: “Hay pasos… No son rápidos.” Sabíamos lo que significaba. Zombies. Tal vez una docena. Había aprendido a distinguirlos: arrastran un pie, los dedos rozan el suelo, no rugen, pero gimen como un grito contenido.
Los niños fueron al baño más interior. Alec sacó el hacha truncada y yo, el cuchillo de cocina con la hoja rota. Solo nos quedaba una pistola, y cuatro balas.
Los golpes retumbaron en el pasillo; el eco subía por la escalera, mezclándose con el crujir de la madera. “Hay que hacer ruido abajo, distraerlos,” dijo Alec. Miré a Jason y señaló la ventana. Era una locura, pero nuestras opciones eran pocas: los zombies, al oír el golpe, acudirían en tropel y podríamos descender a la calle trasera.
En el momento justo, Alec tiró un libro por las escaleras y varios cuerpos torpes se lanzaron tras ese sonido. Abrimos la ventana, aún con vidrios colgando, uno de los niños casi se resbala. El frío nos castigó la cara, la nieve se colaba hasta los huesos. Bajamos por la escala de incendios; Mindy saltó detrás, jadeando. Caímos en un callejón lleno de basura congelada y corrimos, casi a ciegas, hasta llegar a la entrada de la estación de metro de la calle 79. Entramos y cerramos la reja oxidada.
Dentro, la oscuridad era casi total. Apenas la lámpara de manual y algunos faros improvisados. El eco del exterior fue desapareciendo hasta quedar solo el sonido de la respiración, el crujir de las botas y el goteo lejano de agua. Decidimos pasar la noche allí. Las ratas nos espiaban, saliendo entre los andenes, pero prefería mil veces ese peligro a lo de afuera.
En el andén, Marsha me abrazó. No lloraba, solo temblaba en un vaivén lento, casi maternal. “Sobreviviremos”, le mentí, y los niños se acurrucaron en un rincón. Alec encendió la radio. Esta vez captamos algo. No era la clásica señal de emergencia, sino una voz apagada, temblorosa, que decía: “Asentamiento seguro en Roosevelt Island. Refugio. Necesitamos doctores. Repito, asentamiento seguro...”.
La esperanza, en Nueva York, era un producto tan escaso como la manteca. Pero verla encenderse en las miradas nos sostuvo. Esa noche dormimos turnados, cuchillo en mano, esperando que la ciudad —la bestia de concreto y hueso— nos permitiera una mañana más.
El amanecer llegó difuso, entre ráfagas de blanco y el gemido de un viento infatigable. Salimos al exterior al despuntar el sol. En la escalinata, la ciudad estaba cubierta de hielo y silencio, pero también un peculiar optimismo, ese que despierta solo en quienes han visto la muerte y, por un rato más, aún viven.
Cruzamos hacia el sur, hacia el puente de Queensboro, con la esperanza de encontrar el refugio de Roosevelt. En la distancia, entre el humo y la nieve, creí ver la silueta difusa de la ciudad que alguna vez vibró; ahora solo era un cuadro desértico en el que nosotros éramos, todavía, los protagonistas. A cada paso, sentía cómo se abría la grieta entre el mundo antiguo y este nuevo orden de hielo y sombras; caminábamos sobre las cenizas de lo que fue, tejiendo, apenas, la promesa de un futuro.
Si la ciudad sobreviviría al invierno, aún no lo sabíamos. Pero mientras Jason acariciaba a Mindy y Luca canturreaba despacio, recordé algo que mi abuela decía en italiano: “Dove c’è vita, c’è speranza.” Donde hay vida, hay esperanza.
Y aunque esa esperanza fuera tan frágil como la escarcha posada sobre las rejas oxidadas del subway, en Nueva York, ese diciembre de 2020, todavía brillaba con un destello absoluto y oscuro — como el filo de un cuchillo.
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